jueves, 19 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 3. Montevideo amable

. Lunes 2 de febrero

Fue una noche difícil. En Montevideo no hay basura en las calles, no hay gente agresiva, pero hay mosquitos. Muchos y muy hambrientos. Nuestra primera noche en Montevideo fuimos atacados por una horda de mosquitos que además de dejarnos marcas en la cara y todo el cuerpo (que en mi caso duraron todas las vacaciones) apenas si nos dejaron dormir.

Será por eso que nos levantamos temprano y luego de un apetitoso desayuno en el hostel, salimos a caminar. Visitamos el puerto y el famoso Mercado del puerto (y una vez más, las canciones sonando en mi cabeza, ahora con Pinocho Routin que hace de ese escenario una hermosa pintura musical). Este mercado fue inaugurado en 1868 y aunque gran parte del edificio ha sido reconstruido, tiene ese encanto de las cosas antiguas. Hoy funcionan allí un gran número de locales gastronómicos que, según dicen, sirven exquisiteces. Nosotros no las probamos porque eran las 10 de la mañana, pero pudimos ver cómo se empezaban a acomodar prolijamente las achuras, matambres y costillas sobre las parrillas. Es visitado por muchos turistas pero también por muchos uruguayos que suelen almorzar allí.
preparando el asadito

Seguimos caminando hasta llegar a la escollera Sarandí, un largo camino de piedras con muchos pescadores y un sol implacable que ya nos empezaba a acobardar. Para volver retomamos la ciudad vieja. Esta vez pudimos ver que al ser un día laborable, la zona perdía un poco su imagen turística y se volvía una ciudad como cualquier otra, con mucha gente caminando de una oficina a otra, camisa y trajecito, carpetas. Pero una vez más, las diferencias saltaron a la vista: no había bocinazos, gritos histéricos, violencia contenida. Y como siempre, la limpieza en las calles. Ni una sola caca de perros. Incluso había pocos perros callejeros. Eso nos dio que pensar y llegamos a elucubrar las teorías más escabrosas ¿Era Montevideo una ciudad civilizada que no dejaba los desechos de sus mascotas a la vera del camino y que no abandonaba perros? ¿O era una ciudad tremebunda que sacrificaba animales en masa –seguro que algún gato caía en la volteada- para evitar al ciudadano el oprobio de pisar caca, para dar una imagen de ciudad limpia, para esconder la escoria bajo la alfombra?. ¿Había una sociedad secreta que salía a cazar perros callejeros para usarlos como plato principal en los mejores restaurantes?. Nos inclinamos, claro, por la primera opción. No había nada extraño ni inexplicable; éramos nosotros los que teníamos la mirada contaminada por un país que se ha acostumbrado demasiado a las malas costumbres.

Uno puede asimilar rápidamente formas de vida diferentes, sobre todo cuando esas formas de vida se asemejan al ideal. Uno asimila la limpieza, el silencio, la amabilidad. Pero hay algo que para nosotros fue la pauta de que tal vez exista vida extraterrestre y los uruguayos sean en realidad marcianos. He aquí la situación: uno va caminando por una zona bastante transitada y al cruzar la calle, sea por la esquina o por la mitad de la calle, haya o no semáforo, los autos… ¡le ceden el paso!!! A ver si me explico: uno no sólo no tiene que andar sorteando automovilistas que aceleran cuando el semáforo está en amarillo, que se detienen sobre el paso peatonal, que pisan el acelerador cuando ven a una viejita bajar del cordón; sino que además, aún sabiendo que estamos cruzando por el lugar incorrecto, el conductor frena para darnos paso. Doy fe, lo vivimos. Y no fue sólo en un par de oportunidades, fue en todas, y fueron motos y autos y colectivos. De hecho, yo ya lo había experimentado hace muchos años cuando pasé esa tarde en Montevideo. Aunque había imaginado que era una ilusión mía o que tal vez el progreso se habría llevado esa bonita costumbre. Pero no. Montevideo es una ciudad donde los autos son menos importantes que las personas.

Abrumados por tanta cordialidad, volvimos al hostel a comer menú de hostel: arroz con atún. Dormimos la acostumbrada siesta y luego partimos hacia la playa donde habíamos sido avisados de otro evento que tuvimos la suerte de presenciar y que sólo ocurre una vez por año: la fiesta de Iemanjá.
Por indicaciones que no entendimos del todo bien, esperamos el colectivo en el lugar equivocado pero la amabilidad del chofer (supongo que se apiadó de vernos tan turistas) nos permitió subir igual. Mientras le pagaba al guarda (todos los colectivos tienen un guarda que se encarga de cobrar el boleto y no exige “pago justo”) Pablo aprovechó para preguntar si estábamos en el coche indicado para llegar a la Playa del Buceo. La respuesta nos preocupó un poco:
- Noooo, éste no va para allá, te dejamos a unas cuadras – dijo como si eso hubiera significado que nos dejaba en el barrio siguiente.
Decidimos seguir igual porque ya habíamos pagado y porque estamos acostumbrados a caminar. Finalmente las “cuadras” de distancia eran sólo dos. Con el pasar de los días entenderíamos que cuando te dicen “te dejo en tal lado” es realmente así, nada de “por ahí cerca”, a “unas cuadras” o como suelen decir en otros lugares “a 5 minutos caminando” (como si todos camináramos a la misma velocidad). El montevideano es un tipo preciso.

Los colectivos son bastante nuevos, siempre hay música sonando (que por suerte no es reggaetón) y como en todo Uruguay mucha gente sube con su termo bajo el brazo. Es lo que veríamos a lo largo de todo nuestro viaje: el termo parece ser una extensión del brazo. Tienen una extraña habilidad para llevar el termo, el mate siempre listo y además hacer otras cosas como pagar el boleto y guardar el vuelto. Eso nos hizo elaborar diversas teorías que desarrollaré más adelante y que yo resumí con la expresión “el gen uruguayo”.

Pero algo le tenía que encontrar a los montevideanos, que no se puede ser perfecto. Nos habíamos sentado en unos asientos cerca de la puerta de salida. Había mucha gente y de repente escuchamos un señor mayor que sin decir ni “buenas tardes” ni “agua va” empezó a cantar a viva voz. Primero fue un bolero (ese que dice: “no existe un momento del día, en que pueda arrancarte de mí”) y luego “Te quiero” de Benedetti. Viendo que nadie se inmutaba y ni siquiera aplaudía cuando terminaba la canción, pensamos que se trataba de un señor chiflado que había sido cantante en su juventud (ya se sabe que en Montevideo hay poetas, poetas, poetas) y que los pasajeros estaban acostumbrados a topárselo (y tal vez ya estuvieran patilludos de escucharlo). En realidad no: era un artista callejero que al terminar las dos canciones dijo “gracias por escuchar y por colaborar” y se bajó (creo que sin recolectar ni una moneda). Me resultó extraño y hasta un poquito desilusionante. Aquí mismo en Rosario uno suele encontrarse con unos guitarristas que vociferan a grito pelado y siempre hay alguno que se anima a aplaudir y los demás acompañan. Después de todo no deja de ser un momento de alegría. Tal vez será porque alguna vez en mi juventud fui una artista callejera (aunque lo mío era bailar y cabe aclarar que no lo hacía en los colectivos) que estos “artistas” siempre me inspiran algo de ternura, sobre todo si son personas mayores como ésta. Cuando caí en la cuenta de lo que pasaba ya no tuve tiempo de reaccionar y darle una moneda, lo que me dio un poquito de pena. Y me resultó un tanto antipático que nadie le diera ni cinco de bolilla. Algo tenían que tener estos uruguayos; igual se lo perdonamos.

mateando en la playa
Al llegar a la playa quedamos sorprendidos de ver tremendo mar donde pensábamos encontrar un río. La playa era muy linda, amplia y el agua estaba hermosa. Fue nuestro primer día de playa. Después de los consabidos mates y zambullidas en el mar empezamos a notar la llegada de los primeros devotos de Iemanjá. Y ahí nos acercamos, con nuestras cámaras listas para disparar. Pero eso, mejor lo dejo para la próxima entrega.

[Continuará]


Fotos del viaje.

. Seguir al Capítulo 4: Al ritmo de Iemanjá.
. Volver al Capítulo anterior.

2 comentarios:

Mauro Montenegro dijo...

Marisa: Te felicito por este (magnífico) relato, muy entretenido, y muy lleno de misterios.
Un abrazo.

Marisali dijo...

Muchas gracias Mauro! Me alegro de que sea entretenido porque tengo en karma de no saber escribir más sintéticamente. Saludos!