lunes, 25 de mayo de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 1

~ Un viaje de películas.

No es muy común salir de vacaciones en mayo, sobre todo teniendo en cuenta que con Pablo salimos de vacaciones de verano hace apenas tres meses, en febrero. Sólo dos veces salí de viaje en mayo y en ambos casos no se trataba de vacaciones sino un viaje incierto, sin rumbo fijo. La primera vez fue hace 12 años cuando me fui a Europa a bailar tango: lo único que sabía es que llegaría a Barcelona y nos quedaríamos todo el tiempo que pudiéramos. Ese tiempo fueron casi 6 meses. La segunda vez fue hace 8 años. Había renunciado a mi trabajo en Coto y me iba a Bariloche, a ver cómo era vivir en el sur, un viejo sueño de juventud. Me quedé tres años a ver cómo era. Pero esta vez fue diferente: sabíamos casi todo desde principio a fin. Era, incluso diferente para los dos, que solemos viajar por nuestra cuenta y no contratando un tour. Pero como era un viaje corto decidimos hacerlo de esta manera. Al finalizar el viaje constataríamos lo que ya sospechábamos: los paquetes turísticos no son lo nuestro.

La salida fue puntual: eran las cuatro de la tarde cuando partimos desde la terminal de ómnibus Mariano Moreno. El colectivo llevaba unos 20 pasajeros, en general gente de 50 a 60 y pico salvo por un par de parejas como la que se sentó al lado nuestro. Apenas subieron noté algo diferente. No sé mucho de marcas, pero se notaba que usaban ropa cara. Finalmente supimos que eran italianos, de Nápoli (alguien acotó lo inevitable: ¡Maradona!). En Santa Fe subirían otros italianos que eran de Torino.
Viajar en un tour te hace convivir por unos días con gente con la que no te cruzarías nunca y que nunca elegirías para pasar tus vacaciones: señoras que cuentan de sus viajes a Dubai y Ecuador, un señor mugriento que tiene las uñas negras y no para de fumar, una parejita de mieleros que tienen toda la pinta de ser fans del reggaetón (esto es puro prejuicio, porque nunca los escuché cantando esa música), un señor (el que se sentaba delante de nosotros) que aprovecha cada momento para hacer alarde del conocimiento adquirido en todos sus viajes . Así nos enteramos de que ésta era como la tercera o cuarta vez que iba a Cataratas (se ve que le gustan). Y aquí debo aclarar: puede resultar muy insoportable pero ya me gustaría a mí poder hacer alarde de todos esos viajes.

Luego de un par de horas de viaje empecé a leer el libro que me había comprado especialmente para la ocasión: “Una luna” de Martín Caparrós. Según la contratapa “… es un diario de viaje acelerado, enloquecido. Un ´hiperviaje´: un mes de saltos entre Kishinau y Monrovia, Amsterdam y Lusaka, Pittsburgh y París… en el que Caparrós, enviado por una agencia de las Naciones Unidas, se encuentra con jóvenes migrantes de muy diversas clases: mujeres traficadas, refugiados de guerra, polizones de pateras, niños soldados, víctimas del sida… toda esa enorme población actual que, de un modo u otro, busca lugares nuevos para intentar vidas distintas”.
Queda claro que no es un libro pasatista pero tengo que admitir que casi ni reparé en el contenido cuando lo compré. Tengo una admiración casi incondicional por la escritura (y el modo de vida) de Caparrós y no vacilo en gastar plata en sus libros. La cuestión es que a las pocas páginas de empezarlo me inundó una cierta depresión. No era sólo por enterarme de la vida de una mujer rusa que a los veintitantos ya había pasado por el calvario de ser vendida por su propio marido, obligada a prostituirse, forzada a perder un embarazo, vejada, torturada, despreciada por su propia familia, etc, etc. Aún antes de llegar a esa parte, en el prólogo nomás, uno puede leer la genialidad con la que Caparrós puede hablar de cosas triviales o profundas sin ser melodramático ni parco, sin dejar de sorprender. Lo admiro y lo envidio a la vez y me siento, al intentar mis propias crónicas de viajes, como un aprendiz de brujo que intenta crear un arco iris y apenas consigue una filigrana en blanco y negro.

Durante todo el viaje seremos sometidos a una especie de test de tolerancia musical: José Luis Perales (o Django, no supimos diferenciar), Luis Miguel, Los Nocheros, Eros Ramazzotti. Sólo en un par de ocasiones escucharemos sonidos más afines a nuestros oídos: Los Abuelos de la Nada, algo de música brasilera. El resto será padecimiento.
A las 18 hs estamos llegando a Santa Fe donde hacemos una parada técnica para ir al baño y recoger pasajeros. Un negocio de libros usados acapara nuestra atención. Miramos un rato y finalmente Pablo compra dos libros de ciencia ficción de una autora para mí absolutamente desconocida (Anne McCaffrey). En realidad, hasta conocerlo a Pablo, casi todos los autores de ciencia ficción, sacando a un par de best sellers, eran para mí desconocidos. Yo sólo compré una revista de crucigramas (con muchos, muchos crucigramas) que nos haría buena compañía en nuestros ratos de ocio.
Luego de cruzar el túnel subfluvial llegamos a Paraná donde volvemos a hacer una parada para recoger a los últimos pasajeros. Una vez que todos estamos arriba y en camino nuevamente, Mariano, nuestro coordinador comenzará a contarnos detalles “de lo que es” el viaje y los lugares “de que” vamos a disfrutar. La locución no era su fuerte (aunque si lo comparamos con los locutores de hoy en día casi no hay diferencias): todas sus frases tenían algún tipo de dequeísmo, algún fijensén, un “todo lo que tiene que ver con”, algún “todo lo que es”. Fuera de eso, que Pablo y yo no lográbamos pasar por alto y a mí me irrita un poco, era simpático, responsable, atento y muy alto. Cuando caminaba por el micro tenía que hacerlo encorvado para no chocarse el techo. Eso me recordó a “¿Quieres ser John Malkovich?”, una película de humor absurdo donde hay una piso llamado el 7 ½ y en el que es necesario que todos caminen encorvados por los techos bajos. Un piso a mi medida.

Mientras Mariano nos cuenta de los caminos que vamos a recorrer antes de llegar a Misiones, los ríos que cruzaremos, las rutas de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, yo miro por la ventanilla y me acuerdo del disco “Litoral” de Liliana Herrero, de “la luna es un camalote que florece en cada aguada…”.

Más tarde vemos una película: “No reservations” con Katherine Zeta Jones y la niña de Little Miss Sunshine, una comedia dramática, simpática para un viaje. Los personajes principales son chefs así que a lo largo de la película se ven unos tremendos platos de spaghetti, carnes, salsas. Y el estómago empezando a quejarse. Lamentablemente la cena no se pareció en nada a lo que veíamos en la pantalla: nos detuvimos en un parador de Federal donde sólo podíamos elegir entre una magra variedad de sándwiches envasados. Y la compañía de un televisor que pasaba los videos “más top” con todos los clichés esperados: joven de color (negro) algo excedido de peso, vestido con ropas muy holgadas, tatuajes, collares, cadenas y anillos al mejor estilo proxeneta le canta a una mujer despampanante, rubia por supuesto, similar a un travesti muy producido, con ropas muy ajustadas al cuerpo, que se refriega y baila junto a un auto descapotable (rojo, por supuesto). La canción habla de un amor (imposible, por supuesto) que tiene final feliz, por supuesto.

La pareja de italianos no compra nada para cenar, sólo comen unos pequeños sándwiches que tienen envueltos en papel de aluminio. Y entonces me acuerdo de otra película, “Babel” y el personaje de Cate Blanchett, que estando de viaje en Marruecos se niega a tomar agua o a comer nada porque desconfía de todo lo que hay a su alrededor. O acaso, pensé, hayan visto “Slumdog millionaire”, la película que ganó varios Oscars en la última edición. Pablo y yo vimos esa película la noche anterior a salir de viaje. Hay allí, una escena en un comedor o fast food donde está trabajando el protagonista de la película. Mientras el diálogo gira en torno a la decisión de ir a buscar a su amiga de la infancia, su compañero lo ayuda a completar el pedido: saca una botella de plástico de un barril repleto de botellas vacías, la llena con agua de la canilla, toma una tapita plástica de un recipiente repleto de tapitas y con un pegamento la sella para dejarla completamente cerrada. Todo sucede de modo rápido y casi en segundo plano y mí me pareció una escena genial. Aunque ahora, viendo a los italianos y poniéndome en su lugar, los imagino recordando la película y suponiendo que Argentina e India no están tan lejos culturalmente hablando y que mejor no arriesgarse con estos sudacas tercermundistas.

Cuando volvimos al micro, y para ayudarnos a un sueño más plácido, el coordinador nos ofreció café al cognac (que realidad era licor de café al cognac) y una galletita tipo Rhodesia pero marca Royal. Con el estómago lleno me dispuse a pasar la noche. En general no tengo problemas para dormir, puedo hacerlo hasta de pie. Pero esta vez tuve suerte extra: el micro venía con asientos libres así que me pasé a los asientos de atrás y me acurruqué a lo largo de las dos butacas para dormir sin interrupciones. Pablo, con varios centímetros más de estatura y con menos facilidad para conciliar el sueño en lugares fuera de la cama, no tuvo la misma suerte. Hay veces en que ser petiso tiene sus ventajas.


[Continuará]


Fotos del viaje.

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