domingo, 4 de marzo de 2012

Notas de viaje - Montevideo (4)



4. Rodó, carnaval y fiesta obligada.

Viernes. A las 8 hs estábamos despiertos. Baño y a desayunar: bebidas varias, yogurt, pan y dulce, aunque para Pablo es pobretón, quiere medialunas. El problema es que el café no está caliente y el microondas está roto. Ya empezamos a encontrarle contras al hostel. Tiene dos cocinas, una pequeña e incómoda en la planta baja y una más grande y bien equipada en la planta alta (donde se sirve el desayuno). Pero por cuestiones que sospechamos de lucro del hostel (venden tragos) la cocina de arriba está cerrada todos los días de 19 a 2 am, o sea para la cena. Lo dice un prolijo cartelito que tienen en la puerta de la cocina. Tampoco la heladera de arriba, la más grande, puede usarse porque es sólo es para el staff; la de abajo es pequeña e insuficiente para todos los pasajeros. 

Después del desayuno salimos a tomar el colectivo rumbo al parque Rodó (rápido, semi-vacío y con guarda). Nos bajamos al comienzo del parque y empezamos a caminar sin rumbo. Es un parque grande, con algún parecido al parque Independencia de Rosario, con caminos amplios, muchos árboles, muy limpio y, al menos a esa hora de la mañana, muy tranquilo. Cruzamos por un puente sobre un laguito y seguimos caminando hacia la costa. Pasamos por una fuente y una estatua de Confucio que no sabemos muy bien a título de qué estaba ahí. Salimos a una parte de la costanera que tenía playa (Ramírez). Lamentamos no haber llevado la malla porque el día estaba especial para tirarse en la arena y el mar. Así que no quedó otra que caminar por la costanera, esta vez hacia Pocitos. Montevideo tiene kilómetros de costanera con diferentes paisajes. A esa altura rogábamos al cielo que las escasas nubes taparan un poco el sol porque la caminata se estaba poniendo calurosa. Pasamos por el memorial del Holocausto del pueblo judío, que a simple vista puede parecer un rejunte de piedras tiradas al azar, pero que según donde uno se parara, la sensación cambiaba. La opresión frente al mar. 

memoria

La caminata era apacible pero hubiésemos preferido algunos arbolitos que menguaran el calor que daba el sol. Finalmente llegamos a una estación de servicio donde compramos agua y nos sentamos un rato a la sombra. En esa parte del parque había una serie de aparatos para hacer gimnasia ya que es el final de un circuito aeróbico. Me subí a jugar un rato, feliz como niño con juguete nuevo. Nunca fui a un gimnasio porque no me gusta hacer ejercicio, pero ahí frente al mar era otra cosa. Retomamos la caminata en el mismo sentido y llegamos al faro. Subimos, claro. No es muy alto pero tiene una linda vista de la costa de la ciudad. Una vez abajo empezamos a pensar en volver ya que la caminata de más de dos horas bajo el sol estaba empezando a doler. Además, el hambre. Habíamos visto por unos carteles que por esa zona estaba el shopping Punta Carretas, otra de las menciones de Polifemus, famoso por estar en las instalaciones de una antigua cárcel, donde los tupamaros protagonizaron la fuga más numerosa de la historia. Quise visitarlo porque me entusiasmaba la idea de un shopping en una cárcel y fuimos caminando por el paquete barrio de Punta Carretas, una especie de Recoleta pero más discreto y menos ostentoso. El shopping resultó ser tan shopping como todos, lo que queda de la arquitectura original es poco y nada. Pablo dice que recordarle a la gente que eso era una cárcel no es una atmósfera muy propicia para comprar; yo pienso, en cambio, que la sensación de opresión bien puede llevarte al consumo como forma de evasión. Pero sospecho que los especialistas en marketing deben coincidir más con Pablo que conmigo. 

bicicleteando

Tomamos un colectivo que por el cartelito decía que iba a la Ciudad Vieja, pero antes dio todo un rodeo recorriendo Pocitos hasta Tres Cruces, por lo que tardamos un buen rato para llegar al hostel. Por la zona de la terminal, había carteles prolijamente colgados en casi todos los árboles que decían “Magia negra” y aclaraba “No es religión”. Bajamos en la 18 de Julio para pasar por el Ta-Ta (“el” súper de Montevideo) y compramos unos francfurters (así le dicen a las salchichas) que vendían sueltos, para que el arroz no se sintiera tan solito. 

Después de la siesta obligada merendamos con un yogurt mientras yo miraba una de las revistas que estaban en la sala de estar del hostel. Resultó ser una revista que vendía propiedades de todo el mundo, que oscilaban entre los 600.000 a los 10.000.000 de euros. No nos decidimos por ninguna. Salimos a caminar para ver los preparativos del desfile inaugural del carnaval pero al parecer todavía era temprano: la calle estaba cortada, las sillas ya estaban en hilera, pero no había mucha gente ni murguistas preparándose. Volvimos al hostel a descansar (signos de la vejez: la siesta no alcanza para recuperar fuerzas), hicimos crucigramas y pasadas las 20 volvimos a salir. Ahora sí: estaba todo listo para el desfile (programado para las 20:30). Aproveché a sacar fotos mientras todavía había un poco de luz y buscamos un lugar para ver el desfile. 

Nos ubicamos al final de la primera cuadra de la 18 de julio, justo detrás de una hilera de sillas, lo que me permitía ver sin problemas (especialmente a mí, que debido a mi escasa estatura sólo suelo ver nucas en los eventos multitudinarios). Lo único de lo que no nos percatamos fue del foco de luz que no encendía justo en esa esquina con lo cual, cuando empezó a oscurecer, ese lugar quedó menos iluminado, con la consabida consecuencia en las fotos y videos. Arrancó a eso de las 20:45. Pasaron comparsas, murgas, grupos musicales, grupos humorísticos y publicitarios. Y volví a sorprenderme con las bailarinas que hacían tremendas coreografías en tacos altos sobre el asfalto (y se suponía que la pasada completa duraba más de una hora), las señoras gordas y añosas que bailaban con toda la onda, la algarabía de la gente que acompañaba, los pibes que se mezclaban entre los que desfilaban y bailaban con ellos y se tiraban espuma. Contagiaban alegría. 

arlequines

Nos quedamos hasta las 23:00 porque no nos daban más las piernas y teníamos hambre. Hubiéramos querido presenciar el desfile de nuestros coterráneos La Cotorra pero estaban programados en el penúltimo lugar y recién había pasado la mitad de los participantes. No íbamos a soportar dos horas más parados y sin comer. Mientras caminábamos hacia el hostel entre la gente, pensábamos en los vecinos que odian el carnaval y tienen que soportarlo porque viven por los alrededores. Supongo que los que pueden se irán a otra ciudad o a otros barrios para evitar el ruido, bastante insoportable por cierto. Lo que sorprende es el operativo de limpieza: al día siguiente por la mañana la avenida estaba limpita y ordenada como si nada hubiera ocurrido. 

Cuando llegamos al hostel nos invitaron a que subiéramos a la planta alta donde había una fiesta con un grupo que presentaba su disco. Cenamos rapidito y aunque evaluamos la posibilidad de subir a la fiesta y socializar un poco, decidimos quedarnos a dormir porque estábamos cansadísimos y lo poco que se escuchaba no era muy tentador. La cuestión es que después empezó a escucharse más de lo deseable y tuvimos que soportar el ruido de la fiesta hasta cerca de las 4 de la mañana. Cerca de las tres Pablo fue a la administración a quejarse porque no podíamos dormir pero la encargada (una jovencita) le respondió algo así como que era carnaval, que la gente venía a divertirse (al parecer, obligadamente) y que la música iba a seguir. Volvió a la habitación iracundo y no nos quedó otra que aguantarnos mientras nos prometíamos que era la última vez que íbamos a ese hostel (se los recuerdo por las dudas, es el hostel El Viajero, y que le íbamos a dejar una crítica espantosa en Tripadvisor y todas esas cosas que uno dice en esos momentos para sacarse la bronca. Si bien hay diversos tipos y estilos de hostels, y nosotros acostumbramos a ir a ese tipo de alojamiento en nuestros viajes, la mayoría te vende la “buena onda”, “momentos de diversión”, “formas nuevas de conocer gente” como sus servicios principales. Nosotros lo único que queríamos era dormir. Mi teoría es simple y lapidaria: ya estamos viejos para hostels.

[Continuará]