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lunes, 15 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 6

~ Un final de 24 hs.

Nuestro día empezó temprano otra vez: a las 6:00 estábamos arriba y luego de un baño bajamos con nuestros bolsos a tomar nuestro último desayuno buffet. Cancelamos nuestra cuenta (el uso de internet y una llamada telefónica más las bebidas de las cenas) y nos sentamos en el sofá a esperar a que llegara nuestro micro. Puntual como todos los días llegó a las 7:25 y fuimos camino a buscar al resto de los pasajeros. Una hora después, con el pasaje completo, comenzó el regreso propiamente dicho. Empezaron a torturarnos los oídos con un cantante que Pablo y yo conocíamos pero no acertábamos a decir quién era. Después de un rato largo de probar nombres equivocados Pablo dio con el indicado: ¡Eros Ramazzotti!

A llegar a la aduana brasilera tuvimos que bajarnos todos a presentar nuestros documentos y visas. No sé si será casualidad, pero siempre los trámites en otros países son más rápidos que en el propio país. Diez minutos después todos habíamos terminado.

Al acercarnos a la aduana argentina Pablo empezó a refunfuñar por tener que hacer trámites otra vez. Nos bajamos a las 8:50 y volvimos a subir al micro a las 9:30: el trámite consistía en hacer una filita, cada uno con su valija o bolso que depositaría en una cinta transportadora. Los retirábamos al otro lado de la habitación después de que supuestamente un guardia atento se asegurara mediante un mini televisor de que no llevábamos nada sospechoso. Luego de una parada técnica para ir al baño (nuevamente cola en el baño de las mujeres, ¿por qué siempre, sin excepción, las mujeres tardamos el triple de tiempo que los hombres?) y a comprar unos últimos souvenirs (yerba y alfajores). Pensábamos comprar chipás para tomar mates en el trayecto pero nos olvidamos y luego lo lamentaríamos sobremanera.

Ahora sí: 10 de la mañana, cuatro horas después de despertar, estamos realmente en camino, sin más interrupciones molestas. La próxima parada programada es en San Igancio para el almuerzo.

Pero a las 10:25: nueva parada. Esta vez es Gendarmería que quiere revisar el colectivo (aparentemente no confían en el control de la aduana). Sube un gendarme con cara de malo y mira los compartimientos superiores del colectivo como si tuviera visión rayos x o poderes de adivinación: sólo pregunta por el contenido de algunos paquetes. Parece satisfecho con las respuestas porque no pide abrir ninguno. Mientras esperamos a que el gendarme termine con su control, Pablo y yo miramos por la ventanilla a los gendarmes que rondan el colectivo. Hablamos de su pésimo estado físico y de la imposibilidad de que ninguno de esos señores defienda nada, de que probablemente no puedan correr más de una cuadra sin caer muertos de cansancio, de que evidentemente no tienen entrenamiento constante. Y de que el estereotipo de policía gordo y fanático de la pizza es en apariencia universal: allí está el Jefe Gorgory de los Simpsons para confirmarlo.

Diez minutos después estamos nuevamente en marcha. Tomamos mate con galletitas Social Club porque no compramos los chipás (y rezongamos por eso). Vemos el dvd que uno de los pasajeros compró de la excursión a las cataratas: música obvia del insufrible Kenny G (la misma que se usa para los casamientos, cumpleaños de quince y probablemente bautismos), las imágenes movidas, un sonido espantoso y nosotros saludando de compromiso al camarógrafo. $ 50 tirados a la basura; por supuesto que a nosotros en ningún momento no se nos ocurrió comprarlo.

13:15 paramos una hora a almorzar en San Ignacio, en el mismo lugar donde desayunamos en el camino de ida. Como es mediodía hay mucha más gente que antes: un enjambre de niños y mujeres rodea el colectivo, venden orquídeas o piedras, piden galletitas o caramelos. Casi todos están descalzos, todos están muy sucios. Chicos que apenas aprendieron a hablar pero ya saben pedir. Adolescentes embarazadas con un chico prendido a la teta. Esa “postal” alcanzó para deprimirme toda la tarde. El micro se pone en marcha mientras nuestros compañeros de viaje siguen alborotados porque compraron cantidades de orquídeas por unas monedas. Para aliviar la tristeza miro por la ventana el paisaje misionero y me acuerdo de la versión musical que el Chango Spasiuk hace de ese paisaje.

Comienza la tarde de Súper Acción sobre ruedas. Primera película de la tarde: Inside Man, con Clive Owen y Jodie Foster dirigida por Spike Lee. Mucho suspenso al cuete, porque no pasa nada (o yo no la entendí).

15:30 Otra parada no prevista. Esta vez es la CNRT (Comisión Nacional de Regulación del Transporte) que quiso revisar el micro. Algo no estaba en regla así que estuvimos parados una hora. Por lo menos estábamos entretenidos con la película.
Segunda película de la tarde: “Los Infiltrados” de Scorsese. Yo ya la había visto y me entretuve un buen rato. A Pablo no le gustó, pero me parece que no le prestó atención.

18:35 Paramos en Santo Tomé, Corrientes. Veinte minutos y vuelta a la ruta.
Tercera película: “Tiempo de valientes” de Damián Szifrón con Diego Peretti y Luis Luque. Otra que había visto, pero me volvió a causar gracia. Recién a las 22:30 paramos a cenar en “Cuatro bocas”, Corrientes. Una estación de servicio con bar 24 hs. Un sándwich frío fue toda la cena, ya añorábamos las cenas buffet del hotel.

23:10 Volvemos a estar en camino y terminamos de ver “Tiempo de valientes”. Una vez que terminó la película me pasé a los asientos de atrás y en brazos de Marco Polo (parece ser la única empresa que fabrica sillones para colectivos) dormí hasta la llegada a Rosario con la sola interrupción en Santa Fe donde bajé, casi sonámbula, para ir al baño.

Eran más de las 6 de la mañana cuando llegamos a la terminal Mariano Moreno. En el taxi camino a casa empecé a lamentarme por todo el tiempo que falta para las próximas vacaciones.

[Fin]

Fotos del viaje.

lunes, 8 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 5

~ Día libre en Foz

Jueves: ¡día libre! (los tours pueden ser muy agotadores). La agencia ofrecía un tour a Ciudad del Este cuyo único atractivo es comprar cosas muy baratas. Como nosotros no habíamos ido de vacaciones para hacer shopping decidimos obviar el paseo (además yo había estado hace mucho años y me pareció uno de los lugares más feos que recuerdo). Decidimos entonces recorrer la ciudad de Foz do Iguazú.
Para aprovechar el día como corresponde en vacaciones, dormimos hasta tarde (hasta lo más tarde que podíamos sin poner en riesgo nuestro desayuno). Pablo, por supuesto, se despertó antes que yo, acostumbrado como está a madrugar desde hace años. Después del desayuno tardío (eran casi las 10, horario en que cerraba el comedor) decidimos ir al centro caminando ya que nos habían dicho que eran unas 20 cuadras. El día estaba soleado y todavía agradable.

¡Estamos de vuelta!

Tomamos la avenida Juscelino Kubitschek a paso tranquilo, mirando la ciudad como quien intenta descubrir rasgos comunes, como queriendo captar con una sola mirada la idiosincrasia de un pueblo. Y aunque eso es imposible (sobre todo en una caminata de un par de horas) estas son algunas de las cosas que nos llamaron la atención:

. Todos los motociclistas, sin excepción, usan casco. Sean uno, dos o tres los que ocupantes, todos usan sus cascos.
. En más de una oportunidad vimos que los empleados de algunas empresas como supermercados se reunían a hacer gimnasia antes de la jornada laboral.
. Ningún Mc Donalds. Muchos negocios de comida étnica (china, árabe). El imperio contraataca.
. No vimos perros callejeros ni gente paseando mascotas. ¡¡No hay caca de perro en las calles!! (Punto para Foz, coincidencia con los uruguayos). Pareciera ser que la costumbre de tener uno, dos o tres perros por familia es sólo una manía argentina (y tal vez sólo extendida a las grandes ciudades).
. Los automovilistas son bruscos, manejan a grandes velocidades y ni siquiera miran para ver si viene algún peatón. Son la antítesis de los uruguayos.
. Muchas fábricas de colchones y una marca preponderante: “Ortobom”. Había promociones para el día de los enamorados pero me voy a abstener de hacer comentarios.

Algo que veníamos sospechando y ese día pudimos comprobar: Foz do Iguazú no es una ciudad turística. Unos días antes, en el hotel, yo había pedido un plano de la ciudad y había preguntado detalles menores como la modalidad del transporte público y esas cosas. El recepcionista fue bastante escueto pero supuse que no estaba ahí para eso y que tal vez no le agradaba esa función. Decidimos entonces hacer más averiguaciones en una de las oficinas de información turística que estaba marcada en el plano. Queríamos saber sobre algunos lugares para visitar como la represa de Itaipú, la reserva natural, etc. La oficina estaba en una mini terminal de ómnibus, sobre la avenida Kubitschek. Yo entré decidida, hablando en castellano, suponiendo que nos darían una bienvenida con sonrisa incluida. Por el contrario, la oficina era atendida por un jovenzuelo que no sólo no hablaba castellano sino que apenas balbuceaba el portugués. A nuestras preguntas contestaba con monosílabos y hasta llegó a sacarnos las pocas ganas que teníamos de conocer algunos lugares. Evidentemente Foz es apenas lugar de paso para turistas previamente cooptados por las agencias de turismo y no tienen ningún interés en atraer otro tipo de turistas. Ya sé que es poca cosa para enojarse pero yo suelo engancharme fácil. Tuve la fantasía de agarrar a ese muchacho de la solapa y zamarrearlo al grito de: ¿Y a vos te pagan por esto? Me enoja la gente inepta y me enojan las oficinas que dicen ofrecer un servicio que no ofrecen. Como esa gente que nos invita a consultar el sitio web y al entrar vemos que la última actualización es de septiembre de 2001. Para eso, la nada es mejor.

Una vez afuera de la oficina hicimos nuestro propio recorrido: a la vuelta estaba el zoológico y allí fuimos. Como zoológico no era gran cosa, un típico zoo de ciudad con pocos animalitos y pocos visitantes. Pero con la diferencia de que aquí el ambiente es selvático y de hecho, si no hubiera habido ningún animal, también hubiera sido un lindo lugar para dar un paseo y tomar unos mates (algo que deben hacer muchos lugareños para escaparse del agobio de la ciudad, ya que está casi en pleno centro). La temperatura ya había empezado a subir y allí se estaba muy bien. Vimos monitos, loros, un jaguareté un poco desganado, tortugas, un yacaré solito. Pobrecito. Siempre me generan cierta lástima esos animales que encima de no estar libres tienen que estar solos. Pablo acotó que hay ciertas especies que están hechas para eso, que sólo buscan pareja para reproducirse pero luego vuelven a la soledad. Eso me recordó a mí misma hace unos años. Yo también pensaba que estaba hecha para la soledad (¡ni siquiera para reproducirme, porque nunca quise!), que lo mío no era estar de a dos, que, a pesar del mandato cultural, la soledad estaba en mi naturaleza. Hasta que lo conocí a Pablo y poco a poco, sin grandes planteos ni cambios drásticos, fui dándome cuenta de que la vida en pareja (con alguien afín, “emparejado”) es mucho mejor. Lo que me hizo pensar: o yo no me conocía en absoluto, o aquello de que “está en mi naturaleza” no es más que un verso para autojustificarnos. ¿Somos lo que queremos o somos lo que podemos?

Fin del desvarío. Con tanta palmera cerca se me hace difícil no colgarme. Estábamos en el zoo: después de una caminata refrescante retomamos el camino hacia el centro. Ahora el calor era más notorio, las calles más transitadas, los negocios más abundantes. Y a esa hora nos empezaba a dar hambre. Pablo sacó algunas fotos (negocios, carteles, la catedral muy olvidable) y luego volvimos sobre nuestros pasos para ir a almorzar. Antes paramos en una Lan House (cyber) para chequear mails y saber noticias locales. El almuerzo fue en un pequeño restaurante que ofrecía “menú buffet com suco” por 5 reales. El precio incluía sólo un tipo de carne, para combinarla con otra había que pagar más. Y también advertían desde el ticket que nos habían dado en la entrada que “el desperdicio de comida será cobrado”. Comimos hasta el último bocado como niños obedientes.

Tiendas Marisa

Luego decidimos que no había mucho más para ver y emprendimos el regreso, esta vez por la Avenida Brasil, mucho más comercial, con tiendas de ropa y unos puestos de venta de diarios y revistas muy simpáticos. También nos cruzamos con las Tiendas Marisa, una cadena muy conocida, que hicieron de fondo para una foto en mi honor.

La vuelta fue un poco menos grata porque estábamos cansados, hacía mucho calor y había poca sombra. Subimos a la habitación para cambiarnos y bajamos raudamente a la pileta donde esta vez sí había sol y el agua estaba más cálida. Bajamos con el equipo de mate (que incluía revista de crucigramas) y allí nos quedamos un par de horas relajándonos como corresponde a unas vacaciones.

alberca

Cuando volvimos a la habitación era hora de hacer las valijas pero a mí me agarró fiaca. Lo miré a Pablo ordenar lo suyo tirada en la cama. La tarde pasó así, haciendo fiaca (cosa que a mí me encanta): miramos a Ratinho en la tele (una mezcla de Susana Giménez con Chiche Gelblung), miramos las fotos que habíamos sacado, hablamos de bueyes perdidos. Después fue mi turno de hacer el bolso (ufa!) y después de nuestro habitual capítulo de Los Simpsons (hay adicciones peores y además ilegales) bajamos puntuales a cenar. ¡Nuestra última cena buffet! Había que aprovecharla. Sólo que justo ese día había llegado al hotel un nutrido contingente de jubilados y el comedor se llenó en cuestión de segundos. Temimos por nuestros postres pero por suerte no hubo desabastecimiento. Aprovechamos nuestra última cena como si verdaderamente alguien estuviera por crucificarnos: carne de vaca, pollo rebozado, ensaladas, arroz, flan, postre de coco.

Ya en la habitación, y después del té de hierbas, intentamos dormir temprano porque al otro día, una vez más, había que madrugar. Pero yo no tenía sueño y me puse a hacer crucigramas. Una tentación irresistible para Pablo que empezó por relojear las palabras que me faltaban y terminó resolviéndolos conmigo. Nunca es tarde para aprender que las “nabinas” son las semillas del nabo.

[Continuará?]


Fotos del viaje.

Ir a Día 6: Un final de 24 hs.

lunes, 1 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 3

~ Agua que no has de creer

Nos levantamos 6:15 para ir a desayunar antes de que nos pasaran a buscar (a las 7:25). Desayuno opíparo: pan, tostadas, dulces varios, manteca, tortas varias, frutas, yogurt, café, té, leche, jugos.

Mientras hacemos el mismo recorrido que haremos todos los días para ir a buscar a los otros pasajeros a sus hoteles vemos algo de la ciudad de Foz de Iguazú. Mucho más grande de lo que pensábamos (alrededor de 300.000 habitantes), los edificios altos están desperdigados por aquí y allá, sobresaliendo de una manera desordenada y poco estética. Casitas con jardines muy verdes, salvajes. Envidio todos los jardines que veo, añoro una casa con un patio-jardín de ese tipo: selvático. El verde es más verde, las hojas de los árboles tienen el triple de tamaño que las que uno acostumbra a ver, cualquier terreno baldío es una pequeña selva. Trato de contenerme para no aburrir siempre con el mismo comentario, pero a veces se me sale sin querer: ¡mirá esos árboles!

Vemos muchos templos evangelistas de todo tipo (luego nos enteraríamos de que también hay una mezquita musulmana y un templo budista, señalados incluso en el plano de la ciudad como atracciones turísticas). Mientras esperamos que los pasajeros de un hotel terminen de subir al micro me bajo raudamente para comprarle a un vendedor ambulante dos “Emergency ponchos” (básicamente un bolsa transparente larga, con dos mangas y una capucha) porque nos advirtieron que podíamos necesitarlos en alguno de los tramos del paseo. No fue necesario para este día aunque tampoco muy útil para el siguiente, ya que nos terminamos empapando igual. Pero me estoy adelantando. Hoy es un día soleado, todavía no hace mucho calor y estamos ansiosos por ver las cataratas.

no pisar el palito

Pero antes hicimos una parada en otro de los paseos incluidos en el tour. Temimos otro episodio Wanda, pero por suerte nos equivocamos. La Aripuca es un lugar construido con árboles gigantescos, todos rescatados de la selva misionera que por una razón u otra habían caído (sin ser talados). El nombre remite a una trampa usada por los guaraníes para cazar pájaros de un modo no agresivo: el pájaro “pisaba un palito” (de ahí la expresión) que hacía caer sobre él una jaula echa de tronquitos; si el pájaro servía para alimento se lo mataba, sino, se lo dejaba en libertad sin heridas. Simulando esa trampa, se construyó la aripuca gigante donde pueden apreciarse las diferentes especies de árboles de la selva autóctona. La construcción lleva además un mensaje ecologista implícito: si seguimos talando árboles, produciendo catástrofes naturales nuestro propio mundo terminará siendo nuestra aripuca (trampa).

El complejo incluye puestos de artesanías hechas con maderas: pequeños animalitos autóctonos (compramos un jaguareté y un coatí), maracas (compré una para mi sobrina), servatanas (me pareció un poco agresivo para mi sobrina) y hasta muebles de maderas autóctonas. También había un puesto con productos originales: mate instantáneo y helado de yerba mate (que no probamos). A la salida compramos una bolsita de chipás exquisitos que acompañamos con unos mates tibios (resultado de nuestra primera experiencia con el “calorito” que todavía no sabíamos usar correctamente y mi termo que no es muy térmico que digamos) mientras hacíamos el corto camino hacia las cataratas.

Yo había visitado las cataratas cuando era una adolescente en compañía de mi familia. Pero son pocos los recuerdos que tengo, la mayoría de ellos a partir de las fotografías que sacamos. Así que fue casi como una primera vez. Para Pablo fue directamente su primera vez. Los tres circuitos programados por Elsa, nuestra guía, eran: la garganta del diablo, circuito inferior y circuito superior. Empezamos por el más espectacular, previendo la posibilidad de que alguno de los pasajeros más entrados en años se cansara y no pudiera hacer los otros. Apenas nos bajamos del micro ingresamos al Parque Nacional Iguazú y enseguida nos subimos a un trencito que nos llevaría al comienzo de la primera caminata: la que lleva a garganta del diablo. Un día soleado, acompañados por una multitud de mariposas que nos siguieron en todo el camino. Elsa intentaba compartir algunas de sus explicaciones con los italianos y quiso señalarles las mariposas pero no se acordaba la palabra en italiano. Aproveche y salí en su ayuda: “farfalla”. Por fin me sirvió eso de saber decir mariposa en distintas lenguas: butterfly, borboleta, farfalla, papillon, panambí, que una vez más me recordó a Liliana Herrero y su tarareo acompañó el paseo. Pablo me enseñó también la palabra japonesa pero ya me la olvidé.

bruma colorida

En el camino también nos cruzamos con tucanes, urracas, tortugas y un yacaré que parecía estar puesto especialmente para los fotógrafos ávidos de naturaleza salvaje. Se quedó inmóvil mientras todos disparábamos con nuestras cámaras. No todos, porque el señor que se sentaba delante de nosotros en el micro decía una y otra vez que “se cansó de ver yacarés en los Esteros del Iberá”.

Llegar al espectáculo de la garganta del diablo, el más esperado, nos llevó menos de una hora de caminata a paso agradable. Aunque con las particularidades del caso: gente, gente, gente yendo y viniendo todo el tiempo (y es temporada baja. No puedo ni quiero imaginarme cómo será en pleno verano, sumándole el calor, o en Semana Santa. Fue una suerte venir en mayo). Cuando por fin se llega a la pasarela del mirador lo que resta es eso: mirar. O admirar, no sabría explicar la diferencia. Si quisiera ponerme escueta podría describirlo así: cantidades enormes de agua cayendo todo el tiempo que además salpican. Básicamente es eso, pero además es eso. El agua otra vez (como en el mar) inabarcable a escala humana. En mi caso, todo lo que no puedo abarcar, controlar, me fascina. Pero esto es distinto: uno no puede meterse al agua como en el mar, uno no puede jugar. Más insignificantes aún: lo único que nos queda es mirar.

Nos hubiéramos quedado horas (sí, horas) mirando el agua caer, escuchando el rugido, viendo a los pájaros volar temerariamente entre la bruma (son vencejos y tienen sus nidos en los huecos que quedan entre las piedras y los saltos de agua), imaginando una fatal caída al vacío en ese colchón de agua. Pero estamos en las cataratas, uno de los lugares turísticos más importantes de la Argentina, un patrimonio natural de la humanidad y no somos los únicos que quieren tener ese privilegio. Todos quieren (queremos) esa foto con la caía del agua de fondo, todos quieren (queremos) testimoniar que estuvimos, que lo sentimos, que no nos perdimos la maravilla. Y entonces me siento fastidiosa conmigo misma: me enoja que haya tanta gente todo el tiempo “arruinando el paisaje”, gritando, empujando; me enoja que la industria del turismo convierta todo en una vidriera de shopping. Pero también me enoja ser tan intolerante y creer que tengo más derecho y sensibilidad que los otros para disfrutar de este momento; me enoja no entender algo tan simple: gracias a esa industria de turismo que ofrece paquetes baratos es que Pablo y yo podemos estar ahí. Me enojo conmigo misma cuando percibo en mí lo que detesto en los demás: el sentirse únicos, originales, mejores. Y entonces me digo “¿pero quién te creés que sos, chiquita? (en silencio, para no despertar sospechas) y me vuelvo al lugar que me corresponde: el de una turista más, una de los cientos, miles tal vez que pasan día a día por ese lugar y se sienten únicos.

Mientras miro a un grupo de chicos de una escuela en apariencia humilde que vinieron (probablemente por primera vez) a este lugar que debe estar muy cerca de sus casas pienso qué bueno que el lugar más espectacular de las cataratas se llame “Garganta del diablo” y no “Morada del Señor”. Pienso en los niños que miran el agua y me alegra que, ya que les metieron en la cabeza esa idea estúpida de dios y el diablo, vean por sus propios ojos que, por lo menos aquí, el diablo (o la desobediencia, que finalmente es eso) también puede ser maravilloso.

frente al diablo

El camino de vuelta fue un poco más rápido, como si todo ese paisaje realmente increíble ahora lo fuera menos, porque ya lo vimos. Resabios de la vida moderna. Las mariposas nos siguen, sacamos fotos y fotos pero no hay caso, son mejores en movimiento.

Una vez que volvimos al punto de partida, tomamos nuevamente el trencito que nos devolverá al anterior punto de partida desde donde iniciaremos el llamado “Circuito superior”, es decir, mirar los saltos desde arriba. Esta vez fue el turno de los coatíes, muchos, muy entrometidos y de varias lagartijas, mis preferidas. La cercanía que habíamos tenido en la garganta del diablo se reemplazó aquí por una imagen más general, más parecido a una postal y por ende más fotografiable. Los arco iris que aparecían aquí y allá lo mejoraban todo. Es un triunfo de los cuentos de la infancia: cuando veo un arco iris me parece irreal, pintado. Como los relámpagos. No me acostumbro a los efectos especiales de la naturaleza.

Cerca de las dos de la tarde nos toca el almuerzo (¡por fin!). Hay tres opciones para elegir: un bar que vende sándwiches y empanadas, un fast- food que vende hamburguesas y lomitos y un restaurante con todo el piripipí. Descartamos de plano el restaurante, nos damos una pasada por el fast- food pero está repleto de gente y yo no tengo ganas de esa comida grasienta (casi nunca tengo ganas de esa comida) y terminamos comprando un sándwich primavera con una cerveza (al mismo precio que en Brasil… ¿pero no estamos del lado argentino?). Mientras se hace la hora de volver a reunirnos con el grupo aprovechamos a estirarnos a la sombra y reponer fuerzas para la caminata que nos falta. Cuarenta minutos después volvemos a pararnos bajo la higuera (técnicamente higuerón o chapeu de sombra) donde quedamos en reencontrarnos. Mientras aparecen todos escuchamos a un viejito que alterna entre el arpa y el bandoneón. Y vemos como los coatíes sinvergüenzas se suben a las mesas de los que están almorzando.

Después, el camino inferior. Aunque se supone que es una caminata liviana y sin dificultad, la guía nos advierte del calor y de no hacer esfuerzos de más (sobre todo a los que tienen más años): si no se puede seguir a pie hay unos sillones motorizados que pueden venir a ayudarnos (no hizo falta, lástima, me hubiera gustado ver uno de ésos en acción).

pasarela

Este camino terminó en el salto Bosetti, uno de los que hace unas semanas estaba casi sin agua por la falta de lluvias en Brasil. Nosotros tuvimos suerte, había mucha agua. Aunque sin comparación con la garganta del diablo, volvíamos a estar muy cerca de la caída del agua y eso lo hacía especial. Tanto desde el circuito superior como desde el inferior pudimos ver los gomones que navegaban por el río y ansiábamos estar ahí, cosa que haríamos al día siguiente. En el camino de vuelta vimos un jote (cuervo según Elsa, buitre según Pablo), pariente del cóndor, estirando sus alas en lo alto de un árbol. A Pablo se le había terminado la batería de la cámara justo cuando llegamos al salto Bosetti así que sólo quedaba mi cámara y su pésimo zoom (hay momentos, muchos momentos, en que odio mi cámara de fotos). Casi como la puesta en escena del yacaré, luego del jote empezamos a distinguir distintas especies de pájaros: tucanes, trogones y otros de los cuales no retuve el nombre. Ni las fotos porque salieron espantosas.

A la vuelta de las cataratas argentinas mientras volvíamos en micro a los hoteles, Mariano el guía, nos preguntó que nos habían parecido y acotó algo así como “cuando uno está frente a tanta belleza empieza a creer en algo”. El viejo truco de lo que no se puede explicar. Pablo y yo, escépticos incurables, nos miramos pero preferimos callar. No era el momento para iniciar un debate sobre la necesidad de tener o no tener fe.

Estábamos ansiosos por llegar al hotel (de lo cansados que estábamos) pero todavía faltaba un rato para eso. Paseamos por la ciudad de Iguazú mientras Elsa, que nació allí, nos contaba parte de su historia y su presente (parece una ciudad muy bonita y pintoresca; Pablo dice que si me gusta también me va a gustar Oberá). Paramos en el Hito Tres Fronteras que no es más que un punto panorámico desde donde pueden verse la unión de los tres países (Argentina, Paraguay y Brasil) y los dos ríos (Paraná e Iguazú). Estaba atardeciendo y eso le daba a la vista un color especial. Luego de las fotos y los puestos de artesanías de rigor (donde compré dos mates pintados para mi familia) volvimos al micro para volver, ahora sí, al hotel.

Agotadísimos. Y para completarla, más música insufrible (esta vez era Luis Miguel). Sin fuerzas para sacar mi MP3 me dediqué a estudiar el género y listar los requisitos ineludibles: una voz que sepa susurrar (no importa si desafina), lograr ciertas inflexiones de voz que den lástima y manejar un léxico bastante limitado; se arman frases (no hace falta que tengan conexión) con los siguientes vocablos: amor, sentimiento, corazón, dolor, luna, olvido, pensamiento, espera; se buscan algunas rimas del tipo amor-dolor, sentimiento-pensamiento y voilà!, tenemos un éxito de taquilla.

Ya en hotel, nos dimos una ducha y bajamos, puntuales, a cenar: lechón, pollo laqueado, verduras cortadas en juliana que no supimos identificar pero sabía bien, flan y un postre que sospechamos de maicena, leche condensada y coco. Una delicia. Pablo se quedó chequeando los mails (si está desconectado más de 48 hs le agarra el síndrome el-mundo-puede-estar-colapsando-y-yo-no-me-enteré). Yo subí a la habitación a tomarme un té de menta y a hacer algo de zapping porque me daba vergüenza dormirme tan temprano (eran las 21:30!).

[Continuará]


Fotos del viaje.

Ir a Día 4: Entre gritos y contemplación.

miércoles, 27 de mayo de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 2

~ Ruinas y piedras

Llegamos tempranito a San Ignacio. Eran las 7:10 cuando bajamos a desayunar antes de empezar la visitar a las Ruinas de San Ignacio Miní. La feria que estaba frente al comedor apenas tenía unos pocos puestos abiertos y sus vendedores no estaban muy despiertos. Por otro lado, casi todos vendían lo mismo: mates, collares, carteras tejidas, llamadores de ángeles. Había también algunos indios guaraníes que vendían sus artesanías sobre una manta en el piso y niños que vendían orquídeas o piedras, que pedían caramelos o galletitas.
Eso me recordó instantáneamente mi viaje al noroeste argentino, donde cada parada implicaba ser rodeado de un remolino de niños que pedían lo que fuera, que recitaban poemas andinos, que querían ser llevados a la ciudad (lo recuerdo especialmente, nos pedían que los adoptásemos y los llevásemos con nosotros a Rosario). Y otra vez la película Slumdog Millionaire venía a mi cabeza y toda la miseria extrema y lo parecidos que son el hambre y la pobreza aunque las religiones, los gobiernos y el paisaje sean otros tan distintos. ¿En qué momento empezamos a separar la naturaleza del hombre? ¿Cómo es posible que se hable de “bellezas naturales de la madre tierra” cuando sus propios habitantes no tienen para comer? Los indígenas que habitan esas tierras privilegiadas ¿son también considerados patrimonio de la humanidad como las ruinas? No parece.

Aunque el desayuno ayudó a despabilarnos no fue fácil ponerle onda a la visita después de 15 horas viajando. El día estaba nublado y un poco fresco. El guía del lugar repetía su rutina cual lorito (y supongo que ése sería su primer recorrido del día), tiraba datos y más datos y decía cosas tales como “hincapieces” para hablar de Lugones y Quiroga quienes fueron los primeros en darle impulso al lugar.

Las ruinas. Construcciones que hablan de una época donde todo comenzó a ser de otra manera, donde la cruz empezó a marcar el camino a seguir, donde un dios único y todopoderoso se impuso por sobre dioses variopintos. Los sacerdotes las llamaban “reducciones”, nada de eufemismos. Árboles que se resisten a morir y crecen sobre los muros, envuelven un pilar hasta casi esconderlo por completo. Paredes levantadas con piedras encastradas prolijamente. Cada vez que veo esas construcciones imagino cómo sería vivir en esa época y envidio la frescura que debían tener esas casas en un clima agobiante. Pero no envidio nada más: me encanta el lavarropas, el gas natural y la losa radiante.

San Ignacio Miní

Cuando volvemos al micro Mariano, nuestro coordinador, hace una lectura de lo que acabamos de ver: nos habla de los guaraníes y la cadena de cosas que hacen que vivan en ese estado. Dice que hay una diferencia entre los guaraníes pobres y los pobres a secas. A mí me parecen lo mismo: son pobres y sus miradas están tristes, abatidas. Pero lo más triste de todo es que su presencia parece un detalle más del paisaje, una postal “inevitable”.

Tres horas más de viaje y llegamos a Wanda (pronúnciese vanda) un lugar que lleva ese nombre en honor a una princesa polaca que se sacrificó por su pueblo. Esta segunda excursión incluida en el tour era la visita a la Compañía Minera que se dedica a la explotación de piedras preciosas y semi-preciosas. El guía de este lugar intentaba ser un poco más jocoso que su antecesor de San Ignacio y mechaba chistes malos con una caterva de paparruchadas, todo expresado con una seguridad pasmosa. “Como todos sabemos”, “como ya sabrán” eran las frases que usaba para comenzar sus alocuciones de saberes generales que combinaban el esoterismo, las pseudociencias, la energía, los chacras. “Como todos sabemos, todo en el universo, tiene un por qué. Por eso está el cuarzo”. A mi lado, Pablo se mordía los labios para no proferir algún improperio. A lo largo de la recorrida donde vimos los diferentes tipos de piedras que se extraían y caminamos por algunas de las cuevas donde día a día los mineros trabajan como picapedreros (¡y yo me quejo de mi trabajo!), el guía nos hablaba de las propiedades de cada piedra para distintas dolencias como reuma, mala circulación y hormiguillones (sic) y hasta la receta para preparar un té que reemplaza al Viagra.

piedritas Carga

La visita a las minas de Wanda (nombre que mí me recordó otra película que no vi, “Los enredos de Wanda”; pero Pablo me dijo, luego de largar una carcajada, que no creía que tuviera que ver con este lugar) es el típico paseo metido de prepo, que a nadie le interesa, que sólo se entiende por un acuerdo entre el lugar y la agencia de turismo para que esta gente pueda vender algunas de sus artesanías (que por otro lado se pueden encontrar en cualquier lado). En fin, cosas que fuimos aprendiendo.

Luego de ese recorrido bastante inútil y cansador, ya que nosotros sólo queríamos llegar al hotel a darnos un baño y descansar, fuimos a almorzar a otro lugar que nosotros tampoco hubiéramos elegido: un tenedor libre más caro que los de Brasil (la típica avivada argentina). Pero estábamos hambrientos y la variedad de platos vino bien. No tanto la música que nos acompañaba, que era una radio que mezclaba la misa criolla con otras canciones folclórico-romanticonas. Esta vez la pareja de italianos se dividió: mientras él se llenaba el plato con un gran bife y guarniciones varias, ella se quedaba de brazos cruzados, miraba la comida de su flamante marido y negaba con la cabeza al mozo que le preguntaba si quería tomar algo.

Con el estómago lleno volvimos a la ruta dispuestos a hacer el último tramo. La aduana estaba a sólo 40 km de allí, pero por los trámites se estimaba que la tardanza podía llevar entre 1 hora y media y dos. Mientras, sigue la banda de sonido del viaje con Julio Iglesias y Chayane. Mi tolerancia estaba al límite. Para paliar los efectos colaterales negativos saqué mi MP3 y me conecté a Ligia Piro. Una mezcla rara y placentera: por la ventana un camino que ya era selvático y de tierra rojiza y en mis oídos música de jazz.

Para matizar la espera de la aduana hicimos algunos crucigramas y aprendimos palabras que ya me olvidé. La tardanza no fue tanta (menos de una hora) pero la llegada al hotel se alargaba más de lo deseado. Todo el pasaje del colectivo estaba repartido en 7 hoteles diferentes y el nuestro era el anteúltimo. Eran las 16:45 (24 hs y 45 minutos después de salir de Rosario) cuando llegamos al Líder Palace Hotel, muertos de cansancio y ofreciendo nuestro reino por una ducha.

El hotel que nos tocó (tres estrellas) está lejos del centro (a unas 20 cuadras). Después de bañarnos quisimos dar una vuelta por los alrededores pero después de unas cuatro cuadras volvimos al hotel (demasiado cansancio). Nuestro paquete turístico era con media pensión (desayuno y cena) pero la cena recién empezaba a las 20 hs así que hicimos tiempo viendo Los Simpsons en la tele de la habitación. A las 20:05 ya estábamos entrando al comedor. El servicio de buffet que nos acompañaría en todo el viaje hizo que comiéramos como nunca en nuestras vacaciones (acostumbrados como estamos a un menú que consiste en arroz con atún, fideos o atún con arroz). Eran las 21 hs y ya estábamos listos para dormir. Evaluamos los posibles los inconvenientes de enchufar el cargador de las pilas 220 a los tomacorrientes de 110 (increíble: con sólo cruzar la frontera, cambian tantas cosas, como los enchufes. Lo mismo nos pasó en Uruguay donde tuvimos que comprar un adaptador con un diseño de patitas que acá desconocíamos). Repasamos algunos canales de la tv brasilera y paraguaya, atestados de pastores evangélicos y publicidades inverosímiles (“Conocé la cultura Emo, mandá ´fleco´ al 2020”). Y nos dormimos temprano, agotadísimos y conscientes de que al día siguiente nos esperaba una jornada movidita.

[Continuará]


Fotos del viaje.

Ir a Día 3: Agua que no has de creer.

lunes, 25 de mayo de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 1

~ Un viaje de películas.

No es muy común salir de vacaciones en mayo, sobre todo teniendo en cuenta que con Pablo salimos de vacaciones de verano hace apenas tres meses, en febrero. Sólo dos veces salí de viaje en mayo y en ambos casos no se trataba de vacaciones sino un viaje incierto, sin rumbo fijo. La primera vez fue hace 12 años cuando me fui a Europa a bailar tango: lo único que sabía es que llegaría a Barcelona y nos quedaríamos todo el tiempo que pudiéramos. Ese tiempo fueron casi 6 meses. La segunda vez fue hace 8 años. Había renunciado a mi trabajo en Coto y me iba a Bariloche, a ver cómo era vivir en el sur, un viejo sueño de juventud. Me quedé tres años a ver cómo era. Pero esta vez fue diferente: sabíamos casi todo desde principio a fin. Era, incluso diferente para los dos, que solemos viajar por nuestra cuenta y no contratando un tour. Pero como era un viaje corto decidimos hacerlo de esta manera. Al finalizar el viaje constataríamos lo que ya sospechábamos: los paquetes turísticos no son lo nuestro.

La salida fue puntual: eran las cuatro de la tarde cuando partimos desde la terminal de ómnibus Mariano Moreno. El colectivo llevaba unos 20 pasajeros, en general gente de 50 a 60 y pico salvo por un par de parejas como la que se sentó al lado nuestro. Apenas subieron noté algo diferente. No sé mucho de marcas, pero se notaba que usaban ropa cara. Finalmente supimos que eran italianos, de Nápoli (alguien acotó lo inevitable: ¡Maradona!). En Santa Fe subirían otros italianos que eran de Torino.
Viajar en un tour te hace convivir por unos días con gente con la que no te cruzarías nunca y que nunca elegirías para pasar tus vacaciones: señoras que cuentan de sus viajes a Dubai y Ecuador, un señor mugriento que tiene las uñas negras y no para de fumar, una parejita de mieleros que tienen toda la pinta de ser fans del reggaetón (esto es puro prejuicio, porque nunca los escuché cantando esa música), un señor (el que se sentaba delante de nosotros) que aprovecha cada momento para hacer alarde del conocimiento adquirido en todos sus viajes . Así nos enteramos de que ésta era como la tercera o cuarta vez que iba a Cataratas (se ve que le gustan). Y aquí debo aclarar: puede resultar muy insoportable pero ya me gustaría a mí poder hacer alarde de todos esos viajes.

Luego de un par de horas de viaje empecé a leer el libro que me había comprado especialmente para la ocasión: “Una luna” de Martín Caparrós. Según la contratapa “… es un diario de viaje acelerado, enloquecido. Un ´hiperviaje´: un mes de saltos entre Kishinau y Monrovia, Amsterdam y Lusaka, Pittsburgh y París… en el que Caparrós, enviado por una agencia de las Naciones Unidas, se encuentra con jóvenes migrantes de muy diversas clases: mujeres traficadas, refugiados de guerra, polizones de pateras, niños soldados, víctimas del sida… toda esa enorme población actual que, de un modo u otro, busca lugares nuevos para intentar vidas distintas”.
Queda claro que no es un libro pasatista pero tengo que admitir que casi ni reparé en el contenido cuando lo compré. Tengo una admiración casi incondicional por la escritura (y el modo de vida) de Caparrós y no vacilo en gastar plata en sus libros. La cuestión es que a las pocas páginas de empezarlo me inundó una cierta depresión. No era sólo por enterarme de la vida de una mujer rusa que a los veintitantos ya había pasado por el calvario de ser vendida por su propio marido, obligada a prostituirse, forzada a perder un embarazo, vejada, torturada, despreciada por su propia familia, etc, etc. Aún antes de llegar a esa parte, en el prólogo nomás, uno puede leer la genialidad con la que Caparrós puede hablar de cosas triviales o profundas sin ser melodramático ni parco, sin dejar de sorprender. Lo admiro y lo envidio a la vez y me siento, al intentar mis propias crónicas de viajes, como un aprendiz de brujo que intenta crear un arco iris y apenas consigue una filigrana en blanco y negro.

Durante todo el viaje seremos sometidos a una especie de test de tolerancia musical: José Luis Perales (o Django, no supimos diferenciar), Luis Miguel, Los Nocheros, Eros Ramazzotti. Sólo en un par de ocasiones escucharemos sonidos más afines a nuestros oídos: Los Abuelos de la Nada, algo de música brasilera. El resto será padecimiento.
A las 18 hs estamos llegando a Santa Fe donde hacemos una parada técnica para ir al baño y recoger pasajeros. Un negocio de libros usados acapara nuestra atención. Miramos un rato y finalmente Pablo compra dos libros de ciencia ficción de una autora para mí absolutamente desconocida (Anne McCaffrey). En realidad, hasta conocerlo a Pablo, casi todos los autores de ciencia ficción, sacando a un par de best sellers, eran para mí desconocidos. Yo sólo compré una revista de crucigramas (con muchos, muchos crucigramas) que nos haría buena compañía en nuestros ratos de ocio.
Luego de cruzar el túnel subfluvial llegamos a Paraná donde volvemos a hacer una parada para recoger a los últimos pasajeros. Una vez que todos estamos arriba y en camino nuevamente, Mariano, nuestro coordinador comenzará a contarnos detalles “de lo que es” el viaje y los lugares “de que” vamos a disfrutar. La locución no era su fuerte (aunque si lo comparamos con los locutores de hoy en día casi no hay diferencias): todas sus frases tenían algún tipo de dequeísmo, algún fijensén, un “todo lo que tiene que ver con”, algún “todo lo que es”. Fuera de eso, que Pablo y yo no lográbamos pasar por alto y a mí me irrita un poco, era simpático, responsable, atento y muy alto. Cuando caminaba por el micro tenía que hacerlo encorvado para no chocarse el techo. Eso me recordó a “¿Quieres ser John Malkovich?”, una película de humor absurdo donde hay una piso llamado el 7 ½ y en el que es necesario que todos caminen encorvados por los techos bajos. Un piso a mi medida.

Mientras Mariano nos cuenta de los caminos que vamos a recorrer antes de llegar a Misiones, los ríos que cruzaremos, las rutas de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, yo miro por la ventanilla y me acuerdo del disco “Litoral” de Liliana Herrero, de “la luna es un camalote que florece en cada aguada…”.

Más tarde vemos una película: “No reservations” con Katherine Zeta Jones y la niña de Little Miss Sunshine, una comedia dramática, simpática para un viaje. Los personajes principales son chefs así que a lo largo de la película se ven unos tremendos platos de spaghetti, carnes, salsas. Y el estómago empezando a quejarse. Lamentablemente la cena no se pareció en nada a lo que veíamos en la pantalla: nos detuvimos en un parador de Federal donde sólo podíamos elegir entre una magra variedad de sándwiches envasados. Y la compañía de un televisor que pasaba los videos “más top” con todos los clichés esperados: joven de color (negro) algo excedido de peso, vestido con ropas muy holgadas, tatuajes, collares, cadenas y anillos al mejor estilo proxeneta le canta a una mujer despampanante, rubia por supuesto, similar a un travesti muy producido, con ropas muy ajustadas al cuerpo, que se refriega y baila junto a un auto descapotable (rojo, por supuesto). La canción habla de un amor (imposible, por supuesto) que tiene final feliz, por supuesto.

La pareja de italianos no compra nada para cenar, sólo comen unos pequeños sándwiches que tienen envueltos en papel de aluminio. Y entonces me acuerdo de otra película, “Babel” y el personaje de Cate Blanchett, que estando de viaje en Marruecos se niega a tomar agua o a comer nada porque desconfía de todo lo que hay a su alrededor. O acaso, pensé, hayan visto “Slumdog millionaire”, la película que ganó varios Oscars en la última edición. Pablo y yo vimos esa película la noche anterior a salir de viaje. Hay allí, una escena en un comedor o fast food donde está trabajando el protagonista de la película. Mientras el diálogo gira en torno a la decisión de ir a buscar a su amiga de la infancia, su compañero lo ayuda a completar el pedido: saca una botella de plástico de un barril repleto de botellas vacías, la llena con agua de la canilla, toma una tapita plástica de un recipiente repleto de tapitas y con un pegamento la sella para dejarla completamente cerrada. Todo sucede de modo rápido y casi en segundo plano y mí me pareció una escena genial. Aunque ahora, viendo a los italianos y poniéndome en su lugar, los imagino recordando la película y suponiendo que Argentina e India no están tan lejos culturalmente hablando y que mejor no arriesgarse con estos sudacas tercermundistas.

Cuando volvimos al micro, y para ayudarnos a un sueño más plácido, el coordinador nos ofreció café al cognac (que realidad era licor de café al cognac) y una galletita tipo Rhodesia pero marca Royal. Con el estómago lleno me dispuse a pasar la noche. En general no tengo problemas para dormir, puedo hacerlo hasta de pie. Pero esta vez tuve suerte extra: el micro venía con asientos libres así que me pasé a los asientos de atrás y me acurruqué a lo largo de las dos butacas para dormir sin interrupciones. Pablo, con varios centímetros más de estatura y con menos facilidad para conciliar el sueño en lugares fuera de la cama, no tuvo la misma suerte. Hay veces en que ser petiso tiene sus ventajas.


[Continuará]


Fotos del viaje.

Ir a Día 2: Ruinas y piedras.

miércoles, 18 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 13. Paysandú, llegando al fin.

Miércoles 11 de febrero.

A madrugar otra vez. Salimos del hotel cuando todavía era de noche, tomamos un taxi y enseguida llegamos a la terminal para subirnos al colectivo que salía a las 6 hacia Paysandú. Unas tres horas después estábamos camino a La Posada del Centro, donde nos alojamos. La Posada está ubicada frente a la plaza Constitución y es una vieja casona con habitaciones amplias (ésta era todavía más amplia que la del hotel de Tacuarembó y tenía además un pequeño patio). Dejamos los bolsos y salimos a buscar un desayuno. En “El Bar” (evidentemente no hicieron un brainstorming para ponerle nombre) pedimos dos cafés con leche y medialunas.
- ¿Medialunas solas, sin nada? – preguntó el mozo.
- Sí, así nomás.
Recién cuando llegaron las dos tremendas medialunas, ésas que ya habíamos probado en sandwich, entendimos que lo que debimos haber pedido eran croissants.

Caminamos de nuevo hasta la terminal para asegurarnos el pasaje del día siguiente (snif, ya teníamos que volver a Rosario) pero la oficina que vendía los pasajes que necesitábamos (a Colón) abría a las 3 de la tarde por lo que fuimos al reverendo cuete. Aprovechamos la mañana paseando por la ciudad, recorriendo algunos de los “must” de Paysandú: la Basílica Nuestra Señora del Rosario (cruzando la plaza Constitución), el Museo de la Defensa y el Museo Histórico (donde los únicos tres visitantes que había en ese momento eran… rosarinos!). Este último museo tenía una simpática maqueta con la ciudad de Paysandú reconstruyendo la época en que fue atacada por los portugueses y donde el general Leandro Gómez resistió hasta que fue ejecutado. La guía iba mostrando cómo fue el ataque mediante lucecitas que prendía y apagaba sobre la maqueta. Una explicación muy didáctica que por momentos me recordó a la escuela primaria.

reflejos

Ya volviendo hacia el hotel compramos algo para almorzar y nos sentamos en el pequeño patiecito a disfrutarlo. Dormimos la siesta (en realidad sólo Pablo porque para entonces a mí me había empezado a atacar la tos y no me dejaba estar acostada; las vacaciones estaban llegando a su fin y evidentemente mi cuerpo rechazaba de plano la idea de volver a la rutina). Ya descansados salimos a comprar caramelos para aliviarme la garganta y volvimos una vez más a la terminal a sacar los pasajes (para las 8:15, ¡otra vez a madrugar!) con la esperanza de llegar a Colón a tiempo para tomar el colectivo de las 9 que salía a Rosario. La señora de la ventanilla dijo que eso dependía de cuánto se tardara en cruzar la frontera, que esas cosas nunca se saben. Sospecho que en lugar de “Atención al cliente”, la empresa tiene una oficina llamada “Me ne frega el cliente”.

Después, a caminar. Pablo ya había estado en Paysandú hace algunos años, pero sólo una tarde. Recordaba vagamente algunos lugares y quería que yo también los conociera. Hicimos un itinerario haciendo coincidir las plazas hasta llegar a la costanera. Paysandú es una ciudad del interior como tantas que, tal vez por la cercanía con Argentina, tiene más cosas en común con nuestro país que las otras ciudades que visitamos. Y como en toda ciudad del interior, la gente que por la mañana se amontonaba en las calles céntricas ahora parecía haberse evaporado. Las veredas estaban casi desiertas, sólo en las plazas alguna mamá hamacaba a su hijo, algunos ancianos tomaban mate. En esos momentos añoro vivir en un lugar tan tranquilo, pero inmediatamente pienso en el soberano aburrimiento que debe implicar esa tranquilidad y se me van las ganas tan pronto como llegaron.

puerto

Caminamos y caminamos. Era evidente que ya estábamos acumulando el cansancio de varios días de caminatas porque el aguante duraba menos (estamos a acostumbrados a caminar en Rosario, pero aquí lo hacíamos por triplicado). Visitamos plazas, la vieja estación, la costanera donde nos sentamos un ratito en la arena a ver los rayos del sol que se reflejaban en el río y le daban un color especial a la tarde. Fuimos hasta el puerto que, a diferencia de la época en que Pablo lo visitó, ahora estaba cerrado a los visitantes. Para las 20:30 yo estaba a punto de tener calambres en las piernas de tanto caminar. Nos sentamos en la plaza Colón a descansar mientras empezaba a anochecer. Buscamos inútilmente un locutorio para llamar a Rosario (nunca lo encontramos) y cuando ya estábamos llegando al hotel caí en la cuente de que me había quedado con muchos pesos uruguayos que no iba a poder cambiar (tal vez en Rosario, pero con cambio desfavorable). Decidimos entonces gastarlo en algo satisfactorio: ¡comida! Nos sentamos en un restaurante y pedimos pescado y pollo a la crema y cerveza y llegamos justito (con monedas y todo) a pagar la cena con uruguayos. Llegamos al hotel agotadísimos pero pipones.

Madrugamos por última vez en nuestras vacaciones para tomar el Copay hacia Colón. Como era de esperar, no llegamos a tiempo para tomar el colectivo de las 9 por lo que tuvimos que esperar hasta las 14. Pero después de la odisea de Valle Edén, esperar 4 horas en una estación con bar, baños y a la sombra era un juego de niños. Desayunamos en el bar, compramos el diario y hasta fuimos a pedir un mapa a la oficina de turismo (per jodere nomás, ya que no pensábamos hacer ni media cuadra con los bolsos a cuestas). Almorzamos algo liviano y a las 14 ya estábamos listos para nuestro último tramo de viaje. No habíamos hecho muchos kilómetros cuando el colectivo tuvo un pequeño percance: estacionados en la terminal de Concepción del Uruguay, empezaron a pasar los minutos, el calor a sentirse en forma preocupante y los pasajeros a impacientarse. Pero nadie venía a decirnos qué pasaba. Acostumbrados como estamos con Pablo a que siempre haya algún problemita en nuestros viajes de regreso, respiramos hondo y nos preparamos para escuchar una noticia funesta. Pero no, unos 20 minutos después y sin que mediara explicación alguna, nos pusimos otra vez en marcha.

El regreso, como son en general los regresos, se hizo largo y tedioso. Yo seguía con mi tos a cuestas (aunque con caramelos que la aliviaban) y el paisaje ya nos parecía demasiado repetido. Rosario nos esperaba como era de imaginar: con calor, humedad y el agobio propio de la ciudad. Las vacaciones habían terminado. Ahora sólo quedaba tratar de alargar el máximo posible esa sensación placentera del viaje, reviviéndolo una y otra vez. Por eso estas crónicas, que ahora sí, llegaron a su fin.

~ FIN ~

Fotos del viaje.

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martes, 17 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 12. Valle Edén, perdidos en el paraíso.

Martes 10 de febrero.

Dormimos largo y tendido (fue uno de los pocos días en los que no tuvimos que madrugar para tomar algún colectivo). Desayunamos también largo y tendido y luego partimos. El plan era visitar Valle Edén, para lo cual había un micro (¡para este lugar sí había transporte!) a las 11:45. Como todavía teníamos tiempo fuimos a visitar un par de museos. Primero fue el Museo del Indio y del Gaucho (con mucha piedra, boleadoras y unos bonitos elementos gauchescos) y luego fuimos al Museo de Geociencias (quedaba apenas a unas cuadras). Aquí encontraríamos a una señora al parecer bastante aburrida que nos persiguió durante toda la recorrida dándonos explicaciones un poco inútiles (ya que era lo mismo que estaba en los cartelitos impresos) mientras se quejaba del calor (evidentemente no éramos sólo nosotros los aturdidos por las altas temperaturas). Pasamos por el Ta-Ta (la marca líder en supermercados en Uruguay) a comprar algo para el almuerzo y fuimos a la terminal a tomar el “Calebus”.

en la vía

Una media hora después estábamos en Valle Edén que prometía, otra vez desde un folleto turístico: “Agrestes serranías junto a la calidez humana. Monte natural y danzante arroyo de aguas cristalinas. Avistamiento de aves y flora exuberante. En ese entorno: puente colgante, zona de camping, parador, cabañas… Y el Museo Carlos Gardel, testimonio fehaciente de una verdad histórica: El Zorzal Criollo nació en Tacuarembó” (todo lo que está entre comillas es textual del folleto). Aquí es necesario hacer una aclaración. ¿Por qué visitar Tacuarembó? Se preguntarán ustedes. Y nosotros nos preguntamos lo mismo. Sucede que cuando planeábamos el viaje queríamos recorrer el país todo lo que pudiéramos y para que nuestro regreso no se hiciera tan aburrido decidimos volver por el interior y de paso conocer otras ciudades que las de la costa. Tacuarembó quedó casi por obligación teniendo en cuenta las rutas y porque a mí, tanguera y gardeliana, el nombre me sonaba de tanto escuchar las teorías del nacimiento del cantor. Por internet vimos que había museos y paseos para visitar y pensamos que era una buena opción. Pues no lo fue. Tacuarembó es suficiente a lo sumo para una tarde a menos que se cuente con vehículo propio (con aire acondicionado) para recorrer las largas distancias que separan un "punto turístico” de otro.

Nosotros no teníamos auto así que ni bien nos bajamos del colectivo (otra vez, como en la Fortaleza, en el lugar equivocado) tuvimos que caminar alrededor de un kilómetro y medio para llegar a algún lugar con sombra. Pleno mediodía, un sol que apuntaba directo a nuestras molleras y la sospecha de que los folletos eran medio mentirosos. Después de pasar el camping y el arroyo, llegamos al Museo Carlos Gardel y nos sentimos aliviados: el predio cuenta con un espacio verde con mesitas y bancos a la sombra donde nos dispusimos a descansar, almorzar y reponer fuerzas. Sacamos fotos en lo que se supone una estación de trenes abandonada (aunque más tarde veríamos pasar un tren) y visitamos el museo en sí: gran cantidad de fotos de Carlitos, junto a algunos documentos que dan por definitivo el nacimiento del cantor en Tacuarembó. No todos los estudiosos concuerdan en este dato, pero allí no tienen la menor duda.

Después de la recorrida decidimos visitar algunos de los otros puntos mencionados en el pequeño mapa. Teníamos tiempo ya que el colectivo de vuelta recién pasaba a las 19:30 hs. Pero la señora del museo nos desalentó enseguida: el punto más cercano quedaba a unos 5 kilómetros en los que no había sombra y con el ese sol y esa temperatura no lo recomendaba. Podíamos, dijo, intentar ir a la Gruta de los Chivos para lo cual llamó a uno de los baqueanos que le indicó el camino a Pablo mientras yo iba al baño. Pero las indicaciones no fueron muy claras y al ratito nomás de estar caminando nos encontramos en un camino sin salida. Toda la sombra posible estaba separada de nosotros por un alambrado (el paraíso tiene dueños) y el sol de las dos de la tarde era desesperante. Intentamos un camino alternativo desoyendo las indicaciones del baqueano y tratando de adivinar el planito pero todo a nuestro alrededor parecía demasiado lejano y nada hacía pensar que llegaríamos a algún lugar interesante (al menos no antes de morir insolados). Nos ganó el desánimo y empezamos a desesperarnos. Nos quedaban cinco horas por delante bajo un sol insoportable. Por suerte Pablo había sugerido que en lugar de mate lleváramos dos termos con agua fría pero igualmente ya empezábamos a temer una deshidratación. Tomábamos pequeños sorbitos de agua cuando nos hubiera gustado bajarnos el termo de un saque; la sed nos apremiaba pero no queríamos quedarnos sin agua el resto de la tarde.

Casi abatidos caminamos hasta el único sector de sombra que habíamos visto pasando el arroyo de “aguas cristalinas bajo el puente colgante”. El lugar tenía una curiosa escultura y un par de placas con una extraña leyenda en memoria de un tal Richard Cuello Pantera, firmado por ciertos “piratas del asfalto”. Ya en Rosario, y gracias a Google, sabría que se trata de un grupo de motoqueros que se hacen llamar los Pachucos y que eligieron ese lugar para erigir un memorial a los muertos en accidentes.

Pachucos de Tacuarembó

Bajo un árbol tiramos nuestras lonitas y allí nos quedamos con la esperanza de que se nos ocurriera algo para hacer. Pero pasaban los minutos y ninguna parecía una buena opción: caminar hasta la ruta y hacer dedo no nos parecía bueno ya que con suerte pasaría un auto cada 20 minutos y no sabíamos si era costumbre por esos lares hacer dedo. Nos arriesgábamos a estar bajo el sol esperando y tal vez nos dejaran a mitad de camino donde ni siquiera podríamos tomar el colectivo. Pedir un taxi (había por allí una oficina de policía donde seguramente tendrían teléfono) podía salirnos carísimo. Hasta pensamos en visitar el “pueblo” de Los Rosano que según el mapa estaba justo enfrente, cruzando la ruta. Pero ninguna nos parecía una buena idea. Nuestras vacaciones estaban terminando y nosotros sentíamos que de la peor manera. Finalmente Pablo sacó el libro que había llevado (yo al mío lo había dejado en el hotel para no cargar con tanto peso) y pronunció las palabras mágicas: ¿Querés que te lea?. Esto puede sonar a lugar común, pero esa tarde en medio del calor tórrido y el desánimo, la literatura fue nuestra salvación. El libro era “Memorias del desierto” de Ariel Dorfman, que cuenta el recorrido que el autor hizo por Chile a través de los pueblos que fueran pujantes gracias a la extracción de minerales y hoy son pueblos fantasmas. Y así, entre historias de mineros, se nos pasó la tarde.

Mechamos la lectura del libro con nuestros planes para próximas vacaciones visitando justamente Chile. A eso de las 18 nos preparamos para volver a la ruta. Todavía faltaba una hora y media para que pasara el colectivo pero nos tomamos tiempo para caminar por la orilla del arroyo, sacar algunas fotos y hacer el resto del camino a paso lento. Por suerte ya estaba bastante nublado y eso nos hizo fantasear con una tormenta en medio del campo, que nunca sucedió. La tormenta tardaría un rato en llegar.

Una vez en la ruta encontramos un refugio para esperar el colectivo. Allí nos quedamos, de a ratos leyendo el libro, de a ratos mirando a los paisanos de a caballo arreando vacas. Tratábamos de adivinar qué tipo de pájaros eran unos que se juntaban en el campo de enfrente (finalmente el folleto tenía razón con lo del avistamiento de aves). Y hasta nos entretuvimos mirando una construcción que estaba del lado de enfrente, unos 100 metros más allá. Era una vieja casa a la que de a poco iba llegando gente. Jugamos a imaginar que ésos eran Los Rosano y que en realidad eran los únicos habitantes de ese pueblo. A las 18:30 pasó el Calebús en dirección contraria, hacia Tambores (era el colectivo que salía de Tacuarembó a las 18 hs y que a la vuelta pasaría a buscarnos a nosotros) y eso nos puso contentos porque hasta habíamos llegado a pensar que nunca más pasaría el colectivo, que íbamos a quedar varados en la ruta, que íbamos a tener que pedir asistencia a Los Rosano. Cuando el colectivo paró se bajaron unas cuantas personas: algunas se dirigieron a lo de Los Rosano y dos mochileros caminaron en dirección al camping: eran los extranjeros que la noche anterior estaban sentados a nuestro lado en el bar “La sombrilla”. Tuvimos ganas de avisarles que el lugar tal vez no era lo que esperaban y hasta nos compadecimos de ellos pensando que iban a acampar en medio de una tormenta. Pero también pensamos que probablemente eran europeos cansados del confort y la buena vida del primer mundo y buscaban algo de aventura tercermundista. De ser así, no se irían defraudados.

Valle Edén

También presenciamos el momento en que dos gallinas, que aparentemente habían escapado de Los Rosano, cruzaban la ruta a toda carrera en el peor momento, ya que una de ellas fue alcanzada por un auto y quedó inmóvil en medio del asfalto. Yo empecé a lamentarme de la difuntita mientras veía cómo la otra gallina se acercaba y se quedaba al lado de la moribunda, corriendo el riesgo de sufrir el mismo trance. Unos tres minutos después, cuando se acercaba otro camión y la gallina sobreviviente se negaba a salir de la ruta sucedió algo sorprendente: la moribunda, que había estado completamente inmóvil todo ese tiempo, pego un salto y las dos salieron corriendo campo adentro. Quedamos patitiesos, nunca habíamos visto una gallina haciendo el muertito.

Cuando subimos al colectivo no podíamos creer que habíamos soportado todas esas horas bajo ese sol impiadoso y habíamos salido ilesos (y sin que el malhumor de uno se desquitara con el del otro). Cuando llegamos a la terminal de Tacuarembó empezó a llover con ganas. En el camino compramos algo para comer y llegamos al hotel, empapados pero contentos de estar a salvo y bajo techo. Para entonces estaba diluviando. Nosotros nos refugiamos en la habitación y nos entretuvimos mirando un programa de televisión donde un supuesto Pai Umbanda hablaba sobre las ofrendas que hay que hacerle a la “entidad”. Para tener en cuenta: a la “entidad” le gusta el whisky importado.

Nos dormimos escuchando la lluvia. Al otro día teníamos que volver a madrugar para tomar el micro que nos llevaría a Paysandú: nuestra última parada en las vacaciones.

[Continuará]
Fotos del viaje.

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lunes, 16 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 11. Tacuarembó: Juventud, divino tesoro.

Lunes 9 de febrero.

Los caminos del interior de Uruguay no son lo que se dice despampanantes. Al menos los que transitamos nosotros, por el centro mismo del país. Muy parecidos a Argentina en sus paisajes camperos, mucho verde clarito, algunos árboles desperdigados, vacas por aquí y allá. El único dato curioso es haber pasado por la ciudad de Paso de los Toros, famosa por ser la cuna de la gaseosa homónima, aunque aparentemente ya no se fabrica allí. Un gran cartel viejo y oxidado recuerda el hito a la vera de la ruta. Triste destino el de una ciudad que lo único que la distingue haya quedado en el pasado.

Por la ventanilla veíamos un cielo que nunca estuvo despejado del todo y con un color agrisado que hacían sospechar un clima húmedo y caluroso. La sospecha fue certeza al bajarnos del colectivo: mucho calor y mucha humedad. De acuerdo al planito que conseguimos en la oficina del turismo de la misma terminal estábamos a pocas cuadras del hotel que habíamos reservado. Sólo que en Tacuarembó la numeración de las calles no cambia de a 100 sino de a 50, por lo que a nuestros cálculos tuvimos que multiplicarlos por dos. Cuatro de la tarde, 35 grados, 10 cuadras con mochilas al hombro: una ecuación agotadora. El hotel que habíamos reservado por teléfono sin mayores referencias resultó ser un viejo edificio que se adivinaba pujante en otras épocas (otra vez, los tiempos idos), con grandes pasillos, mucha limpieza y una cierta austeridad en la decoración. La habitación que nos tocó era una de las más amplias de todas las que tuvimos en nuestras vacaciones.

Aún a pesar del cansancio no nos dejamos tentar por la siesta. Nos dimos una ducha y salimos a caminar. Volvimos para la terminal porque teníamos que sacar pasajes para Paysandú (hacia donde iríamos en dos días) y aprovecharíamos para preguntar al señor de la oficina de turismo un par de cositas que nos quedaron dudosas. Entonces nos enteraríamos de que Tacuarembó no cuenta con transporte público (a pesar de ser una ciudad de alrededor de 50.000 habitantes); que no tenía mucho para ofrecer turísticamente hablando; que sí había muchos lugares en los alrededores pero para ésos tampoco había transporte, teníamos que tener auto. Tampoco el zoo que vimos señalizado en el mapa era recomendable, que estaba “medio abandonado”. No nos quedaban pues muchas opciones: para esa tarde elegimos visitar la Laguna de las lavanderas, un paseo recomendado por el señor de la oficina de turismo y también por los folletos y mapas (sólo después de visitarla sospecharíamos que el “medio abandonado” del zoo podía significar “está en un estado desastroso”).

Laguna
Foto de Pablo Flores
Partimos entonces en la tarde calurosa hacia lo que se suponía un lugar para escapar de la ciudad. Cuenta la historia que a la laguna llegaban lavanderas de todos los rincones de Tacuarembó con sus grandes atados de ropa y que pasaban largas horas sobre la orilla de la laguna fregando para lograr limpiarlas. El lugar era ahora homenaje a esas lavanderas. Los folletos turísticos prometían: “la gente acude para estar en pleno contacto con la naturaleza. Además, la sombra protectora de los eucaliptos se encarga de refrescar el lugar en los intensos días de sol”. Por ahora, lo único que se asemejaba era el intenso día de sol: el calor era espantoso y queríamos huir del cemento. Pero como canta Gardel (ya que estamos en Tacuarembó) el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar. Después de cruzar un puentecito colorido llegamos al lugar indicado en el plano. Y allí estábamos: frente a un espejo de agua que lejos de tener aguas cristalinas parecía un pantano especialmente diseñado para escenografía de una película de Tim Burton. El predio que tal vez haya conocido mejores épocas era sólo un parque abandonado, sucio y sin el menor encanto. Acaso esté más concurrido los fines de semana, pero ese lunes por la tarde el lugar era deprimente.

Transporte tacuaremboense
Foto de Pablo Flores
Seguimos huyendo pues y tuvimos que volver al asfalto. Para mitigar la sed nos compramos una Paso de los Toros (turistas demagógicos al fin) y nos sentamos en una plaza a ver pasar la nada misma. La plaza estaba casi desierta. Y entonces empezaron las conjeturas: que la gente espera a que pase la siesta (pero ya eran más de las seis), que la gente sale cuando se pone el sol (pero entonces no hace nada en todo el día), que no hay gente en Tacuarembó. Por lo menos si no había gente tampoco había perros porque una vez más las calles y veredas carecían en su totalidad de suciedad. Sacando un par de calles muy transitadas (en su mayoría por motos, en Tacuarembó hay muchas motos) hay un silencio de pueblo que lo domina todo, una tranquilidad que está en el límite con el aburrimiento. Gente que está más cerca del paisano que del ciudadano, bombachas de campo, boinas y botas con 34 grados de calor. Y como consejo de un viejo sabio, Zitarrosa cantando en alguna radio local: no te olvidés del pago si te vas pa´la ciudad...

Cuando nos cansamos de teorizar decidimos partir. Pablo quiso chequear sus emails así que nos cruzamos a un cyber. Un rato después llamábamos al hotel de Paysandú para asegurarnos alojamiento en nuestra última noche y más tarde nos sentaríamos en el bar “La sombrilla” (frente a la misma plaza de unas horas antes) a cenar un “sándwich italiano” (básicamente un sándwich enorme con mucho relleno) y una cerveza fresca. A nuestro lado dos turistas que adivinábamos como alemanes o tal vez norteamericanos trataban de entender la diferencia entre ravioles o ñoquis.

La mesa que elegimos estaba en la vereda, justo enfrente de la plaza que ahora, ya de noche, empezó a llenarse de gente, motitos y bicicletas. La mayoría eran jóvenes que se juntaban en grupos a charlar y escuchar música. Y entonces empezaron nuestras conjeturas una vez más. Algo en lo que estuvimos de acuerdo es que esta juventud parecía más pacífica y sana que la de, por ejemplo, Rosario. No se percibía esa violencia contenida que se respira en las calles de Rosario o Buenos Aires, sobre todo cuando se juntan unos cuantos jóvenes alrededor de una botella. Y ahí otra diferencia sustancial: aquí no se juntaban a tomar cerveza o vino, acá todos tomaban mate. Todos. Chicos y chicas de 12 a 25 años, señoras mayores, cuarentones solitarios: todos llevan su termo bajo el brazo a toda hora del día. Eso incluso me llevó a acuñar el término: “el gen uruguayo”. No es posible llevar el termo y el mate de la forma en que ellos lo llevan sin que les produzca un calambre, una contractura. Hay algo en la contextura física de los uruguayos que se los permite. Si no es física, al menos cultural, inculcado desde la cuna. Sospechamos incluso que la mamadera de los bebés, en lugar de tetina, tiene una bombilla. Y aunque se diga que la yerba tiene cafeína y altera el sueño, es evidente que los efectos son mucho menos drásticos que los del alcohol. No sería mala idea inventar una campaña en Argentina que le ponga onda a la yerba mate, con galanes y estrellas de moda que generen identificación con los jóvenes, para difundir la costumbre del mate. Aunque admito que me chocaría un poco ver a Cumbio con un mensaje tipo: “Aguante Taragüí , la yerba es lo más”, al menos sería por una buena causa.

Volvimos caminado al hotel mientras pensábamos que si nos preocupaba tanto la “juventud perdida” era porque ya estábamos viejos.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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jueves, 12 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 10. Cabo Polonio, entre dunas.

Domingo 8 de febrero.

El día había amanecido fresco pero a medida que el sol empezó a aparecer el calor se hizo sentir. Para cuando llegamos a Barra de Valizas, parada obligada para tomar el transporte que nos llevaría hasta Cabo Polonio, el día estaba especial para pasarlo en la playa. Cabo Polonio era originalmente una aldea de pescadores que gracias al turismo fue convirtiéndose en uno de los balnearios más promocionados. Y tiene la particularidad de que sólo se llega allí en camionetas, 4x4 o camiones que puedan sortear los caminos de arena.

mucha playa

Rodrigo, el dueño del hostel Ibirapitá, se empeñaba en pintar a Cabo Polonio de forma grandilocuente: un lugar con las dunas más grandes de Sudamérica, sin luz eléctrica, donde los pescadores venden el pescado fresco y vos sabés que es fresco porque dónde lo van a guardar si no hay luz; un lugar “sin contacto con la civilización” (sic). Ahora, mientras recorríamos el camino que separa a Barra de Valizas de Cabo Polonio en uno de esos camiones enormes, recordaba esas palabras y pensaba qué entenderá Rodrigo por “civilización”. Kilómetros de postes de luz nos acompañaron todo el camino y dudo que se tratara de una instalación artística. Si no fuera porque ya había estado en Polonio hace muchos años, cuando realmente era un paraje alejado de todo y se lo consideraba un paraíso hippie, hubiera imaginado que al final del camino nos esperaban pescadores vestidos apenas con taparrabos, exhibiendo el resultado de su pesca con gritos en dialecto zulú. Yo sabía que Rodrigo exageraba y sospechaba que difícilmente el Polonio despojado que yo había conocido se mantuviera intacto. Pero Rodrigo exageraba sobremanera: Polonio es hoy un hermoso pueblo de pescadores que han sabido sacar provecho a su oficio (aunque sospecho que los que más han sacado provecho son los dueños de los restaurantes y bares playero-cool-decontracté que hay a la orilla del mar) a la par de los intuitivos/emprendedores/inversores de siempre que han sabido construir una aldea turística explotando una mística de otras épocas. The dream is over. Hoy en Polonio hay negocios de artesanías, hostels, cabañas, restaurantes que aceptan tarjetas de crédito por la noche (no sabemos el por qué de la exclusividad nocturna). Pero eso sí: todo conservando el encanto de lugar, sin estridencias, con carteles ecologistas por doquier instando al turista a cuidar la playa, a separar la basura, a respetar el espacio de los niños. Y rodeado de un paisaje impactante: playas eternas, mar inquieto, arenas blancas, rústicas casitas de colores. Polonio ya no es lo que era y seguramente en el cambio haya perdido pero también ganado muchas cosas. Y por eso no entiendo ese empeño de mucha gente (Rodrigo era apenas una muestra) de vender una excursión con un argumento falso (promocionando la fantasía de descubrir un territorio virgen) cuando sería tan fácil decir la verdad y resultaría igualmente tentador. Cabo Polonio es un lugar imperdible para visitar y puede resultar una verdadera aventura quedarse unos días allí (sobre todo si se levanta una tormenta, no me quiero imaginar). Es cierto que no todas las viviendas tienen electricidad y, dicen, tampoco agua corriente y las comodidades distan mucho de Punta de Este, pero decir que no tienen contacto con la civilización es, por lo menos, mentiroso.

Una media hora después de viajar arriba del camión nos bajamos a metros de la playa (Polonio no tiene mucho más que eso, playas). Como ya era mediodía sacamos nuestros sándwiches de mortadela no sin antes bañarnos en protector solar. Como dije antes: era un día ideal para la playa, lo que significa que no había una sola nube en todo el cielo, no había viento y hacía calor. Pero el sol mataba. Para hacer la digestión decidimos caminar. Recorrimos la orilla sorteando grandes piedras y creímos ver, en una pequeña isla a lo lejos, una colonia de lobos marinos. Sin proponérnoslo, unos metros más adelante nos topamos con otro grupo de lobos marinos, pero esta vez más cerquita, de nuestro lado de la orilla. Siempre me resulta atractivo observar el comportamiento de los animales, sobre todo si están en grupo, y si además son animales que uno no tiene la posibilidad de ver habitualmente, mucho mejor. Lo que no resultaba atractivo era sentir el olor nauseabundo que despedían (¡y eso que se bañan todo el tiempo!). Así que después de unas cuantas fotos y mientras escuchábamos los alaridos de un macho que parecía estar reclamándole un calzoncillo mal lavado a su esposa, seguimos camino en dirección al faro que estaba justo a nuestras espaldas. Subimos las empinadas e interminables escaleras del faro (no apto para cardíacos y/o treintañeros convencidos de que conservan el ímpetu adolescente) y pudimos tener una fabulosa vista de todo el Cabo Polonio. Imaginé la noche, imaginé el faro encendido y recordé los 12 segundos de oscuridad a los que le canta Drexler).

Polonio desde el cielo

Volvimos caminando por la playa al lugar de partida y ahora sí, a tirar las lonitas, largar los bolsos y meternos al mar. Tomamos sol, tomamos helado, volvimos al mar. Cuando empezamos a ser conscientes de que era nuestro último día junto al mar decidimos caminar por la playa hasta las dunas. Caminamos y caminamos por una playa que se hacía más ancha a medida que iba desapareciendo la gente. Alguno caminando por aquí, otro tirado en la arena por allá. Cientos de caracolitos desperdigados, las burbujitas de las almejas respirando bajo la arena y, para qué obviarlo, algún que otro lobito en descomposición encallado en la arena (por suerte menos olorosos que los vivos).

Sacando el detalle del lobito, todo lo que aparecía ante los ojos era espectacular. Qué más espectacular que el mar (y acá había mucho mar ante los ojos), casitas chiquititas de tan lejanas y mucha arena sin huellas, sin rastros humanos. Ahora entendía un poco mejor el empeño de Rodrigo y sus palabras. El paso del hombre ha ido diezmando la naturaleza de tal modo que nos cuesta encontrar belleza natural a nuestro alrededor. Y en el fondo ansiamos encontrar ese lugar a salvo donde podamos sentirnos libres y en comunión con la naturaleza, alejados del poder destructor del ser humano (digo yo, como si fuera marciana). Como me suele pasar ante esos paisajes, me entró un dejo de desesperación: la casi certeza de que en unos años (tal vez la misma cantidad de años que hacía que yo no iba a Cabo Polonio, unos 15) el lugar habrá cambiado demasiado. Aún sabiendo que el gobierno ha impulsado medidas, como una ley que impide construcciones en la zona de dunas para conservarlas, Polonio vive gracias al turismo. Entonces, a mayor cantidad de turistas, mejor para el cabo. Aunque también sabemos que a mayor cantidad de turistas, peor para el cabo.

chiquitito

Tan encantados estábamos con el lugar que no tuvimos en cuenta que el mismo trayecto de ida había que hacerlo para volver. A duras penas logramos llegar al punto de partida, casi sin fuerzas para nada más que esperar en la parada a que llegara el camión que nos llevaría de vuelta “a la civilización”. Nos quedamos con ganas de recorrer un poco más las callecitas de arena, los negocios, la aldea en sí. Pero el tiempo es tirano (aún fuera de la tv) y nuestras fuerzas limitadas.
El apuro por volver respondía también a la necesidad de llegar a tiempo para tomar el colectivo de vuelta a la Pedrera (si no alcanzábamos ése, teníamos que esperar hasta las 11 de la noche). Llegamos puntuales a la parada pero el que no llegó puntual fue el colectivo, al que tuvimos que esperar unos 40 minutos. Estaba atardeciendo y cuando llegamos a La pedrera ya era de noche. Nos dimos un baño rápido y salimos a comprar algo para comer antes de el cansancio nos ganara. Rechazamos una invitación de Janneo para unirnos a la cena con los demás huéspedes del hostel haciendo alguna cosa en el horno de barro. Estábamos molidos y además teníamos que madrugar para tomar el colectivo a las 6:30 de la mañana. Dejamos los bolsos preparados y hasta tuvimos la precaución de comprar espirales para no padecer otra noche mosquitera. No sé si los espirales son tan eficientes en su tarea de diezmar mosquitos o nuestro agotamiento estaba más allá de cualquier molestia nocturna. Ni siquiera las voces de los que se reunieron junto al horno de barro (nuestra habitación daba directamente al patio) lograron molestarnos. Todavía no habían empezado a cenar cuando nos quedamos profundamente dormidos.

Nos despedimos de la Pedrera en medio de la noche pero acompañados por una inmensa luna llena que aparecía sobre la ruta. Unas cuatro horas después volvíamos a la estación Tres cruces de Montevideo, ya emprendiendo el regreso, esta vez por los caminos del interior del país.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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martes, 10 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 9. La Pedrera

Sábado 7 de febrero.

Llegamos a La Pedrera alrededor de las 11 y fuimos directamente a El Tucán, que estaba a una cuadra y media de “la terminal” (una oficina con un escritorio y un empleado con cara de muy aburrido). El señor que por teléfono sonaba a viejo y duro de entendederas resultó ser Janneo Da Motta, un cuarentón muy simpático que se alegró muchísimo cuando nos vio (tal vez seguía dudando de nuestra palabra). Más tarde yo recordaría que ya había contactado a Janneo por email cuando hacía los preparativos del viaje e incluso había averiguado que se trataba de una personalidad conocida en La Pedrera, que vive allí hace muchos años, es escultor y organizador entre otras cosas del “Carnaval de La Pedrera”. Pero en aquel momento descartamos al Tucán porque no ofrecía la posibilidad de utilizar la cocina (como en los demás hostels). Una vez en Uruguay, y habiendo dejado de lado muchas otras opciones por otros motivos, recalamos allí. El “hostel” es una vivienda común y corriente a la que le fueron construidas algunas habitaciones en la planta alta, muy sencillas pero cómodas y agradables. Todas tienen baño privado aunque con un detalle un poco “tropical” (por llamarlo de alguna manera) para mi gusto: el baño no tiene puerta, apenas una cortinita de tela casi transparente. Pero a estas alturas no íbamos a estar buscándole el pelo al huevo y más allá de ese detalle todo lo demás era muy satisfactorio (y ni siquiera había carteles como en el Ibirapitá donde para solicitar que no tiraran papeles al inodoro exhibían una desagradable foto como ésta:
this may happen


Sin siquiera acomodarnos en la habitación (ya que todavía faltaba limpiarla) fuimos a dar unas vueltas, dejándole nuestros bolsos a Janneo. Aprovechamos para averiguar sobre los pasajes para Cabo Polonio y para Montevideo (ya que en dos días planeábamos partir hacia Tacuarembó). Sacamos los pasajes, hicimos reservas en un hotel y nos fuimos a almorzar opíparamente. Para bajar la comida y la cerveza caminamos por la única calle asfaltada hasta llegar al mar. Lo poco que yo recordaba de La Pedrera era bastante alejado de lo que veía ahora: casas por aquí y allá, todas para turismo, más negocios, más autos, más gente. De todos modos, aún se conserva un espíritu más relajado y menos exhibicionistas que lo que será, supongo, Punta del Este. Pero la costa uruguaya ha cambiado sustancialmente y ya no es el paraje desolado al que llegaban sólo viajeros hippies; ahora llegan familias, matrimonios mayores, el rango se ha ampliado. Y lógicamente la oferta de servicios también. Yo no creo que el progreso sea necesariamente malo y de hecho la Pedrera aún conserva ese encanto de pueblito costero cool, pero creo que inevitablemente con el paso de los años se convertirá en otra ciudad balnearia atestada de gente que huye de la ciudad buscando “tranquilidad”. De hecho, nosotros éramos dos de esas personas. Por suerte, para eso falta mucho, La Pedrera es todavía un lugar encantador.

patovicas playeros

Teníamos muchas ganas de meternos al agua así que volvimos al hostel a ponernos la malla y al rato estábamos otra vez frente al mar. Se había nublado un poco y había viento pero no quisimos perdernos esa tarde ya que nos quedaban pocos días de playa. Nos bañamos, tomamos sol, caminamos por la arena, esas cosas banales y relajantes.
Volvimos antes de que cayera el sol porque el viento nos había dado ganas de un baño tibio. Hicimos fiaca hasta que empezamos a tener hambre y salimos a buscar algo para cenar. Luego de buscar inútilmente algo parecido a una rotisería, compramos unas empanadas que estaban exquisitas aunque al parecer mi estómago no pensó lo mismo. Casi no pude dormir del dolor que tenía y Pablo tampoco, pero por los mosquitos. Mientras veía a Pablo tirar manotazos en la oscuridad y tal vez producto de mi insomnio, mi mente volaba otra vez a Ingrid (Betancourt, por supuesto) mientras la imaginaba en medio de la selva atacada por los mosquitos que ella no podía espantar por estar encadenada. Recordé que hay una forma de tortura que consiste en impedir que la víctima concilie el sueño y pensaba que los mosquitos podían ser un agravante de esa tortura. Nos veía a Pablo y a mí formando parte de esa tortura involuntaria y una vez más entendía que lo nuestro se solucionaba con una buscapina y unos espirales. Sin embargo, el sólo recuerdo me provoca una terrible picazón por todo el cuerpo mientras escribo esto (y no hay ni un mosquito a la vista).

Cuando amaneció yo no estaba muy segura de poder ir a Cabo Polonio, el lugar que habíamos planeado visitar. Me sentía realmente mal pero por otro lado era la última oportunidad que teníamos de ir ya que al día siguiente volvíamos a la ciudad. Yo ya había estado en el cabo hace muchos años y aunque tenía un recuerdo vago sabía que era imperdible y por esa razón quería que Pablo lo conociera. Hice un esfuerzo y salimos a desayunar (el Tucán no ofrecía ni siquiera desayuno). La mañana estaba fresca y la calle estaba desierta. Por suerte encontramos una panadería que tenía una máquina de café y pudimos tomar algo caliente (yo elegí un té). Eso me hizo sentir mejor. Para la hora en que salía el colectivo ya estaba lista para disfrutar lo que resultó ser uno de nuestros mejores días de vacaciones.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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lunes, 9 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 8: Fortaleza de Santa Teresa, recuerdos olvidados.

Viernes 6 de febrero.

Originalmente habíamos reservados dos noches en el Ibirapitá, pero como Rodrigo (el dueño del hostel) nos había dicho que desde ahí hacían tours al Cabo Polonio, decidimos quedarnos un día más. Pero Rodrigo parecía más argentino que uruguayo por su charlatanería y desparpajo, su facilidad para hablar sin decir mucho, su habilidad para convencerte rápidamente. Y por su manejo del inglés:
- “What are you going to make tomorrow? We have a very interesant tour” -decía mientras trataba de interesar a dos alemanas para el tour a Cabo Polonio.
Nosotros ya estábamos interesados y por eso nos quedamos una noche más en el hostel con la esperanza de que Rodrigo juntara la gente necesaria (la multitudinaria cifra de 6 personas) para hacerlo. A diferencia del dueño del hostel EL Tucán, que no podía asegurarnos nada, Rodrigo no dejaba sombra de duda de que el tour se realizaría. Por supuesto, nunca se realizó; finalmente lo haríamos nosotros por nuestra cuenta (lo que nos ahorraría unos buenos pesos).

Ése era entonces nuestro último día en La paloma (aunque todavía no teníamos alojamiento seguro en La Pedrera para el día siguiente) y no teníamos nada planeado todavía. Después de desayunar fuimos hasta la Terminal a ver qué lugar podíamos visitar. Pensábamos en Punta del Diablo, un pueblo de pescadores con playas muy bonitas pero ninguna otra atracción. Conseguimos un folletito que nos daba las diferentes opciones que teníamos cerca y nos decidimos por la Fortaleza Santa Teresa (10 km pasando Punta del diablo) porque según el escueto folleto, además del fuerte había playas, una reserva natural, avistamiento de aves y tortugas. Sacamos los pasajes, fuimos hasta el hostel a buscar los bolsos y volvimos a esperar el micro. Dos horas después, el guarda nos anunciaba la parada: Fortaleza.

fortaleza

Unas 6 personas nos bajamos del colectivo. Los demás empezaron a caminar, al parecer seguros de su camino. En nuestro caso no sabíamos muy bien cómo seguía el recorrido. Ante nosotros se levantaba una mole de piedras (una verdadera fortaleza) que no tenía entrada visible ni otra atracción que sus paredes. Era la una de la tarde, un sol impiadoso y ninguna sombra a la vista. Y nosotros teníamos hambre. Nos acomodamos junto a una de las paredes de la fortaleza para aprovechar la escasa sombra (casi estábamos aplastados contra la pared) y almorzamos nuestros sándwiches. Ya con mejor ánimo, empezamos a caminar recorriendo el perímetro de la fortaleza. Para nuestra alegría, a la vuelta estaba la entrada propiamente dicha (nadie nos había avisado que el micro nos dejaría en la parte trasera). La fortaleza es hoy un museo muy bien conservado que comenzó a ser construido por los portugueses en el año 1762. Antes de que se terminara fue tomado como botín de guerra por los españoles, quienes finalizaron su construcción. Se trataba de un lugar estratégico en el mapa de esos tiempos. Luego de una de las tantas guerras de aquellas épocas, a mediados del siglo XIX la fortaleza pasó al olvidó y la arena se encargó de enterrarla. Recién en 1928 sería reconstruida con fines turísticos.

Cuando estábamos atravesando el enorme portón para visitarla, le dije a Pablo: “A mí me suena conocido este lugar, tal vez haya venido aquella vez con Virna pero no lo recuerde bien. O tal vez haya visitado alguna fortaleza parecida en otro lugar” (todas las fortalezas se parecen, que en aquella época no había tanto paisajismo y diseño de interiores). Pero sólo la parte de afuera me resultó conocida. Una vez adentro, visitamos las distintas dependencias que reconstruyen los ambientes de la época en que Uruguay se dedicaba a defenderse de sus enemigos. El calor era insoportable, pero adentro de cada habitación la sombra y el fresco de las piedras hacían que uno quisiera quedarse a vivir. Aunque bastaba imaginar ese lugar en invierno, ver las letrinas compartidas, pensar en el transcurso de los días en ese lugar inhóspito a la espera de algún visitante indeseado, para que la frescura se tornara un poco asfixiante.

espera

Al finalizar el paseo el calor se había tornado más insoportable y así estaban nuestros ánimos. No sabíamos qué más se podía hacer por ahí, no veíamos ni rastros de la playa y cualquier arboleda parecía estar a varios kilómetros. Decidimos caminar por la ruta donde nos había dejado el micro siguiendo el camino que bajaba (y dónde nos habían dicho que debíamos esperarlo para volver). Unos metros más abajo y luego de atravesar una tranquera custodiada por gendarmes, comenzaba una enorme arboleda donde también aparecían carpas y casas rodantes. Estábamos en el Parque Nacional Santa Teresa. Yo quedé encantada con ese lugar de árboles añosos y altísimos, mucho verde y playas al final de cada camino. Le comenté a Pablo que no tenía ni idea de que existía ese lugar (que ni siquiera estaba muy promocionado turísticamente) y que me hubiera gustado pasar algunos días allí. Lo tuvimos en cuenta para nuestro próximo viaje.

Caminamos por las callecitas arboladas, pasamos por la mini terminal de ómnibus para asegurarnos el pasaje de vuelta y seguimos bajando hasta la playa. Una playa hermosa, anchísima, con poca gente, con un enorme mar azul (inevitablemente cada vez que pensaba en el mar azul venía a mí la canción de Cristian Castro devenida en publicidad de una ciudad balnearia de Argentina. Llegué a odiar esa canción, pero no podía evitar cantarla. Aquí también una parodia). Pero ya se sabe que lo bueno dura poco: al rato de estar disfrutando del agua y el sol se levantó un viento que en pocos minutos cubrió todo de arena, voló sombrillas, ahuyentó turistas. Rápidamente la playa quedó casi desierta y nosotros decidimos que tampoco teníamos por qué padecerlo. Resignados, juntamos nuestras cosas y buscamos un lugar al reparo. No hizo falta caminar mucho porque el viento no llegaba al bosque. Tomamos nuestros mates y nos dispusimos a recorrer el parque. La oficina de informes no fue de mucha ayuda porque las indicaciones eran muy vagas (al igual que el informante) pero igualmente pudimos llegar hasta la pajarera, luego de caminar un par de kilómetros por unos senderos arbolados, silenciosos y sombreados.

sombreado

La pajarera incluía curiosamente monos y conejos. Más allá, un pequeño estanque con patos rodeado de palmeras y santa ritas, formaban una hermosa postal del atardecer. Ya era hora de volver si no queríamos perder el último micro a La Paloma. Teníamos tal cansancio que el viaje se hizo relativamente corto porque aprovechamos para dormir (aún soportando las quejas de quienes tenían que ir parados porque no se habían preocupado por sacar boleto con anticipación).
Cenamos algo rápido (Pablo ya se había comprado unos sandwiches de milanesa que yo me abstuve de probar) y nos fuimos a dormir, agotadísimos. Al otro día nos esperaba el corto viaje a La Pedrera y la incertidumbre de nuestro alojamiento en el Tucán.

Antes finalizar este día necesito hacer una digresión: ya de vuelta de nuestras vacaciones estábamos viendo las fotos con un amigo con el cual alguna vez viajé a Uruguay, unos 15, 16 años atrás. Yo comenté lo mucho que me había gustado el parque de Santa Teresa y él me dijo: “¿Pero no te acordás? No sólo visitamos la Fortaleza, también acampamos en el parque”. Pues no. No recuerdo absolutamente nada de ese lugar, de hecho, casi no recuerdo nada de esas vacaciones, salvo el último día en que padecí un edema de glotis que el médico que me atendió entonces resumió con estas palabras: “no te moriste de casualidad”. Tampoco tengo fotos de ese viaje (evidentemente no había llevado cámara, cosa totalmente extraña en mi). Tal vez haya sido ese episodio cercano a la muerte el que borró mis recuerdos de ese viaje aunque no entiendo por qué se empeña en guardar el peor de todos. O tal vez esté más vieja de lo que creo y el Alzheimer me esté cercando.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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