sábado, 19 de enero de 2008

Fastidio

El calor te enceguece. Es imposible pensar con claridad, ver las cosas en su exacta forma cuando el termómetro parece a punto de explotar y de los azulejos brotan gotas engrasadas y el aire no alcanza y el resplandor duele en las pupilas y la piel sabe a rancio.

En otras circunstancias Martín hubiera dicho adiós y punto. Con algo de resentimiento, el orgullo herido quizás, pero no habría sido más que otra ruptura en su lista. Esta vez, en cambio, el calor le había atrofiado la capacidad de razonar. Hubo cortocircuito y la chispa salpicó sangre. La noche anterior él sólo pensaba en la huída. Tan harto estaba del mal humor de su mujer, de sus antiguas pretensiones, de sus nuevos caprichos. Todo se había ido acumulando de manera incontrolable hasta llegar a esa situación sin salida. Tan sólo quería irse, abandonarla. Pero a último momento tuvo que desechar el plan. O mejor dicho, cambiarlo.

Ya se había acostado y trataba de dormir cuando Clara entró al dormitorio muy decidida, haciendo ruido a propósito para que él la oyera aunque balbuceando apenas para que él no la escuchara del todo. Martín sentía sus rumiantes palabras como entre sueños y poco a poco entendió que escaparse no sería la mejor opción. Clara gemía casi en silencio, pero de una manera tan suplicante que Martín no pudo evitar explotar:

- ¡¡¡Pero qué te pasa ahora, ¿por qué llorás?!!! - casi le gritó en la cara, fastidiado.

Ella ahogó más sus sollozos pero no pudo reprimir un sobresalto que terminó en un llanto más profundo, desgarrado, desbordado. Él intentaba mantenerse al margen porque no quería entrar nuevamente en su juego. Sabía que si aceptaba el papel de consolador, perdería la posibilidad de alejarse. Y ése era su único objetivo. Apenas si pudo ir descifrando, entre palabras entrecortadas, lo que ella decía: yo sé que me querés dejar, cómo se llama ella, yo se que te vas a ir, si te vas me mato.

Martín cerró los ojos, como si con ese gesto pudiera tapar sus oídos. Lo había dicho una vez más, había vuelto a sus amenazas de suicido, a cargarlo a él con las culpas, a hacerlo responsable de alguna posible desgracia. Mientras ella desenvolvía su antiguo discurso de mujer no comprendida que había sido humillada, él se limitaba a mirar el techo, a seguir con la vista las aspas del ventilador moviéndose al compás de un sigiloso girar, con un ruidito apenas, producto seguramente de algún tornillo reseco, habría que hacerle algún service, ya está viejo el pobre, pero por lo menos nos zafa de este calor espantoso que no da tregua y encima anuncian más calor para mañana, habría que cambiarlo por un aire acondicionado. Los pensamientos se le confundían con el remolino de palabras que venían de su mujer, que ahora había dejado atrás el rol de desdichada para representar el de despechada, sin perder el tono amenazante, siempre lo mismo, dando las mismas vueltas, como el ventilador, pero el ventilador por lo menos algo refresca, ella me asfixia.

Al despertarse y ver que Clara aún dormía profundamente (de algo sirven los calmantes que no la calman pero la duermen) aprovechó para ejecutar su salida temprano y sin hacer ruido. Con la intención de no alterarla demasiado dejó una nota sincera y afectiva donde le contaba que iba a pasar el sábado con Carlos, se iban en la lancha a pescar, “si nos va bien cenamos pescado y si nos va mal llamamos al delivery, un beso”. La nota dejaba un beso al final, aunque hiciera tanto que no se daban besos ni húmedos ni secos, ni siquiera en papel. Dejó todo en el orden necesario para no despertar la más mínima sospecha: la ropa desparramada, las herramientas en su lugar, la plata guardada. Preparó el equipo de pesca y salió de la casa sin volverse a mirarla ni un solo momento, que lo de las estatuas de sal no son sólo cuentos bíblicos.

Clara se despertó sofocada entre sábanas pegajosas. Era casi mediodía y Martín había apagado el ventilador al irse. Sintió fastidio cuando vio la nota sobre la almohada, pero no llamó al celular de su marido ni al de Carlos. Hacía mucho que ese amigo se llevaba casi todo el tiempo libre de Martín y después de todo prefería que saliera por un día a que la abandonara para siempre. De todos modos, fiel a sus manías y víctima de sus miedos, revisó los cajones para asegurarse de que no se había llevado nada de valor. Ahí estaban sus tarjetas de crédito, sus documentos, toda su ropa. Efectivamente había salido de pesca. Raro en un día de tanto calor, solían salir de madrugada o por la nochecita, pero a lo mejor era un pretexto para ir a navegar en la lancha de Carlos, ojalá me hubieran llevado, acá no se puede estar, pensó con desgano. Comió algo liviano, se dio una ducha y volvió a la pieza a tratar de ver una película, pero se quedó dormida a los pocos minutos. Siempre lo mismo, de noche casi no podía conciliar el sueño y de día se dormía en cualquier lado. Muy profundamente; por eso no escuchó cuando el ventilador empezó a hacer ruidos raros.

El camino de vuelta era un infierno, eran muchos los que habían decidido salir a pasar el sábado al río y parecía que a todos se les ocurría volver a la misma hora. Rosario está imposible, pensaba Martín, creció demasiado y ya no hay lugar para todos; dentro de poco se van a tener que demoler edificios para construir playas de estacionamiento. Más cemento, menos verde, más calor. El asfalto todavía desprendía tufos aunque el sol estaba empezando a caer. Martín lo veía todo como desde una cápsula porque dentro del auto tenía el aire acondicionado funcionando y la temperatura era ideal. Ahí se podía pensar mejor y eso lo hizo recapacitar camino a su casa. No fue exactamente remordimiento lo que sintió pero sí una cierta inquietud de no haber planeado bien las cosas. La decisión había sido producto de un fastidio superlativo, leudado al tórrido calor de la noche, los mosquitos, el aire viciado. La cosa podía salir mal y no en el sentido que muchos le darían al término. El daño podía ser sólo parcial y entonces ella podía quedar lisiada, paralítica, sin un brazo y él tendría que cuidar de ella para siempre, cómo abandonar a una tullida en su peor momento. Eso, sin pensar que todo podía resultar aún peor y ella salir sin un rasguño, pero fortalecida del trance, sospechar con creces, denunciarlo y terminar sus días a la sombra.

Paró el auto a una cuadra de la casa, apagó las luces y trató de adivinar la situación mientras se deslizaba por el asiento para no dejarse ver. No prendió el celular, prefirió dejarlo como todo el día: apagado. Igualmente podía alegar falta de señal o batería. El tumulto y la ambulancia le daban indicios de que el plan había funcionado, en parte al menos. Pero todavía desconocía el verdadero alcance de sus logros. Le costó saber si se trataba de su final o el de ella.

En las semisombras del atardecer el corazón empezó a latirle con fuerza, parecía seguir el ritmo de las luces de la ambulancia que aún estacionada, mantenía la sirena encendida. Vislumbraba rostros vecinos, caras de espanto, movimientos nerviosos. Se obligaba a guardar la calma pero las luces intermitentes lo irritaban demasiado. Girando sobre su memoria volvían algunas imágenes sueltas que lo estremecían: ella llorando, ella durmiendo, él aflojando los tornillos, el cablecito rojo que quedó a la vista. La incertidumbre lo torturaba y con el auto detenido el aire fresco empezaba a escasear. Prendió la radio bajito para despejarse o aturdir tal vez sus pensamientos y reparó en la inmensa luna llena que tenía sobre los ojos. Cuando bajó la vista observó perplejo la escena macabra que lo alivió. La camilla que transportaban los de la ambulancia, abriéndose paso entre los concurrentes que se santiguaban espantados, estaba totalmente cubierta con una sábana manchada de rojo carmesí. Todo el cuerpo cubierto, incluso la cabeza. Respiró hondo mientras se apoyaba en el respaldo del asiento. Sus miembros se aflojaron y en la cara apareció un sonrisa tímida y cínica. Puso el auto en marcha para hacer la recta final. Por suerte en la radio el pronóstico anunciaba descenso de la temperatura.