lunes, 20 de febrero de 2012

Notas de viaje - Montevideo (2)



2. Suelo charrúa.

Llegamos a la terminal de Tres Cruces cerca de las 9:15 (hora uruguaya). Cambiamos apenas $100 argentinos en uruguayos porque pensamos que probablemente en la terminal el cambio fuera desfavorable. Error: era más conveniente que en el centro (detalle llamativo en la moneda de $2 uruguayos: en las viejas aparece la cara de un señor que no conocemos pero que no parece ser muy apreciado porque en las monedas nuevas en lugar de la cara del señor hay un carpincho). Parada obligada: el baño. Como era de esperar, está impecable, hay papel higiénico en todos los cubículos y hay dos señoras de uniforme limpiando y chequeando que cada sanitario esté en condiciones antes de ser usado. Ningún cartel pidiendo colaboración, apenas una tímida alcancía en un rinconcito. Salta a la vista que las señoras no viven de la colaboración de la gente, Tres Cruces les paga un sueldo. 

Apenas llegamos a la parada llegó el colectivo 330. Aunque estuvimos en Montevideo tres años atrás y recordábamos bastante, nos sentamos detrás del chofer para poder preguntarle; frente a nosotros una pareja de españoles está un poco desorientada. Pero entre Pablo, el chofer y otro pasajero los orientan. Primera impresión agradable en Montevideo de una serie de tantas: el colectivo transita por pleno centro, un día semanal por la mañana y no hay bocinazos, frenadas, tráfico atascado. A lo largo de la avenida 18 de Julio, amplia y céntrica, no vemos un solo auto estacionado de ninguna mano (no está permitido) y el colectivo parece ir por un carril exclusivo aunque no lo es. Simplemente el tráfico es más ordenado. 

Bajamos en la puerta de la Ciudadela y caminamos unas pocas cuadras por la Ciudad Vieja hasta el hostel El Viajero. Recordamos bastante bien el camino aunque vamos chequeando el mapa. Una vez allí nos recuerdan lo que ya sabíamos de antemano: el check-in es a las 14hs. Teníamos la esperanza de que nos dejaran usar la habitación antes si no había huéspedes, pero no. Así que dejamos las mochilas y salimos a caminar un rato con nuestras cámaras y nuestro cansancio a cuestas. El día estaba algo nublado y hasta cayeron un par de gotas, pero el resto del día estaría despejado y cálido sin llegar a ser caluroso. Vamos a una casa de cambio y empezamos a preocuparnos porque la relación argentinos uruguayos es más desfavorable de lo que pensábamos y todo nos parece carísimo. En estos años el peso argentino se ha devaluado considerablemente. 

Puerta de la Ciudadela

Caminamos por calle Sarandí, la calle peatonal más turística de la Ciudad Vieja, hasta la Puerta de la Ciudadela y la plaza Independencia, uno de los puntos turísticos más visitados, donde se encuentra el mausoleo de Artigas. Cruzando la plaza, la calle pasará a ser la avenida 18 de Julio. Son cerca de las 10 de la mañana pero hay poca gente por la calle. Es inevitable sacarle fotos al palacio Salvo, edificio emblema de Montevideo, considerado “gemelo” del Palacio Barolo de Buenos Aires, ambos construidos por el mismo arquitecto: Mario Palanti. Aunque lo que hoy nos maravilla no fue muy bien recibido en su momento. Le Corbusier propuso en 1929 “ plantar una enorme enredadera para ocultarlo o buscar la mejor posición -en la plaza Independencia o en la fortaleza del Cerro, según las versiones- para demolerlo a cañonazos”; otras críticas lo bautizaron: “el postre más grande del mundo”; “Frankestein de cemento y mampostería” o “Godzilla rococó”. Pero eso era antes; hoy, que tenemos que soportar la visión de mamotretos similares a una caja de zapatos de cemento y vidrio, el Palacio Salvo resulta una maravilla. Lástima que no tenga el debido mantenimiento (al menos en la fachada) y le hayan puesto una espantosa antena en el techo. 

Vamos a un locutorio porque Pablo, que tiene números gratis con los teléfonos de nuestras familias, no tiene señal; yo, que en cambio, cargo una tarjeta de $20 cada dos meses y no tengo números gratis, sí tengo señal y mensaje de bienvenida a Montevideo. Los dos tenemos el servicio de Personal pero parece que pagar más no significa mejor servicio. Seguimos caminando por la 18 de Julio hasta llegar a la calle Santiago de Chile donde está la municipalidad. Pasamos por la fuente de los candados, una tradición que conocía de otros países pero no en Uruguay. La tradición dice que si se coloca un candado con las iniciales de dos personas que se aman, volverán juntas a visitarla y su amor vivirá por siempre. La fuente queda bonita con los candados, pero a mí me resulta desagradable la idea de simbolizar al amor con un candado. 

Fuente de los candados

Durante la caminata volvimos a experimentar la “educación al volante” de los uruguayos. Al cruzar una calle, los autos, indefectiblemente, pararán para dar paso al peatón. No vimos un solo auto que pasara siquiera en amarillo (en Rosario, ante cada luz amarilla, los autos aceleran y uno o dos pasan en rojo). Al intentar cruzar una calle sin semáforo, los conductores, incluidos los taxistas y colectiveros, paran para dar paso al peatón. Repito por si no quedó claro: el taxista o colectivero frena el auto y espera sin ninguna impaciencia a que crucemos la calle. No se detienen sobre la senda peatonal, no aceleran apurándote a cruzar, no te hacen sentir una molestia en el camino. 

Volvemos por la misma 18 de julio pero de la vereda de enfrente para poder ver los edificios que no vimos a la ida. Hay muchísimos edificios clásicos, con una arquitectura bellísima; algunos están bastante abandonados, muchos han sido o están siendo restaurados. Y muchas librerías: de libros nuevos, de usados, libros de arte. Otro motivo para amar a Montevideo. Como estaba en el camino, visitamos el Museo del Gaucho y la Moneda (en rigor sólo visitamos la muestra del gaucho porque la de la moneda, que está en el mismo edificio, estaba cerrada). Es en una vieja casona muy bien conservada, con unos pisos y una escalera preciosos. La muestra en sí no es gran cosa, se destacan piezas de platería exquisitas aunque se me hace difícil imaginarme un gaucho con un mate labrado y bombilla con pajaritos.

mates sencillitos

[Continuará]