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sábado, 18 de febrero de 2012

Notas de Viaje - Montevideo (1).


1.Llegando está el carnaval.


Un nuevo viaje siempre es motivo de alegría, cualquiera sea el destino. Montevideo es destino conocido y querido; sólo serán cinco días, un pequeño descanso en medio del calor rosarino. Por ser viaje internacional nos piden estar 45 minutos antes en la terminal. Como somos demasiado puntuales llegamos una hora y media antes. Empezamos a palpitar el carnaval desde temprano: en la boletería, delante de nosotros, estaban los chicos de la murga La Cotorra, con quienes compartiríamos micro. Como es mi costumbre, antes de subirme al colectivo y por precaución, fui al baño. Era en la parte nueva de la terminal: un baño muy lindo y limpio pero… sigue estando la señora que pide la colaboración a cambio de mantener limpio el baño y darte papel higiénico. Cada vez que me encuentro con esta escena (no pocas veces, visito todos los baños públicos) me molesta esta modalidad que no recuerdo haber visto en otros países (aunque es posible que mi memoria no lo tenga presente). La limpieza de los baños así como la provisión de papel higiénico y jabón es obligación de la empresa (en este caso la terminal de ómnibus). Son ellos los que deberían pagarle un sueldo a esa señora, pagarle obra social y jubilación. ¿Por qué la limpieza del baño tiene que depender de la solidaridad de la gente? Recuerdo incluso que hace años, en la misma terminal, el cartel que solicitaba la colaboración pedía, conminaba casi: “Se colabora con la limpieza”.

Salimos de Rosario bastante puntuales (el horario estipulado era 23:30) teniendo en cuenta que los integrantes de La Cotorra llevaban decenas de bártulos, instrumentos, cajas y demás equipaje, que tardaron un buen rato en cargar. Vamos en coche semi-cama. No suelo tener problemas con los colectivos, mi estatura corta y contextura pequeña me permiten acomodarme en cualquier asiento. De hecho, mis pies no llegaban al piso y me deslizaba hacia abajo. Pablo sí tiene problemas: el asiento le queda chico y cuando el pasajero de adelante reclina el suyo casi no le queda espacio. Putea un buen rato y nos recordamos mutuamente que la próxima vez tenemos que comprar sí o sí coche cama. Pero después nos olvidamos y compramos lo que hay disponible en el momento. La azafata nos informa sobre el trámite que habrá que hacer en la aduana y las facilidades del coche, y nos avisa, casi pidiendo perdón, que nos pasará a servir una bandeja con una pequeña (remarca “pequeña”) cena. Es un sándwich de miga, una empanada fría y un pedacito de torta, más vaso de gaseosa. No es para pedir tanto perdón, hemos cenado cosas peores.

 A las 3:30 (4:30 hora uruguaya) llegamos a la aduana. Felizmente no hace falta que bajemos del micro, simplemente tuvimos que entregar nuestros documentos y esperar a que terminaran el trámite. El otro micro que salió de Rosario al mismo tiempo que nosotros e iba adelante no tuvo la misma suerte: los hicieron bajar a todos y hacer filita para presentar los documentos. Cosas del azar. Igual bajamos para estirar las piernas e ir al baño. El paisaje nocturno destaca la pastera Botnia muy iluminada y sin rastros del largo litigio que amenazó su funcionamiento. Varios carteles advierten acerca de la barrera sanitaria y los productos que no están permitidos ingresar al país. En ningún momento persona alguna nos informó sobre la barrera sanitaria ni tampoco verificaron que nadie llevara esos productos. Estos uruguayos son muy confiados.

esperando el carnaval

De regreso al micro y reiniciada la marcha, mientras intentaba dormirme, pensaba en la posibilidad de un accidente. Tengo una tendencia morbosa a pensar en la peor escena. Me sale naturalmente. Pensaba en la cantidad de gente que muere a diario en accidentes de tránsito y que de un momento a otro deja de existir. Sin presentimientos, sin avisos. Así, de golpe. Pensaba en la casa que quedaba llena de cosas ahora inútiles, mi familia enfrentando ese trágico hecho, el vacío repentino. Como pueden apreciar, no pasó nada. Pero siempre que veo esos martillitos en las ventanas con el cartelito “En caso de emergencia, romper el vidrio” me pregunto si servirán de algo, si ante la desesperación la gente se acordará del martillito, si el martillito será eficaz. Igual no tengo necesidad alguna de comprobarlo, es una duda nomás. 

Una hora después del trámite la aduana la azafata vuelve a despertarnos para darnos el desayuno. Casi nos ruega que nos mantengamos despiertos porque nadie le da bolilla. Tiene, sin embargo, un arma más efectiva para lograrlo: el café con leche que nos sirve está tan dulce como para producir un coma diabético por hiperglucemia. Lo tomo a duras penas pero no tardaré en arrepentirme, me cae como una bomba. Está empezando a clarear y mientras nos acercamos a Montevideo vamos viendo un paisaje más o menos conocido: kilómetros de campos, decenas de vacas, caballos. Con Pablo fantaseamos con la idea de comprarnos un campo en Uruguay, dedicarnos a la agricultura y los productos fitoterapéuticos. Del campo pasamos a comprar un escarabajo (VW Beetle, de los viejos) y nos preguntamos si será muy complicado el tramiterío para llevarlo a Argentina. Nos acordamos de Moreno, el secretario de Comercio y sospechamos que será más fácil comprar un Alfa Romeo directamente en Argentina. 

Poco antes de arribar a la terminal, la azafata saluda a los chicos de la murga (es la primera murga íntegramente no uruguaya en participar en la competencia), les desea suerte y les pide que canten algo. Tardan en decidirse, arrancan tímidamente pero al primero que se equivoca se empiezan a reír y ya no siguen. Están bastante dormidos. Pero no dejó de ser un lindo adelanto de lo que ya se palpitaba en Montevideo.

[Continuará]
Fotos del viaje.

. Seguir al capítulo 2: Suelo charrúa.

lunes, 15 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 6

~ Un final de 24 hs.

Nuestro día empezó temprano otra vez: a las 6:00 estábamos arriba y luego de un baño bajamos con nuestros bolsos a tomar nuestro último desayuno buffet. Cancelamos nuestra cuenta (el uso de internet y una llamada telefónica más las bebidas de las cenas) y nos sentamos en el sofá a esperar a que llegara nuestro micro. Puntual como todos los días llegó a las 7:25 y fuimos camino a buscar al resto de los pasajeros. Una hora después, con el pasaje completo, comenzó el regreso propiamente dicho. Empezaron a torturarnos los oídos con un cantante que Pablo y yo conocíamos pero no acertábamos a decir quién era. Después de un rato largo de probar nombres equivocados Pablo dio con el indicado: ¡Eros Ramazzotti!

A llegar a la aduana brasilera tuvimos que bajarnos todos a presentar nuestros documentos y visas. No sé si será casualidad, pero siempre los trámites en otros países son más rápidos que en el propio país. Diez minutos después todos habíamos terminado.

Al acercarnos a la aduana argentina Pablo empezó a refunfuñar por tener que hacer trámites otra vez. Nos bajamos a las 8:50 y volvimos a subir al micro a las 9:30: el trámite consistía en hacer una filita, cada uno con su valija o bolso que depositaría en una cinta transportadora. Los retirábamos al otro lado de la habitación después de que supuestamente un guardia atento se asegurara mediante un mini televisor de que no llevábamos nada sospechoso. Luego de una parada técnica para ir al baño (nuevamente cola en el baño de las mujeres, ¿por qué siempre, sin excepción, las mujeres tardamos el triple de tiempo que los hombres?) y a comprar unos últimos souvenirs (yerba y alfajores). Pensábamos comprar chipás para tomar mates en el trayecto pero nos olvidamos y luego lo lamentaríamos sobremanera.

Ahora sí: 10 de la mañana, cuatro horas después de despertar, estamos realmente en camino, sin más interrupciones molestas. La próxima parada programada es en San Igancio para el almuerzo.

Pero a las 10:25: nueva parada. Esta vez es Gendarmería que quiere revisar el colectivo (aparentemente no confían en el control de la aduana). Sube un gendarme con cara de malo y mira los compartimientos superiores del colectivo como si tuviera visión rayos x o poderes de adivinación: sólo pregunta por el contenido de algunos paquetes. Parece satisfecho con las respuestas porque no pide abrir ninguno. Mientras esperamos a que el gendarme termine con su control, Pablo y yo miramos por la ventanilla a los gendarmes que rondan el colectivo. Hablamos de su pésimo estado físico y de la imposibilidad de que ninguno de esos señores defienda nada, de que probablemente no puedan correr más de una cuadra sin caer muertos de cansancio, de que evidentemente no tienen entrenamiento constante. Y de que el estereotipo de policía gordo y fanático de la pizza es en apariencia universal: allí está el Jefe Gorgory de los Simpsons para confirmarlo.

Diez minutos después estamos nuevamente en marcha. Tomamos mate con galletitas Social Club porque no compramos los chipás (y rezongamos por eso). Vemos el dvd que uno de los pasajeros compró de la excursión a las cataratas: música obvia del insufrible Kenny G (la misma que se usa para los casamientos, cumpleaños de quince y probablemente bautismos), las imágenes movidas, un sonido espantoso y nosotros saludando de compromiso al camarógrafo. $ 50 tirados a la basura; por supuesto que a nosotros en ningún momento no se nos ocurrió comprarlo.

13:15 paramos una hora a almorzar en San Ignacio, en el mismo lugar donde desayunamos en el camino de ida. Como es mediodía hay mucha más gente que antes: un enjambre de niños y mujeres rodea el colectivo, venden orquídeas o piedras, piden galletitas o caramelos. Casi todos están descalzos, todos están muy sucios. Chicos que apenas aprendieron a hablar pero ya saben pedir. Adolescentes embarazadas con un chico prendido a la teta. Esa “postal” alcanzó para deprimirme toda la tarde. El micro se pone en marcha mientras nuestros compañeros de viaje siguen alborotados porque compraron cantidades de orquídeas por unas monedas. Para aliviar la tristeza miro por la ventana el paisaje misionero y me acuerdo de la versión musical que el Chango Spasiuk hace de ese paisaje.

Comienza la tarde de Súper Acción sobre ruedas. Primera película de la tarde: Inside Man, con Clive Owen y Jodie Foster dirigida por Spike Lee. Mucho suspenso al cuete, porque no pasa nada (o yo no la entendí).

15:30 Otra parada no prevista. Esta vez es la CNRT (Comisión Nacional de Regulación del Transporte) que quiso revisar el micro. Algo no estaba en regla así que estuvimos parados una hora. Por lo menos estábamos entretenidos con la película.
Segunda película de la tarde: “Los Infiltrados” de Scorsese. Yo ya la había visto y me entretuve un buen rato. A Pablo no le gustó, pero me parece que no le prestó atención.

18:35 Paramos en Santo Tomé, Corrientes. Veinte minutos y vuelta a la ruta.
Tercera película: “Tiempo de valientes” de Damián Szifrón con Diego Peretti y Luis Luque. Otra que había visto, pero me volvió a causar gracia. Recién a las 22:30 paramos a cenar en “Cuatro bocas”, Corrientes. Una estación de servicio con bar 24 hs. Un sándwich frío fue toda la cena, ya añorábamos las cenas buffet del hotel.

23:10 Volvemos a estar en camino y terminamos de ver “Tiempo de valientes”. Una vez que terminó la película me pasé a los asientos de atrás y en brazos de Marco Polo (parece ser la única empresa que fabrica sillones para colectivos) dormí hasta la llegada a Rosario con la sola interrupción en Santa Fe donde bajé, casi sonámbula, para ir al baño.

Eran más de las 6 de la mañana cuando llegamos a la terminal Mariano Moreno. En el taxi camino a casa empecé a lamentarme por todo el tiempo que falta para las próximas vacaciones.

[Fin]

Fotos del viaje.

lunes, 8 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 5

~ Día libre en Foz

Jueves: ¡día libre! (los tours pueden ser muy agotadores). La agencia ofrecía un tour a Ciudad del Este cuyo único atractivo es comprar cosas muy baratas. Como nosotros no habíamos ido de vacaciones para hacer shopping decidimos obviar el paseo (además yo había estado hace mucho años y me pareció uno de los lugares más feos que recuerdo). Decidimos entonces recorrer la ciudad de Foz do Iguazú.
Para aprovechar el día como corresponde en vacaciones, dormimos hasta tarde (hasta lo más tarde que podíamos sin poner en riesgo nuestro desayuno). Pablo, por supuesto, se despertó antes que yo, acostumbrado como está a madrugar desde hace años. Después del desayuno tardío (eran casi las 10, horario en que cerraba el comedor) decidimos ir al centro caminando ya que nos habían dicho que eran unas 20 cuadras. El día estaba soleado y todavía agradable.

¡Estamos de vuelta!

Tomamos la avenida Juscelino Kubitschek a paso tranquilo, mirando la ciudad como quien intenta descubrir rasgos comunes, como queriendo captar con una sola mirada la idiosincrasia de un pueblo. Y aunque eso es imposible (sobre todo en una caminata de un par de horas) estas son algunas de las cosas que nos llamaron la atención:

. Todos los motociclistas, sin excepción, usan casco. Sean uno, dos o tres los que ocupantes, todos usan sus cascos.
. En más de una oportunidad vimos que los empleados de algunas empresas como supermercados se reunían a hacer gimnasia antes de la jornada laboral.
. Ningún Mc Donalds. Muchos negocios de comida étnica (china, árabe). El imperio contraataca.
. No vimos perros callejeros ni gente paseando mascotas. ¡¡No hay caca de perro en las calles!! (Punto para Foz, coincidencia con los uruguayos). Pareciera ser que la costumbre de tener uno, dos o tres perros por familia es sólo una manía argentina (y tal vez sólo extendida a las grandes ciudades).
. Los automovilistas son bruscos, manejan a grandes velocidades y ni siquiera miran para ver si viene algún peatón. Son la antítesis de los uruguayos.
. Muchas fábricas de colchones y una marca preponderante: “Ortobom”. Había promociones para el día de los enamorados pero me voy a abstener de hacer comentarios.

Algo que veníamos sospechando y ese día pudimos comprobar: Foz do Iguazú no es una ciudad turística. Unos días antes, en el hotel, yo había pedido un plano de la ciudad y había preguntado detalles menores como la modalidad del transporte público y esas cosas. El recepcionista fue bastante escueto pero supuse que no estaba ahí para eso y que tal vez no le agradaba esa función. Decidimos entonces hacer más averiguaciones en una de las oficinas de información turística que estaba marcada en el plano. Queríamos saber sobre algunos lugares para visitar como la represa de Itaipú, la reserva natural, etc. La oficina estaba en una mini terminal de ómnibus, sobre la avenida Kubitschek. Yo entré decidida, hablando en castellano, suponiendo que nos darían una bienvenida con sonrisa incluida. Por el contrario, la oficina era atendida por un jovenzuelo que no sólo no hablaba castellano sino que apenas balbuceaba el portugués. A nuestras preguntas contestaba con monosílabos y hasta llegó a sacarnos las pocas ganas que teníamos de conocer algunos lugares. Evidentemente Foz es apenas lugar de paso para turistas previamente cooptados por las agencias de turismo y no tienen ningún interés en atraer otro tipo de turistas. Ya sé que es poca cosa para enojarse pero yo suelo engancharme fácil. Tuve la fantasía de agarrar a ese muchacho de la solapa y zamarrearlo al grito de: ¿Y a vos te pagan por esto? Me enoja la gente inepta y me enojan las oficinas que dicen ofrecer un servicio que no ofrecen. Como esa gente que nos invita a consultar el sitio web y al entrar vemos que la última actualización es de septiembre de 2001. Para eso, la nada es mejor.

Una vez afuera de la oficina hicimos nuestro propio recorrido: a la vuelta estaba el zoológico y allí fuimos. Como zoológico no era gran cosa, un típico zoo de ciudad con pocos animalitos y pocos visitantes. Pero con la diferencia de que aquí el ambiente es selvático y de hecho, si no hubiera habido ningún animal, también hubiera sido un lindo lugar para dar un paseo y tomar unos mates (algo que deben hacer muchos lugareños para escaparse del agobio de la ciudad, ya que está casi en pleno centro). La temperatura ya había empezado a subir y allí se estaba muy bien. Vimos monitos, loros, un jaguareté un poco desganado, tortugas, un yacaré solito. Pobrecito. Siempre me generan cierta lástima esos animales que encima de no estar libres tienen que estar solos. Pablo acotó que hay ciertas especies que están hechas para eso, que sólo buscan pareja para reproducirse pero luego vuelven a la soledad. Eso me recordó a mí misma hace unos años. Yo también pensaba que estaba hecha para la soledad (¡ni siquiera para reproducirme, porque nunca quise!), que lo mío no era estar de a dos, que, a pesar del mandato cultural, la soledad estaba en mi naturaleza. Hasta que lo conocí a Pablo y poco a poco, sin grandes planteos ni cambios drásticos, fui dándome cuenta de que la vida en pareja (con alguien afín, “emparejado”) es mucho mejor. Lo que me hizo pensar: o yo no me conocía en absoluto, o aquello de que “está en mi naturaleza” no es más que un verso para autojustificarnos. ¿Somos lo que queremos o somos lo que podemos?

Fin del desvarío. Con tanta palmera cerca se me hace difícil no colgarme. Estábamos en el zoo: después de una caminata refrescante retomamos el camino hacia el centro. Ahora el calor era más notorio, las calles más transitadas, los negocios más abundantes. Y a esa hora nos empezaba a dar hambre. Pablo sacó algunas fotos (negocios, carteles, la catedral muy olvidable) y luego volvimos sobre nuestros pasos para ir a almorzar. Antes paramos en una Lan House (cyber) para chequear mails y saber noticias locales. El almuerzo fue en un pequeño restaurante que ofrecía “menú buffet com suco” por 5 reales. El precio incluía sólo un tipo de carne, para combinarla con otra había que pagar más. Y también advertían desde el ticket que nos habían dado en la entrada que “el desperdicio de comida será cobrado”. Comimos hasta el último bocado como niños obedientes.

Tiendas Marisa

Luego decidimos que no había mucho más para ver y emprendimos el regreso, esta vez por la Avenida Brasil, mucho más comercial, con tiendas de ropa y unos puestos de venta de diarios y revistas muy simpáticos. También nos cruzamos con las Tiendas Marisa, una cadena muy conocida, que hicieron de fondo para una foto en mi honor.

La vuelta fue un poco menos grata porque estábamos cansados, hacía mucho calor y había poca sombra. Subimos a la habitación para cambiarnos y bajamos raudamente a la pileta donde esta vez sí había sol y el agua estaba más cálida. Bajamos con el equipo de mate (que incluía revista de crucigramas) y allí nos quedamos un par de horas relajándonos como corresponde a unas vacaciones.

alberca

Cuando volvimos a la habitación era hora de hacer las valijas pero a mí me agarró fiaca. Lo miré a Pablo ordenar lo suyo tirada en la cama. La tarde pasó así, haciendo fiaca (cosa que a mí me encanta): miramos a Ratinho en la tele (una mezcla de Susana Giménez con Chiche Gelblung), miramos las fotos que habíamos sacado, hablamos de bueyes perdidos. Después fue mi turno de hacer el bolso (ufa!) y después de nuestro habitual capítulo de Los Simpsons (hay adicciones peores y además ilegales) bajamos puntuales a cenar. ¡Nuestra última cena buffet! Había que aprovecharla. Sólo que justo ese día había llegado al hotel un nutrido contingente de jubilados y el comedor se llenó en cuestión de segundos. Temimos por nuestros postres pero por suerte no hubo desabastecimiento. Aprovechamos nuestra última cena como si verdaderamente alguien estuviera por crucificarnos: carne de vaca, pollo rebozado, ensaladas, arroz, flan, postre de coco.

Ya en la habitación, y después del té de hierbas, intentamos dormir temprano porque al otro día, una vez más, había que madrugar. Pero yo no tenía sueño y me puse a hacer crucigramas. Una tentación irresistible para Pablo que empezó por relojear las palabras que me faltaban y terminó resolviéndolos conmigo. Nunca es tarde para aprender que las “nabinas” son las semillas del nabo.

[Continuará?]


Fotos del viaje.

Ir a Día 6: Un final de 24 hs.

viernes, 5 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 4

~ Entre gritos y contemplación.

Otra vez a madrugar (¿quién dijo que eran vacaciones?) para poder desayunar antes de que nos pasaran a buscar a las 7:35 (por la ubicación de nuestro hotel éramos los segundos en el recorrido -¡maldición!-. Sólo en una ocasión quedaríamos penúltimos en la lista, pero sería precisamente el día en que nosotros no haríamos la excursión). Una hora después de que nos pasaran a buscar estábamos entrando en el Parque de las Aves, otra grata sorpresa del viaje. El parque es un predio selvático (está pegadito al parque nacional brasilero) con grandes jaulas que albergan diferentes especies de aves autóctonas. Algunas de esas jaulas son tan grandes que incluso los visitantes pueden entrar y caminar entre ellos (con los riesgos del caso, en el mío fue una cagada en la campera). Vimos tucanes (muchos tucanes, algunos de ellos hasta se dejaban acariciar), faisanes, loritos, cotorras, papagayos, colibríes, una boa (ya sé, no es pájaro), ñandúes (una vez más nuestro compañero de viaje, el de adelante, diciendo que “se cansó de ver ñandúes en los Esteros del Iberá”). Pablo y yo nos hubiéramos quedado mucho tiempo allí. Lamentablemente nos apuraron y tuvimos que terminar la visita en menos de una hora. Afuera nos esperaban los que no habían entrado al parque (era una visita aparte y se pagaba aparte) y teníamos que cumplir con el horario previsto. Ufa. Igual salí contenta: me encantan esos lugares, el sólo hecho de caminar entre ese verdor, los pájaros coloridos, la ilusión de que estamos más cerquita de la naturaleza aunque sea por un rato.

Volvimos a subir al micro sólo para bajarnos unos metros más adelante. Entramos al Parque Nacional do Iguaçu. Desde la entrada nomás se nota que este parque (tres veces más grade que el de Argentina según nos dicen) es más cuidado y modernizado que el otro: los boletos para entrar no se cortan, los lee una máquina; la gráfica es más simpática y colorida; los espacios más grandes. Tomamos un colectivo de dos pisos con dibujos de animalitos que nos llevó hasta el lugar donde empezaría la excursión del día: Safari Macuco. Advertidos, llevamos una muda de ropa para cambiarnos. Luego nos subimos al “Eco bus”, una especie de camioncito abierto que nos pasea por el medio de la selva mientras un guía nos cuenta algunas particularidades de ciertos árboles como el palmito y el timbó. Llegado a un punto más sinuoso del camino tenemos que bajarnos y abordar un jeep que hará un corto camino en pendiente hasta dejarnos al pie de una escalera. Descendiendo llegaremos a un embarcadero. Hora de disfrazarse de turistas temerarios: el “Emergency poncho” y el salvavidas arriba. Cámara en mano y descalzos subimos al gomón.

V invasión extraterrestre

El paseo en sí no es ni más ni menos que navegar el río Iguazú a velocidades cambiantes tratando de generar cierta adrenalina en el pasajero. En mi caso no hacía falta: me sobraba entusiasmo por tener esa vista privilegiada. Tal vez la expectativa que se genera alrededor de la excusión sea exagerada al lado de lo que finalmente resulta. Pero yo había mantenido mis expectativas en un nivel relativamente bajo: nunca había navegado en ese tipo de embarcaciones (sí en algunas más grandes y por mar) por lo que la novedad era un punto a favor. Pablo, en cambio, que hizo rafting en Mendoza, se jactaba de que eso no era nada, que era apenas para hacer gritar a mujeres y niños. Yo soy mujer y tengo bastante de niña así que grité de lo lindo (además me gusta aprovechar cualquier ocasión en que una puede lanzar gritos sin miedo a que le digan “Callate, loca!”). La primera parte del paseo es una recorrida haciendo algunas paradas frente a puntos estratégicos para mirar los saltos de agua y sacar fotos. Luego se guardan las cámaras en una gran bolsa y la velocidad empieza a aumentar y las maniobras a ser más bruscas. Hasta que se llega a alguno de los saltos de agua (de los más tímidos, creo que era el Dos Hermanas o Los tres mosqueteros, no tuve tiempo de contarlos) y el gomón se mete debajo para darnos una ducha de catarata. El agua era helada y a esa altura el emergency poncho no me servía de nada. Alternábamos los gritos con aplausos. Pero siempre hay alguien disconforme y resultó ser la vieja que estaba sentada al lado de Pablo: se quejaba porque no nos había llevado hasta la caída misma de la garganta del diablo. El guía nos explicaría después que si llegábamos a ir a la garganta del diablo probablemente nos hubiéramos ido al mismísimo infierno.

Mientras volvíamos a toda velocidad por el río yo empecé a tiritar de frío y aunque en general nos pareció un paseo corto (duran más todos los preparativos que el paseo en sí) a mí me gustó. Cuando llegamos a la base, empapados como estábamos tomamos nuestros bolsos (y nuestras cámaras de la bolsa grande) y subimos descalzos la escalera que nos llevaba nuevamente al lugar donde nos esperaría el jeep y más adelante el eco bus. Ya en el punto de partida nos pusimos ropa seca y esperamos nuevamente el colectivo de dos pisos que nos llevaría a la última caminata de las cataratas. En el camino vimos otras hermosas vistas de los saltos (parte de ese camino lo hicieron nuestros compañeros de viaje que no hicieron el Macuco Safari, que también era opcional. Para ser sincera me quedé con ganas de hacer ese camino también, pero todo no se puede). Cuando nos bajamos del micro tomamos un ascensor (que en este caso era descensor) que nos dejaría en el comienzo de la pasarela que tiene una vista maravillosa de las cataratas. Si desde el lado argentino pudimos sentir la cercanía de la garganta del diablo, aquí teníamos una vista panorámica única, con arco iris por todos lados.

contemplación

Nos quedamos un largo rato frente a esa postal, queriendo retenerla, queriendo, inútilmente, retratarla de la mejor manera. Mientras esperábamos a que volvieran todos de hacer la caminata por la pasarela yo me quedé mirando, casi como en trance, el agua que caía. Pablo recordó las palabras de Mariano del día anterior y se acercó para preguntarme:

- ¿Estás empezando a creer en algo?

Pensé en retrucarle el chiste con los ojos húmedos de emoción y las manos en oración pero no tuve el reflejo suficiente. Nos reímos del chiste oportuno y volvimos al ascensor. Mientras esperábamos el colectivo nuevamente para volver a la salida vimos una cantidad de coatíes pululando cerca de nosotros. Ya en nuestro micro de costumbre (digresión: mientras releo esto parece que lo único que hicimos fue subir y bajarnos de los colectivos, pero no fue tan así. Y aunque lo fuera era más agradable que esperar el 142 en la Plaza Sarmiento) fuimos camino a almorzar, fuera del parque nacional para cuidar nuestros bolsillos. En el camino, Elsa, la guía que nos había acompañado esos dos días en los parques, empezó a despedirse de nosotros. No olvidó las recomendaciones que son parte de su trabajo, el despertar conciencia ecológica sobre la necesidad de cuidar a los parques, los árboles, los animales. El discurso sonaba repetido pero tuvimos suerte de que Elsa fuera una mujer sumamente agradable, misionera de origen, con un hablar pausado y una voz melodiosa. Eso hizo que su compañía fuera un buen recuerdo.

Otro gran recuerdo fue la churrasquería Rafain: un tenedor libre pero con el triple de platos para elegir que los otros a los que habíamos ido. Lógicamente comimos el triple de lo que acostumbramos a comer. Algo nomás de lo que yo comí: carne al champignon, mandioca frita, rollitos de sushi, ensalada de berro, choclo, remolacha y huevos de codorniz; ravioles con bolognesa, lasagna de jamón y queso. La oferta de postres también era variada. Yo elegí: flan, postre de coco y dos postres inidentificables con mucha crema, chocolate y bizcochuelo. Todo exquisito. Recién cuando llegamos al hotel y pude hacerme mi acostumbrado te de hierbas digestivas empecé a respirar un poco mejor.

Pablo se tiró a dormitar y yo elegí escribir. Me entretuve además sacando algunas fotos de la habitación (mi departamento es apenas más grande): los cartelitos de la luz, las cortinas floreadas sobre el sofá marrón que tanto me hicieron acordar a las películas de David Lynch. Saqué incluso fotos de un adminículo del que habíamos oído hablar en el viaje de ida (la señora que fue a Dubai) y que a mí me pareció muy práctico: en lugar de bidet, al lado del inodoro hay una especie de pequeño duchador que uno utiliza para higienizarse.

La tarde empezó a nublarse. Pablo quería que refrescara porque había traído mucho abrigo y se le estaba terminando la ropa veraniega. Después de dudar un buen rato nos decidimos y bajamos a probar la pileta. La prueba duró poco porque el sol ya no daba sobre la pileta y el agua estaba helada. Fue apenas un chapuzón y salimos. Nos quedamos un ratito sentados en el deck de madera porque afuera del agua el clima estaba cálido. Además era la hora en que empezaban a cantar los pajaritos bochincheros: barajamos posibles teorías de por qué se ponen a cantar tan escandalosamente a esa hora del día (ninguna teoría digna de desarrollarse aquí).
Volvimos a la habitación y después de un baño calentito yo leí un ratito a Caparrós. Para hacer tiempo jugamos otro ratito al truco (Pablo me está enseñando porque nunca pude aprender. Varias veces me enseñaron ese sistema ilógico de los valores de las cartas, el envido y esas cosas, pero después nadie tenía la paciencia de jugar con una principiante. Con Pablo, por primera vez, puedo decir que entiendo el juego aunque no creo que nadie me quiera en su equipo todavía. Además las señas me dan mucha risa). Por supuesto que ganó Pablo, pero voy mejorando.

A pesar del opíparo almuerzo que tuvimos, eso no fue motivo para una cena frugal. Volví a comer considerablemente aunque esta vez me abstuve de probar postre. Volvimos a acostarnos bastante temprano, y después de ver algunos pastores evangélicos gritonear y hacer llorar a los fieles, nos dispusimos a descansar. Esta vez no hacía falta el despertador: ¡no teníamos que madrugar al otro día!

[Continuará]

Fotos del viaje.

Ir a Día 5: Día libre en Foz.

lunes, 1 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 3

~ Agua que no has de creer

Nos levantamos 6:15 para ir a desayunar antes de que nos pasaran a buscar (a las 7:25). Desayuno opíparo: pan, tostadas, dulces varios, manteca, tortas varias, frutas, yogurt, café, té, leche, jugos.

Mientras hacemos el mismo recorrido que haremos todos los días para ir a buscar a los otros pasajeros a sus hoteles vemos algo de la ciudad de Foz de Iguazú. Mucho más grande de lo que pensábamos (alrededor de 300.000 habitantes), los edificios altos están desperdigados por aquí y allá, sobresaliendo de una manera desordenada y poco estética. Casitas con jardines muy verdes, salvajes. Envidio todos los jardines que veo, añoro una casa con un patio-jardín de ese tipo: selvático. El verde es más verde, las hojas de los árboles tienen el triple de tamaño que las que uno acostumbra a ver, cualquier terreno baldío es una pequeña selva. Trato de contenerme para no aburrir siempre con el mismo comentario, pero a veces se me sale sin querer: ¡mirá esos árboles!

Vemos muchos templos evangelistas de todo tipo (luego nos enteraríamos de que también hay una mezquita musulmana y un templo budista, señalados incluso en el plano de la ciudad como atracciones turísticas). Mientras esperamos que los pasajeros de un hotel terminen de subir al micro me bajo raudamente para comprarle a un vendedor ambulante dos “Emergency ponchos” (básicamente un bolsa transparente larga, con dos mangas y una capucha) porque nos advirtieron que podíamos necesitarlos en alguno de los tramos del paseo. No fue necesario para este día aunque tampoco muy útil para el siguiente, ya que nos terminamos empapando igual. Pero me estoy adelantando. Hoy es un día soleado, todavía no hace mucho calor y estamos ansiosos por ver las cataratas.

no pisar el palito

Pero antes hicimos una parada en otro de los paseos incluidos en el tour. Temimos otro episodio Wanda, pero por suerte nos equivocamos. La Aripuca es un lugar construido con árboles gigantescos, todos rescatados de la selva misionera que por una razón u otra habían caído (sin ser talados). El nombre remite a una trampa usada por los guaraníes para cazar pájaros de un modo no agresivo: el pájaro “pisaba un palito” (de ahí la expresión) que hacía caer sobre él una jaula echa de tronquitos; si el pájaro servía para alimento se lo mataba, sino, se lo dejaba en libertad sin heridas. Simulando esa trampa, se construyó la aripuca gigante donde pueden apreciarse las diferentes especies de árboles de la selva autóctona. La construcción lleva además un mensaje ecologista implícito: si seguimos talando árboles, produciendo catástrofes naturales nuestro propio mundo terminará siendo nuestra aripuca (trampa).

El complejo incluye puestos de artesanías hechas con maderas: pequeños animalitos autóctonos (compramos un jaguareté y un coatí), maracas (compré una para mi sobrina), servatanas (me pareció un poco agresivo para mi sobrina) y hasta muebles de maderas autóctonas. También había un puesto con productos originales: mate instantáneo y helado de yerba mate (que no probamos). A la salida compramos una bolsita de chipás exquisitos que acompañamos con unos mates tibios (resultado de nuestra primera experiencia con el “calorito” que todavía no sabíamos usar correctamente y mi termo que no es muy térmico que digamos) mientras hacíamos el corto camino hacia las cataratas.

Yo había visitado las cataratas cuando era una adolescente en compañía de mi familia. Pero son pocos los recuerdos que tengo, la mayoría de ellos a partir de las fotografías que sacamos. Así que fue casi como una primera vez. Para Pablo fue directamente su primera vez. Los tres circuitos programados por Elsa, nuestra guía, eran: la garganta del diablo, circuito inferior y circuito superior. Empezamos por el más espectacular, previendo la posibilidad de que alguno de los pasajeros más entrados en años se cansara y no pudiera hacer los otros. Apenas nos bajamos del micro ingresamos al Parque Nacional Iguazú y enseguida nos subimos a un trencito que nos llevaría al comienzo de la primera caminata: la que lleva a garganta del diablo. Un día soleado, acompañados por una multitud de mariposas que nos siguieron en todo el camino. Elsa intentaba compartir algunas de sus explicaciones con los italianos y quiso señalarles las mariposas pero no se acordaba la palabra en italiano. Aproveche y salí en su ayuda: “farfalla”. Por fin me sirvió eso de saber decir mariposa en distintas lenguas: butterfly, borboleta, farfalla, papillon, panambí, que una vez más me recordó a Liliana Herrero y su tarareo acompañó el paseo. Pablo me enseñó también la palabra japonesa pero ya me la olvidé.

bruma colorida

En el camino también nos cruzamos con tucanes, urracas, tortugas y un yacaré que parecía estar puesto especialmente para los fotógrafos ávidos de naturaleza salvaje. Se quedó inmóvil mientras todos disparábamos con nuestras cámaras. No todos, porque el señor que se sentaba delante de nosotros en el micro decía una y otra vez que “se cansó de ver yacarés en los Esteros del Iberá”.

Llegar al espectáculo de la garganta del diablo, el más esperado, nos llevó menos de una hora de caminata a paso agradable. Aunque con las particularidades del caso: gente, gente, gente yendo y viniendo todo el tiempo (y es temporada baja. No puedo ni quiero imaginarme cómo será en pleno verano, sumándole el calor, o en Semana Santa. Fue una suerte venir en mayo). Cuando por fin se llega a la pasarela del mirador lo que resta es eso: mirar. O admirar, no sabría explicar la diferencia. Si quisiera ponerme escueta podría describirlo así: cantidades enormes de agua cayendo todo el tiempo que además salpican. Básicamente es eso, pero además es eso. El agua otra vez (como en el mar) inabarcable a escala humana. En mi caso, todo lo que no puedo abarcar, controlar, me fascina. Pero esto es distinto: uno no puede meterse al agua como en el mar, uno no puede jugar. Más insignificantes aún: lo único que nos queda es mirar.

Nos hubiéramos quedado horas (sí, horas) mirando el agua caer, escuchando el rugido, viendo a los pájaros volar temerariamente entre la bruma (son vencejos y tienen sus nidos en los huecos que quedan entre las piedras y los saltos de agua), imaginando una fatal caída al vacío en ese colchón de agua. Pero estamos en las cataratas, uno de los lugares turísticos más importantes de la Argentina, un patrimonio natural de la humanidad y no somos los únicos que quieren tener ese privilegio. Todos quieren (queremos) esa foto con la caía del agua de fondo, todos quieren (queremos) testimoniar que estuvimos, que lo sentimos, que no nos perdimos la maravilla. Y entonces me siento fastidiosa conmigo misma: me enoja que haya tanta gente todo el tiempo “arruinando el paisaje”, gritando, empujando; me enoja que la industria del turismo convierta todo en una vidriera de shopping. Pero también me enoja ser tan intolerante y creer que tengo más derecho y sensibilidad que los otros para disfrutar de este momento; me enoja no entender algo tan simple: gracias a esa industria de turismo que ofrece paquetes baratos es que Pablo y yo podemos estar ahí. Me enojo conmigo misma cuando percibo en mí lo que detesto en los demás: el sentirse únicos, originales, mejores. Y entonces me digo “¿pero quién te creés que sos, chiquita? (en silencio, para no despertar sospechas) y me vuelvo al lugar que me corresponde: el de una turista más, una de los cientos, miles tal vez que pasan día a día por ese lugar y se sienten únicos.

Mientras miro a un grupo de chicos de una escuela en apariencia humilde que vinieron (probablemente por primera vez) a este lugar que debe estar muy cerca de sus casas pienso qué bueno que el lugar más espectacular de las cataratas se llame “Garganta del diablo” y no “Morada del Señor”. Pienso en los niños que miran el agua y me alegra que, ya que les metieron en la cabeza esa idea estúpida de dios y el diablo, vean por sus propios ojos que, por lo menos aquí, el diablo (o la desobediencia, que finalmente es eso) también puede ser maravilloso.

frente al diablo

El camino de vuelta fue un poco más rápido, como si todo ese paisaje realmente increíble ahora lo fuera menos, porque ya lo vimos. Resabios de la vida moderna. Las mariposas nos siguen, sacamos fotos y fotos pero no hay caso, son mejores en movimiento.

Una vez que volvimos al punto de partida, tomamos nuevamente el trencito que nos devolverá al anterior punto de partida desde donde iniciaremos el llamado “Circuito superior”, es decir, mirar los saltos desde arriba. Esta vez fue el turno de los coatíes, muchos, muy entrometidos y de varias lagartijas, mis preferidas. La cercanía que habíamos tenido en la garganta del diablo se reemplazó aquí por una imagen más general, más parecido a una postal y por ende más fotografiable. Los arco iris que aparecían aquí y allá lo mejoraban todo. Es un triunfo de los cuentos de la infancia: cuando veo un arco iris me parece irreal, pintado. Como los relámpagos. No me acostumbro a los efectos especiales de la naturaleza.

Cerca de las dos de la tarde nos toca el almuerzo (¡por fin!). Hay tres opciones para elegir: un bar que vende sándwiches y empanadas, un fast- food que vende hamburguesas y lomitos y un restaurante con todo el piripipí. Descartamos de plano el restaurante, nos damos una pasada por el fast- food pero está repleto de gente y yo no tengo ganas de esa comida grasienta (casi nunca tengo ganas de esa comida) y terminamos comprando un sándwich primavera con una cerveza (al mismo precio que en Brasil… ¿pero no estamos del lado argentino?). Mientras se hace la hora de volver a reunirnos con el grupo aprovechamos a estirarnos a la sombra y reponer fuerzas para la caminata que nos falta. Cuarenta minutos después volvemos a pararnos bajo la higuera (técnicamente higuerón o chapeu de sombra) donde quedamos en reencontrarnos. Mientras aparecen todos escuchamos a un viejito que alterna entre el arpa y el bandoneón. Y vemos como los coatíes sinvergüenzas se suben a las mesas de los que están almorzando.

Después, el camino inferior. Aunque se supone que es una caminata liviana y sin dificultad, la guía nos advierte del calor y de no hacer esfuerzos de más (sobre todo a los que tienen más años): si no se puede seguir a pie hay unos sillones motorizados que pueden venir a ayudarnos (no hizo falta, lástima, me hubiera gustado ver uno de ésos en acción).

pasarela

Este camino terminó en el salto Bosetti, uno de los que hace unas semanas estaba casi sin agua por la falta de lluvias en Brasil. Nosotros tuvimos suerte, había mucha agua. Aunque sin comparación con la garganta del diablo, volvíamos a estar muy cerca de la caída del agua y eso lo hacía especial. Tanto desde el circuito superior como desde el inferior pudimos ver los gomones que navegaban por el río y ansiábamos estar ahí, cosa que haríamos al día siguiente. En el camino de vuelta vimos un jote (cuervo según Elsa, buitre según Pablo), pariente del cóndor, estirando sus alas en lo alto de un árbol. A Pablo se le había terminado la batería de la cámara justo cuando llegamos al salto Bosetti así que sólo quedaba mi cámara y su pésimo zoom (hay momentos, muchos momentos, en que odio mi cámara de fotos). Casi como la puesta en escena del yacaré, luego del jote empezamos a distinguir distintas especies de pájaros: tucanes, trogones y otros de los cuales no retuve el nombre. Ni las fotos porque salieron espantosas.

A la vuelta de las cataratas argentinas mientras volvíamos en micro a los hoteles, Mariano el guía, nos preguntó que nos habían parecido y acotó algo así como “cuando uno está frente a tanta belleza empieza a creer en algo”. El viejo truco de lo que no se puede explicar. Pablo y yo, escépticos incurables, nos miramos pero preferimos callar. No era el momento para iniciar un debate sobre la necesidad de tener o no tener fe.

Estábamos ansiosos por llegar al hotel (de lo cansados que estábamos) pero todavía faltaba un rato para eso. Paseamos por la ciudad de Iguazú mientras Elsa, que nació allí, nos contaba parte de su historia y su presente (parece una ciudad muy bonita y pintoresca; Pablo dice que si me gusta también me va a gustar Oberá). Paramos en el Hito Tres Fronteras que no es más que un punto panorámico desde donde pueden verse la unión de los tres países (Argentina, Paraguay y Brasil) y los dos ríos (Paraná e Iguazú). Estaba atardeciendo y eso le daba a la vista un color especial. Luego de las fotos y los puestos de artesanías de rigor (donde compré dos mates pintados para mi familia) volvimos al micro para volver, ahora sí, al hotel.

Agotadísimos. Y para completarla, más música insufrible (esta vez era Luis Miguel). Sin fuerzas para sacar mi MP3 me dediqué a estudiar el género y listar los requisitos ineludibles: una voz que sepa susurrar (no importa si desafina), lograr ciertas inflexiones de voz que den lástima y manejar un léxico bastante limitado; se arman frases (no hace falta que tengan conexión) con los siguientes vocablos: amor, sentimiento, corazón, dolor, luna, olvido, pensamiento, espera; se buscan algunas rimas del tipo amor-dolor, sentimiento-pensamiento y voilà!, tenemos un éxito de taquilla.

Ya en hotel, nos dimos una ducha y bajamos, puntuales, a cenar: lechón, pollo laqueado, verduras cortadas en juliana que no supimos identificar pero sabía bien, flan y un postre que sospechamos de maicena, leche condensada y coco. Una delicia. Pablo se quedó chequeando los mails (si está desconectado más de 48 hs le agarra el síndrome el-mundo-puede-estar-colapsando-y-yo-no-me-enteré). Yo subí a la habitación a tomarme un té de menta y a hacer algo de zapping porque me daba vergüenza dormirme tan temprano (eran las 21:30!).

[Continuará]


Fotos del viaje.

Ir a Día 4: Entre gritos y contemplación.

miércoles, 27 de mayo de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 2

~ Ruinas y piedras

Llegamos tempranito a San Ignacio. Eran las 7:10 cuando bajamos a desayunar antes de empezar la visitar a las Ruinas de San Ignacio Miní. La feria que estaba frente al comedor apenas tenía unos pocos puestos abiertos y sus vendedores no estaban muy despiertos. Por otro lado, casi todos vendían lo mismo: mates, collares, carteras tejidas, llamadores de ángeles. Había también algunos indios guaraníes que vendían sus artesanías sobre una manta en el piso y niños que vendían orquídeas o piedras, que pedían caramelos o galletitas.
Eso me recordó instantáneamente mi viaje al noroeste argentino, donde cada parada implicaba ser rodeado de un remolino de niños que pedían lo que fuera, que recitaban poemas andinos, que querían ser llevados a la ciudad (lo recuerdo especialmente, nos pedían que los adoptásemos y los llevásemos con nosotros a Rosario). Y otra vez la película Slumdog Millionaire venía a mi cabeza y toda la miseria extrema y lo parecidos que son el hambre y la pobreza aunque las religiones, los gobiernos y el paisaje sean otros tan distintos. ¿En qué momento empezamos a separar la naturaleza del hombre? ¿Cómo es posible que se hable de “bellezas naturales de la madre tierra” cuando sus propios habitantes no tienen para comer? Los indígenas que habitan esas tierras privilegiadas ¿son también considerados patrimonio de la humanidad como las ruinas? No parece.

Aunque el desayuno ayudó a despabilarnos no fue fácil ponerle onda a la visita después de 15 horas viajando. El día estaba nublado y un poco fresco. El guía del lugar repetía su rutina cual lorito (y supongo que ése sería su primer recorrido del día), tiraba datos y más datos y decía cosas tales como “hincapieces” para hablar de Lugones y Quiroga quienes fueron los primeros en darle impulso al lugar.

Las ruinas. Construcciones que hablan de una época donde todo comenzó a ser de otra manera, donde la cruz empezó a marcar el camino a seguir, donde un dios único y todopoderoso se impuso por sobre dioses variopintos. Los sacerdotes las llamaban “reducciones”, nada de eufemismos. Árboles que se resisten a morir y crecen sobre los muros, envuelven un pilar hasta casi esconderlo por completo. Paredes levantadas con piedras encastradas prolijamente. Cada vez que veo esas construcciones imagino cómo sería vivir en esa época y envidio la frescura que debían tener esas casas en un clima agobiante. Pero no envidio nada más: me encanta el lavarropas, el gas natural y la losa radiante.

San Ignacio Miní

Cuando volvemos al micro Mariano, nuestro coordinador, hace una lectura de lo que acabamos de ver: nos habla de los guaraníes y la cadena de cosas que hacen que vivan en ese estado. Dice que hay una diferencia entre los guaraníes pobres y los pobres a secas. A mí me parecen lo mismo: son pobres y sus miradas están tristes, abatidas. Pero lo más triste de todo es que su presencia parece un detalle más del paisaje, una postal “inevitable”.

Tres horas más de viaje y llegamos a Wanda (pronúnciese vanda) un lugar que lleva ese nombre en honor a una princesa polaca que se sacrificó por su pueblo. Esta segunda excursión incluida en el tour era la visita a la Compañía Minera que se dedica a la explotación de piedras preciosas y semi-preciosas. El guía de este lugar intentaba ser un poco más jocoso que su antecesor de San Ignacio y mechaba chistes malos con una caterva de paparruchadas, todo expresado con una seguridad pasmosa. “Como todos sabemos”, “como ya sabrán” eran las frases que usaba para comenzar sus alocuciones de saberes generales que combinaban el esoterismo, las pseudociencias, la energía, los chacras. “Como todos sabemos, todo en el universo, tiene un por qué. Por eso está el cuarzo”. A mi lado, Pablo se mordía los labios para no proferir algún improperio. A lo largo de la recorrida donde vimos los diferentes tipos de piedras que se extraían y caminamos por algunas de las cuevas donde día a día los mineros trabajan como picapedreros (¡y yo me quejo de mi trabajo!), el guía nos hablaba de las propiedades de cada piedra para distintas dolencias como reuma, mala circulación y hormiguillones (sic) y hasta la receta para preparar un té que reemplaza al Viagra.

piedritas Carga

La visita a las minas de Wanda (nombre que mí me recordó otra película que no vi, “Los enredos de Wanda”; pero Pablo me dijo, luego de largar una carcajada, que no creía que tuviera que ver con este lugar) es el típico paseo metido de prepo, que a nadie le interesa, que sólo se entiende por un acuerdo entre el lugar y la agencia de turismo para que esta gente pueda vender algunas de sus artesanías (que por otro lado se pueden encontrar en cualquier lado). En fin, cosas que fuimos aprendiendo.

Luego de ese recorrido bastante inútil y cansador, ya que nosotros sólo queríamos llegar al hotel a darnos un baño y descansar, fuimos a almorzar a otro lugar que nosotros tampoco hubiéramos elegido: un tenedor libre más caro que los de Brasil (la típica avivada argentina). Pero estábamos hambrientos y la variedad de platos vino bien. No tanto la música que nos acompañaba, que era una radio que mezclaba la misa criolla con otras canciones folclórico-romanticonas. Esta vez la pareja de italianos se dividió: mientras él se llenaba el plato con un gran bife y guarniciones varias, ella se quedaba de brazos cruzados, miraba la comida de su flamante marido y negaba con la cabeza al mozo que le preguntaba si quería tomar algo.

Con el estómago lleno volvimos a la ruta dispuestos a hacer el último tramo. La aduana estaba a sólo 40 km de allí, pero por los trámites se estimaba que la tardanza podía llevar entre 1 hora y media y dos. Mientras, sigue la banda de sonido del viaje con Julio Iglesias y Chayane. Mi tolerancia estaba al límite. Para paliar los efectos colaterales negativos saqué mi MP3 y me conecté a Ligia Piro. Una mezcla rara y placentera: por la ventana un camino que ya era selvático y de tierra rojiza y en mis oídos música de jazz.

Para matizar la espera de la aduana hicimos algunos crucigramas y aprendimos palabras que ya me olvidé. La tardanza no fue tanta (menos de una hora) pero la llegada al hotel se alargaba más de lo deseado. Todo el pasaje del colectivo estaba repartido en 7 hoteles diferentes y el nuestro era el anteúltimo. Eran las 16:45 (24 hs y 45 minutos después de salir de Rosario) cuando llegamos al Líder Palace Hotel, muertos de cansancio y ofreciendo nuestro reino por una ducha.

El hotel que nos tocó (tres estrellas) está lejos del centro (a unas 20 cuadras). Después de bañarnos quisimos dar una vuelta por los alrededores pero después de unas cuatro cuadras volvimos al hotel (demasiado cansancio). Nuestro paquete turístico era con media pensión (desayuno y cena) pero la cena recién empezaba a las 20 hs así que hicimos tiempo viendo Los Simpsons en la tele de la habitación. A las 20:05 ya estábamos entrando al comedor. El servicio de buffet que nos acompañaría en todo el viaje hizo que comiéramos como nunca en nuestras vacaciones (acostumbrados como estamos a un menú que consiste en arroz con atún, fideos o atún con arroz). Eran las 21 hs y ya estábamos listos para dormir. Evaluamos los posibles los inconvenientes de enchufar el cargador de las pilas 220 a los tomacorrientes de 110 (increíble: con sólo cruzar la frontera, cambian tantas cosas, como los enchufes. Lo mismo nos pasó en Uruguay donde tuvimos que comprar un adaptador con un diseño de patitas que acá desconocíamos). Repasamos algunos canales de la tv brasilera y paraguaya, atestados de pastores evangélicos y publicidades inverosímiles (“Conocé la cultura Emo, mandá ´fleco´ al 2020”). Y nos dormimos temprano, agotadísimos y conscientes de que al día siguiente nos esperaba una jornada movidita.

[Continuará]


Fotos del viaje.

Ir a Día 3: Agua que no has de creer.

lunes, 25 de mayo de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 1

~ Un viaje de películas.

No es muy común salir de vacaciones en mayo, sobre todo teniendo en cuenta que con Pablo salimos de vacaciones de verano hace apenas tres meses, en febrero. Sólo dos veces salí de viaje en mayo y en ambos casos no se trataba de vacaciones sino un viaje incierto, sin rumbo fijo. La primera vez fue hace 12 años cuando me fui a Europa a bailar tango: lo único que sabía es que llegaría a Barcelona y nos quedaríamos todo el tiempo que pudiéramos. Ese tiempo fueron casi 6 meses. La segunda vez fue hace 8 años. Había renunciado a mi trabajo en Coto y me iba a Bariloche, a ver cómo era vivir en el sur, un viejo sueño de juventud. Me quedé tres años a ver cómo era. Pero esta vez fue diferente: sabíamos casi todo desde principio a fin. Era, incluso diferente para los dos, que solemos viajar por nuestra cuenta y no contratando un tour. Pero como era un viaje corto decidimos hacerlo de esta manera. Al finalizar el viaje constataríamos lo que ya sospechábamos: los paquetes turísticos no son lo nuestro.

La salida fue puntual: eran las cuatro de la tarde cuando partimos desde la terminal de ómnibus Mariano Moreno. El colectivo llevaba unos 20 pasajeros, en general gente de 50 a 60 y pico salvo por un par de parejas como la que se sentó al lado nuestro. Apenas subieron noté algo diferente. No sé mucho de marcas, pero se notaba que usaban ropa cara. Finalmente supimos que eran italianos, de Nápoli (alguien acotó lo inevitable: ¡Maradona!). En Santa Fe subirían otros italianos que eran de Torino.
Viajar en un tour te hace convivir por unos días con gente con la que no te cruzarías nunca y que nunca elegirías para pasar tus vacaciones: señoras que cuentan de sus viajes a Dubai y Ecuador, un señor mugriento que tiene las uñas negras y no para de fumar, una parejita de mieleros que tienen toda la pinta de ser fans del reggaetón (esto es puro prejuicio, porque nunca los escuché cantando esa música), un señor (el que se sentaba delante de nosotros) que aprovecha cada momento para hacer alarde del conocimiento adquirido en todos sus viajes . Así nos enteramos de que ésta era como la tercera o cuarta vez que iba a Cataratas (se ve que le gustan). Y aquí debo aclarar: puede resultar muy insoportable pero ya me gustaría a mí poder hacer alarde de todos esos viajes.

Luego de un par de horas de viaje empecé a leer el libro que me había comprado especialmente para la ocasión: “Una luna” de Martín Caparrós. Según la contratapa “… es un diario de viaje acelerado, enloquecido. Un ´hiperviaje´: un mes de saltos entre Kishinau y Monrovia, Amsterdam y Lusaka, Pittsburgh y París… en el que Caparrós, enviado por una agencia de las Naciones Unidas, se encuentra con jóvenes migrantes de muy diversas clases: mujeres traficadas, refugiados de guerra, polizones de pateras, niños soldados, víctimas del sida… toda esa enorme población actual que, de un modo u otro, busca lugares nuevos para intentar vidas distintas”.
Queda claro que no es un libro pasatista pero tengo que admitir que casi ni reparé en el contenido cuando lo compré. Tengo una admiración casi incondicional por la escritura (y el modo de vida) de Caparrós y no vacilo en gastar plata en sus libros. La cuestión es que a las pocas páginas de empezarlo me inundó una cierta depresión. No era sólo por enterarme de la vida de una mujer rusa que a los veintitantos ya había pasado por el calvario de ser vendida por su propio marido, obligada a prostituirse, forzada a perder un embarazo, vejada, torturada, despreciada por su propia familia, etc, etc. Aún antes de llegar a esa parte, en el prólogo nomás, uno puede leer la genialidad con la que Caparrós puede hablar de cosas triviales o profundas sin ser melodramático ni parco, sin dejar de sorprender. Lo admiro y lo envidio a la vez y me siento, al intentar mis propias crónicas de viajes, como un aprendiz de brujo que intenta crear un arco iris y apenas consigue una filigrana en blanco y negro.

Durante todo el viaje seremos sometidos a una especie de test de tolerancia musical: José Luis Perales (o Django, no supimos diferenciar), Luis Miguel, Los Nocheros, Eros Ramazzotti. Sólo en un par de ocasiones escucharemos sonidos más afines a nuestros oídos: Los Abuelos de la Nada, algo de música brasilera. El resto será padecimiento.
A las 18 hs estamos llegando a Santa Fe donde hacemos una parada técnica para ir al baño y recoger pasajeros. Un negocio de libros usados acapara nuestra atención. Miramos un rato y finalmente Pablo compra dos libros de ciencia ficción de una autora para mí absolutamente desconocida (Anne McCaffrey). En realidad, hasta conocerlo a Pablo, casi todos los autores de ciencia ficción, sacando a un par de best sellers, eran para mí desconocidos. Yo sólo compré una revista de crucigramas (con muchos, muchos crucigramas) que nos haría buena compañía en nuestros ratos de ocio.
Luego de cruzar el túnel subfluvial llegamos a Paraná donde volvemos a hacer una parada para recoger a los últimos pasajeros. Una vez que todos estamos arriba y en camino nuevamente, Mariano, nuestro coordinador comenzará a contarnos detalles “de lo que es” el viaje y los lugares “de que” vamos a disfrutar. La locución no era su fuerte (aunque si lo comparamos con los locutores de hoy en día casi no hay diferencias): todas sus frases tenían algún tipo de dequeísmo, algún fijensén, un “todo lo que tiene que ver con”, algún “todo lo que es”. Fuera de eso, que Pablo y yo no lográbamos pasar por alto y a mí me irrita un poco, era simpático, responsable, atento y muy alto. Cuando caminaba por el micro tenía que hacerlo encorvado para no chocarse el techo. Eso me recordó a “¿Quieres ser John Malkovich?”, una película de humor absurdo donde hay una piso llamado el 7 ½ y en el que es necesario que todos caminen encorvados por los techos bajos. Un piso a mi medida.

Mientras Mariano nos cuenta de los caminos que vamos a recorrer antes de llegar a Misiones, los ríos que cruzaremos, las rutas de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, yo miro por la ventanilla y me acuerdo del disco “Litoral” de Liliana Herrero, de “la luna es un camalote que florece en cada aguada…”.

Más tarde vemos una película: “No reservations” con Katherine Zeta Jones y la niña de Little Miss Sunshine, una comedia dramática, simpática para un viaje. Los personajes principales son chefs así que a lo largo de la película se ven unos tremendos platos de spaghetti, carnes, salsas. Y el estómago empezando a quejarse. Lamentablemente la cena no se pareció en nada a lo que veíamos en la pantalla: nos detuvimos en un parador de Federal donde sólo podíamos elegir entre una magra variedad de sándwiches envasados. Y la compañía de un televisor que pasaba los videos “más top” con todos los clichés esperados: joven de color (negro) algo excedido de peso, vestido con ropas muy holgadas, tatuajes, collares, cadenas y anillos al mejor estilo proxeneta le canta a una mujer despampanante, rubia por supuesto, similar a un travesti muy producido, con ropas muy ajustadas al cuerpo, que se refriega y baila junto a un auto descapotable (rojo, por supuesto). La canción habla de un amor (imposible, por supuesto) que tiene final feliz, por supuesto.

La pareja de italianos no compra nada para cenar, sólo comen unos pequeños sándwiches que tienen envueltos en papel de aluminio. Y entonces me acuerdo de otra película, “Babel” y el personaje de Cate Blanchett, que estando de viaje en Marruecos se niega a tomar agua o a comer nada porque desconfía de todo lo que hay a su alrededor. O acaso, pensé, hayan visto “Slumdog millionaire”, la película que ganó varios Oscars en la última edición. Pablo y yo vimos esa película la noche anterior a salir de viaje. Hay allí, una escena en un comedor o fast food donde está trabajando el protagonista de la película. Mientras el diálogo gira en torno a la decisión de ir a buscar a su amiga de la infancia, su compañero lo ayuda a completar el pedido: saca una botella de plástico de un barril repleto de botellas vacías, la llena con agua de la canilla, toma una tapita plástica de un recipiente repleto de tapitas y con un pegamento la sella para dejarla completamente cerrada. Todo sucede de modo rápido y casi en segundo plano y mí me pareció una escena genial. Aunque ahora, viendo a los italianos y poniéndome en su lugar, los imagino recordando la película y suponiendo que Argentina e India no están tan lejos culturalmente hablando y que mejor no arriesgarse con estos sudacas tercermundistas.

Cuando volvimos al micro, y para ayudarnos a un sueño más plácido, el coordinador nos ofreció café al cognac (que realidad era licor de café al cognac) y una galletita tipo Rhodesia pero marca Royal. Con el estómago lleno me dispuse a pasar la noche. En general no tengo problemas para dormir, puedo hacerlo hasta de pie. Pero esta vez tuve suerte extra: el micro venía con asientos libres así que me pasé a los asientos de atrás y me acurruqué a lo largo de las dos butacas para dormir sin interrupciones. Pablo, con varios centímetros más de estatura y con menos facilidad para conciliar el sueño en lugares fuera de la cama, no tuvo la misma suerte. Hay veces en que ser petiso tiene sus ventajas.


[Continuará]


Fotos del viaje.

Ir a Día 2: Ruinas y piedras.

miércoles, 18 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 13. Paysandú, llegando al fin.

Miércoles 11 de febrero.

A madrugar otra vez. Salimos del hotel cuando todavía era de noche, tomamos un taxi y enseguida llegamos a la terminal para subirnos al colectivo que salía a las 6 hacia Paysandú. Unas tres horas después estábamos camino a La Posada del Centro, donde nos alojamos. La Posada está ubicada frente a la plaza Constitución y es una vieja casona con habitaciones amplias (ésta era todavía más amplia que la del hotel de Tacuarembó y tenía además un pequeño patio). Dejamos los bolsos y salimos a buscar un desayuno. En “El Bar” (evidentemente no hicieron un brainstorming para ponerle nombre) pedimos dos cafés con leche y medialunas.
- ¿Medialunas solas, sin nada? – preguntó el mozo.
- Sí, así nomás.
Recién cuando llegaron las dos tremendas medialunas, ésas que ya habíamos probado en sandwich, entendimos que lo que debimos haber pedido eran croissants.

Caminamos de nuevo hasta la terminal para asegurarnos el pasaje del día siguiente (snif, ya teníamos que volver a Rosario) pero la oficina que vendía los pasajes que necesitábamos (a Colón) abría a las 3 de la tarde por lo que fuimos al reverendo cuete. Aprovechamos la mañana paseando por la ciudad, recorriendo algunos de los “must” de Paysandú: la Basílica Nuestra Señora del Rosario (cruzando la plaza Constitución), el Museo de la Defensa y el Museo Histórico (donde los únicos tres visitantes que había en ese momento eran… rosarinos!). Este último museo tenía una simpática maqueta con la ciudad de Paysandú reconstruyendo la época en que fue atacada por los portugueses y donde el general Leandro Gómez resistió hasta que fue ejecutado. La guía iba mostrando cómo fue el ataque mediante lucecitas que prendía y apagaba sobre la maqueta. Una explicación muy didáctica que por momentos me recordó a la escuela primaria.

reflejos

Ya volviendo hacia el hotel compramos algo para almorzar y nos sentamos en el pequeño patiecito a disfrutarlo. Dormimos la siesta (en realidad sólo Pablo porque para entonces a mí me había empezado a atacar la tos y no me dejaba estar acostada; las vacaciones estaban llegando a su fin y evidentemente mi cuerpo rechazaba de plano la idea de volver a la rutina). Ya descansados salimos a comprar caramelos para aliviarme la garganta y volvimos una vez más a la terminal a sacar los pasajes (para las 8:15, ¡otra vez a madrugar!) con la esperanza de llegar a Colón a tiempo para tomar el colectivo de las 9 que salía a Rosario. La señora de la ventanilla dijo que eso dependía de cuánto se tardara en cruzar la frontera, que esas cosas nunca se saben. Sospecho que en lugar de “Atención al cliente”, la empresa tiene una oficina llamada “Me ne frega el cliente”.

Después, a caminar. Pablo ya había estado en Paysandú hace algunos años, pero sólo una tarde. Recordaba vagamente algunos lugares y quería que yo también los conociera. Hicimos un itinerario haciendo coincidir las plazas hasta llegar a la costanera. Paysandú es una ciudad del interior como tantas que, tal vez por la cercanía con Argentina, tiene más cosas en común con nuestro país que las otras ciudades que visitamos. Y como en toda ciudad del interior, la gente que por la mañana se amontonaba en las calles céntricas ahora parecía haberse evaporado. Las veredas estaban casi desiertas, sólo en las plazas alguna mamá hamacaba a su hijo, algunos ancianos tomaban mate. En esos momentos añoro vivir en un lugar tan tranquilo, pero inmediatamente pienso en el soberano aburrimiento que debe implicar esa tranquilidad y se me van las ganas tan pronto como llegaron.

puerto

Caminamos y caminamos. Era evidente que ya estábamos acumulando el cansancio de varios días de caminatas porque el aguante duraba menos (estamos a acostumbrados a caminar en Rosario, pero aquí lo hacíamos por triplicado). Visitamos plazas, la vieja estación, la costanera donde nos sentamos un ratito en la arena a ver los rayos del sol que se reflejaban en el río y le daban un color especial a la tarde. Fuimos hasta el puerto que, a diferencia de la época en que Pablo lo visitó, ahora estaba cerrado a los visitantes. Para las 20:30 yo estaba a punto de tener calambres en las piernas de tanto caminar. Nos sentamos en la plaza Colón a descansar mientras empezaba a anochecer. Buscamos inútilmente un locutorio para llamar a Rosario (nunca lo encontramos) y cuando ya estábamos llegando al hotel caí en la cuente de que me había quedado con muchos pesos uruguayos que no iba a poder cambiar (tal vez en Rosario, pero con cambio desfavorable). Decidimos entonces gastarlo en algo satisfactorio: ¡comida! Nos sentamos en un restaurante y pedimos pescado y pollo a la crema y cerveza y llegamos justito (con monedas y todo) a pagar la cena con uruguayos. Llegamos al hotel agotadísimos pero pipones.

Madrugamos por última vez en nuestras vacaciones para tomar el Copay hacia Colón. Como era de esperar, no llegamos a tiempo para tomar el colectivo de las 9 por lo que tuvimos que esperar hasta las 14. Pero después de la odisea de Valle Edén, esperar 4 horas en una estación con bar, baños y a la sombra era un juego de niños. Desayunamos en el bar, compramos el diario y hasta fuimos a pedir un mapa a la oficina de turismo (per jodere nomás, ya que no pensábamos hacer ni media cuadra con los bolsos a cuestas). Almorzamos algo liviano y a las 14 ya estábamos listos para nuestro último tramo de viaje. No habíamos hecho muchos kilómetros cuando el colectivo tuvo un pequeño percance: estacionados en la terminal de Concepción del Uruguay, empezaron a pasar los minutos, el calor a sentirse en forma preocupante y los pasajeros a impacientarse. Pero nadie venía a decirnos qué pasaba. Acostumbrados como estamos con Pablo a que siempre haya algún problemita en nuestros viajes de regreso, respiramos hondo y nos preparamos para escuchar una noticia funesta. Pero no, unos 20 minutos después y sin que mediara explicación alguna, nos pusimos otra vez en marcha.

El regreso, como son en general los regresos, se hizo largo y tedioso. Yo seguía con mi tos a cuestas (aunque con caramelos que la aliviaban) y el paisaje ya nos parecía demasiado repetido. Rosario nos esperaba como era de imaginar: con calor, humedad y el agobio propio de la ciudad. Las vacaciones habían terminado. Ahora sólo quedaba tratar de alargar el máximo posible esa sensación placentera del viaje, reviviéndolo una y otra vez. Por eso estas crónicas, que ahora sí, llegaron a su fin.

~ FIN ~

Fotos del viaje.

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martes, 10 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 9. La Pedrera

Sábado 7 de febrero.

Llegamos a La Pedrera alrededor de las 11 y fuimos directamente a El Tucán, que estaba a una cuadra y media de “la terminal” (una oficina con un escritorio y un empleado con cara de muy aburrido). El señor que por teléfono sonaba a viejo y duro de entendederas resultó ser Janneo Da Motta, un cuarentón muy simpático que se alegró muchísimo cuando nos vio (tal vez seguía dudando de nuestra palabra). Más tarde yo recordaría que ya había contactado a Janneo por email cuando hacía los preparativos del viaje e incluso había averiguado que se trataba de una personalidad conocida en La Pedrera, que vive allí hace muchos años, es escultor y organizador entre otras cosas del “Carnaval de La Pedrera”. Pero en aquel momento descartamos al Tucán porque no ofrecía la posibilidad de utilizar la cocina (como en los demás hostels). Una vez en Uruguay, y habiendo dejado de lado muchas otras opciones por otros motivos, recalamos allí. El “hostel” es una vivienda común y corriente a la que le fueron construidas algunas habitaciones en la planta alta, muy sencillas pero cómodas y agradables. Todas tienen baño privado aunque con un detalle un poco “tropical” (por llamarlo de alguna manera) para mi gusto: el baño no tiene puerta, apenas una cortinita de tela casi transparente. Pero a estas alturas no íbamos a estar buscándole el pelo al huevo y más allá de ese detalle todo lo demás era muy satisfactorio (y ni siquiera había carteles como en el Ibirapitá donde para solicitar que no tiraran papeles al inodoro exhibían una desagradable foto como ésta:
this may happen


Sin siquiera acomodarnos en la habitación (ya que todavía faltaba limpiarla) fuimos a dar unas vueltas, dejándole nuestros bolsos a Janneo. Aprovechamos para averiguar sobre los pasajes para Cabo Polonio y para Montevideo (ya que en dos días planeábamos partir hacia Tacuarembó). Sacamos los pasajes, hicimos reservas en un hotel y nos fuimos a almorzar opíparamente. Para bajar la comida y la cerveza caminamos por la única calle asfaltada hasta llegar al mar. Lo poco que yo recordaba de La Pedrera era bastante alejado de lo que veía ahora: casas por aquí y allá, todas para turismo, más negocios, más autos, más gente. De todos modos, aún se conserva un espíritu más relajado y menos exhibicionistas que lo que será, supongo, Punta del Este. Pero la costa uruguaya ha cambiado sustancialmente y ya no es el paraje desolado al que llegaban sólo viajeros hippies; ahora llegan familias, matrimonios mayores, el rango se ha ampliado. Y lógicamente la oferta de servicios también. Yo no creo que el progreso sea necesariamente malo y de hecho la Pedrera aún conserva ese encanto de pueblito costero cool, pero creo que inevitablemente con el paso de los años se convertirá en otra ciudad balnearia atestada de gente que huye de la ciudad buscando “tranquilidad”. De hecho, nosotros éramos dos de esas personas. Por suerte, para eso falta mucho, La Pedrera es todavía un lugar encantador.

patovicas playeros

Teníamos muchas ganas de meternos al agua así que volvimos al hostel a ponernos la malla y al rato estábamos otra vez frente al mar. Se había nublado un poco y había viento pero no quisimos perdernos esa tarde ya que nos quedaban pocos días de playa. Nos bañamos, tomamos sol, caminamos por la arena, esas cosas banales y relajantes.
Volvimos antes de que cayera el sol porque el viento nos había dado ganas de un baño tibio. Hicimos fiaca hasta que empezamos a tener hambre y salimos a buscar algo para cenar. Luego de buscar inútilmente algo parecido a una rotisería, compramos unas empanadas que estaban exquisitas aunque al parecer mi estómago no pensó lo mismo. Casi no pude dormir del dolor que tenía y Pablo tampoco, pero por los mosquitos. Mientras veía a Pablo tirar manotazos en la oscuridad y tal vez producto de mi insomnio, mi mente volaba otra vez a Ingrid (Betancourt, por supuesto) mientras la imaginaba en medio de la selva atacada por los mosquitos que ella no podía espantar por estar encadenada. Recordé que hay una forma de tortura que consiste en impedir que la víctima concilie el sueño y pensaba que los mosquitos podían ser un agravante de esa tortura. Nos veía a Pablo y a mí formando parte de esa tortura involuntaria y una vez más entendía que lo nuestro se solucionaba con una buscapina y unos espirales. Sin embargo, el sólo recuerdo me provoca una terrible picazón por todo el cuerpo mientras escribo esto (y no hay ni un mosquito a la vista).

Cuando amaneció yo no estaba muy segura de poder ir a Cabo Polonio, el lugar que habíamos planeado visitar. Me sentía realmente mal pero por otro lado era la última oportunidad que teníamos de ir ya que al día siguiente volvíamos a la ciudad. Yo ya había estado en el cabo hace muchos años y aunque tenía un recuerdo vago sabía que era imperdible y por esa razón quería que Pablo lo conociera. Hice un esfuerzo y salimos a desayunar (el Tucán no ofrecía ni siquiera desayuno). La mañana estaba fresca y la calle estaba desierta. Por suerte encontramos una panadería que tenía una máquina de café y pudimos tomar algo caliente (yo elegí un té). Eso me hizo sentir mejor. Para la hora en que salía el colectivo ya estaba lista para disfrutar lo que resultó ser uno de nuestros mejores días de vacaciones.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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martes, 24 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 5.El Prado de Montevideo

Martes 3 de febrero.

Como si despertara de un mal sueño que se prolonga más allá de la vigilia, ese martes desperté con un espantoso malestar. Los síntomas me hicieron recordar una gastroenterocolitis que tuve hace un par de meses y me hicieron pasar una de las peores noches del año. Pero esta vez eran sólo síntomas, lo que me confundía un poco. Inmediatamente tuvimos que cambiar los planes para ese día ya que no podía moverme de la cama. Un poco descolocado por el imprevisto, pero sobre todo por mi cara de moribunda, Pablo decidió ir hasta la Terminal Tres cruces a sacar los pasajes a La Paloma para el día siguiente (ya teníamos alojamiento reservado). Cuando regresó cerca del mediodía ya me sentía un poco mejor, almorcé un yogurt mientras él se comía una de esas medialunotas, esta vez rellena con queso y salame. Aunque temerosa porque me sentía un poco débil, decidimos ir por la tarde a recorrer el barrio El Prado, otra de las recomendaciones de Polifemus. Fue un largo viaje en colectivo, unos 35, 40 minutos. Apenas nos bajamos buscamos el punto de partida sugerido y empezamos, hojas impresas en mano, el recorrido trazado por Polifemus, siguiéndolo al pie de la letra para no perdernos detalle.

El Prado es un barrio residencial que se adivina muy próspero en otra época, casonas muy elegantes, calles grandes, árboles añosos, mucha sombra y tranquilidad. Una especie de Fisherton con las casonas que se levantan en Boulevard Oroño. Hay un parque muy grande que recuerda al Parque Independencia (pero con menos árboles), un gran rosedal (compuesto por una plaza central rodeada en su totalidad por una glorieta) que lamentablemente no tenía rosas pero que al florecer deben componer un paisaje bellísimo; un arroyito que a pesar de las advertencias no tenía tan mal olor. El hotel del Prado (escenario del crimen pasional donde murió la poetiza uruguaya Delmira Agustini y que conmovió a la sociedad de principios de siglo pasado) parecía cerrado pero de todos modos tuve tiempo para delirarme con su fachada: me acordé de esas películas de Hollywood donde señoras hermosas vestidas de fiesta bajan por larguísimas escaleras blancas yendo al encuentro del galán que las hará danzar toda la noche (inevitablemente siempre que veo salones muy grandes y lujosos viene a mí el mismo pensamiento: “qué buen lugar para hacer un baile”).

tortolitos en la glorieta
También visitamos el museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, que por su colección no es ni mejor ni peor que cualquiera de los museos de Bellas Artes que hemos visitado (queda claro que nunca hemos estado en París, Roma o Nueva York) y lo mejor que tiene es la casa en sí misma, con un hermoso parque (que me hizo acordar a la casa de Victoria Ocampo en Mar del Plata, también convertida en museo) y un jardín japonés que sólo pudimos ver desde afuera porque estaba cerrado gracias a un tronco que se había caído. Ya cerca del final del recorrido (y cerca del límite de nuestras fuerzas, porque ya habíamos caminado bastante) recorrimos la calle Joaquín Suárez, donde había casas espléndidas que parecían castillos y la casa presidencial: una larga muralla de más de una manzana a través de la cual apenas pudimos pispear un hermoso caserón antiguo. Cruzamos de lado a lado el jardín botánico, un lugar ideal para caminar, descansar, leer, hacer yoga. Y para terminar nos tomamos un refresco en el bar “Los yuyos”, un bodegón centenario que parece sacado de un western. Tiene mostrador de madera donde los parroquianos se sientan a tomarse una cerveza o alguna de las variedades de grapa o caña. Largos estantes de madera exhiben decenas de botellas que se promocionan con distintos cartelitos: grapa con menta, con pasas de higo, con pimienta, pitanga, carqueja, canela, cedrón (de ahí lo de “los yuyos”, algo que entendí recién al rato de estar en el lugar). Es un clásico boliche de Montevideo que por las noches es frecuentado por jóvenes un poco más ruidosos y que, dicen, ha sido visitado por celebridades, entre ellos el mismísimo Jorge Luis Borges.

Luego de una caminata de más de dos horas, pensamos en la vuelta. Se nos presentó la duda acerca de qué colectivo tomar para volver ya que estábamos bastante lejos del lugar del comienzo. Preguntamos y tuvimos la suerte de encontrar una parada bastante cerca que nos dejó a tan sólo una cuadra del hostel. Mientras hacíamos el camino de regreso, disfrutamos por última vez esos barrios tan argentinos pero tan distintos: habíamos recorrido gran parte de la ciudad (caminando y en colectivo) y nunca pasamos por ninguna villa miseria (¿será que están todas amuralladas?), casi no vimos niños pidiendo en las calles y tampoco una ostentación obscena de riqueza, imágenes que siempre van de la mano. A medida que pasábamos por calles y plazas de nombres repetidos (Artigas, Lavalleja, Rivera, Flores) nos asaltaba una leve melancolía de tener que dejar esa ciudad que nos hubiera gustado conocer más profundamente. Y en mi cabeza, los versos cantados de Fernando Cabrera completaban el cuadro: Lavalleja es calentón, Rivera es gaucho compadre….

Ya en el hostel, preparamos los bolsos para el día siguiente y salimos a buscar un locutorio para hablar a Rosario (nos habíamos enterado de la tormenta con piedras que había vuelto a azotar a la ciudad). Disfrutamos por última vez de las callecitas de Montevideo, la plaza Independencia, la puerta de la Ciudadela, los edificios antiguos, los edificios modernos y espejados (incluso llegué a delirar con una “Ley montevideana” que obligaba a cada nuevo edificio que se construía cerca de uno antiguo, a tener la fachada espejada para poder reflejar esos tiempos en que la arquitectura era cosa de artistas).

Para terminar la noche, ya en la cama, me enganché con una película que empezaba en el cable y nunca había visto: Hannibal. Lejos estaba del suspenso del Silencio de los Inocentes pero me mantuvo entretenida y me divertí sobremanera con la escena en que Anthony Hopkins corta en pedacitos los sesos de su víctima (aún viva y consciente!) y los come salteaditos. Por la mañana Pablo me reprocharía el alto volumen del televisor que, según dijo, no lo había dejado dormir. Cosa extraña ya que yo había tenido que subir el volumen por los ronquidos que a mí no me dejaban escuchar. Delicias de la vida conyugal.

[Continuará]


Fotos del viaje.

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jueves, 19 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 3. Montevideo amable

. Lunes 2 de febrero

Fue una noche difícil. En Montevideo no hay basura en las calles, no hay gente agresiva, pero hay mosquitos. Muchos y muy hambrientos. Nuestra primera noche en Montevideo fuimos atacados por una horda de mosquitos que además de dejarnos marcas en la cara y todo el cuerpo (que en mi caso duraron todas las vacaciones) apenas si nos dejaron dormir.

Será por eso que nos levantamos temprano y luego de un apetitoso desayuno en el hostel, salimos a caminar. Visitamos el puerto y el famoso Mercado del puerto (y una vez más, las canciones sonando en mi cabeza, ahora con Pinocho Routin que hace de ese escenario una hermosa pintura musical). Este mercado fue inaugurado en 1868 y aunque gran parte del edificio ha sido reconstruido, tiene ese encanto de las cosas antiguas. Hoy funcionan allí un gran número de locales gastronómicos que, según dicen, sirven exquisiteces. Nosotros no las probamos porque eran las 10 de la mañana, pero pudimos ver cómo se empezaban a acomodar prolijamente las achuras, matambres y costillas sobre las parrillas. Es visitado por muchos turistas pero también por muchos uruguayos que suelen almorzar allí.
preparando el asadito

Seguimos caminando hasta llegar a la escollera Sarandí, un largo camino de piedras con muchos pescadores y un sol implacable que ya nos empezaba a acobardar. Para volver retomamos la ciudad vieja. Esta vez pudimos ver que al ser un día laborable, la zona perdía un poco su imagen turística y se volvía una ciudad como cualquier otra, con mucha gente caminando de una oficina a otra, camisa y trajecito, carpetas. Pero una vez más, las diferencias saltaron a la vista: no había bocinazos, gritos histéricos, violencia contenida. Y como siempre, la limpieza en las calles. Ni una sola caca de perros. Incluso había pocos perros callejeros. Eso nos dio que pensar y llegamos a elucubrar las teorías más escabrosas ¿Era Montevideo una ciudad civilizada que no dejaba los desechos de sus mascotas a la vera del camino y que no abandonaba perros? ¿O era una ciudad tremebunda que sacrificaba animales en masa –seguro que algún gato caía en la volteada- para evitar al ciudadano el oprobio de pisar caca, para dar una imagen de ciudad limpia, para esconder la escoria bajo la alfombra?. ¿Había una sociedad secreta que salía a cazar perros callejeros para usarlos como plato principal en los mejores restaurantes?. Nos inclinamos, claro, por la primera opción. No había nada extraño ni inexplicable; éramos nosotros los que teníamos la mirada contaminada por un país que se ha acostumbrado demasiado a las malas costumbres.

Uno puede asimilar rápidamente formas de vida diferentes, sobre todo cuando esas formas de vida se asemejan al ideal. Uno asimila la limpieza, el silencio, la amabilidad. Pero hay algo que para nosotros fue la pauta de que tal vez exista vida extraterrestre y los uruguayos sean en realidad marcianos. He aquí la situación: uno va caminando por una zona bastante transitada y al cruzar la calle, sea por la esquina o por la mitad de la calle, haya o no semáforo, los autos… ¡le ceden el paso!!! A ver si me explico: uno no sólo no tiene que andar sorteando automovilistas que aceleran cuando el semáforo está en amarillo, que se detienen sobre el paso peatonal, que pisan el acelerador cuando ven a una viejita bajar del cordón; sino que además, aún sabiendo que estamos cruzando por el lugar incorrecto, el conductor frena para darnos paso. Doy fe, lo vivimos. Y no fue sólo en un par de oportunidades, fue en todas, y fueron motos y autos y colectivos. De hecho, yo ya lo había experimentado hace muchos años cuando pasé esa tarde en Montevideo. Aunque había imaginado que era una ilusión mía o que tal vez el progreso se habría llevado esa bonita costumbre. Pero no. Montevideo es una ciudad donde los autos son menos importantes que las personas.

Abrumados por tanta cordialidad, volvimos al hostel a comer menú de hostel: arroz con atún. Dormimos la acostumbrada siesta y luego partimos hacia la playa donde habíamos sido avisados de otro evento que tuvimos la suerte de presenciar y que sólo ocurre una vez por año: la fiesta de Iemanjá.
Por indicaciones que no entendimos del todo bien, esperamos el colectivo en el lugar equivocado pero la amabilidad del chofer (supongo que se apiadó de vernos tan turistas) nos permitió subir igual. Mientras le pagaba al guarda (todos los colectivos tienen un guarda que se encarga de cobrar el boleto y no exige “pago justo”) Pablo aprovechó para preguntar si estábamos en el coche indicado para llegar a la Playa del Buceo. La respuesta nos preocupó un poco:
- Noooo, éste no va para allá, te dejamos a unas cuadras – dijo como si eso hubiera significado que nos dejaba en el barrio siguiente.
Decidimos seguir igual porque ya habíamos pagado y porque estamos acostumbrados a caminar. Finalmente las “cuadras” de distancia eran sólo dos. Con el pasar de los días entenderíamos que cuando te dicen “te dejo en tal lado” es realmente así, nada de “por ahí cerca”, a “unas cuadras” o como suelen decir en otros lugares “a 5 minutos caminando” (como si todos camináramos a la misma velocidad). El montevideano es un tipo preciso.

Los colectivos son bastante nuevos, siempre hay música sonando (que por suerte no es reggaetón) y como en todo Uruguay mucha gente sube con su termo bajo el brazo. Es lo que veríamos a lo largo de todo nuestro viaje: el termo parece ser una extensión del brazo. Tienen una extraña habilidad para llevar el termo, el mate siempre listo y además hacer otras cosas como pagar el boleto y guardar el vuelto. Eso nos hizo elaborar diversas teorías que desarrollaré más adelante y que yo resumí con la expresión “el gen uruguayo”.

Pero algo le tenía que encontrar a los montevideanos, que no se puede ser perfecto. Nos habíamos sentado en unos asientos cerca de la puerta de salida. Había mucha gente y de repente escuchamos un señor mayor que sin decir ni “buenas tardes” ni “agua va” empezó a cantar a viva voz. Primero fue un bolero (ese que dice: “no existe un momento del día, en que pueda arrancarte de mí”) y luego “Te quiero” de Benedetti. Viendo que nadie se inmutaba y ni siquiera aplaudía cuando terminaba la canción, pensamos que se trataba de un señor chiflado que había sido cantante en su juventud (ya se sabe que en Montevideo hay poetas, poetas, poetas) y que los pasajeros estaban acostumbrados a topárselo (y tal vez ya estuvieran patilludos de escucharlo). En realidad no: era un artista callejero que al terminar las dos canciones dijo “gracias por escuchar y por colaborar” y se bajó (creo que sin recolectar ni una moneda). Me resultó extraño y hasta un poquito desilusionante. Aquí mismo en Rosario uno suele encontrarse con unos guitarristas que vociferan a grito pelado y siempre hay alguno que se anima a aplaudir y los demás acompañan. Después de todo no deja de ser un momento de alegría. Tal vez será porque alguna vez en mi juventud fui una artista callejera (aunque lo mío era bailar y cabe aclarar que no lo hacía en los colectivos) que estos “artistas” siempre me inspiran algo de ternura, sobre todo si son personas mayores como ésta. Cuando caí en la cuenta de lo que pasaba ya no tuve tiempo de reaccionar y darle una moneda, lo que me dio un poquito de pena. Y me resultó un tanto antipático que nadie le diera ni cinco de bolilla. Algo tenían que tener estos uruguayos; igual se lo perdonamos.

mateando en la playa
Al llegar a la playa quedamos sorprendidos de ver tremendo mar donde pensábamos encontrar un río. La playa era muy linda, amplia y el agua estaba hermosa. Fue nuestro primer día de playa. Después de los consabidos mates y zambullidas en el mar empezamos a notar la llegada de los primeros devotos de Iemanjá. Y ahí nos acercamos, con nuestras cámaras listas para disparar. Pero eso, mejor lo dejo para la próxima entrega.

[Continuará]


Fotos del viaje.

. Seguir al Capítulo 4: Al ritmo de Iemanjá.
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miércoles, 18 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 2. Montevideo es carnaval

Hace ya muchos años que tengo contacto con la música y la literatura uruguayas. Desde Leo Masliah a Mario Benedetti, de Jaime Roos a Eduardo Galeano, de Zitarrosa a Fernando Cabrera. Por eso Montevideo, aunque sólo la había visitado por una tarde hace mucho tiempo, me resultó familiar. Los lugares, los nombres de las calles, las expresiones idiomáticas. Es lo que sucede cuando los artistas se dedican a pintar su aldea. Y fue por eso que desde el momento mismo en que llegamos a la capital, antes incluso de bajarnos en la teminal de Tres cruces, empezaron a sonar en mi cabeza las canciones uruguayas. La primera que venía a mi mente cada vez que pensaba en la palabra Montevideo es aquella de Leo Masliah que empieza: “En Montevideo hay poetas, poetas, poetas” (y que ustedes pueden escuchar si quieren tenerla de banda de sonido de esta crónica). Y en verdad parece una ciudad propicia para los poetas. Es grande y populosa pero sin las molestias de Buenos Aires o Rosario. Es una ciudad infinitamente más limpia y mucho más amable. Más tranquila y acaso más sumisa (¿será por eso tal vez que los uruguayos terminan su conversación con la frase: “A las órdenes”?).
plaza Independencia
Empezar nuestra visita por la terminal de ómnibus fue una grata bienvenida: amplia y limpia, muy limpia. Sin amenazas aparentes. Y algo sobresaliente que se repitió en todo nuestro viaje por Uruguay: ni una sola persona nos pidió una moneda por cargar o descargar los bolsos, hacer uso de los baños u otro servicio (sólo nos sucedió en Paysandú, la última ciudad que visitamos antes de volvernos y cuando ya estábamos sospechosamente cerca de la Argentina). A lo que hay que agregar una predisposición servicial en la gente, siempre una sonrisa. Ahora que lo pienso, esto no debería ser algo destacable pero el malhumor y los malos modos con los que nos hemos acostumbrado a convivir en esta ciudad y este país nos han hecho pensar que en todas partes debe pasar lo mismo. Por suerte no es así.

Cargando nuestras mochilas fuimos hasta la parada del ómnibus y aunque teníamos una vaga idea de qué colectivos teníamos que tomar, fue sólo preguntar a alguien para que al instante dos o tres personas más se acercaran para darnos sus indicaciones y sugerencias. Una señora que se subió al 60 con nosotros siguió incluso con sus indicaciones una vez arriba del colectivo y hasta unas cuadras antes de descender. Eso no impidió que nos sintiéramos un poquito desorientados al bajarnos pero con el plano que nos habían proporcionado en la secretaría de turismo llegamos sin problemas al Hostel Ciudad Vieja, en el corazón mismo de esa renombrada zona de Montevideo.

Ya había pasado el mediodía y por supuesto moríamos de hambre. Conseguimos un súper abierto a unas pocas cuadras (el Ta-Ta, una cadena que está por todo Uruguay y que tiene una tipografía casi exacta a las viejas tiendas Tía de Rosario). Pablo compró lo que para nosotros era una curiosidad pero después veríamos en todos lados: una medialuna gigante rellena de jamón y queso. Yo compré una tarta de verdura con un gusto extraño pero que el hambre no me permitió desestimar.
Por la tarde, y luego de una pequeña siesta, salimos a caminar por la ciudad vieja que, por ser domingo y tal como ya nos habían advertido, estaba prácticamente muerta. Pero a unas cuadras nomás empezaba el centro y con él los preparativos para un evento sobresaliente en Uruguay y que tuvimos la suerte de presenciar de pura casualidad: el desfile inaugural de carnaval. Debió haberse realizado el jueves anterior pero la lluvia había obligado a suspenderlo hasta ese domingo. El desfile era a lo largo de la calle 18 de julio, para lo cual temprano en la tarde ya habían cortado las calles y empezaba la tarea de acomodar las sillas y palcos (que nos recordaron a los establos de los toros campeones de la Sociedad Rural) junto a los cordones. Era un día brillante y eso aumentaba aún más la alegría que se adivinaba en la gente por vivir esa fiesta que tanto los caracteriza. Sacamos unas fotos de viejos edificios, tomamos unos mates en la plaza y volvimos al hostel porque la idea era salir en grupo a ver el desfile. Pero aunque partimos todos juntos, pronto nos perdimos del grupo: yo vi un hueco entre la multitud que no podía desaprovechar y no ya no quise moverme, acostumbrada como estoy a padecer mi baja estatura perdiéndome de ver (y sólo poder  escuchar) todos los eventos importantes.

EL CARNAVAL.
colores de carnaval
El carnaval para los uruguayos es una cosa seria. Por lo general, a mí me gustan todos los eventos que involucren mucha gente y en los que haya una celebración. La alegría no es sólo brasilera y además es contagiosa. Pero de todos modos uno se sentía un poco ajeno a ese show: el carnaval es un evento competitivo y ahí estaba la gente arengando por su grupo favorito, estallando con alguna bandera o estandarte identificador. A lo largo de nuestras vacaciones pudimos ver cómo en las radios discutían sobre el desarrollo de las noches, cuáles eran las críticas, los pálpitos y qué grupo tenía más chances de ganar. Y en la tele había un canal especialmente dedicado al carnaval las 24 hs.
En mi caso, y dada mi ignorancia en cuanto al desarrollo del evento, me costaba reconocer si lo que estaba desfilando era una de las agrupaciones o apenas un camión publicitario (ya que también estaban muy bien armados y con gran espíritu festivo). Yo sólo esperaba ver grupos de actores disfrazados al ritmo de la murga, pero para mi sorpresa también pasaban comparsas al mejor estilo carnaval brasileño u orquestas con ritmos más centroamericanos. Mientras nosotros veíamos pasar grupos más o menos grandes de personas vestidas con muchos colores y bailando frenéticamente, para el ojo entrenado sin embargo, había una clara diferenciación entre las murgas, los parodistas, los humoristas y las revistas.

Sacamos fotos y más fotos.
mascaritas
El desfile estaba anunciado para las 18 hs (habrá empezado una media hora después) y nosotros apenas nos quedamos un par de horas porque ya teníamos el cuello duro y las piernas flojas, pero por lo que pudimos saber llevó alrededor de unas cinco horas. Una curiosidad de esta edición (y por el cambio de día obligado por la lluvia) fue que “gran parte del desfile se realizó con la luz de día”, algo extraordinario. Lo que hace suponer que en otras ediciones el desfile terminó a altas horas de la madrugada.

Cuando decidimos que era hora de ir regresando, caminamos unas cuadras más para apreciar un poco el otro espectáculo, el de la gente. Era una verdadera fiesta callejera: familias enteras expectantes, niños jugando con espuma, vendedores y más vendedores de todo: máscaras, espuma, papel picado. Gente y más gente reunida a los costados de la calle sin perderse el más mínimo detalle, coreando y bailando las canciones del grupo de turno. Y nuevamente esa sensación de amabilidad en el ambiente. El entusiasmo era tanto que era imposible no sentirse contagiado. Los tambores daban ganas de bailar, las orquestan invitaban a cantar, y no te importaba que viniera alguien a tirarte espuma en la cara o mojarte con sifonazos de soda (como hizo uno de los camiones que desfilaban). Estábamos en carnaval.

Llegando a la Puerta de la Ciudadela, el lugar desde el que salían todas las agrupaciones para desfilar, pudimos tener otra dimensión de lo que allí estaba sucediendo: colectivos llenos de artistas esperando su turno, cientos de personas preparadas para el momento crucial, practicando un paso, arreglando un detalle del vestido, tomando el consabido mate para acompañar al espíritu. En Montevideo hay poetas, poetas, poetas...
carroza
Volvimos al hostel demasiado hambrientos como para lamentar que la fiesta continuara sin nosotros. Fue una cena rápida y desabrida pero no había fuerzas para más. Estábamos cansados pero alegres. Habíamos sido parte por un ratito de un festejo ajeno y la alegría duraba. Y yo sentía más entrañables aquellos versos de Jaime Roos que tanto canturreaba hace años:

…Que no se apague nunca el eco de los bombos,
que no se lleven los muñecos del tablado.
Quiero vivir en el reinado de dios Momo,
quiero ser húsar de su ejército endiablado.

Que no se apaguen las bombitas amarillas,
que no se vayan nunca más las retiradas.
Quiero cantarle una canción a Colombina,
quiero llevarme su sonrisa dibujada..

Lararará lararará larairaraira….


[Continuará]


Fotos del viaje.

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