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martes, 3 de abril de 2012

Notas de viaje - Montevideo (6)


6. De todo como en Tristán Narvaja.

Salimos temprano con la idea de caminar hasta el Palacio Legislativo: un edifico imponente que se ve desde el centro. Fuimos hasta la plaza Fabini y desde ahí tomamos la avenida Libertador Brigadier General Lavalleja. La calle es muy amplia y siendo domingo estaba semi-desierta (sólo algunos jubilados caminando y paseando al perro y señoras yendo a misa) ya que es una calle de bancos y oficinas. Caminamos unas 15 cuadras hasta llegar al palacio que no resultó tan imponente como parecía. El edifico en sí es espectacular pero parece sucio y con poco mantenimiento, igual que la zona que lo rodea. 

Después de las fotos de rigor tomamos la avenida D. Fernández Crespo rumbo a la famosa feria de Tristán Narvaja. Fue por ese camino que vimos una parte menos agradable de Montevideo: mucha basura en las calles, casas pobres, casas abandonadas, casas tomadas. Poco a poco y casi sin darnos cuenta fuimos adentrándonos en la feria. Primero fuimos viendo personas con unas pocas cosas desparramadas sobre la calle (cortada al tránsito), cosas que parecían haber sido recolectadas antes de salir de la casa tipo “a ver qué me puedo llevar hoy para la feria”. Poco a poco fueron apareciendo puestos más organizados pero lejos de lo que yo imaginaba como una feria propiamente dicha. Sucede que yo pensé que era una gran feria de artesanos, pero estaba errada. Es el típico mercado de pulgas. En la feria Tristán Narvaja se puede encontrar cualquier cosa: antigüedades, cosas viejas, revistas, libros, ropa, herramientas, teléfonos celulares, muebles, especias, frutas, verduras, loros, conejos, detergentes, pastas, discos, posters, llaves, plantillas, cordones, sahumerios, dibujos, etc, etc, etc. Son cuadras y más cuadras donde no entra más nada, apenas hay lugar para que pase gente, que acude en multitud, ya sea como paseo o como opción de compra al mercado de la esquina. La frase “de todo como en botica” debería ser “de todo como en Tristán Narvaja”. Mientras caminábamos por ahí pensábamos en lo odiada que debe ser la feria por la gente que vive en esa zona, y me imaginaba en el desastre de basura que debía quedar el final del día. Sin embargo, pasamos por ahí al día siguiente y todo estaba inmaculado, como si nada hubiera pasado. 

Tristan Narvaja

La tarde volvió a ser de playa. Hacía mucho calor, aún en la sombra. Nos bajamos en la misma playa del día anterior, había bastante gente pero se podía estar tranquilamente. Incluso conversamos sobre el hecho de que aunque había mucha gente no era Mar del Plata porque no estaban los habituales molestos jugando a la pelota o gritando. Bastó caminar un rato por la orilla (cuando un par de horas después juntamos nuestras cosas y fuimos hacia el Puertito del Buceo) para reconocer que molestos hay en todos lados, incluso en Montevideo. La playa empezaba a mardelplatizarse y casi no había lugar para caminar. Decidimos subir y seguir por la rambla. También padecimos a unos tontos con moto que hacían motocross y carreritas en medio de los autos. 

tarde en el Puertito del Buceo

Una vez en el Buceo decidimos pegar la vuelta. No fue fácil encontrar colectivo. No sabíamos cuál tomar y no había información en las paradas. Después de esperar un rato sin éxito, caminamos unas cuadras hacia el World Trade Center, cerca del Montevideo Shopping Center. Por ahí pasaban muchos colectivos de una vereda y de la otra pero ninguno decía Ciudad Vieja o Ciudadela y ni siquiera sabíamos para qué lado tenía que ir el colectivo que nos llevara. Pablo decidió preguntarle a una señora pero la asustó (creo que fueron los pelos locos que tenía por el baño en el mar); gracias a otro señor que estaba por ahí y nos dio las indicaciones pertinentes llegamos a la avenida General Rivera, a unas cuadras de allí, para tomar un colectivo que iba a la Ciudadela. 

Nos acostamos temprano para levantarnos a las 8:00, bañarnos, desayunar tranquilos y poder armar la mochila antes de las 11:00, hora del check out. Previsiblemente a las 9:30 ya habíamos hecho todo.

[Continuará]

sábado, 10 de marzo de 2012

Notas de viaje - Montevideo (5)


5. Vamos a la playa

Sábado por la mañana: recorrimos la feria de la Ciudad Vieja cuyos puestos no eran muy diferente de los que había durante la semana. Aunque supuestamente la feria de la Ciudad Vieja sólo se hacía los sábados, al parecer ahora se había extendido a todos los días de la semana, aprovechando la cantidad de turistas. Es una mezcla de feria retro con artesanos, sin grandes atractivos. Aprovechamos también para visitar la catedral, que está cruzando la calle: de afuera no llama mucho la atención pero adentro es muy bonita e imponente. Aunque está muy bien conservada, parece un poco tétrica porque está levemente iluminada y no tiene muchos vitrales que dejen entrar la luz. La música ambiental con cantos gregorianos creaba un ambiente medieval.

Catedral de Montevideo

Nuestra siguiente visita fue a una librería que nos había llamado la atención desde afuera por una estructura circular de hierro con firuletes y la palabra “librería”. La habíamos descubierto en nuestra anterior visita, justo el día en que nos íbamos de Montevideo y esta vez habíamos pasado varias veces por la puerta y siempre estaba cerrada. Finalmente la encontramos abierta: se trata de la librería “Oriente y Occidente – libros antiguos y modernos” como dice la placa que está en la puerta. Un lugar que podríamos poner junto al café Brasilero para completar el paraíso. Paredes tapizadas de libros usados, ordenados en viejas bibliotecas de madera en secciones indicadas con letras de bronce; música clásica sonando y un dueño que no habla a menos que consultemos. La librería incluye un subsuelo al que no accedimos ni preguntamos si se podía pero en el que se podían ver decenas de estanterías repletas de libros. Un lugar para quedarse a vivir. Encontré un libro en inglés sobre Tolkien (en rigor, del hijo de Tolkien sobre el libro Silmarillion) que supuse que a Pablo podía interesarle y finalmente compró. Yo no elegí nada porque lo que estaba a nuestro alcance son libros que uno puede encontrar en las librerías de viejo de acá y otros que me compraría nomás por el objeto en sí no estaban a nuestro alcance. 

Al salir volvimos, casi como sonámbulos, a la calle Sarandí. Terminamos, como era de esperar, en la Puerta de la Ciudadela donde aprovechamos para sentarnos a descansar en un banco de la plaza. Desde allí se veía el teatro Solís y me pregunté en voz alta si se podría visitar. En las escalinatas se veía un grupo que era claramente de turistas así que fuimos hasta ahí. Llegamos justo cuando empezaba una de las visitas guiadas. Estos uruguayos tienen onda hasta para hacer una visita guiada. El guía era un muchacho bastante joven y atolondrado para hablar pero muy agradable que comenzó a contarnos la historia del teatro por la fachada y el hall principal. Una vez allí nos interrumpieron una chica y un muchacho con un tambor. Era parte de la visita y aparecerían varias veces más en los diferentes ambientes del teatro. Ella cantaba (precioso), bailaba e iba contando la historia del candombe mientras el músico la acompañaba. El teatro es bastante sobrio y moderno para los años que tiene (fue inaugurado en 1856) porque fue restaurado luego de un pequeño incendio y lo que queda de la construcción original es bastante poco: algunas columnas, las impresionantes arañas y la sala de teatro propiamente dicha. Es unos de los teatros reconocidos internacionalmente por su accesibilidad, es decir que además de rampas y ascensores tiene programas en braille y acondicionamientos para hipoacúsicos. Lo que desnuda la triste realidad de muchos lugares de nuestra ciudad que se hacen los integradores y sólo cuentan con una rampa en la entrada.

vestime que me gusta

La sala principal es muy cálida (aunque no tan impactante como el teatro el Círculo), tiene capacidad para unas 1200 personas y una cúpula preciosa. Una curiosidad que nos contó el guía: los palcos que están justo al lado del escenario ya no se venden porque la visibilidad es nula. Siempre fue así, sólo que en otras épocas la gente que compraba esos lugares lo hacía no para ver el espectáculo sino para ser vista por los asistentes. Cosas de ricos. También hay una sala “off”, con estética más moderna, para espectáculos de artistas nuevos y más experimentales con un total de 300 localidades. Visitamos además una muestra de vestuario, con trajes inspirados en personajes de ópera situados en diferentes épocas. 

Almorzamos por ahí y volvimos al hostel. Después de una siesta para recuperar el mal sueño de la noche anterior, nos fuimos a la playa de Pocitos. El día estaba especial: mientras esperábamos el colectivo teníamos que ponernos a la sombra porque nos asábamos. Una vez en la playa el viento leve ayudó a que el sol no calcinara. Pablo fue el primero en ir al agua y volvió feliz de la vida. Mi turno (es lo malo de ir en pareja sin amigos: alguien tiene que quedarse a cuidar los bolsos). Había que caminar como media cuadra para llegar a una cierta profundidad, camino por el que había que ir sorteando basuras y algas varias (lo que daba bastante asquito). Una vez mar adentro, el agua estaba hermosa. Había pocas olas y la temperatura ideal. Me quedé haciendo la plancha, nadando suave. Salí preparada a soportar mi habitual dolor de oídos al salir del mar pero ¡no apareció! Otra razón para amar a Montevideo y van…

playa Pocitos

Tomamos sol, sacamos fotos, hicimos crucigramas. Desde que habíamos llegado yo tenía hambre y esperábamos a que pasara algún vendedor para comprar algo pero sólo pasaban heladeros y un señor que vendía “borlas” de fraile y roscas; yo no quería nada de eso. Cuando Pablo se cansó de esperar y se levantó para ir a comprar un helado apareció una señora vendiendo pastrafrola y alfajores de maicena que nos salvó la tarde. Nuevos chapuzones en el mar, solcito para secar las mallas y cuando el sol ya empezaba a ocultarse detrás de los edificios (hay muchos por esa zona, por suerte no son tan altos) levantamos las cosas y caminamos por la orilla. 

Antes de volver para el hostel decidimos recorrer un poco el barrio de Pocitos, una de las recomendaciones de Polifemus que nos habían quedado pendientes la vez anterior. No resultó ser gran cosa porque no quedan muchos vestigios de otra época y los edificios nuevos se llevaron todo por delante. Sólo en algunas casas se adivinaba una época de esplendor. Es, claramente, una zona menos turística y ya pensamos para una próxima vez alojarnos por esa zona para “vivir” Montevideo de otra manera.


[Continuará]

domingo, 4 de marzo de 2012

Notas de viaje - Montevideo (4)



4. Rodó, carnaval y fiesta obligada.

Viernes. A las 8 hs estábamos despiertos. Baño y a desayunar: bebidas varias, yogurt, pan y dulce, aunque para Pablo es pobretón, quiere medialunas. El problema es que el café no está caliente y el microondas está roto. Ya empezamos a encontrarle contras al hostel. Tiene dos cocinas, una pequeña e incómoda en la planta baja y una más grande y bien equipada en la planta alta (donde se sirve el desayuno). Pero por cuestiones que sospechamos de lucro del hostel (venden tragos) la cocina de arriba está cerrada todos los días de 19 a 2 am, o sea para la cena. Lo dice un prolijo cartelito que tienen en la puerta de la cocina. Tampoco la heladera de arriba, la más grande, puede usarse porque es sólo es para el staff; la de abajo es pequeña e insuficiente para todos los pasajeros. 

Después del desayuno salimos a tomar el colectivo rumbo al parque Rodó (rápido, semi-vacío y con guarda). Nos bajamos al comienzo del parque y empezamos a caminar sin rumbo. Es un parque grande, con algún parecido al parque Independencia de Rosario, con caminos amplios, muchos árboles, muy limpio y, al menos a esa hora de la mañana, muy tranquilo. Cruzamos por un puente sobre un laguito y seguimos caminando hacia la costa. Pasamos por una fuente y una estatua de Confucio que no sabemos muy bien a título de qué estaba ahí. Salimos a una parte de la costanera que tenía playa (Ramírez). Lamentamos no haber llevado la malla porque el día estaba especial para tirarse en la arena y el mar. Así que no quedó otra que caminar por la costanera, esta vez hacia Pocitos. Montevideo tiene kilómetros de costanera con diferentes paisajes. A esa altura rogábamos al cielo que las escasas nubes taparan un poco el sol porque la caminata se estaba poniendo calurosa. Pasamos por el memorial del Holocausto del pueblo judío, que a simple vista puede parecer un rejunte de piedras tiradas al azar, pero que según donde uno se parara, la sensación cambiaba. La opresión frente al mar. 

memoria

La caminata era apacible pero hubiésemos preferido algunos arbolitos que menguaran el calor que daba el sol. Finalmente llegamos a una estación de servicio donde compramos agua y nos sentamos un rato a la sombra. En esa parte del parque había una serie de aparatos para hacer gimnasia ya que es el final de un circuito aeróbico. Me subí a jugar un rato, feliz como niño con juguete nuevo. Nunca fui a un gimnasio porque no me gusta hacer ejercicio, pero ahí frente al mar era otra cosa. Retomamos la caminata en el mismo sentido y llegamos al faro. Subimos, claro. No es muy alto pero tiene una linda vista de la costa de la ciudad. Una vez abajo empezamos a pensar en volver ya que la caminata de más de dos horas bajo el sol estaba empezando a doler. Además, el hambre. Habíamos visto por unos carteles que por esa zona estaba el shopping Punta Carretas, otra de las menciones de Polifemus, famoso por estar en las instalaciones de una antigua cárcel, donde los tupamaros protagonizaron la fuga más numerosa de la historia. Quise visitarlo porque me entusiasmaba la idea de un shopping en una cárcel y fuimos caminando por el paquete barrio de Punta Carretas, una especie de Recoleta pero más discreto y menos ostentoso. El shopping resultó ser tan shopping como todos, lo que queda de la arquitectura original es poco y nada. Pablo dice que recordarle a la gente que eso era una cárcel no es una atmósfera muy propicia para comprar; yo pienso, en cambio, que la sensación de opresión bien puede llevarte al consumo como forma de evasión. Pero sospecho que los especialistas en marketing deben coincidir más con Pablo que conmigo. 

bicicleteando

Tomamos un colectivo que por el cartelito decía que iba a la Ciudad Vieja, pero antes dio todo un rodeo recorriendo Pocitos hasta Tres Cruces, por lo que tardamos un buen rato para llegar al hostel. Por la zona de la terminal, había carteles prolijamente colgados en casi todos los árboles que decían “Magia negra” y aclaraba “No es religión”. Bajamos en la 18 de Julio para pasar por el Ta-Ta (“el” súper de Montevideo) y compramos unos francfurters (así le dicen a las salchichas) que vendían sueltos, para que el arroz no se sintiera tan solito. 

Después de la siesta obligada merendamos con un yogurt mientras yo miraba una de las revistas que estaban en la sala de estar del hostel. Resultó ser una revista que vendía propiedades de todo el mundo, que oscilaban entre los 600.000 a los 10.000.000 de euros. No nos decidimos por ninguna. Salimos a caminar para ver los preparativos del desfile inaugural del carnaval pero al parecer todavía era temprano: la calle estaba cortada, las sillas ya estaban en hilera, pero no había mucha gente ni murguistas preparándose. Volvimos al hostel a descansar (signos de la vejez: la siesta no alcanza para recuperar fuerzas), hicimos crucigramas y pasadas las 20 volvimos a salir. Ahora sí: estaba todo listo para el desfile (programado para las 20:30). Aproveché a sacar fotos mientras todavía había un poco de luz y buscamos un lugar para ver el desfile. 

Nos ubicamos al final de la primera cuadra de la 18 de julio, justo detrás de una hilera de sillas, lo que me permitía ver sin problemas (especialmente a mí, que debido a mi escasa estatura sólo suelo ver nucas en los eventos multitudinarios). Lo único de lo que no nos percatamos fue del foco de luz que no encendía justo en esa esquina con lo cual, cuando empezó a oscurecer, ese lugar quedó menos iluminado, con la consabida consecuencia en las fotos y videos. Arrancó a eso de las 20:45. Pasaron comparsas, murgas, grupos musicales, grupos humorísticos y publicitarios. Y volví a sorprenderme con las bailarinas que hacían tremendas coreografías en tacos altos sobre el asfalto (y se suponía que la pasada completa duraba más de una hora), las señoras gordas y añosas que bailaban con toda la onda, la algarabía de la gente que acompañaba, los pibes que se mezclaban entre los que desfilaban y bailaban con ellos y se tiraban espuma. Contagiaban alegría. 

arlequines

Nos quedamos hasta las 23:00 porque no nos daban más las piernas y teníamos hambre. Hubiéramos querido presenciar el desfile de nuestros coterráneos La Cotorra pero estaban programados en el penúltimo lugar y recién había pasado la mitad de los participantes. No íbamos a soportar dos horas más parados y sin comer. Mientras caminábamos hacia el hostel entre la gente, pensábamos en los vecinos que odian el carnaval y tienen que soportarlo porque viven por los alrededores. Supongo que los que pueden se irán a otra ciudad o a otros barrios para evitar el ruido, bastante insoportable por cierto. Lo que sorprende es el operativo de limpieza: al día siguiente por la mañana la avenida estaba limpita y ordenada como si nada hubiera ocurrido. 

Cuando llegamos al hostel nos invitaron a que subiéramos a la planta alta donde había una fiesta con un grupo que presentaba su disco. Cenamos rapidito y aunque evaluamos la posibilidad de subir a la fiesta y socializar un poco, decidimos quedarnos a dormir porque estábamos cansadísimos y lo poco que se escuchaba no era muy tentador. La cuestión es que después empezó a escucharse más de lo deseable y tuvimos que soportar el ruido de la fiesta hasta cerca de las 4 de la mañana. Cerca de las tres Pablo fue a la administración a quejarse porque no podíamos dormir pero la encargada (una jovencita) le respondió algo así como que era carnaval, que la gente venía a divertirse (al parecer, obligadamente) y que la música iba a seguir. Volvió a la habitación iracundo y no nos quedó otra que aguantarnos mientras nos prometíamos que era la última vez que íbamos a ese hostel (se los recuerdo por las dudas, es el hostel El Viajero, y que le íbamos a dejar una crítica espantosa en Tripadvisor y todas esas cosas que uno dice en esos momentos para sacarse la bronca. Si bien hay diversos tipos y estilos de hostels, y nosotros acostumbramos a ir a ese tipo de alojamiento en nuestros viajes, la mayoría te vende la “buena onda”, “momentos de diversión”, “formas nuevas de conocer gente” como sus servicios principales. Nosotros lo único que queríamos era dormir. Mi teoría es simple y lapidaria: ya estamos viejos para hostels.

[Continuará]

sábado, 25 de febrero de 2012

Notas de viaje - Montevideo (3).


3. Entre cafés y mates.

Después de un almuerzo frente a la Plaza Matriz volvimos al hostel a la hora señalada, impacientes por darnos un baño y dormir una siesta. Justo había llegado un grupo de brasileños que habían hecho reserva y no se ponían de acuerdo con las encargadas del hostel en la cantidad de dinero (de uruguayos a dólares, de dólares a reales) que tenían que pagar. Estuvimos esperando un buen rato a que se dignaran a darnos la llave de la habitación, pero todavía tuvimos que esperar como media hora para que nos dieran las mochilas porque seguían haciendo cuentas. La habitación (doble) es la misma que tuvimos la vez anterior (sospecho que es la única habitación no compartida del hostel) pero mejorada: en vez de dos camas tenía una matrimonial, una bonita pintura en la pared que a mí me recordó a Chachi Verona y ¡mosquitero! (en nuestra anterior estadía nos comieron los mosquitos). 

el descanso

Nos impusimos una siesta corta (45 minutos) para no perdernos la tarde durmiendo, pero nos costó tremendo esfuerzo salir de la cama. Tuve dos sueños bastante raros: un llamado telefónico a Carlos Menem por su cumpleaños y la revelación de que no le gusta que le canten la marcha peronista; y mi participación en una comisión de lucha por el Famatina. Me parece que tengo que leer menos diarios. 

Para darnos ánimo y salir de la cama decidimos ir a tomar la merienda al Café Brasilero. Ese sitio había sido una de las recomendaciones que hace tres años nos dio Polifemus, un usuario de Flickr, cuando preguntamos por sugerencias de lugares para visitar en Montevideo. Polifemus nos hizo una lista muy útil  que usamos en ese entonces y terminamos de agotar en esta visita. Curiosamente aquella vez no reparamos en que el Café Brasilero estaba justo en frente del hostel. Así que esta vez fue sólo cruzar la calle y entrar a este café tradicional de la Ciudad Vieja, que fuera frecuentado por figuras literarias como Benedetti o Galeano. Hay incluso un libro de Benedetti que tiene una foto del café en la portada. Nos sentamos en el pequeño bar que automáticamente te transporta a otra época: mesas y sillas de madera, barra antigua, música suave, buena atención. Esos pequeños detalles al servirte el café: un bocadito, un platito decorado. Y otra vez la fantasía: si tuviéramos mucha plata le compraríamos el bar al dueño, porque es imposible poner un bar así y darle esa onda. El lugar lo tiene adquirido después de muchos años y mucha historia. Pero no creo que el dueño quiera venderlo tan fácilmente y todavía tenemos que solucionar el temita de tener mucha plata. 

Café Brasilero

Al salir del café vuelvo al hostel a buscar abrigo porque está refrescando y Pablo se queda sacando fotos. Un uruguayo que pasa en auto para y le pregunta si quiere que le saque una foto a él, si fue al Café Brasilero, que no deje de visitarlo. Son varios los uruguayos que, ante la presencia de alguien con pinta de turista, aprovechan para venderle su ciudad. Se ve que la quieren porque la venden bien. 

Viendo la cantidad de gente que sale con su termo y mate bajo el brazo nos preguntamos por la forma de tomar mate (en nuestra visita anterior a la ciudad llegamos a elucubrar una teoría sobre la existencia de un gen uruguayo). Llevan termo, mate cargado y bombilla, pero no llevan yerba de repuesto. Así que las opciones son: o saben cebar muy bien para que no se les lave el mate, o toman mates lavados, o en cualquier lado consiguen yerba que les prestan. Después escuchamos al periodista Osvaldo Bazán quejándose porque le habían regalado yerba uruguaya pero tenía mucho polvo y se le tapaba la bombilla. Y alguien le contestó que los uruguayos usan una bombilla especial. Tal vez sea esa yerba la que no se lava. Por último elaboramos otra teoría: como vimos decenas de personas con el termo bajo el brazo (por la calle, en el colectivo, jovencitos, ejecutivos) pero a nadie tomando, sospechamos que llevan el mate para hacer facha nomás.

Después del Café Brasilero quisimos ir a la Catedral pero apenas entramos una señora nos fletó diciendo que ya cerraban (eran las 6) así que lo dejamos para el día siguiente. Dimos otra vuelta por la Ciudad Vieja, fuimos a la placita Zabala y después enfilamos para la costanera. Aunque había mucho viento caminamos un buen trecho. Montevideo nos enamora de tal manera que aún con viento nos sigue pareciendo hermosa. Hasta que nos dimos cuenta de que si seguíamos se iba a hacer muy largo el regreso. Volvimos por las calles internas (Canelones, Duranzo) recorriendo el barrio Sur con sus callecitas que intentan ser pintorescas (pintadas de colores vivos, adornadas con plantas) pero están medio abandonadas. Cruzamos, incluso, a un grupo de gente ensayando presumiblemente para el carnaval que se largaba en pocas horas nomás.

[Continuará]

lunes, 20 de febrero de 2012

Notas de viaje - Montevideo (2)



2. Suelo charrúa.

Llegamos a la terminal de Tres Cruces cerca de las 9:15 (hora uruguaya). Cambiamos apenas $100 argentinos en uruguayos porque pensamos que probablemente en la terminal el cambio fuera desfavorable. Error: era más conveniente que en el centro (detalle llamativo en la moneda de $2 uruguayos: en las viejas aparece la cara de un señor que no conocemos pero que no parece ser muy apreciado porque en las monedas nuevas en lugar de la cara del señor hay un carpincho). Parada obligada: el baño. Como era de esperar, está impecable, hay papel higiénico en todos los cubículos y hay dos señoras de uniforme limpiando y chequeando que cada sanitario esté en condiciones antes de ser usado. Ningún cartel pidiendo colaboración, apenas una tímida alcancía en un rinconcito. Salta a la vista que las señoras no viven de la colaboración de la gente, Tres Cruces les paga un sueldo. 

Apenas llegamos a la parada llegó el colectivo 330. Aunque estuvimos en Montevideo tres años atrás y recordábamos bastante, nos sentamos detrás del chofer para poder preguntarle; frente a nosotros una pareja de españoles está un poco desorientada. Pero entre Pablo, el chofer y otro pasajero los orientan. Primera impresión agradable en Montevideo de una serie de tantas: el colectivo transita por pleno centro, un día semanal por la mañana y no hay bocinazos, frenadas, tráfico atascado. A lo largo de la avenida 18 de Julio, amplia y céntrica, no vemos un solo auto estacionado de ninguna mano (no está permitido) y el colectivo parece ir por un carril exclusivo aunque no lo es. Simplemente el tráfico es más ordenado. 

Bajamos en la puerta de la Ciudadela y caminamos unas pocas cuadras por la Ciudad Vieja hasta el hostel El Viajero. Recordamos bastante bien el camino aunque vamos chequeando el mapa. Una vez allí nos recuerdan lo que ya sabíamos de antemano: el check-in es a las 14hs. Teníamos la esperanza de que nos dejaran usar la habitación antes si no había huéspedes, pero no. Así que dejamos las mochilas y salimos a caminar un rato con nuestras cámaras y nuestro cansancio a cuestas. El día estaba algo nublado y hasta cayeron un par de gotas, pero el resto del día estaría despejado y cálido sin llegar a ser caluroso. Vamos a una casa de cambio y empezamos a preocuparnos porque la relación argentinos uruguayos es más desfavorable de lo que pensábamos y todo nos parece carísimo. En estos años el peso argentino se ha devaluado considerablemente. 

Puerta de la Ciudadela

Caminamos por calle Sarandí, la calle peatonal más turística de la Ciudad Vieja, hasta la Puerta de la Ciudadela y la plaza Independencia, uno de los puntos turísticos más visitados, donde se encuentra el mausoleo de Artigas. Cruzando la plaza, la calle pasará a ser la avenida 18 de Julio. Son cerca de las 10 de la mañana pero hay poca gente por la calle. Es inevitable sacarle fotos al palacio Salvo, edificio emblema de Montevideo, considerado “gemelo” del Palacio Barolo de Buenos Aires, ambos construidos por el mismo arquitecto: Mario Palanti. Aunque lo que hoy nos maravilla no fue muy bien recibido en su momento. Le Corbusier propuso en 1929 “ plantar una enorme enredadera para ocultarlo o buscar la mejor posición -en la plaza Independencia o en la fortaleza del Cerro, según las versiones- para demolerlo a cañonazos”; otras críticas lo bautizaron: “el postre más grande del mundo”; “Frankestein de cemento y mampostería” o “Godzilla rococó”. Pero eso era antes; hoy, que tenemos que soportar la visión de mamotretos similares a una caja de zapatos de cemento y vidrio, el Palacio Salvo resulta una maravilla. Lástima que no tenga el debido mantenimiento (al menos en la fachada) y le hayan puesto una espantosa antena en el techo. 

Vamos a un locutorio porque Pablo, que tiene números gratis con los teléfonos de nuestras familias, no tiene señal; yo, que en cambio, cargo una tarjeta de $20 cada dos meses y no tengo números gratis, sí tengo señal y mensaje de bienvenida a Montevideo. Los dos tenemos el servicio de Personal pero parece que pagar más no significa mejor servicio. Seguimos caminando por la 18 de Julio hasta llegar a la calle Santiago de Chile donde está la municipalidad. Pasamos por la fuente de los candados, una tradición que conocía de otros países pero no en Uruguay. La tradición dice que si se coloca un candado con las iniciales de dos personas que se aman, volverán juntas a visitarla y su amor vivirá por siempre. La fuente queda bonita con los candados, pero a mí me resulta desagradable la idea de simbolizar al amor con un candado. 

Fuente de los candados

Durante la caminata volvimos a experimentar la “educación al volante” de los uruguayos. Al cruzar una calle, los autos, indefectiblemente, pararán para dar paso al peatón. No vimos un solo auto que pasara siquiera en amarillo (en Rosario, ante cada luz amarilla, los autos aceleran y uno o dos pasan en rojo). Al intentar cruzar una calle sin semáforo, los conductores, incluidos los taxistas y colectiveros, paran para dar paso al peatón. Repito por si no quedó claro: el taxista o colectivero frena el auto y espera sin ninguna impaciencia a que crucemos la calle. No se detienen sobre la senda peatonal, no aceleran apurándote a cruzar, no te hacen sentir una molestia en el camino. 

Volvemos por la misma 18 de julio pero de la vereda de enfrente para poder ver los edificios que no vimos a la ida. Hay muchísimos edificios clásicos, con una arquitectura bellísima; algunos están bastante abandonados, muchos han sido o están siendo restaurados. Y muchas librerías: de libros nuevos, de usados, libros de arte. Otro motivo para amar a Montevideo. Como estaba en el camino, visitamos el Museo del Gaucho y la Moneda (en rigor sólo visitamos la muestra del gaucho porque la de la moneda, que está en el mismo edificio, estaba cerrada). Es en una vieja casona muy bien conservada, con unos pisos y una escalera preciosos. La muestra en sí no es gran cosa, se destacan piezas de platería exquisitas aunque se me hace difícil imaginarme un gaucho con un mate labrado y bombilla con pajaritos.

mates sencillitos

[Continuará]


sábado, 18 de febrero de 2012

Notas de Viaje - Montevideo (1).


1.Llegando está el carnaval.


Un nuevo viaje siempre es motivo de alegría, cualquiera sea el destino. Montevideo es destino conocido y querido; sólo serán cinco días, un pequeño descanso en medio del calor rosarino. Por ser viaje internacional nos piden estar 45 minutos antes en la terminal. Como somos demasiado puntuales llegamos una hora y media antes. Empezamos a palpitar el carnaval desde temprano: en la boletería, delante de nosotros, estaban los chicos de la murga La Cotorra, con quienes compartiríamos micro. Como es mi costumbre, antes de subirme al colectivo y por precaución, fui al baño. Era en la parte nueva de la terminal: un baño muy lindo y limpio pero… sigue estando la señora que pide la colaboración a cambio de mantener limpio el baño y darte papel higiénico. Cada vez que me encuentro con esta escena (no pocas veces, visito todos los baños públicos) me molesta esta modalidad que no recuerdo haber visto en otros países (aunque es posible que mi memoria no lo tenga presente). La limpieza de los baños así como la provisión de papel higiénico y jabón es obligación de la empresa (en este caso la terminal de ómnibus). Son ellos los que deberían pagarle un sueldo a esa señora, pagarle obra social y jubilación. ¿Por qué la limpieza del baño tiene que depender de la solidaridad de la gente? Recuerdo incluso que hace años, en la misma terminal, el cartel que solicitaba la colaboración pedía, conminaba casi: “Se colabora con la limpieza”.

Salimos de Rosario bastante puntuales (el horario estipulado era 23:30) teniendo en cuenta que los integrantes de La Cotorra llevaban decenas de bártulos, instrumentos, cajas y demás equipaje, que tardaron un buen rato en cargar. Vamos en coche semi-cama. No suelo tener problemas con los colectivos, mi estatura corta y contextura pequeña me permiten acomodarme en cualquier asiento. De hecho, mis pies no llegaban al piso y me deslizaba hacia abajo. Pablo sí tiene problemas: el asiento le queda chico y cuando el pasajero de adelante reclina el suyo casi no le queda espacio. Putea un buen rato y nos recordamos mutuamente que la próxima vez tenemos que comprar sí o sí coche cama. Pero después nos olvidamos y compramos lo que hay disponible en el momento. La azafata nos informa sobre el trámite que habrá que hacer en la aduana y las facilidades del coche, y nos avisa, casi pidiendo perdón, que nos pasará a servir una bandeja con una pequeña (remarca “pequeña”) cena. Es un sándwich de miga, una empanada fría y un pedacito de torta, más vaso de gaseosa. No es para pedir tanto perdón, hemos cenado cosas peores.

 A las 3:30 (4:30 hora uruguaya) llegamos a la aduana. Felizmente no hace falta que bajemos del micro, simplemente tuvimos que entregar nuestros documentos y esperar a que terminaran el trámite. El otro micro que salió de Rosario al mismo tiempo que nosotros e iba adelante no tuvo la misma suerte: los hicieron bajar a todos y hacer filita para presentar los documentos. Cosas del azar. Igual bajamos para estirar las piernas e ir al baño. El paisaje nocturno destaca la pastera Botnia muy iluminada y sin rastros del largo litigio que amenazó su funcionamiento. Varios carteles advierten acerca de la barrera sanitaria y los productos que no están permitidos ingresar al país. En ningún momento persona alguna nos informó sobre la barrera sanitaria ni tampoco verificaron que nadie llevara esos productos. Estos uruguayos son muy confiados.

esperando el carnaval

De regreso al micro y reiniciada la marcha, mientras intentaba dormirme, pensaba en la posibilidad de un accidente. Tengo una tendencia morbosa a pensar en la peor escena. Me sale naturalmente. Pensaba en la cantidad de gente que muere a diario en accidentes de tránsito y que de un momento a otro deja de existir. Sin presentimientos, sin avisos. Así, de golpe. Pensaba en la casa que quedaba llena de cosas ahora inútiles, mi familia enfrentando ese trágico hecho, el vacío repentino. Como pueden apreciar, no pasó nada. Pero siempre que veo esos martillitos en las ventanas con el cartelito “En caso de emergencia, romper el vidrio” me pregunto si servirán de algo, si ante la desesperación la gente se acordará del martillito, si el martillito será eficaz. Igual no tengo necesidad alguna de comprobarlo, es una duda nomás. 

Una hora después del trámite la aduana la azafata vuelve a despertarnos para darnos el desayuno. Casi nos ruega que nos mantengamos despiertos porque nadie le da bolilla. Tiene, sin embargo, un arma más efectiva para lograrlo: el café con leche que nos sirve está tan dulce como para producir un coma diabético por hiperglucemia. Lo tomo a duras penas pero no tardaré en arrepentirme, me cae como una bomba. Está empezando a clarear y mientras nos acercamos a Montevideo vamos viendo un paisaje más o menos conocido: kilómetros de campos, decenas de vacas, caballos. Con Pablo fantaseamos con la idea de comprarnos un campo en Uruguay, dedicarnos a la agricultura y los productos fitoterapéuticos. Del campo pasamos a comprar un escarabajo (VW Beetle, de los viejos) y nos preguntamos si será muy complicado el tramiterío para llevarlo a Argentina. Nos acordamos de Moreno, el secretario de Comercio y sospechamos que será más fácil comprar un Alfa Romeo directamente en Argentina. 

Poco antes de arribar a la terminal, la azafata saluda a los chicos de la murga (es la primera murga íntegramente no uruguaya en participar en la competencia), les desea suerte y les pide que canten algo. Tardan en decidirse, arrancan tímidamente pero al primero que se equivoca se empiezan a reír y ya no siguen. Están bastante dormidos. Pero no dejó de ser un lindo adelanto de lo que ya se palpitaba en Montevideo.

[Continuará]
Fotos del viaje.

. Seguir al capítulo 2: Suelo charrúa.

miércoles, 18 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 13. Paysandú, llegando al fin.

Miércoles 11 de febrero.

A madrugar otra vez. Salimos del hotel cuando todavía era de noche, tomamos un taxi y enseguida llegamos a la terminal para subirnos al colectivo que salía a las 6 hacia Paysandú. Unas tres horas después estábamos camino a La Posada del Centro, donde nos alojamos. La Posada está ubicada frente a la plaza Constitución y es una vieja casona con habitaciones amplias (ésta era todavía más amplia que la del hotel de Tacuarembó y tenía además un pequeño patio). Dejamos los bolsos y salimos a buscar un desayuno. En “El Bar” (evidentemente no hicieron un brainstorming para ponerle nombre) pedimos dos cafés con leche y medialunas.
- ¿Medialunas solas, sin nada? – preguntó el mozo.
- Sí, así nomás.
Recién cuando llegaron las dos tremendas medialunas, ésas que ya habíamos probado en sandwich, entendimos que lo que debimos haber pedido eran croissants.

Caminamos de nuevo hasta la terminal para asegurarnos el pasaje del día siguiente (snif, ya teníamos que volver a Rosario) pero la oficina que vendía los pasajes que necesitábamos (a Colón) abría a las 3 de la tarde por lo que fuimos al reverendo cuete. Aprovechamos la mañana paseando por la ciudad, recorriendo algunos de los “must” de Paysandú: la Basílica Nuestra Señora del Rosario (cruzando la plaza Constitución), el Museo de la Defensa y el Museo Histórico (donde los únicos tres visitantes que había en ese momento eran… rosarinos!). Este último museo tenía una simpática maqueta con la ciudad de Paysandú reconstruyendo la época en que fue atacada por los portugueses y donde el general Leandro Gómez resistió hasta que fue ejecutado. La guía iba mostrando cómo fue el ataque mediante lucecitas que prendía y apagaba sobre la maqueta. Una explicación muy didáctica que por momentos me recordó a la escuela primaria.

reflejos

Ya volviendo hacia el hotel compramos algo para almorzar y nos sentamos en el pequeño patiecito a disfrutarlo. Dormimos la siesta (en realidad sólo Pablo porque para entonces a mí me había empezado a atacar la tos y no me dejaba estar acostada; las vacaciones estaban llegando a su fin y evidentemente mi cuerpo rechazaba de plano la idea de volver a la rutina). Ya descansados salimos a comprar caramelos para aliviarme la garganta y volvimos una vez más a la terminal a sacar los pasajes (para las 8:15, ¡otra vez a madrugar!) con la esperanza de llegar a Colón a tiempo para tomar el colectivo de las 9 que salía a Rosario. La señora de la ventanilla dijo que eso dependía de cuánto se tardara en cruzar la frontera, que esas cosas nunca se saben. Sospecho que en lugar de “Atención al cliente”, la empresa tiene una oficina llamada “Me ne frega el cliente”.

Después, a caminar. Pablo ya había estado en Paysandú hace algunos años, pero sólo una tarde. Recordaba vagamente algunos lugares y quería que yo también los conociera. Hicimos un itinerario haciendo coincidir las plazas hasta llegar a la costanera. Paysandú es una ciudad del interior como tantas que, tal vez por la cercanía con Argentina, tiene más cosas en común con nuestro país que las otras ciudades que visitamos. Y como en toda ciudad del interior, la gente que por la mañana se amontonaba en las calles céntricas ahora parecía haberse evaporado. Las veredas estaban casi desiertas, sólo en las plazas alguna mamá hamacaba a su hijo, algunos ancianos tomaban mate. En esos momentos añoro vivir en un lugar tan tranquilo, pero inmediatamente pienso en el soberano aburrimiento que debe implicar esa tranquilidad y se me van las ganas tan pronto como llegaron.

puerto

Caminamos y caminamos. Era evidente que ya estábamos acumulando el cansancio de varios días de caminatas porque el aguante duraba menos (estamos a acostumbrados a caminar en Rosario, pero aquí lo hacíamos por triplicado). Visitamos plazas, la vieja estación, la costanera donde nos sentamos un ratito en la arena a ver los rayos del sol que se reflejaban en el río y le daban un color especial a la tarde. Fuimos hasta el puerto que, a diferencia de la época en que Pablo lo visitó, ahora estaba cerrado a los visitantes. Para las 20:30 yo estaba a punto de tener calambres en las piernas de tanto caminar. Nos sentamos en la plaza Colón a descansar mientras empezaba a anochecer. Buscamos inútilmente un locutorio para llamar a Rosario (nunca lo encontramos) y cuando ya estábamos llegando al hotel caí en la cuente de que me había quedado con muchos pesos uruguayos que no iba a poder cambiar (tal vez en Rosario, pero con cambio desfavorable). Decidimos entonces gastarlo en algo satisfactorio: ¡comida! Nos sentamos en un restaurante y pedimos pescado y pollo a la crema y cerveza y llegamos justito (con monedas y todo) a pagar la cena con uruguayos. Llegamos al hotel agotadísimos pero pipones.

Madrugamos por última vez en nuestras vacaciones para tomar el Copay hacia Colón. Como era de esperar, no llegamos a tiempo para tomar el colectivo de las 9 por lo que tuvimos que esperar hasta las 14. Pero después de la odisea de Valle Edén, esperar 4 horas en una estación con bar, baños y a la sombra era un juego de niños. Desayunamos en el bar, compramos el diario y hasta fuimos a pedir un mapa a la oficina de turismo (per jodere nomás, ya que no pensábamos hacer ni media cuadra con los bolsos a cuestas). Almorzamos algo liviano y a las 14 ya estábamos listos para nuestro último tramo de viaje. No habíamos hecho muchos kilómetros cuando el colectivo tuvo un pequeño percance: estacionados en la terminal de Concepción del Uruguay, empezaron a pasar los minutos, el calor a sentirse en forma preocupante y los pasajeros a impacientarse. Pero nadie venía a decirnos qué pasaba. Acostumbrados como estamos con Pablo a que siempre haya algún problemita en nuestros viajes de regreso, respiramos hondo y nos preparamos para escuchar una noticia funesta. Pero no, unos 20 minutos después y sin que mediara explicación alguna, nos pusimos otra vez en marcha.

El regreso, como son en general los regresos, se hizo largo y tedioso. Yo seguía con mi tos a cuestas (aunque con caramelos que la aliviaban) y el paisaje ya nos parecía demasiado repetido. Rosario nos esperaba como era de imaginar: con calor, humedad y el agobio propio de la ciudad. Las vacaciones habían terminado. Ahora sólo quedaba tratar de alargar el máximo posible esa sensación placentera del viaje, reviviéndolo una y otra vez. Por eso estas crónicas, que ahora sí, llegaron a su fin.

~ FIN ~

Fotos del viaje.

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martes, 17 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 12. Valle Edén, perdidos en el paraíso.

Martes 10 de febrero.

Dormimos largo y tendido (fue uno de los pocos días en los que no tuvimos que madrugar para tomar algún colectivo). Desayunamos también largo y tendido y luego partimos. El plan era visitar Valle Edén, para lo cual había un micro (¡para este lugar sí había transporte!) a las 11:45. Como todavía teníamos tiempo fuimos a visitar un par de museos. Primero fue el Museo del Indio y del Gaucho (con mucha piedra, boleadoras y unos bonitos elementos gauchescos) y luego fuimos al Museo de Geociencias (quedaba apenas a unas cuadras). Aquí encontraríamos a una señora al parecer bastante aburrida que nos persiguió durante toda la recorrida dándonos explicaciones un poco inútiles (ya que era lo mismo que estaba en los cartelitos impresos) mientras se quejaba del calor (evidentemente no éramos sólo nosotros los aturdidos por las altas temperaturas). Pasamos por el Ta-Ta (la marca líder en supermercados en Uruguay) a comprar algo para el almuerzo y fuimos a la terminal a tomar el “Calebus”.

en la vía

Una media hora después estábamos en Valle Edén que prometía, otra vez desde un folleto turístico: “Agrestes serranías junto a la calidez humana. Monte natural y danzante arroyo de aguas cristalinas. Avistamiento de aves y flora exuberante. En ese entorno: puente colgante, zona de camping, parador, cabañas… Y el Museo Carlos Gardel, testimonio fehaciente de una verdad histórica: El Zorzal Criollo nació en Tacuarembó” (todo lo que está entre comillas es textual del folleto). Aquí es necesario hacer una aclaración. ¿Por qué visitar Tacuarembó? Se preguntarán ustedes. Y nosotros nos preguntamos lo mismo. Sucede que cuando planeábamos el viaje queríamos recorrer el país todo lo que pudiéramos y para que nuestro regreso no se hiciera tan aburrido decidimos volver por el interior y de paso conocer otras ciudades que las de la costa. Tacuarembó quedó casi por obligación teniendo en cuenta las rutas y porque a mí, tanguera y gardeliana, el nombre me sonaba de tanto escuchar las teorías del nacimiento del cantor. Por internet vimos que había museos y paseos para visitar y pensamos que era una buena opción. Pues no lo fue. Tacuarembó es suficiente a lo sumo para una tarde a menos que se cuente con vehículo propio (con aire acondicionado) para recorrer las largas distancias que separan un "punto turístico” de otro.

Nosotros no teníamos auto así que ni bien nos bajamos del colectivo (otra vez, como en la Fortaleza, en el lugar equivocado) tuvimos que caminar alrededor de un kilómetro y medio para llegar a algún lugar con sombra. Pleno mediodía, un sol que apuntaba directo a nuestras molleras y la sospecha de que los folletos eran medio mentirosos. Después de pasar el camping y el arroyo, llegamos al Museo Carlos Gardel y nos sentimos aliviados: el predio cuenta con un espacio verde con mesitas y bancos a la sombra donde nos dispusimos a descansar, almorzar y reponer fuerzas. Sacamos fotos en lo que se supone una estación de trenes abandonada (aunque más tarde veríamos pasar un tren) y visitamos el museo en sí: gran cantidad de fotos de Carlitos, junto a algunos documentos que dan por definitivo el nacimiento del cantor en Tacuarembó. No todos los estudiosos concuerdan en este dato, pero allí no tienen la menor duda.

Después de la recorrida decidimos visitar algunos de los otros puntos mencionados en el pequeño mapa. Teníamos tiempo ya que el colectivo de vuelta recién pasaba a las 19:30 hs. Pero la señora del museo nos desalentó enseguida: el punto más cercano quedaba a unos 5 kilómetros en los que no había sombra y con el ese sol y esa temperatura no lo recomendaba. Podíamos, dijo, intentar ir a la Gruta de los Chivos para lo cual llamó a uno de los baqueanos que le indicó el camino a Pablo mientras yo iba al baño. Pero las indicaciones no fueron muy claras y al ratito nomás de estar caminando nos encontramos en un camino sin salida. Toda la sombra posible estaba separada de nosotros por un alambrado (el paraíso tiene dueños) y el sol de las dos de la tarde era desesperante. Intentamos un camino alternativo desoyendo las indicaciones del baqueano y tratando de adivinar el planito pero todo a nuestro alrededor parecía demasiado lejano y nada hacía pensar que llegaríamos a algún lugar interesante (al menos no antes de morir insolados). Nos ganó el desánimo y empezamos a desesperarnos. Nos quedaban cinco horas por delante bajo un sol insoportable. Por suerte Pablo había sugerido que en lugar de mate lleváramos dos termos con agua fría pero igualmente ya empezábamos a temer una deshidratación. Tomábamos pequeños sorbitos de agua cuando nos hubiera gustado bajarnos el termo de un saque; la sed nos apremiaba pero no queríamos quedarnos sin agua el resto de la tarde.

Casi abatidos caminamos hasta el único sector de sombra que habíamos visto pasando el arroyo de “aguas cristalinas bajo el puente colgante”. El lugar tenía una curiosa escultura y un par de placas con una extraña leyenda en memoria de un tal Richard Cuello Pantera, firmado por ciertos “piratas del asfalto”. Ya en Rosario, y gracias a Google, sabría que se trata de un grupo de motoqueros que se hacen llamar los Pachucos y que eligieron ese lugar para erigir un memorial a los muertos en accidentes.

Pachucos de Tacuarembó

Bajo un árbol tiramos nuestras lonitas y allí nos quedamos con la esperanza de que se nos ocurriera algo para hacer. Pero pasaban los minutos y ninguna parecía una buena opción: caminar hasta la ruta y hacer dedo no nos parecía bueno ya que con suerte pasaría un auto cada 20 minutos y no sabíamos si era costumbre por esos lares hacer dedo. Nos arriesgábamos a estar bajo el sol esperando y tal vez nos dejaran a mitad de camino donde ni siquiera podríamos tomar el colectivo. Pedir un taxi (había por allí una oficina de policía donde seguramente tendrían teléfono) podía salirnos carísimo. Hasta pensamos en visitar el “pueblo” de Los Rosano que según el mapa estaba justo enfrente, cruzando la ruta. Pero ninguna nos parecía una buena idea. Nuestras vacaciones estaban terminando y nosotros sentíamos que de la peor manera. Finalmente Pablo sacó el libro que había llevado (yo al mío lo había dejado en el hotel para no cargar con tanto peso) y pronunció las palabras mágicas: ¿Querés que te lea?. Esto puede sonar a lugar común, pero esa tarde en medio del calor tórrido y el desánimo, la literatura fue nuestra salvación. El libro era “Memorias del desierto” de Ariel Dorfman, que cuenta el recorrido que el autor hizo por Chile a través de los pueblos que fueran pujantes gracias a la extracción de minerales y hoy son pueblos fantasmas. Y así, entre historias de mineros, se nos pasó la tarde.

Mechamos la lectura del libro con nuestros planes para próximas vacaciones visitando justamente Chile. A eso de las 18 nos preparamos para volver a la ruta. Todavía faltaba una hora y media para que pasara el colectivo pero nos tomamos tiempo para caminar por la orilla del arroyo, sacar algunas fotos y hacer el resto del camino a paso lento. Por suerte ya estaba bastante nublado y eso nos hizo fantasear con una tormenta en medio del campo, que nunca sucedió. La tormenta tardaría un rato en llegar.

Una vez en la ruta encontramos un refugio para esperar el colectivo. Allí nos quedamos, de a ratos leyendo el libro, de a ratos mirando a los paisanos de a caballo arreando vacas. Tratábamos de adivinar qué tipo de pájaros eran unos que se juntaban en el campo de enfrente (finalmente el folleto tenía razón con lo del avistamiento de aves). Y hasta nos entretuvimos mirando una construcción que estaba del lado de enfrente, unos 100 metros más allá. Era una vieja casa a la que de a poco iba llegando gente. Jugamos a imaginar que ésos eran Los Rosano y que en realidad eran los únicos habitantes de ese pueblo. A las 18:30 pasó el Calebús en dirección contraria, hacia Tambores (era el colectivo que salía de Tacuarembó a las 18 hs y que a la vuelta pasaría a buscarnos a nosotros) y eso nos puso contentos porque hasta habíamos llegado a pensar que nunca más pasaría el colectivo, que íbamos a quedar varados en la ruta, que íbamos a tener que pedir asistencia a Los Rosano. Cuando el colectivo paró se bajaron unas cuantas personas: algunas se dirigieron a lo de Los Rosano y dos mochileros caminaron en dirección al camping: eran los extranjeros que la noche anterior estaban sentados a nuestro lado en el bar “La sombrilla”. Tuvimos ganas de avisarles que el lugar tal vez no era lo que esperaban y hasta nos compadecimos de ellos pensando que iban a acampar en medio de una tormenta. Pero también pensamos que probablemente eran europeos cansados del confort y la buena vida del primer mundo y buscaban algo de aventura tercermundista. De ser así, no se irían defraudados.

Valle Edén

También presenciamos el momento en que dos gallinas, que aparentemente habían escapado de Los Rosano, cruzaban la ruta a toda carrera en el peor momento, ya que una de ellas fue alcanzada por un auto y quedó inmóvil en medio del asfalto. Yo empecé a lamentarme de la difuntita mientras veía cómo la otra gallina se acercaba y se quedaba al lado de la moribunda, corriendo el riesgo de sufrir el mismo trance. Unos tres minutos después, cuando se acercaba otro camión y la gallina sobreviviente se negaba a salir de la ruta sucedió algo sorprendente: la moribunda, que había estado completamente inmóvil todo ese tiempo, pego un salto y las dos salieron corriendo campo adentro. Quedamos patitiesos, nunca habíamos visto una gallina haciendo el muertito.

Cuando subimos al colectivo no podíamos creer que habíamos soportado todas esas horas bajo ese sol impiadoso y habíamos salido ilesos (y sin que el malhumor de uno se desquitara con el del otro). Cuando llegamos a la terminal de Tacuarembó empezó a llover con ganas. En el camino compramos algo para comer y llegamos al hotel, empapados pero contentos de estar a salvo y bajo techo. Para entonces estaba diluviando. Nosotros nos refugiamos en la habitación y nos entretuvimos mirando un programa de televisión donde un supuesto Pai Umbanda hablaba sobre las ofrendas que hay que hacerle a la “entidad”. Para tener en cuenta: a la “entidad” le gusta el whisky importado.

Nos dormimos escuchando la lluvia. Al otro día teníamos que volver a madrugar para tomar el micro que nos llevaría a Paysandú: nuestra última parada en las vacaciones.

[Continuará]
Fotos del viaje.

.Seguir al último capítulo: Paysandú.
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lunes, 16 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 11. Tacuarembó: Juventud, divino tesoro.

Lunes 9 de febrero.

Los caminos del interior de Uruguay no son lo que se dice despampanantes. Al menos los que transitamos nosotros, por el centro mismo del país. Muy parecidos a Argentina en sus paisajes camperos, mucho verde clarito, algunos árboles desperdigados, vacas por aquí y allá. El único dato curioso es haber pasado por la ciudad de Paso de los Toros, famosa por ser la cuna de la gaseosa homónima, aunque aparentemente ya no se fabrica allí. Un gran cartel viejo y oxidado recuerda el hito a la vera de la ruta. Triste destino el de una ciudad que lo único que la distingue haya quedado en el pasado.

Por la ventanilla veíamos un cielo que nunca estuvo despejado del todo y con un color agrisado que hacían sospechar un clima húmedo y caluroso. La sospecha fue certeza al bajarnos del colectivo: mucho calor y mucha humedad. De acuerdo al planito que conseguimos en la oficina del turismo de la misma terminal estábamos a pocas cuadras del hotel que habíamos reservado. Sólo que en Tacuarembó la numeración de las calles no cambia de a 100 sino de a 50, por lo que a nuestros cálculos tuvimos que multiplicarlos por dos. Cuatro de la tarde, 35 grados, 10 cuadras con mochilas al hombro: una ecuación agotadora. El hotel que habíamos reservado por teléfono sin mayores referencias resultó ser un viejo edificio que se adivinaba pujante en otras épocas (otra vez, los tiempos idos), con grandes pasillos, mucha limpieza y una cierta austeridad en la decoración. La habitación que nos tocó era una de las más amplias de todas las que tuvimos en nuestras vacaciones.

Aún a pesar del cansancio no nos dejamos tentar por la siesta. Nos dimos una ducha y salimos a caminar. Volvimos para la terminal porque teníamos que sacar pasajes para Paysandú (hacia donde iríamos en dos días) y aprovecharíamos para preguntar al señor de la oficina de turismo un par de cositas que nos quedaron dudosas. Entonces nos enteraríamos de que Tacuarembó no cuenta con transporte público (a pesar de ser una ciudad de alrededor de 50.000 habitantes); que no tenía mucho para ofrecer turísticamente hablando; que sí había muchos lugares en los alrededores pero para ésos tampoco había transporte, teníamos que tener auto. Tampoco el zoo que vimos señalizado en el mapa era recomendable, que estaba “medio abandonado”. No nos quedaban pues muchas opciones: para esa tarde elegimos visitar la Laguna de las lavanderas, un paseo recomendado por el señor de la oficina de turismo y también por los folletos y mapas (sólo después de visitarla sospecharíamos que el “medio abandonado” del zoo podía significar “está en un estado desastroso”).

Laguna
Foto de Pablo Flores
Partimos entonces en la tarde calurosa hacia lo que se suponía un lugar para escapar de la ciudad. Cuenta la historia que a la laguna llegaban lavanderas de todos los rincones de Tacuarembó con sus grandes atados de ropa y que pasaban largas horas sobre la orilla de la laguna fregando para lograr limpiarlas. El lugar era ahora homenaje a esas lavanderas. Los folletos turísticos prometían: “la gente acude para estar en pleno contacto con la naturaleza. Además, la sombra protectora de los eucaliptos se encarga de refrescar el lugar en los intensos días de sol”. Por ahora, lo único que se asemejaba era el intenso día de sol: el calor era espantoso y queríamos huir del cemento. Pero como canta Gardel (ya que estamos en Tacuarembó) el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar. Después de cruzar un puentecito colorido llegamos al lugar indicado en el plano. Y allí estábamos: frente a un espejo de agua que lejos de tener aguas cristalinas parecía un pantano especialmente diseñado para escenografía de una película de Tim Burton. El predio que tal vez haya conocido mejores épocas era sólo un parque abandonado, sucio y sin el menor encanto. Acaso esté más concurrido los fines de semana, pero ese lunes por la tarde el lugar era deprimente.

Transporte tacuaremboense
Foto de Pablo Flores
Seguimos huyendo pues y tuvimos que volver al asfalto. Para mitigar la sed nos compramos una Paso de los Toros (turistas demagógicos al fin) y nos sentamos en una plaza a ver pasar la nada misma. La plaza estaba casi desierta. Y entonces empezaron las conjeturas: que la gente espera a que pase la siesta (pero ya eran más de las seis), que la gente sale cuando se pone el sol (pero entonces no hace nada en todo el día), que no hay gente en Tacuarembó. Por lo menos si no había gente tampoco había perros porque una vez más las calles y veredas carecían en su totalidad de suciedad. Sacando un par de calles muy transitadas (en su mayoría por motos, en Tacuarembó hay muchas motos) hay un silencio de pueblo que lo domina todo, una tranquilidad que está en el límite con el aburrimiento. Gente que está más cerca del paisano que del ciudadano, bombachas de campo, boinas y botas con 34 grados de calor. Y como consejo de un viejo sabio, Zitarrosa cantando en alguna radio local: no te olvidés del pago si te vas pa´la ciudad...

Cuando nos cansamos de teorizar decidimos partir. Pablo quiso chequear sus emails así que nos cruzamos a un cyber. Un rato después llamábamos al hotel de Paysandú para asegurarnos alojamiento en nuestra última noche y más tarde nos sentaríamos en el bar “La sombrilla” (frente a la misma plaza de unas horas antes) a cenar un “sándwich italiano” (básicamente un sándwich enorme con mucho relleno) y una cerveza fresca. A nuestro lado dos turistas que adivinábamos como alemanes o tal vez norteamericanos trataban de entender la diferencia entre ravioles o ñoquis.

La mesa que elegimos estaba en la vereda, justo enfrente de la plaza que ahora, ya de noche, empezó a llenarse de gente, motitos y bicicletas. La mayoría eran jóvenes que se juntaban en grupos a charlar y escuchar música. Y entonces empezaron nuestras conjeturas una vez más. Algo en lo que estuvimos de acuerdo es que esta juventud parecía más pacífica y sana que la de, por ejemplo, Rosario. No se percibía esa violencia contenida que se respira en las calles de Rosario o Buenos Aires, sobre todo cuando se juntan unos cuantos jóvenes alrededor de una botella. Y ahí otra diferencia sustancial: aquí no se juntaban a tomar cerveza o vino, acá todos tomaban mate. Todos. Chicos y chicas de 12 a 25 años, señoras mayores, cuarentones solitarios: todos llevan su termo bajo el brazo a toda hora del día. Eso incluso me llevó a acuñar el término: “el gen uruguayo”. No es posible llevar el termo y el mate de la forma en que ellos lo llevan sin que les produzca un calambre, una contractura. Hay algo en la contextura física de los uruguayos que se los permite. Si no es física, al menos cultural, inculcado desde la cuna. Sospechamos incluso que la mamadera de los bebés, en lugar de tetina, tiene una bombilla. Y aunque se diga que la yerba tiene cafeína y altera el sueño, es evidente que los efectos son mucho menos drásticos que los del alcohol. No sería mala idea inventar una campaña en Argentina que le ponga onda a la yerba mate, con galanes y estrellas de moda que generen identificación con los jóvenes, para difundir la costumbre del mate. Aunque admito que me chocaría un poco ver a Cumbio con un mensaje tipo: “Aguante Taragüí , la yerba es lo más”, al menos sería por una buena causa.

Volvimos caminado al hotel mientras pensábamos que si nos preocupaba tanto la “juventud perdida” era porque ya estábamos viejos.

[Continuará]

Fotos del viaje.

.Seguir al capítulo 12: Valle Edén.
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jueves, 12 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 10. Cabo Polonio, entre dunas.

Domingo 8 de febrero.

El día había amanecido fresco pero a medida que el sol empezó a aparecer el calor se hizo sentir. Para cuando llegamos a Barra de Valizas, parada obligada para tomar el transporte que nos llevaría hasta Cabo Polonio, el día estaba especial para pasarlo en la playa. Cabo Polonio era originalmente una aldea de pescadores que gracias al turismo fue convirtiéndose en uno de los balnearios más promocionados. Y tiene la particularidad de que sólo se llega allí en camionetas, 4x4 o camiones que puedan sortear los caminos de arena.

mucha playa

Rodrigo, el dueño del hostel Ibirapitá, se empeñaba en pintar a Cabo Polonio de forma grandilocuente: un lugar con las dunas más grandes de Sudamérica, sin luz eléctrica, donde los pescadores venden el pescado fresco y vos sabés que es fresco porque dónde lo van a guardar si no hay luz; un lugar “sin contacto con la civilización” (sic). Ahora, mientras recorríamos el camino que separa a Barra de Valizas de Cabo Polonio en uno de esos camiones enormes, recordaba esas palabras y pensaba qué entenderá Rodrigo por “civilización”. Kilómetros de postes de luz nos acompañaron todo el camino y dudo que se tratara de una instalación artística. Si no fuera porque ya había estado en Polonio hace muchos años, cuando realmente era un paraje alejado de todo y se lo consideraba un paraíso hippie, hubiera imaginado que al final del camino nos esperaban pescadores vestidos apenas con taparrabos, exhibiendo el resultado de su pesca con gritos en dialecto zulú. Yo sabía que Rodrigo exageraba y sospechaba que difícilmente el Polonio despojado que yo había conocido se mantuviera intacto. Pero Rodrigo exageraba sobremanera: Polonio es hoy un hermoso pueblo de pescadores que han sabido sacar provecho a su oficio (aunque sospecho que los que más han sacado provecho son los dueños de los restaurantes y bares playero-cool-decontracté que hay a la orilla del mar) a la par de los intuitivos/emprendedores/inversores de siempre que han sabido construir una aldea turística explotando una mística de otras épocas. The dream is over. Hoy en Polonio hay negocios de artesanías, hostels, cabañas, restaurantes que aceptan tarjetas de crédito por la noche (no sabemos el por qué de la exclusividad nocturna). Pero eso sí: todo conservando el encanto de lugar, sin estridencias, con carteles ecologistas por doquier instando al turista a cuidar la playa, a separar la basura, a respetar el espacio de los niños. Y rodeado de un paisaje impactante: playas eternas, mar inquieto, arenas blancas, rústicas casitas de colores. Polonio ya no es lo que era y seguramente en el cambio haya perdido pero también ganado muchas cosas. Y por eso no entiendo ese empeño de mucha gente (Rodrigo era apenas una muestra) de vender una excursión con un argumento falso (promocionando la fantasía de descubrir un territorio virgen) cuando sería tan fácil decir la verdad y resultaría igualmente tentador. Cabo Polonio es un lugar imperdible para visitar y puede resultar una verdadera aventura quedarse unos días allí (sobre todo si se levanta una tormenta, no me quiero imaginar). Es cierto que no todas las viviendas tienen electricidad y, dicen, tampoco agua corriente y las comodidades distan mucho de Punta de Este, pero decir que no tienen contacto con la civilización es, por lo menos, mentiroso.

Una media hora después de viajar arriba del camión nos bajamos a metros de la playa (Polonio no tiene mucho más que eso, playas). Como ya era mediodía sacamos nuestros sándwiches de mortadela no sin antes bañarnos en protector solar. Como dije antes: era un día ideal para la playa, lo que significa que no había una sola nube en todo el cielo, no había viento y hacía calor. Pero el sol mataba. Para hacer la digestión decidimos caminar. Recorrimos la orilla sorteando grandes piedras y creímos ver, en una pequeña isla a lo lejos, una colonia de lobos marinos. Sin proponérnoslo, unos metros más adelante nos topamos con otro grupo de lobos marinos, pero esta vez más cerquita, de nuestro lado de la orilla. Siempre me resulta atractivo observar el comportamiento de los animales, sobre todo si están en grupo, y si además son animales que uno no tiene la posibilidad de ver habitualmente, mucho mejor. Lo que no resultaba atractivo era sentir el olor nauseabundo que despedían (¡y eso que se bañan todo el tiempo!). Así que después de unas cuantas fotos y mientras escuchábamos los alaridos de un macho que parecía estar reclamándole un calzoncillo mal lavado a su esposa, seguimos camino en dirección al faro que estaba justo a nuestras espaldas. Subimos las empinadas e interminables escaleras del faro (no apto para cardíacos y/o treintañeros convencidos de que conservan el ímpetu adolescente) y pudimos tener una fabulosa vista de todo el Cabo Polonio. Imaginé la noche, imaginé el faro encendido y recordé los 12 segundos de oscuridad a los que le canta Drexler).

Polonio desde el cielo

Volvimos caminando por la playa al lugar de partida y ahora sí, a tirar las lonitas, largar los bolsos y meternos al mar. Tomamos sol, tomamos helado, volvimos al mar. Cuando empezamos a ser conscientes de que era nuestro último día junto al mar decidimos caminar por la playa hasta las dunas. Caminamos y caminamos por una playa que se hacía más ancha a medida que iba desapareciendo la gente. Alguno caminando por aquí, otro tirado en la arena por allá. Cientos de caracolitos desperdigados, las burbujitas de las almejas respirando bajo la arena y, para qué obviarlo, algún que otro lobito en descomposición encallado en la arena (por suerte menos olorosos que los vivos).

Sacando el detalle del lobito, todo lo que aparecía ante los ojos era espectacular. Qué más espectacular que el mar (y acá había mucho mar ante los ojos), casitas chiquititas de tan lejanas y mucha arena sin huellas, sin rastros humanos. Ahora entendía un poco mejor el empeño de Rodrigo y sus palabras. El paso del hombre ha ido diezmando la naturaleza de tal modo que nos cuesta encontrar belleza natural a nuestro alrededor. Y en el fondo ansiamos encontrar ese lugar a salvo donde podamos sentirnos libres y en comunión con la naturaleza, alejados del poder destructor del ser humano (digo yo, como si fuera marciana). Como me suele pasar ante esos paisajes, me entró un dejo de desesperación: la casi certeza de que en unos años (tal vez la misma cantidad de años que hacía que yo no iba a Cabo Polonio, unos 15) el lugar habrá cambiado demasiado. Aún sabiendo que el gobierno ha impulsado medidas, como una ley que impide construcciones en la zona de dunas para conservarlas, Polonio vive gracias al turismo. Entonces, a mayor cantidad de turistas, mejor para el cabo. Aunque también sabemos que a mayor cantidad de turistas, peor para el cabo.

chiquitito

Tan encantados estábamos con el lugar que no tuvimos en cuenta que el mismo trayecto de ida había que hacerlo para volver. A duras penas logramos llegar al punto de partida, casi sin fuerzas para nada más que esperar en la parada a que llegara el camión que nos llevaría de vuelta “a la civilización”. Nos quedamos con ganas de recorrer un poco más las callecitas de arena, los negocios, la aldea en sí. Pero el tiempo es tirano (aún fuera de la tv) y nuestras fuerzas limitadas.
El apuro por volver respondía también a la necesidad de llegar a tiempo para tomar el colectivo de vuelta a la Pedrera (si no alcanzábamos ése, teníamos que esperar hasta las 11 de la noche). Llegamos puntuales a la parada pero el que no llegó puntual fue el colectivo, al que tuvimos que esperar unos 40 minutos. Estaba atardeciendo y cuando llegamos a La pedrera ya era de noche. Nos dimos un baño rápido y salimos a comprar algo para comer antes de el cansancio nos ganara. Rechazamos una invitación de Janneo para unirnos a la cena con los demás huéspedes del hostel haciendo alguna cosa en el horno de barro. Estábamos molidos y además teníamos que madrugar para tomar el colectivo a las 6:30 de la mañana. Dejamos los bolsos preparados y hasta tuvimos la precaución de comprar espirales para no padecer otra noche mosquitera. No sé si los espirales son tan eficientes en su tarea de diezmar mosquitos o nuestro agotamiento estaba más allá de cualquier molestia nocturna. Ni siquiera las voces de los que se reunieron junto al horno de barro (nuestra habitación daba directamente al patio) lograron molestarnos. Todavía no habían empezado a cenar cuando nos quedamos profundamente dormidos.

Nos despedimos de la Pedrera en medio de la noche pero acompañados por una inmensa luna llena que aparecía sobre la ruta. Unas cuatro horas después volvíamos a la estación Tres cruces de Montevideo, ya emprendiendo el regreso, esta vez por los caminos del interior del país.

[Continuará]

Fotos del viaje.

.Seguir al capítulo 11: Tacuarembó.
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martes, 10 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 9. La Pedrera

Sábado 7 de febrero.

Llegamos a La Pedrera alrededor de las 11 y fuimos directamente a El Tucán, que estaba a una cuadra y media de “la terminal” (una oficina con un escritorio y un empleado con cara de muy aburrido). El señor que por teléfono sonaba a viejo y duro de entendederas resultó ser Janneo Da Motta, un cuarentón muy simpático que se alegró muchísimo cuando nos vio (tal vez seguía dudando de nuestra palabra). Más tarde yo recordaría que ya había contactado a Janneo por email cuando hacía los preparativos del viaje e incluso había averiguado que se trataba de una personalidad conocida en La Pedrera, que vive allí hace muchos años, es escultor y organizador entre otras cosas del “Carnaval de La Pedrera”. Pero en aquel momento descartamos al Tucán porque no ofrecía la posibilidad de utilizar la cocina (como en los demás hostels). Una vez en Uruguay, y habiendo dejado de lado muchas otras opciones por otros motivos, recalamos allí. El “hostel” es una vivienda común y corriente a la que le fueron construidas algunas habitaciones en la planta alta, muy sencillas pero cómodas y agradables. Todas tienen baño privado aunque con un detalle un poco “tropical” (por llamarlo de alguna manera) para mi gusto: el baño no tiene puerta, apenas una cortinita de tela casi transparente. Pero a estas alturas no íbamos a estar buscándole el pelo al huevo y más allá de ese detalle todo lo demás era muy satisfactorio (y ni siquiera había carteles como en el Ibirapitá donde para solicitar que no tiraran papeles al inodoro exhibían una desagradable foto como ésta:
this may happen


Sin siquiera acomodarnos en la habitación (ya que todavía faltaba limpiarla) fuimos a dar unas vueltas, dejándole nuestros bolsos a Janneo. Aprovechamos para averiguar sobre los pasajes para Cabo Polonio y para Montevideo (ya que en dos días planeábamos partir hacia Tacuarembó). Sacamos los pasajes, hicimos reservas en un hotel y nos fuimos a almorzar opíparamente. Para bajar la comida y la cerveza caminamos por la única calle asfaltada hasta llegar al mar. Lo poco que yo recordaba de La Pedrera era bastante alejado de lo que veía ahora: casas por aquí y allá, todas para turismo, más negocios, más autos, más gente. De todos modos, aún se conserva un espíritu más relajado y menos exhibicionistas que lo que será, supongo, Punta del Este. Pero la costa uruguaya ha cambiado sustancialmente y ya no es el paraje desolado al que llegaban sólo viajeros hippies; ahora llegan familias, matrimonios mayores, el rango se ha ampliado. Y lógicamente la oferta de servicios también. Yo no creo que el progreso sea necesariamente malo y de hecho la Pedrera aún conserva ese encanto de pueblito costero cool, pero creo que inevitablemente con el paso de los años se convertirá en otra ciudad balnearia atestada de gente que huye de la ciudad buscando “tranquilidad”. De hecho, nosotros éramos dos de esas personas. Por suerte, para eso falta mucho, La Pedrera es todavía un lugar encantador.

patovicas playeros

Teníamos muchas ganas de meternos al agua así que volvimos al hostel a ponernos la malla y al rato estábamos otra vez frente al mar. Se había nublado un poco y había viento pero no quisimos perdernos esa tarde ya que nos quedaban pocos días de playa. Nos bañamos, tomamos sol, caminamos por la arena, esas cosas banales y relajantes.
Volvimos antes de que cayera el sol porque el viento nos había dado ganas de un baño tibio. Hicimos fiaca hasta que empezamos a tener hambre y salimos a buscar algo para cenar. Luego de buscar inútilmente algo parecido a una rotisería, compramos unas empanadas que estaban exquisitas aunque al parecer mi estómago no pensó lo mismo. Casi no pude dormir del dolor que tenía y Pablo tampoco, pero por los mosquitos. Mientras veía a Pablo tirar manotazos en la oscuridad y tal vez producto de mi insomnio, mi mente volaba otra vez a Ingrid (Betancourt, por supuesto) mientras la imaginaba en medio de la selva atacada por los mosquitos que ella no podía espantar por estar encadenada. Recordé que hay una forma de tortura que consiste en impedir que la víctima concilie el sueño y pensaba que los mosquitos podían ser un agravante de esa tortura. Nos veía a Pablo y a mí formando parte de esa tortura involuntaria y una vez más entendía que lo nuestro se solucionaba con una buscapina y unos espirales. Sin embargo, el sólo recuerdo me provoca una terrible picazón por todo el cuerpo mientras escribo esto (y no hay ni un mosquito a la vista).

Cuando amaneció yo no estaba muy segura de poder ir a Cabo Polonio, el lugar que habíamos planeado visitar. Me sentía realmente mal pero por otro lado era la última oportunidad que teníamos de ir ya que al día siguiente volvíamos a la ciudad. Yo ya había estado en el cabo hace muchos años y aunque tenía un recuerdo vago sabía que era imperdible y por esa razón quería que Pablo lo conociera. Hice un esfuerzo y salimos a desayunar (el Tucán no ofrecía ni siquiera desayuno). La mañana estaba fresca y la calle estaba desierta. Por suerte encontramos una panadería que tenía una máquina de café y pudimos tomar algo caliente (yo elegí un té). Eso me hizo sentir mejor. Para la hora en que salía el colectivo ya estaba lista para disfrutar lo que resultó ser uno de nuestros mejores días de vacaciones.

[Continuará]

Fotos del viaje.

.Seguir al capítulo 10: Cabo Polonio, entre dunas.
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lunes, 9 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 8: Fortaleza de Santa Teresa, recuerdos olvidados.

Viernes 6 de febrero.

Originalmente habíamos reservados dos noches en el Ibirapitá, pero como Rodrigo (el dueño del hostel) nos había dicho que desde ahí hacían tours al Cabo Polonio, decidimos quedarnos un día más. Pero Rodrigo parecía más argentino que uruguayo por su charlatanería y desparpajo, su facilidad para hablar sin decir mucho, su habilidad para convencerte rápidamente. Y por su manejo del inglés:
- “What are you going to make tomorrow? We have a very interesant tour” -decía mientras trataba de interesar a dos alemanas para el tour a Cabo Polonio.
Nosotros ya estábamos interesados y por eso nos quedamos una noche más en el hostel con la esperanza de que Rodrigo juntara la gente necesaria (la multitudinaria cifra de 6 personas) para hacerlo. A diferencia del dueño del hostel EL Tucán, que no podía asegurarnos nada, Rodrigo no dejaba sombra de duda de que el tour se realizaría. Por supuesto, nunca se realizó; finalmente lo haríamos nosotros por nuestra cuenta (lo que nos ahorraría unos buenos pesos).

Ése era entonces nuestro último día en La paloma (aunque todavía no teníamos alojamiento seguro en La Pedrera para el día siguiente) y no teníamos nada planeado todavía. Después de desayunar fuimos hasta la Terminal a ver qué lugar podíamos visitar. Pensábamos en Punta del Diablo, un pueblo de pescadores con playas muy bonitas pero ninguna otra atracción. Conseguimos un folletito que nos daba las diferentes opciones que teníamos cerca y nos decidimos por la Fortaleza Santa Teresa (10 km pasando Punta del diablo) porque según el escueto folleto, además del fuerte había playas, una reserva natural, avistamiento de aves y tortugas. Sacamos los pasajes, fuimos hasta el hostel a buscar los bolsos y volvimos a esperar el micro. Dos horas después, el guarda nos anunciaba la parada: Fortaleza.

fortaleza

Unas 6 personas nos bajamos del colectivo. Los demás empezaron a caminar, al parecer seguros de su camino. En nuestro caso no sabíamos muy bien cómo seguía el recorrido. Ante nosotros se levantaba una mole de piedras (una verdadera fortaleza) que no tenía entrada visible ni otra atracción que sus paredes. Era la una de la tarde, un sol impiadoso y ninguna sombra a la vista. Y nosotros teníamos hambre. Nos acomodamos junto a una de las paredes de la fortaleza para aprovechar la escasa sombra (casi estábamos aplastados contra la pared) y almorzamos nuestros sándwiches. Ya con mejor ánimo, empezamos a caminar recorriendo el perímetro de la fortaleza. Para nuestra alegría, a la vuelta estaba la entrada propiamente dicha (nadie nos había avisado que el micro nos dejaría en la parte trasera). La fortaleza es hoy un museo muy bien conservado que comenzó a ser construido por los portugueses en el año 1762. Antes de que se terminara fue tomado como botín de guerra por los españoles, quienes finalizaron su construcción. Se trataba de un lugar estratégico en el mapa de esos tiempos. Luego de una de las tantas guerras de aquellas épocas, a mediados del siglo XIX la fortaleza pasó al olvidó y la arena se encargó de enterrarla. Recién en 1928 sería reconstruida con fines turísticos.

Cuando estábamos atravesando el enorme portón para visitarla, le dije a Pablo: “A mí me suena conocido este lugar, tal vez haya venido aquella vez con Virna pero no lo recuerde bien. O tal vez haya visitado alguna fortaleza parecida en otro lugar” (todas las fortalezas se parecen, que en aquella época no había tanto paisajismo y diseño de interiores). Pero sólo la parte de afuera me resultó conocida. Una vez adentro, visitamos las distintas dependencias que reconstruyen los ambientes de la época en que Uruguay se dedicaba a defenderse de sus enemigos. El calor era insoportable, pero adentro de cada habitación la sombra y el fresco de las piedras hacían que uno quisiera quedarse a vivir. Aunque bastaba imaginar ese lugar en invierno, ver las letrinas compartidas, pensar en el transcurso de los días en ese lugar inhóspito a la espera de algún visitante indeseado, para que la frescura se tornara un poco asfixiante.

espera

Al finalizar el paseo el calor se había tornado más insoportable y así estaban nuestros ánimos. No sabíamos qué más se podía hacer por ahí, no veíamos ni rastros de la playa y cualquier arboleda parecía estar a varios kilómetros. Decidimos caminar por la ruta donde nos había dejado el micro siguiendo el camino que bajaba (y dónde nos habían dicho que debíamos esperarlo para volver). Unos metros más abajo y luego de atravesar una tranquera custodiada por gendarmes, comenzaba una enorme arboleda donde también aparecían carpas y casas rodantes. Estábamos en el Parque Nacional Santa Teresa. Yo quedé encantada con ese lugar de árboles añosos y altísimos, mucho verde y playas al final de cada camino. Le comenté a Pablo que no tenía ni idea de que existía ese lugar (que ni siquiera estaba muy promocionado turísticamente) y que me hubiera gustado pasar algunos días allí. Lo tuvimos en cuenta para nuestro próximo viaje.

Caminamos por las callecitas arboladas, pasamos por la mini terminal de ómnibus para asegurarnos el pasaje de vuelta y seguimos bajando hasta la playa. Una playa hermosa, anchísima, con poca gente, con un enorme mar azul (inevitablemente cada vez que pensaba en el mar azul venía a mí la canción de Cristian Castro devenida en publicidad de una ciudad balnearia de Argentina. Llegué a odiar esa canción, pero no podía evitar cantarla. Aquí también una parodia). Pero ya se sabe que lo bueno dura poco: al rato de estar disfrutando del agua y el sol se levantó un viento que en pocos minutos cubrió todo de arena, voló sombrillas, ahuyentó turistas. Rápidamente la playa quedó casi desierta y nosotros decidimos que tampoco teníamos por qué padecerlo. Resignados, juntamos nuestras cosas y buscamos un lugar al reparo. No hizo falta caminar mucho porque el viento no llegaba al bosque. Tomamos nuestros mates y nos dispusimos a recorrer el parque. La oficina de informes no fue de mucha ayuda porque las indicaciones eran muy vagas (al igual que el informante) pero igualmente pudimos llegar hasta la pajarera, luego de caminar un par de kilómetros por unos senderos arbolados, silenciosos y sombreados.

sombreado

La pajarera incluía curiosamente monos y conejos. Más allá, un pequeño estanque con patos rodeado de palmeras y santa ritas, formaban una hermosa postal del atardecer. Ya era hora de volver si no queríamos perder el último micro a La Paloma. Teníamos tal cansancio que el viaje se hizo relativamente corto porque aprovechamos para dormir (aún soportando las quejas de quienes tenían que ir parados porque no se habían preocupado por sacar boleto con anticipación).
Cenamos algo rápido (Pablo ya se había comprado unos sandwiches de milanesa que yo me abstuve de probar) y nos fuimos a dormir, agotadísimos. Al otro día nos esperaba el corto viaje a La Pedrera y la incertidumbre de nuestro alojamiento en el Tucán.

Antes finalizar este día necesito hacer una digresión: ya de vuelta de nuestras vacaciones estábamos viendo las fotos con un amigo con el cual alguna vez viajé a Uruguay, unos 15, 16 años atrás. Yo comenté lo mucho que me había gustado el parque de Santa Teresa y él me dijo: “¿Pero no te acordás? No sólo visitamos la Fortaleza, también acampamos en el parque”. Pues no. No recuerdo absolutamente nada de ese lugar, de hecho, casi no recuerdo nada de esas vacaciones, salvo el último día en que padecí un edema de glotis que el médico que me atendió entonces resumió con estas palabras: “no te moriste de casualidad”. Tampoco tengo fotos de ese viaje (evidentemente no había llevado cámara, cosa totalmente extraña en mi). Tal vez haya sido ese episodio cercano a la muerte el que borró mis recuerdos de ese viaje aunque no entiendo por qué se empeña en guardar el peor de todos. O tal vez esté más vieja de lo que creo y el Alzheimer me esté cercando.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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