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lunes, 11 de abril de 2011

Juan Sin Miedo

Hoy estoy triste. El abuelo sigue tosiendo todo el día. Y a la noche también. Resién cuando entré a la pieza estaba escupiendo unas cosas rojas, a mi me paresían sangre, pero no se. Igual me siguió contando la historia de Juan Sin Miedo. A mí me encantan. El otro día en la escuela elejí ese tema para la redacción que había que hacer en lengua y la señorita me felicitó. Me dijo que un poco fantaziosa pero que estava linda. La que me contó hoy era en un bar oscuro donde se peleaban 4 borrachos con olor a vino por un partido de truco. El abuelo me dijo que me va a enseniar a jugar al truco, pero que primero tengo que aprender a mentir.
Lamentablemente aprendí a mentir muy tarde, cuando él ya no podía enseñarme. Tal vez por eso nunca aprendí a jugar al truco. Por aquel entonces yo creía que mi abuelo era un mentiroso empedernido, cosa que a veces le reprochaba. Como cuando me contaba su saga de Juan Sin Miedo: tan desmesuradas eran sus hazañas que yo dudaba. Pero la fascinación podía más y entonces éramos cómplices. Yo necesitaba tanto de esas mentiras como él de la verdad de mi silencio. Después entendí que más que mentiroso era un ilusionista. Le gustaba jugar con esa delgada línea que separa la realidad de la ficción. Le gustaba jugar: a que se enojaba, a que se las sabía todas, a que se moría.
A mi me parese que el abuelo se va a morir pronto. Me lo dijo él. Me dijo que ayer lo vino a buscar “la que te jedi”, así dice él, pero yo sé que es la muerte. Dice que anoche vino y se paró en la puerta de la pieza, que le hizo senias de que se tenían que ir pero él no quizo, que viniera otro día. ¿Se le podrá pedir a la muerte que venga después?. Me dijo que estaba como siempre, por que ya vino otras veses, con una cosa blanca, como una sábana y un coso en la mano, un trincheto o algo así. Ojalá que vuelva en un mes así el abuelo está un ratito más con nosotros. Yo sé que se va a morir porque él me lo dice siempre. Y ya se sabe que los viejitos alguna ves se mueren. Y también me dijo que yo soy la encargada de “superavisar” cuando lo acomoden en el cajón. Que no quiere que lo vistan de santo y nada de ponerme las manos rezando me dijo. Que le gusta con las manos cruzadas sobre el pecho, cómo drácula (a mi me dio impreción que se quiera parecer a drácula) o a los costados, pero rezando no. Ah, y que no tiene que estar despeinado.
Tal vez yo pensaba que escribiendo podía mantenerlo un poquito más con vida. Porque a partir del mismo día en que murió no volví a escribir en el cuaderno de florcitas amarillas. Ahora que lo pienso, no me dejaron supervisar la vestimenta pero sí recuerdo con claridad lo satisfecha que me ponía ver que no estaba rezando en su propio velorio. Los mayores no entendían muy bien esa escena entre bizarra y naif de una niña de 10 años sin rastros de llanto acariciando la cabellera de un difunto, por más abuelo que fuera. Pero él me había preparado sabia y pacientemente para ese momento y para mí era natural. Su partida no fue un vacío o una pérdida. Me siguió acompañando desde su alter ego que, justamente, era inmortal. Y mientras releo aquellas peripecias de Juan Sin Miedo voy entendiendo que además de la muerte, mi abuelo me enseñó a creer en el poder oculto de las historias, que siempre esconden retazos de verdad aunque sean puros inventos.
Me da verguensa preguntarle al abuelo, me parece que es una mala palabra. Me acordé y lo busqué en el diccionario pero no está. El dice siempre “upite” y yo quiero saber. Con H tampoco está. Por las dudas no la repito, no vaya a ser que mamá mire esto. Porque resulta que hoy Juan Sin Miedo estaba en el ipódromo de incócnito (porque él solamente aparece cuando se nececita) y había uno de los caballos que corrían que iva más adelante que los otros, “como si tuviera fuego en el upite” dijo el abuelo. ¿será la cola? O por ahí es lo otro. No sé, le voy a tener que preguntar. Bueno, resulta que este caballo iva ganando pero de golpe faltando re poquito para la yegada se queda quieto y al final gana otro que venía atrás. Y como este que se quedó parado era el que la tenía fija (todos le habían apostado mucha plata para que ganara) se armó una pelea bárbara. Se empesaron a pegar, le tiraban con cosas y ahí nomás Juan Sin Miedo que estava carmuflado en la tribuna pegó un salto ornamentalicio y cayó justito arriba del caballo (el que lo manejaba ya había salido disparado porque le querían pegar) y lo hizo salir corriendo más rápido que antes. Pero no para ganar sino para mostrarles a todos que él corría cuando se le antojaba porque naides (me parece que se dice “nadies” pero el abuelo dice “naides”) le iba a decir lo que tenía que hacer. De golpe no los vieron más. Y ahora, en vez de fuego ahí paresía que tenía alas.
Ya siendo adolescente incorporaría un nuevo vocablo, que esta vez venía de mi madre. “Boca de excusado” me reprocharía cada vez que yo insistía en usar un lenguaje poco apropiado para una señorita. Y probablemente ese vocabulario pendenciero lo hubiera heredado también de mi abuelo. Era muy mal hablado, pero sus improperios eran tan naturales en él que no molestaban. De hecho, sólo “upite” me quedó en la memoria como una palabra áspera, hasta rara de pronunciar. Pero todas las otras formaban parte de su discurrir cotidiano; una especie de lunfardo gauchesco del que pocas veces se alejaba para dejar escapar alguna imagen curiosamente poética, como esas flores blancas que nacen al borde de las zanjas, erguidas y resplandecientes. No dominaba el arte de la sutileza, pero ése era apenas un detalle en su desbordante universo.
El abuelo tiene cada ocurrensia. Hoy nos hizo reir mucho porque mamá le dio ígado para comer (a nosotros nos hizo milanesas) y como después había flan de chocolate de postre el abuelo se quejaba en broma diciendo “¡otra vez ígado!” y no quería creer que era flan. A veces no me queda claro si se enoja de en serio o no. A mi me parece que lo haze para hacerla enojar a mamá. Y a veces piensa raro también porque cuando se largó a llover re fuerte se le ocurrió decir “qué linda noche pa los chorros”. Pero no los chorros de agua, él decía los ladrones. Y yo no entiendo por qué va a ser linda noche para los chorros, si salen a robar se les ban a mojar todas las cosas que roban. O a lo mejor es porque todos nos asustamos con los rallos y los truenos y es más fácil robarle a los que ya están asustados. No se. Igual, el abuelo me dice que no tengo que tener miedo porque para eso está Juan Sin Miedo, que ya las pasó a todas y que no hay nada que le dé julepe. Y que justamente por eso se ocupa de cuidar a los chicos que tienen miedo. Mi mamá me dice que el que nos cuida es el ángel de la guardia, pero el abuelo dice que no, que eso es puro verso. Que si yo tengo miedo de algo diga en vos alta el versito que me hizo repetir hasta que me salió de corrido:
“En la cruzada hay peligros
pero ni aún esto me aterra
yo ruedo sobre la tierra
arrastrao por mi destino
y si erramos el camino
Juan Sin Miedo me lo ensenia”.
Y claro que me lo enseñó. No recuerdo tener miedo a la oscuridad, ni a los truenos ni a la soledad. Y todo gracias a Juan Sin Miedo, o a mi abuelo. El versito, que ya había desterrado a aquél otro que decía “ángel de la guarda, dulce compañía...”, lo fui olvidando de a poco. Volvió a mí de una forma inesperada: leyendo un libro para la escuela lo reconocí de inmediato y por un momento llegué a pensar que José Hernández había plagiado a mi abuelo. Pero no, había sido mi abuelo el que había sustraído silenciosamente esa estrofa del Martín Fierro y me la había ofrecido, luego de las modificaciones necesarias, como la plegaria de Juan Sin Miedo. Entonces entendí que no era sólo una estrofa; mi abuelo todo estaba en ese libro que hablaba de gauchos, caballos y caminos. A veces era Cruz, a veces el Viejo Vizcacha y la mayoría del tiempo era el propio Fierro. Su cara, incluso, era igualita a la que yo me imaginaba del gaucho aún antes de encontrar la coincidencia poética: angulosa, de piel oscura y arrugada, nariz prominente, bigote tupido. Y entonces pensé que mi abuelo también era un poeta, pero que no se había podido dar el lujo de escribir un libro (“los poetas son todos maricones” tal vez habría dicho). En cambio, había creado un superhéroe para su nieta inventándole un mundo perfectamente real. Le había dado status de inmortal, de justiciero, ése que tal vez él mismo habría querido a la hora de enfrentarse a sus propios demonios. Ya de grande pude ir delineando un perfil más humano y menos endiosado de mi abuelo, por comentarios que mi madre dejaba escapar sólo al pasar. Las palabras “autoritario”, “duro”, “impiadoso” me empezaron a hacer ruido en la imagen cristalina que tenía de él. “Pero con los nietos... era otra persona” también diría mi mamá y eso terminó por equilibrar la balanza.
Casi no guardo fotos suyas pero no me hacen falta, de tan vivo que es su recuerdo. Y me cuesta dejar de pensarlo como el rey que yo creía porque hasta nombre importante tenía. Mi abuelo se llamaba Cornelio Carlomagno y todo en él era absoluto. Si lo recuerdo sentado en su mecedora me parece verlo en un trono. ¿Querés que te hamaque abuelo?. Aunque fuera víctima de los juegos que inventábamos con mi prima. Pará abuelo, que no terminamos de atarte los ruleros, ¿a ver cómo te quedan los aros?. Y si lo recuerdo postrado en su cama, se me antoja envuelto en mantas de terciopelo púrpura y anillos de oro. A ver abu, dejá que te arreglo la frazada que se está cayendo ¿de dónde sacaste esa arandela?. Yo te prometo que te peino en el velorio pero vos enseñame a jugar. Si esta noche vuelve la que te jedi, llamame a mí. Yo le digo que se vaya y no joda más. Vos no tengas miedo. Dale, recemos juntos, en la cruzada hay peligros....

miércoles, 13 de mayo de 2009

Lo normal

Sí, le cuento. Pero primero déjeme aclararle señor juez que nosotros nunca nos hubiéramos imaginado que algo así podía pasar. A nosotros digo. Claro que lo hemos visto en los noticieros, pasa mucho en Norteamérica, esos lugares. Pero acá y a nosotros, nunca.

¿Mi relación con la acusada? La tía, soy la tía.
¿Qué tipo de relación tengo? Y… de tía, soy la tía. Soy la hermana de Fabiana, la madre.
¿Si somos muy unidas? ¿Con la madre, dice? Ah, con mi sobrina… Y, lo normal. No le voy a decir que es mi sobrina preferida, porque le mentiría, pero tampoco es que le haga vacío… Lo normal. Nosotros somos de familia numerosa, fíjese que de mi parte somos tres hermanos, que suman 9 sobrinos, más los del lado de mi marido que son 7 de un matrimonio anterior… Así que imagínese la parentela que somos.

¿De la infancia quiere saber? Sí, le cuento. Ya de chiquita era, como decirle, especial. Con decirle que de bebé ni lloraba, “es una santa” decíamos y mire cómo viene a salir. Cada tanto le agarraba un berrinche que no la parábamos con nada. Ahí sí, le soy sincera, un chirlo había que darle. Pero en general era buenita. Demasiado buenita le diría, ya era raro. Y muy solitaria. Ni cuando empezó el jardín logramos que se juntara con otros chicos. Siempre solita haciendo dibujitos. Era tan mansita que hasta la maestra lo destacaba, decía “¡pero si esta chica parece una planta!”. Lo que sí, ¡tenía una imaginación! Claro, quién iba a pensar que la imaginación se le iba a ir para ese lado. A uno cuando le dicen que el chico le salió con imaginación ¿que se piensa?: me salió un Picasso, un Mozart, una cosa así. ¿Qué se va a imaginar esto? Por ahí en los dibujitos que hacía uno podía ver un costado… como decirle: oscuro. Algún compañerito con un cuchillo en la cabeza, otro colgando de un árbol, esas cosas que hacen los chicos. Y por eso la entendimos a la maestra cuando nos dijo que prefería mantenerla separada del resto para preservarla a ella… y a los compañeritos también. Es lógico, ella tenía que velar por todos.

¿Con los hermanos? Tampoco se juntaba mucho. Porque los otros eran medio salvajes, hay que decirlo. Pero eran cosas de chicos, se tiraban de los pelos, se arañaban, lo normal. ¿Cómo? ¿Si se peleaban entre los tres? Más bien era siempre los dos más grandes contra ella, no sé por qué, vio que los hermanos son así, celosos. La cosa es que la tenían medio de punto, me acuerdo una navidad que le quemaron la única muñeca que le había traído Papa Noel y después le pintaron la cara con las cenizas. ¡Cómo lloraba! ¿Pero nosotros qué íbamos a hacer?, eran chicos, haciendo cosas de chicos. Lo normal.

¿Si de chica ya daba indicios? ¡¡Para nada!! ¡Si era un pan de dios! Callada, muy seria. Como para que se dé una idea, ¿sabe qué recortaba de los diarios? Usted va a pensar las historietas, los dibujitos… no, ¡los avisos fúnebres! Cinco años tenía cuando hacía eso, pero nosotras con la madre pensábamos que era porque le gustaban las oraciones que siempre aparecen ahí… aunque ahora que lo pienso todavía no sabía leer. Bueno, como sea, ni se nos ocurrió pensar que era por algo malo. Era muy buenita. Y muy seria. Demasiado seria le diría. Siempre se quería vestir de negro, si cuando empezó primer grado, no había forma de que se pusiera el delantal. Al final accedió si la madre la dejaba ponerse un buzo negro largo que le llegaba a las rodillas. Y lo de las uñas fue otra pelea que tuvieron. ¿Dónde se ha visto que una nena de seis años se pintara las uñas de negro? ¡Y para ir a la escuela! La madre no la dejó, le dijo que tenía que madurar para hacer esas cosas. Así que recién se lo permitió cuando empezó segundo grado. Tampoco iba a dejar que hiciera lo que se le daba la gana.

Y no es que uno pueda decir que la controlaran mucho. Vio que se dice que estas tragedias pasan cuando en la casa hay un padre muy autoritario. Nada que ver. Raúl, el padre, es viajante así que está poco y nada en la casa. Y Fabiana, lo mismo, entre el trabajo, el gimnasio, el curso de flores de Bach, casi que no tiene mucho tiempo. Ni para cocinar, porque eso yo se lo dije unas cuantas veces: “esta chica no come sano”. Pero ella me decía y con razón: “yo no soy cocinera, ya es grande, que aprenda”. Y la verdad es que si no, los chicos se malacostumbran a que la madre sea la sirvienta y no es así. Lo digo por experiencia, porque yo tengo un hijo de 37 que vive conmigo y no sale de casa si no le planché la camisa. Ella no, ella los quiso criar distinto a los suyos. Pero al final mire cómo le salieron. Bah, esta chica nomás porque los otros son unos santos.

No, no , no. No es que esté diciendo que es un desastre. Es una chica normal que va a la escuela y esas cosas. Pero tiene lo suyo, como todos los adolescentes, porque al final es eso, una adolescente con cosas de adolescentes. Y después está el temita ese que ya sabemos… de los kilitos de más. Ojo que ella nunca lo sintió como algo malo, siempre estuvo orgullosa de su gordura. Aunque, hay que decirlo, no le gusta que se lo mencionen. Si por ejemplo le llegábamos a decir que parara de comer, que la terminara con los alfajores, ahí sí se ponía como loca. Vio cómo son los chicos que no la entienden, uno lo hace por su bien pero no la entienden. Y yo creo que ese tema tuvo mucho que ver en su mala relación con los compañeros y con los maestros. Igual yo creo que agrandaba un poco las cosas porque una vez vino diciendo que la maestra la había llamado al frente porque justo estaban dando la vida de las ballenas y la puso como ejemplo. Lo de las ballenas es cierto porque después vi la carpeta y tenía una lámina y todo. Pero lo otro… vaya uno a saber… Inventaba mucho.

¿Si hay alguien más así en la familia? ¿Así, cómo? ¿Obeso? Yo no diría… por ahí Fabiana la madre no es lo que se dice Valeria Mazza, pero se cuida, va al gimnasio. Se la pasa en el gimnasio. Pero esta chica nunca quiso saber nada con el gimnasio, siempre encerrada, siempre seria. Y al final nosotros decíamos y bueno, será seria nomás, tampoco uno tiene que estar riéndose como en un circo todo el tiempo. ¿Sabe lo que me estoy acordando? Que Fabiana una vez vino con una idea media rara de que capaz que a la nena había que tratarla, que capaz que un psicólogo la podía enderezar. Pero a mí me pareció una locura. ¿A qué tiene que ir un chico a un médico de locos? A qué lo vuelvan más loco. A mí que me disculpen pero esas cosas modernas son inventos para sacar plata. ¿Qué le podía faltar? Todo le dieron, nunca le faltó nada, bicicleta, internet, play station. Todo lo que querían, lo tenían. Es verdad que a la nena le compraban pocas cosas nuevas y casi siempre le tocaban las cosas que los más grandes ya no usaban. Pero eso es normal, pasa en todas las familias, tampoco se puede todo. Pero no por eso va a necesitar ir a un psicólogo, dónde se ha visto.

¿Si es agresiva? No, para nada. Por ahí contesta mal, pero muy pocas veces. Es que prácticamente no habla y cuando una le habla está con esa música enchufada en las orejas que no presta atención. Lo que sí me acuerdo de una anécdota de un día en que estábamos festejando el cumpleaños de uno de los hermanos y la madre le dijo que si seguía comiendo así iban a tener que llamar a una grúa para levantarla de la silla. A todos nos hizo gracia y nos largamos a reír, vio que uno se tienta. Pero a ella no le hizo gracia y ahí nomás se levantó como una tromba, tiró el plato de ravioles contra la pared y se fue gritando “¿por qué no se mueren todos?”. Mire usted, ahora que lo pienso, indirectamente se ve que deseaba algo así. Pero qué íbamos a pensar… Esas son cosas que se dicen sin pensar. Para mi gusto se excedió un poco porque la madre lo único que quería era que tomara conciencia. Pero se ve que ella no lo entendió así.

¿Para los 15 qué pasó? Y fiesta no quiso, como ya nos imaginábamos. Mire que hacerle eso a los padres, la única hija mujer y no querer la fiesta de los quince. Ni viaje a Disney quiso, nada. ¿Sabe lo que pidió de regalo? Quería irse a un recital a no sé qué ciudad de Europa, de un grupo que ni sé cómo se llamaba y cantaban a los gritos. Ni locos, antes que regalarle eso nos cortábamos las manos. Digo cortábamos porque para el regalo íbamos a colaborar todos. Así que nosotros le hicimos nomás la fiesta, le compramos un vestido rosa precioso que la verdad fue difícil conseguir para ese talle, pero no quiso saber nada. Dijo que antes de ponerse ese vestido se cortaba las venas. Siempre fue una exagerada. Y a la fiesta fue porque la amenazamos con cortarle internet. Pero fue con la cara larga, vestida de negro, un desastre. Y estuvo toda la noche sentada en un rincón, no se paró ni para las fotos. Teníamos que ir todos hasta donde estaba ella para posar. Pero la fiesta se la hicimos, esas cosas pasan una vez en la vida y cuando sea grande lo va a agradecer. Justamente viendo las fotos de la fiesta fue que nos enteramos del tatuaje ése que tiene, con esa frase tan terrible. Jamás nos había dicho nada que se había hecho un tatuaje y después en las todas fotos salió levantándose la manga para mostrarlo. Ahora que lo pienso hasta parece una amenaza premeditada, pero uno que iba a pensar algo así…

Si hasta en la escuela se lo festejaron. Los compañeros llevaron globos y hasta le regalaron un cd con música caribeña. Ella como siempre, que toma todo para el otro lado, dijo que era para burlarse porque a los globos les habían dibujado su cara y puesto su nombre. Y que lo de la música era porque ese estilo se llama "vallenato" que es como le decían a veces a ella para enojarla. Y la verdad que ahora yo no sé qué creer, si en la crueldad que pueden tener los chicos o en lo retorcida que puede ser la mente de mi sobrina que siempre se hace la víctima...

¿Que le cuente de la semana anterior a que pasara todo? Sí, como no. Yo hacía mucho que no la veía porque como le dije tengo mucha familia, estamos siempre de acá para allá. Y si uno no se entera de nada es porque están todos bien. La cosa que una tarde me llama mi hermana para pedirme la receta de una torta que yo siempre hago y ahí le pregunto cómo andan todos y ella me cuenta de mi cuñado que estaba en Salta, de los chicos, todo bien. Ahora que lo pienso de la nena no me dice nada, me cuenta de los dos mayores, que estaban muy bien, con trabajo, con novia, todo, pero de la más chica no me dice ni mu. Y lo que sí me cuenta muy preocupada es que no encuentra por ningún lado el revólver de mi cuñado y que él le dijo por teléfono que no se acordaba si lo había traído a casa o no. Ahí yo le dije: “pero cómo no se va a acordar de una cosa así” y ella me dice que como se junta con los amigos a practicar tiro, que es una afición que tiene de hace mucho, no se acuerda si se lo dejó en la casa de los amigos o lo trajo a la casa. Yo ahora, atando cabos y esto es una opinión mía, me doy cuenta de que la nena ya se lo debía haber sacado a escondidas y lo tenía guardado.

La cosa que al otro día me la encuentro a la nena en la calle y cosa rara en ella se cruza para saludarme y se me pone a hablar. Parecía otra, más normal. Y ahí me cuenta que va a actuar en el acto del día de San Martín y usted no sabe lo contenta que yo me puse porque la vi como alegre, entusiasmada, cosa rara en ella. Porque nunca fue de participar en ningún acto, siempre hosca, muy para adentro. Por eso me alegré porque me dije: “bueno, parece que la madurez está llegando”. Y ese día me dijo: “no sabés tía, va a ser genial, se van a acordar todos de mi actuación”. Y mire que a mí se me ocurrió pensar que a lo mejor se le daba por estudiar para actriz, por qué no, podía ser la nueva Ana María Giunta, ¿uno que sabe? ¿Por qué la vamos a menospreciar, que algún talento debe tener, escondido, pero lo debe tener?

Y así como le digo, a los dos días pasa esto que ya sabemos, que en medio del acto saca el revólver y empieza a los tiros, y bueno, toda esa desgracia que ya sabemos. Yo entiendo que no se hable de otra cosa, que la masacre esto, que la masacre aquello. Pero en el medio de todo eso está mi sobrina, que es un ser humano como cualquiera que se merece otra oportunidad. Qué se le va a hacer, nos salió medio torcida y encima gordita, pero no tiene la culpa. La culpa es de los demás, de la sociedad que está enferma y no sabe aceptar al que es diferente. En la escuela, ¿no se dieron cuenta los maestros? Claro, si se la pasan de huelga. Ahora resulta que mi sobrina es una asesina ¡ pero por favor! ¡Ella también es una víctima! ¡Todos somos víctimas de esta sociedad! No hay contención para el chico de hoy, no se lo toma en cuenta, se lo discrimina. Y claro, después pasan estas cosas. Hasta que la sociedad no cambie de mentalidad, esto no cambia señor juez.

domingo, 17 de agosto de 2008

El verso

- ¿Ocupación? – preguntó la empleada obedeciendo los casilleros en blanco del formulario.

- Poeta – respondió convencido y orgulloso.

A continuación venía esa expresión tan esperada: una mirada a mitad de camino entre la incredulidad y la burla; una mueca que se debatía entre la sonrisa franca y la carcajada reprimida. Apenas unos segundos de silencio que Sixto aprovechaba para sostener la vista fija en su interlocutor, como un desafío. Actitud estoica que confirmaba su seriedad. La situación se repetía con frecuencia, porque eran pocas las veces en que Sixto podía nombrar su oficio sin exponerse a la hostilidad ajena. Sólo en ocasiones, en alguna reunión extravagante o alguna tertulia con pares, su dedicación a los versos era considerada como natural y hasta encomiable. Pero por regla general declarar la poesía como profesión provocaba un efecto desconcertante.

Cuando terminó el trámite de su pasaporte, se dirigió al café donde acostumbraba a pasar sus mañanas y sus noches desde hacía unas semanas, envuelto en ese universo creado a su imagen y necesidad. Por lo general las mañanas solían ser solitarias, a diferencia de los atardeceres, que lo encontraban en compañía de sus nuevos amigos, casi sus discípulos, a quienes deleitaba recitándoles sus poemas e ilustrándolos con sus conocimientos de historia, literatura y ciencias.

Por eso lo sorprendió que esa misma mañana, cerca de las 11, apareciera por allí el Negro trayendo bajo sus brazos unos cuantos libros. Lo de los libros no era de asombrar, porque desde que Sixto empezó a hacerse su amigo, había ido despertando en él el gusto por la literatura. Lo extraño era su cara sombría, su expresión dura e inflexible. Aún sabiendo que no tendría eco a su saludo, Sixto le dedicó su acostumbrada sonrisa:

- Dichoso el sol y mis ojos de verlo por aquí.

El Negro no contestó y sin sentarse abrió sobre la mesa uno de los libros que traía consigo. Sixto se dedicó a sostener el mutismo, levantando su mirada hacia el Negro con ojos llenos de resignada calma.

EL Negro José y Sixto se habían conocido unas cinco semanas atrás. Sixto, recién llegado del extranjero, más precisamente de Inglaterra aunque su lugar de nacimiento fuera Colombia, había estado viajando por algún tiempo. Ahora su escala en Buenos Aires lo estaba reteniendo por más tiempo del que había pensado. A los pocos días de llegar, mientras recorría esa ciudad que lo deleitaba, pasó por uno de esos bares donde el humo es más espeso que la noche y los clientes (en su mayoría hombres) se entretienen con menesteres tales como el billar o los naipes. Se detuvo un instante en el cartel que anunciaba: “Bola 8, café-bar-billar”, entró y se sentó en una de las banquetas de la barra; pidió un whisky doble y encendió un cigarrillo. No había nada en Sixto que desentonara con el lugar: su edad, cercana a los 40 años, su vestir sin estridencias, sus maneras gentiles pero escuetas; nada en él era incongruente con su alrededor. Después de comprobarlo con un paneo general, su mirada se detuvo en el hombre sentado a su lado, embobado sobre un vaso de cerveza.

- ¿Tratando de ahogar las penas en alcohol? – preguntó tratando de no impostar mucho su voz. Seguía mirando hacia la barra, pero sus palabras se encauzaban directamente hacia su vecino, que asintió con un resoplido.

- Sí, algo así…

- Pero no se crea que es así tan fácil, las penas saben nadar muy bien.

La respuesta le pareció ingeniosa al hombre que ahora mostraba una involuntaria sonrisa en su rostro.

- Si lo habrán arruinado, para estar tan seguro...

- Con una sola vez basta y sobra – contestó, ahora mirándolo y estrechándole la mano – Sixto Guerra, encantado.

- José González, pero me dicen el Negro.

Aquella noche fue casi una charla de rutina en cualquier bar a las dos de la mañana: dos extraños se habían contado los penas más hondas, casi animándose a llorar, creyendo tal vez que la luz del día borraría los recuerdos de borrachera y también al forastero que las había escuchado. Pero Sixto regresó la noche siguiente y el Negro, que ahora estaba sobrio y junto a sus amigotes de la barra, se sintió un poco confundido cuando lo vió entrar en dirección a él.

- ¿Hoy estamos mejor, compañero? – preguntó el escritor con una familiaridad un poco forzada.

Los hombres detuvieron el partido de billar, se apoyaron sobre los tacos y miraron al visitante.

- Seee, un poco mejor. Todo pasa. – Y dirigiéndose a los demás agregó – Muchachos, les presento a Sixto Guerra, un .... amigo.

Estuvo a punto de decir “un poeta amigo” pero se frenó a tiempo. ¿Desde cuándo él se juntaba con poetas? iban a pensar sus pares y con razón.

- Este partido lo tenemos casi liquidado, ¿se prende en el otro? – lo animaron desde el grupo.

- No, gracias, no tengo la menor idea de cómo se juega. Pero me gusta mirar.

Sixto se sentó en una mesa cercana, pidió una vez más un whisky y terminó el cigarrillo que tenía en la mano. Poco a poco, como atraídos por un imán, los amigos del Negro y el Negro incluido, fueron rodeando al curioso personaje. Esa velada sirvió a modo de introducción sobre la singular vida de Sixto: el despertar a su pasión por las letras cuando era apenas un adolescente, sus viajes por el mundo y sus dos libros publicados. El silencio de la barra era elocuente. Para ellos había sólo dos posibilidades: o ese hombre estaba un poco chiflado o era un avivado, porque a quién le iba a querer meter el cuento ése de que se ganaba la vida escribiendo, si eso no era un trabajo y mucho menos rentable. Así que la falta de conversación de los presentes se fue reemplazando por ciertas miradas cómplices, con esa sorna que intenta disimularse pero termina siendo más burda y evidente. Sólo que las rondas de cerveza a cargo del extranjero aplacaban cualquier intento de mofarse abiertamente de él.

Cuando Sixto se despidió con un “hasta mañana muchachos”, dando a entender que al día siguiente estaría dispuesto a seguir pagando cervezas a cambio de que lo escucharan, los camaradas no esperaron siquiera a que saliera del boliche. El pelado Gómez, al borde de un ahogo por risa contenida, terminó escupiendo el último trago de cerveza en una carcajada que bautizó la mesa. Casi al unísono todos fueron sumándose en un coro desafinado y grotesco. Una vez aliviados, llegó la calma y el acuerdo no dicho pero compartido de seguir prestándole oídos al nuevo habitué: la víctima que habían elegido para sacudirse la modorra que los iba cercando noche a noche.

Sixto no los defraudó. En la noche siguiente continuó con el relato de sus peripecias, recitando además dos poemas, con un histrionismo que llamó la atención de todos. En el ambiente aún se mantenía una actitud de burla callada y era precisamente eso lo que más le atraía a Sixto: esas felicitaciones falsas, esa vergüenza ajena que nadie se atrevía a manifestar; todo eso le provocaba un disfrute mayor que la misma poesía.

Sin embargo y contra todos los pronósticos, Sixto fue convirtiéndose poco a poco en una especie de ídolo mundano. La reputación de un hombre suele ser directamente proporcional al tamaño de su billetera y en rigor de verdad, no fueron los versos los que propiciaron la aceptación general sino el lento descubrir de los parroquianos acerca de la vida más íntima del poeta. Con un estudio pormenorizado fueron entreviendo que sus pantalones eran del elegante corte, que sus cigarrillos, importados, que sus lentes, con marcos de marfil. Y lo que en principio pareció mera extravagancia pronto se convirtió en la constatación de que el personaje era además un hombre de fortuna. Su exquisita generosidad animó a aquellos hombres a aceptar de buen grado sus convites como quien acepta dichoso un regalo de la nobleza.

Fue entonces cuando la percepción cambió rotundamente.

No se manifestó de manera abierta. En forma paulatina casi todos empezaron a verlo como a un ser de clase y el perfil de un privilegiado. Una de esas noches alguien apartado de la masa burlona le dedicó su mirada interesada y una seriedad adusta. Cuando Sixto ya se había ido (habiendo recitado otros dos poemas) se atrevió a contradecir a la barra:

- A mi no me parece ningún piantado. Nosotros porque somos unos ignorantes, pero lo que ese tipo escribe a mi me gusta – lo dijo con un tono firme por demás, porque sabía la que se venía.

En efecto, los demás empezaron ahora a burlarse de él, a cargarle las mismas risotadas. Pero gracias a este episodio, en los días sucesivos Sixto notó que su auditorio estaba dividido. La sensación de burla ya no era absoluta y unánime, ahora sentía aplausos afectuosos y gestos admiradores. Poco a poco, algunos de los muchachos fueron acercándose por separado para hablar en serio y sin ocultamientos de su vida y su literatura.

Así fue como el “Bola 8” se convirtió lentamente en una especie de tertulia literaria en las sombras. Cada noche Sixto les recitaba algún poema (a veces repetidos, a pedido del público) y les hablaba de la vida de sus escritores favoritos. Ahora, entre el ruido de las bolas al entrar en las troneras se escuchaban los nombres de Borges, Pessoa, Homero, Whitman. Pero el que más sonaba era el de Sixto Guerra, porque para ese auditorio huérfano de lírica, su primer poeta era el más importante. Incluso, algunos de los presentes y a modo de homenaje, memorizaban sus versos para recitárselos:

- La corriente del tiempo se remansa y ordena

en las formas numéricas de un siglo y otro siglo.

Y la muerte vencida se refugia temblando

en el círculo estrecho del momento presente.

- “del minuto presente” – corregía él que detestaba que le cambiasen una sola coma de las poesías.

Sixto estaba definitivamente consagrado gracias a su estampa de dandy, ése que llamaba trabajo a su juego de enlazar palabras (“el sutil oficio”, solía decir) y disfrutando de la vida a través de los viajes, el whisky y los versos. La poesía se había convertido en la promesa de una vida mejor. Y así cada vez eran más los que se animaban a sentarse a la mesa del poeta. No era extraño ver que mientras esperaban su turno para hacer carambola, los muchachos practicaran en voz alta los sonetos de Sixto que después recitarían al propio autor:

“De viajes y dolores yo regresé, amor mío,

a tu voz, a tu mano volando en la guitarra,

al fuego que interrumpe con besos el otoño,

a la circulación de la noche en el cielo.”

O escuchar que entre grito de envido y truco, en lugar de las conocidas cuartetas ahora se esgrimían cosas como:

Duérmete sobre mi pecho

sin pena y sin amor...

en tu mirada acecho

el íntimo sopor

de quien sabe que la vida

es nada. Nada el goce ni el dolor.

Y por eso... canto FLOR.”

Entre todo ellos, el Negro se convirtió en el más fiel discípulo de Sixto, tanto que hasta averiguó para hacerse socio de la biblioteca del barrio y así poder leer algo de todo eso que escuchaba. Incluso llegó a mostrarle a Sixto (en secreto) algo que había garabateado para su novia. Y aunque creyó ver que a su mentor se le llenaban los ojos de lágrimas éste adujo que le había entrado un bicho en el ojo.

El mundo parecía hecho a la medida de Sixto. El día que llevó su último libro publicado y se animó a mostrarlo a todos, fue para él su consagración definitiva. Hay que decir que aunque los aplausos y vítores que surgieron al final fueron tan estruendosos como siempre, los concurrentes le seguían pidiendo que recitara sus otros éxitos, tal vez porque ya habían acostumbrado su oído a otras rimas.

Pero el idilio no podía durar mucho más. Por eso, aquella mañana, cuando el Negro apareció por el bar con esa mirada severa, Sixto comprendió que el juego estaba llegando a su fin. En las páginas por las que se abrió el libro resaltaban subrayados los versos que tanto habían declamado Sixto y los parroquianos, aquellos de “No nos une el amor sino el espanto;
Será por eso que la quiero tanto”, pero su autor no era Sixto Guerra, sino Borges. No hizo falta que el Negro abriera también los otros libros con los versos de Whitman y Lorca para confirmarle que la farsa había terminado.

El Negro seguía sin pronunciar sílaba, pero las venas de su garganta estaban tan hinchadas que parecían al punto de explotar por tanta palabra atragantada. Sixto optó por no provocarlo. Distendió un poco los músculos de su cara (ahora tenía una sonrisa, aunque mínima y amarga) y se levantó en silencio, despacio, como si temiera despertar a alguien. No valía la pena explicar nada, el Negro no lo entendería. No entendería su frustración por tener fortuna, pero no el don de la poesía; no entendería sus vanos intentos por que la gente amara sus propios libros tanto como los de un genio ciego; no llegaría siquiera a imaginar el dolor que le producía ver que los versos de cualquier iniciado (incluso los del Negro) podían ser aún más poesía que los que él escribía. No entendería su amargura por no ser un favorito de los dioses. El Negro, un hombre llano y transparente, no lo entendería. No todavía.

Eligió seguir en silencio hacia la puerta y decir, luego de dar una mirada final al bar, a modo de despedida:

- Yo ya estoy de más. Ahí está todo lo que necesitás – dijo, señalando con la mirada el libro abierto sobre la mesa - Fue un verdadero placer.

Sobre el final la voz se apagó. Salió del “Bola 8”, se subió el cuello del sobretodo negro, ése que le daba un aire de poeta maldito y caminó hasta su hotel a paso lento, seguro, derrotado y satisfecho.

sábado, 19 de enero de 2008

Efecto mariposa

El testimonio de la tele era crudo. Una mujer joven, otrora elegante en traje caqui y sandalias haciendo juego, mostraba un evidente estado de nervios alterados: “fue de repente, ni siquiera se oscureció el cielo. Yo escuchaba gritos mezclados con risas por eso no me preocupé tanto. Dos segundos después, pasé frente a una vidriera y ví el desastre -dice mientras habilita al camarógrafo para hacer un paneo por su atuendo, ya no sólo caqui sino lleno de caquitas de palomas, decenas, muchas caquitas-. Se me hizo un nudo en el estómago, porque iba a una reunión de directorio. Pero cuando vi que a mi alrededor había otros como yo, de alguna manera me sentí acompañada en el sentimiento” -concluye más aliviada pero con signos de maquillaje corrido por las lágrimas.

- Esto parece el fin del mundo, es verdad eso del clima -comenta la abuela Dorita a nadie que la escuche, sentada como todas las tardes frente al televisor.

Era la hora de la novela de las seis, pero la primicia obligó a interrumpirla para tener informada a la ciudadanía sobre el flagelo que estaba asolando a la ciudad. Como suele ocurrir con estas noticias de último momento, la novedad está al instante pero la verdadera información brilla por su ausencia. Apenas se sabía que alrededor de las cinco, cinco y media de la tarde, por la zona del microcentro, una bandada muy numerosa de palomas había decidido literalmente “cagarse en la ciudad”. Por supuesto que todo estaba en dudas y el potencial era el tiempo verbal predominante: habrían sido palomas aunque se estaba estudiando la posibilidad de que fueran otros pájaros venidos de otras latitudes; habrían hechos sus deposiciones pero también podría haber sido una forma de vómito ya que al ser aves desconocidas bien podían tener hábitos desconocidos. Sería la primera vez que ocurría un hecho semejante aunque los enfervorizados buscadores de archivos (y por suerte con internet hoy todo se soluciona más rápido) habrían encontrado testimonios de un hecho similar en Capilla del Monte en el año 54. Esto último generaba sus dudas por las diferencias de clima y por las conocidas propiedades del terreno cordobés, tan caro a los amantes de los fenómenos paranormales. Y también abría muchos interrogantes: ¿estaba siendo Rosario elegida como escenario de prácticas esotéricas?. Los peces muertos en el Paraná, ¿tendrían alguna conexión con esta especie voladora?. ¿Alguien estaba ocultando, o peor aún, adulterando los índices de polución de esta ciudad “libre de humo”?. Muchas preguntas que no hacían más que angustiar a Dorita, que a sus 77 años había visto cosas inimaginables, pero nunca algo como esto.

- Es de no creer. ¿Viste que lo de las papeleras no era un cuento?, son todas porquerías que nos terminan envenenando a nosotros -tronaba la abuela.

- ¿Pero qué tienen que ver las pasteras, Dora?

- ¿Cómo qué tiene que ver…?

- ¡Shhhh, a ver cállese un cachito!. Ponga más fuerte que quiero escuchar a Novarescio.

“Uno creía que después de la pedrada, lo único que podía sorprendernos era una nevada. Pero no. Esto que usted ve señora, yo le juro, es caca de palomas. Digamos mejor de ave, porque ahora está en duda de que verdaderamente sean palomas. Yo les voy a mostrar, si me seguís con la cámara, cómo quedó la ventana de mi estudio. Mirá, de no creer, te da para reír si no fuera que realmente no sabemos por qué fue y si puede volver a ocurrir…”. Mientras el doctor Novarescio relataba su experiencia con un tono enfáticamente despreocupado, la cámara se paseó obsesiva por el antiguo ventanal del edificio ubicado en Maipú y San Lorenzo, mostrando como al descuido la plaqueta de bronce que resultó un aviso gratuito del estudio jurídico del abogado y periodista. Los diseños de vitraux se confundían con manchones de varios colores dentro de una paleta de ocres, grises, violetas, verdes amarillentos y blancos. Lo del vitraux podía pasar como un diseño postmoderno, pero llamaba la atención el frente blanqueado hacía poco y que ahora daba un aspecto incuestionable: estaba todo cagado. En su recorrida la cámara enfocó uno de los detalles arquitectónicos del edificio de principios de siglo pasado. Los ornamentos más delicados se habían salvado del ataque por estar al resguardo, debajo de un balcón que cubría todo el frente. Había sin embargo un encuadre para destacar: una de las esfinges del costado, compuesta por una cabeza de león con la boca abierta sobre un rostro humano, mostraba una imagen poco elegante. Restos de las deposiciones se habían chorreado hasta alcanzar las fauces del felino que parecía derramar una baba verdosa hasta el rostro apolíneo, por el que ahora seguía su camino a través del lagrimal, generando así una extraña estatua de piedra llorando lágrimas fecales. Para culminar la nota, la lente se ensañó con un desorientado ejemplar de paloma (esto sí que estamos en condiciones de asegurarlo) que si alguna vez había encarnado el símbolo de la paz llevando su ramito de olivo y el del heroísmo por su capacidad de transmitir mensajes improbables en la era pre-e-mail, hoy estaba en el centro de la tormenta, sindicado como el enemigo número dos de la metrópoli, detrás del flagelo de la inseguridad.

- A mí me dijeron en la escuela que las palomas te transmiten una enfermedad re grossa -ilustró Nahuel, que ahora se sumaba a la reunión familiar en torno al testimonio del doctor Novarescio-. Torsoplasmosis o algo así.

- Toxoplasmosis, bruto -corrigió sin diplomacia la hermana mayor que salía del baño desenredándose el cabello recién lavado-. Pero eso es de los gatos, ¡qué tienen que ver las palomas!

- Sí, toxoplasmosis también pueden transmitir, entre otras tantas enfermedades -dijo el doctor Novarescio que parecía querer meterse en la conversación aunque en realidad estaba ampliando su informe para la tv-. Pero es mejor no entrar en pánico, escuchemos a un especialista…

- Viste nena, ¡¡qué sabés vos!!!

- Mmmmm -se mordió los labios Ayelén no aceptando ni siquiera la investidura de la ciencia-. Está mal eso, dicen cualquier cosa.

- ¡La pueden terminar que no se escucha nada! Suba un poquito Dora que estos pibes me tienen re prodrida.

La televisión seguía educando: “La toxoplasmosis está entre las dolencias que pueden transmitirse a través de las palomas, especialmente a través de las heces…”

- No te digo -se metió la abuela- una peste…

- ¡¡Shhhhhh!! -se desesperé la nuera- ¡¡¡que no escucho!!!

“Podemos hablar también de clamidiasis, salmonelosis. La verdad es que no queremos ser tremendistas pero son animales que por sus características de alimentación y modos de vida transmiten muchas enfermedades…”. En la parte más dramática del informe se abrió la puerta de calle.

- ¡Palomas del orto, que bichos de mierda! –con la llegada de Roberto, el padre de familia, se completaba el cuadro familiar en torno a la televisión que informaba sobre la catástrofe. En esos momentos no hay nada como estar reunidos en familia: puede terminar el mundo ahí mismo que uno se sentirá más protegido, más seguro. Aunque Roberto hubiese llegado del trabajo con el peor de los humores, en un día insoportable que añadía malestar a ciertas incomodidades que venía acarreando hace días-. ¡No sabés cómo me quedó el auto!

- ¿Qué, te lo agarraron? -saltó Marcela, en un sorpresivo arranque de amor por el auto.

- ¡Podés creer que estaba esperando al gordo a que saliera de la agencia porque al pelotudo se le ocurrió jugar un número a la quiniela!. Y como no había lugar para estacionar me quedé en doble fila, campaneando que no vinieran los zorros. ¿Vos podés creer que justo cuando estaba pensando que lo tenía que lavar cae una cagada del tamaño de un huevo frito en el capot?. Y yo me salvé porque de la calentura que me agarró iba a salir del auto, no sé a qué mierda porque no la iba a perseguir a la paloma, pero bueno, yo iba a salir del auto y justo venían un montón y no pude. Y por eso no estoy todo cagado, porque me quedé adentro. Y te juro, yo nunca vi nada igual, ¡¡¡me agarró un cagazo!!!. Porque parecía que se venía el tsunami, no sé, era rarísimo, porque el cielo estaba bien, medio nublado, pero no había tormenta ni nada, tampoco esa humedad de mierda que te morís, estaba lindo. Pero empezó a llover mierda, así nomás. Pero no cuando uno dice “llueven soretes de punta”, no, ni ahí, cagadas, muchas cagaditas de palomas. ¡¡Te juro que si tenía una metralleta ahí nomás las hacía bosta…!!

[Nota de la redactora: Hago un paréntesis para aclarar que no estaba en mis planes hacer un texto soez; sólo estaba describiendo la situación familiar una tarde singular en un departamento céntrico de San Juan y San Martín. Pero en vista de tanto lenguaje profano me he detenido a analizarlo un poco. Y ahora que lo pienso es comprensible la desesperación y el encono de Roberto teniendo en cuenta el mal que lo venía aquejando hace días: la constipación. Parecía querer reemplazar su imposibilidad de defecar por un vocabulario que, al menos simbólicamente, le permitiera la evacuación. De todos modos no es mi intención hacer un análisis pormenorizado del discurso ya que carezco de elementos suficientes. Sigamos, mejor, con el relato].

- No digas así, hijo, qué culpa tienen…

- Cómo qué culpa tienen mamá, ¿¿ vos sabés lo que cuesta la pintura del coche??. Encima yo no sé que comen las desgraciadas pero parece ácido lo que cagan, te hacen mierda el auto.

- ¿El seguro no te lo cubre?

- ¿Pero dónde viste que te lo aseguren contra cagada de palomas?. Pero haceme el favor Marcela, ¡decís cada boludeces vos!

- ¡Y qué se yo! Tendrían que tenerlo previsto…

- Sí, claro, seguro. A ver qué dice este estúpido, poné más fuerte mami.

El locutor repetía una y otra vez que querían ser prudentes, que no pretendían levantar falsas alarmas, pero el tono de su voz contrariaba sus palabras. Seguían pronunciándose en tiempo potencial, pero ahora la investigación parecía más profunda. “Se habría confirmado que efectivamente fueron palomas las que provocaron el incidente, de la variedad Columba Livia, consideradas hasta ahora una especia inofensiva. Se desconocen las causas que pueden haber llevado a estas aves a atacar de esta manera la ciudad. Nuestra intención no es sino traer luz a este fenómeno, pero no queremos dejar de escuchar todas las voces que tienen algo para aportar”.

La televisión local era un festín: todos los movileros se sacudieron la modorra de una tarde como cualquier otra y salieron excitados a la caza del testimonio de color, la anécdota más curiosa, el dato más esclarecedor. Lo que sigue es apenas un muestrario:

. el noticiero del cable improvisó un living con “especialistas” en palomas, enfrentados en dos posiciones casi irreconciliables: los sanitaristas por un lado, que detallaban una a una las enfermedades y podredumbres que esos bichos podían transmitir con una simple deposición; en el otro rincón estaban los conservacionistas que defendían a capa y espada a esta especie que destaca por su fidelidad y sentido de la monogamia.

. canal 3 se sumó a la convocatoria de SoPAnACa (la Sociedad Protectora de Animales Abandonados en las Calles), que cuenta con el padrinazgo del dr. Coscia, a una sentada (con paraguas por las dudas) bajo el lema “Todos somos palomas”.

. canal 5 cubrió casi en exclusiva el accionar de grupos extremistas que atentaron contra el palomar del parque Independencia (se sospecha que había infiltrados de la hinchada de Rosario Central) y de grupos más radicales que se las agarraron también con el edificio de Colón y Mendoza, familiarmente conocido como la pajarera.

- Vos sabés que yo le decía a Elvira que las palomas andaban raras -siguió hablando Dorita, que sin conseguir la atención de su familia le hablaba al caniche. – ¿Viste cuando te miran distinto?, hoy en la plaza parecían otras -trataba de interesar a la mascota.

- ¿Eh? ¿Qué abuela? ¿Me hablás a mí? -preguntó Nahuel mientras se corría el auricular del mp3

- ¡¡¡Shhhhh, che!!!, ¿¿¿me van a dejar escuchar??? -se desesperaba Roberto que buscaba identificarse con alguno de los testimonios-. ¡Marce! -pidió a su esposa- ¿me preparás un té con ese menjunje a ver si me hace algo?. Hace tres días que no voy al baño…

- Nena, ¿¿¿cuánto vas a estar en el baño??? - gritaba Nahuel a su hermana, sin sacarse los auriculares.

- No si yo le decía a Elvira -seguí monologando la abuela- pero ella decía que no. Que estaban como todos los días, pero para mí comían como más desesperadas. ¿Será que sabían algo del fin del mundo? Viste que los animales son más perceptivos… No es que yo sea especialista, pero de pasar todos los días es como que uno las va conociendo… Ah, no sabés que lindo quedó el Bernardino con la rampa nueva…

- Nene, ¡¡¡dejame de romper!!! ¡¡Yo salgo cuando quiero!!. ¡¡Mamááááá, Nahuel quiere entrar al baño!!

- Rober, ¿dónde pusiste la bolsita del té?, no la encuentro…

- Fffff –resopló Roberto- pero me cago en la gran p… otra vez… ¿Mamá, vos estuviste ordenando?

- ¿Que cosa?. Yo no toqué nada, siempre lo mismo, ¡el desordenado sos vos y me echás la culpa a mí!. Shhh, cuchá.

Último momento, ahora las palomas cagadoras estaban asolando la zona del parque Independencia y hasta se habrían ensañando especialmente con el gusano loco del parque de diversiones. Ampliaremos. El zapping desesperado mostraba un canal de Buenos Aires que ya se había echo eco de la noticia y consultaba a nuevos especialistas.

- ¿La biblia dice algo acerca de alguna plaga de palomas defecando sobre las ciudades? -quiso saber un movilero fantasioso increpando a un representante la iglesia.

- La verdad que no –reflexionó el prelado-. Pero podría interpretarse como un llamado de atención frente a la indiferencia que mostramos hoy en día hacia todos nuestros hermanos, incluyendo a las palomas. Tal vez quieran llamarnos la atención y decirnos: acá estamos, nosotras también existimos, somos las representantes de la paz, pero nadie nos tiene en cuenta como nadie tiene en cuenta la paz.

- Mamá, ¿vos estás segura que no guardaste el paquete del té?

- ¿¿Otra vez?? ¡Yo no toqué nada! ¿Qué soy, tonta yo?

- Bueno, no te enojes, pero no lo encontramos. Siempre desaparecen las cosas en esta casa.

- ¡¡Pero qué espamento que hacés!! ¿Qué bolsa?, ¿ésa que trajiste ayer?. Está ahí, al lado de la lata verde…

- ¿Esta lata? Acá no está mamá, lo único que hay es el alimento que les das a esas palomas del orto…

- ¿¿¡¡Qué alimento!!?? Si lo terminé esta mañana con la Elvira en la plaza. Me quedó un poco, porque era una bolsa enorme, pero había unos nenes de la escuela que se iban para el parque y se lo dimos a ellos…

- Mamá… ¿cómo era la bolsa…?

- Amarilla, con rayitas…. ¿Qué pasa?

- Mamá… -dijo Roberto, bajando el tono porque había asistido al momento en que todo se comprende, al momento en que se unen las puntas de un mismo lazo; el momento en que el terremoto reconoce su génesis en el aleteo de la mariposa- ésa era la mezcla que me dio el médico para hacerme el té… laxante…

En la tele seguían cubriendo el flagelo de las palomas. Terminaban de anunciar un nuevo “repelente anti palomas asesinas” al tiempo que daban paso sobre un informe que hablaba sobre la posibilidad de un nuevo método de atentado terrorista, que irónicamente utilizaba a las representantes de la paz para una otra guerra en occidente. Y se especulaba con que Bin Laden podía ser el cerebro de la operación.

El naufragio

Se acercaba la hora, él iba a llegar de un momento a otro. “Ojalá que esté un poco más calmado hoy” deseó ella, que todavía tenía el cuello dolorido. Estaba tan adiestrada en esto de oler el peligro que podía intuirlo a diez cuadras de distancia. Aunque de poco le servía, apenas para atajarse mejor. Ni siquiera podía refugiarse en la luz del día: daba lo mismo la mañana, que la tarde o la noche. La furia no contempla horarios.

Mario estaba un poco más calmado, sí, pero igualmente borracho. Tanto que ni siquiera podía mantenerse en pie. Cuando lo vio aparecer tambaleante en la entrada de la casa se metió al baño y abrió la ducha simulando estar bajo el agua. Sabía lo mucho que él la odiaba, al agua.

-Gorrrrdaaaae –gruñó al otro lado de la puerta – no tardés gorrrdaaa.

Fue todo lo que dijo en medio de balbuceos incomprensibles mezclados con eructos. Ella recién salió del baño cuando escuchó el silencio. Se apoyó en el marco de la puerta del dormitorio y lo miró ajena, como se mira un cuadro: estaba tirado en la cama, profundamente dormido, con el cierre del pantalón bajo y la camisa desabrochada cayendo en cascada a los costados de su enorme panza. Cuando lo veía así, indefenso, le llegaba el alivio. Pero también se le juntaban el odio y la bronca, ésos que frente a él y su prepotencia se le evaporaban como la niebla. Ahora todo era posible para ella. Parecía tan fácil. Esperarlo detrás de la puerta con el palo de amasar hubiera sido lo más sencillo porque estaría con la guardia baja, como ahora. Nada más que un golpe seco en el punto exacto. O también ahorcarlo con su propia cadena de oro mientras dormía, aunque tal vez no fuera tan resistente. Asfixiarlo le parecía mejor, pero temía no llegar al final antes de que despertara.

Temblando de miedo, pero con la firmeza de quien no teme ir al infierno, porque ya lo conoce, fue hasta el pasillo y soltó la soga que ataba al perro. Lo dejó ir, acariciándolo suavemente para que no ladrara. Cortó la soga en dos con la cuchilla de la cocina y se acercó, con sogas y cuchilla, a la cama donde Mario dormía. Sabía que el vino barato le garantizaba un sueño bastante profundo para trabajar tranquila pero los ronquidos entrecortados y retumbantes, como estertores, le sobresaltaban el pecho. Dejó la cuchilla sobre la mesita de luz por las dudas y se concentró en el brazo derecho. Rozando apenas la piel, rodeó la muñeca con la soga calculando el futuro movimiento del condenado y la anudó con toda su fuerza al listón de la cama. Sigilosamente, aunque seguida por el eco de sus pasos o los latidos del corazón (no podía discernir), fue hasta el otro extremo de la cama y trabajó sobre el brazo izquierdo con la misma dedicación.

El sol estaba bajando y empezaba a entrar por una rendija de la persiana. Si se dejaba estar, los próximos rayos amenazaban con posarse sobre el rostro del durmiente y despabilarlo. Tuvo el impulso de ir a tapar la entrada de luz pero en su lugar y como tomándose por sorpresa a ella misma, se aferró a la almohada que estaba junto a la cabeza de Mario y se desplomó. Ella sobre la almohada, la almohada sobre Mario. Mario, bajo la almohada y el peso y el odio de ella, se sacudió como si tuviera convulsiones, moviendo desesperado los brazos que, atados a la cama, pugnaban por liberarse.

Ella no se movió, parecía anclada a una balsa en un naufragio. Su cuerpo se estremecía por el oleaje del hombre furioso y desesperado, pero ella estaba decidida a no hundirse. Cuando el mar de Mario se aquietó, hubo apenas unos segundos de calma, minutos, horas, imposible medirlo. Una calma de incertidumbre en los que ella no aflojó ni por un momento su cuerpo alerta. Cuando comprendió por fin que el movimiento había cesado para siempre empezó a sentir un leve temblor que desbordó su mar interior. Lloró sobre su marido muerto por última vez.

Sobre el cadáver aún tibio se juró por ella y por sus cuatro hijos que nunca más volvería a derramar una sola lágrima por ese desgraciado que le había arruinado la vida a todos, que le había llenado de moretones el cuerpo y también el espíritu; que le había destruido a sus propios hijos lo más sagrado que uno tiene, la infancia. Ahora eran libres y ése no era motivo para llorar. Esto era sólo un desahogo, tanta bronca acumulada, tanta angustia.

Se levantó con dificultad, apoyándose en el pecho inerte y retiró la almohada. Miró con un poco de lástima la última expresión de su víctima y lo cubrió con la sábana. Tenía que apurarse antes de que llegaran los chicos del cumpleaños del primo Andrés. No quería que lo vieran así. Llamó por teléfono a la policía, dijo escuetamente “acabo de asesinar a mi marido, vengan rápido por favor” y dio la dirección exacta. Estaba tranquila porque había escuchado muchas veces en la televisión que si ella demostraba que era mujer golpeada le podían bajar la pena y hasta evitar la cárcel. Y muestras tenía de sobra. Besó a la virgencita que estaba en la mesita de luz, tomó la cuchilla y se fue a la cocina a esperar su destino inexorable.

Entretanto preparó mate cocido y tostadas, doraditas y crujientes. Se asomó a la ventana para identificar el ruido de un auto que estacionaba pero los rayos plateados del sol que atardecía la cegaron repentinamente. Todavía no se había recuperado del encandilamiento cuando la sobresaltó un grito inesperado y conocido:

-¡¡¡Qué mierda se te quema ahora, inútil!!! ¡¡Traeme el mate,¿querés?, que se me hace tarde !!

-Ay, sí, gordo, ya voy – dijo con un hilo de voz, inexpresiva.– Siempre la misma tonta, no sirvo ni para hacer tostadas.