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sábado, 10 de marzo de 2012

Notas de viaje - Montevideo (5)


5. Vamos a la playa

Sábado por la mañana: recorrimos la feria de la Ciudad Vieja cuyos puestos no eran muy diferente de los que había durante la semana. Aunque supuestamente la feria de la Ciudad Vieja sólo se hacía los sábados, al parecer ahora se había extendido a todos los días de la semana, aprovechando la cantidad de turistas. Es una mezcla de feria retro con artesanos, sin grandes atractivos. Aprovechamos también para visitar la catedral, que está cruzando la calle: de afuera no llama mucho la atención pero adentro es muy bonita e imponente. Aunque está muy bien conservada, parece un poco tétrica porque está levemente iluminada y no tiene muchos vitrales que dejen entrar la luz. La música ambiental con cantos gregorianos creaba un ambiente medieval.

Catedral de Montevideo

Nuestra siguiente visita fue a una librería que nos había llamado la atención desde afuera por una estructura circular de hierro con firuletes y la palabra “librería”. La habíamos descubierto en nuestra anterior visita, justo el día en que nos íbamos de Montevideo y esta vez habíamos pasado varias veces por la puerta y siempre estaba cerrada. Finalmente la encontramos abierta: se trata de la librería “Oriente y Occidente – libros antiguos y modernos” como dice la placa que está en la puerta. Un lugar que podríamos poner junto al café Brasilero para completar el paraíso. Paredes tapizadas de libros usados, ordenados en viejas bibliotecas de madera en secciones indicadas con letras de bronce; música clásica sonando y un dueño que no habla a menos que consultemos. La librería incluye un subsuelo al que no accedimos ni preguntamos si se podía pero en el que se podían ver decenas de estanterías repletas de libros. Un lugar para quedarse a vivir. Encontré un libro en inglés sobre Tolkien (en rigor, del hijo de Tolkien sobre el libro Silmarillion) que supuse que a Pablo podía interesarle y finalmente compró. Yo no elegí nada porque lo que estaba a nuestro alcance son libros que uno puede encontrar en las librerías de viejo de acá y otros que me compraría nomás por el objeto en sí no estaban a nuestro alcance. 

Al salir volvimos, casi como sonámbulos, a la calle Sarandí. Terminamos, como era de esperar, en la Puerta de la Ciudadela donde aprovechamos para sentarnos a descansar en un banco de la plaza. Desde allí se veía el teatro Solís y me pregunté en voz alta si se podría visitar. En las escalinatas se veía un grupo que era claramente de turistas así que fuimos hasta ahí. Llegamos justo cuando empezaba una de las visitas guiadas. Estos uruguayos tienen onda hasta para hacer una visita guiada. El guía era un muchacho bastante joven y atolondrado para hablar pero muy agradable que comenzó a contarnos la historia del teatro por la fachada y el hall principal. Una vez allí nos interrumpieron una chica y un muchacho con un tambor. Era parte de la visita y aparecerían varias veces más en los diferentes ambientes del teatro. Ella cantaba (precioso), bailaba e iba contando la historia del candombe mientras el músico la acompañaba. El teatro es bastante sobrio y moderno para los años que tiene (fue inaugurado en 1856) porque fue restaurado luego de un pequeño incendio y lo que queda de la construcción original es bastante poco: algunas columnas, las impresionantes arañas y la sala de teatro propiamente dicha. Es unos de los teatros reconocidos internacionalmente por su accesibilidad, es decir que además de rampas y ascensores tiene programas en braille y acondicionamientos para hipoacúsicos. Lo que desnuda la triste realidad de muchos lugares de nuestra ciudad que se hacen los integradores y sólo cuentan con una rampa en la entrada.

vestime que me gusta

La sala principal es muy cálida (aunque no tan impactante como el teatro el Círculo), tiene capacidad para unas 1200 personas y una cúpula preciosa. Una curiosidad que nos contó el guía: los palcos que están justo al lado del escenario ya no se venden porque la visibilidad es nula. Siempre fue así, sólo que en otras épocas la gente que compraba esos lugares lo hacía no para ver el espectáculo sino para ser vista por los asistentes. Cosas de ricos. También hay una sala “off”, con estética más moderna, para espectáculos de artistas nuevos y más experimentales con un total de 300 localidades. Visitamos además una muestra de vestuario, con trajes inspirados en personajes de ópera situados en diferentes épocas. 

Almorzamos por ahí y volvimos al hostel. Después de una siesta para recuperar el mal sueño de la noche anterior, nos fuimos a la playa de Pocitos. El día estaba especial: mientras esperábamos el colectivo teníamos que ponernos a la sombra porque nos asábamos. Una vez en la playa el viento leve ayudó a que el sol no calcinara. Pablo fue el primero en ir al agua y volvió feliz de la vida. Mi turno (es lo malo de ir en pareja sin amigos: alguien tiene que quedarse a cuidar los bolsos). Había que caminar como media cuadra para llegar a una cierta profundidad, camino por el que había que ir sorteando basuras y algas varias (lo que daba bastante asquito). Una vez mar adentro, el agua estaba hermosa. Había pocas olas y la temperatura ideal. Me quedé haciendo la plancha, nadando suave. Salí preparada a soportar mi habitual dolor de oídos al salir del mar pero ¡no apareció! Otra razón para amar a Montevideo y van…

playa Pocitos

Tomamos sol, sacamos fotos, hicimos crucigramas. Desde que habíamos llegado yo tenía hambre y esperábamos a que pasara algún vendedor para comprar algo pero sólo pasaban heladeros y un señor que vendía “borlas” de fraile y roscas; yo no quería nada de eso. Cuando Pablo se cansó de esperar y se levantó para ir a comprar un helado apareció una señora vendiendo pastrafrola y alfajores de maicena que nos salvó la tarde. Nuevos chapuzones en el mar, solcito para secar las mallas y cuando el sol ya empezaba a ocultarse detrás de los edificios (hay muchos por esa zona, por suerte no son tan altos) levantamos las cosas y caminamos por la orilla. 

Antes de volver para el hostel decidimos recorrer un poco el barrio de Pocitos, una de las recomendaciones de Polifemus que nos habían quedado pendientes la vez anterior. No resultó ser gran cosa porque no quedan muchos vestigios de otra época y los edificios nuevos se llevaron todo por delante. Sólo en algunas casas se adivinaba una época de esplendor. Es, claramente, una zona menos turística y ya pensamos para una próxima vez alojarnos por esa zona para “vivir” Montevideo de otra manera.


[Continuará]

sábado, 18 de febrero de 2012

Notas de Viaje - Montevideo (1).


1.Llegando está el carnaval.


Un nuevo viaje siempre es motivo de alegría, cualquiera sea el destino. Montevideo es destino conocido y querido; sólo serán cinco días, un pequeño descanso en medio del calor rosarino. Por ser viaje internacional nos piden estar 45 minutos antes en la terminal. Como somos demasiado puntuales llegamos una hora y media antes. Empezamos a palpitar el carnaval desde temprano: en la boletería, delante de nosotros, estaban los chicos de la murga La Cotorra, con quienes compartiríamos micro. Como es mi costumbre, antes de subirme al colectivo y por precaución, fui al baño. Era en la parte nueva de la terminal: un baño muy lindo y limpio pero… sigue estando la señora que pide la colaboración a cambio de mantener limpio el baño y darte papel higiénico. Cada vez que me encuentro con esta escena (no pocas veces, visito todos los baños públicos) me molesta esta modalidad que no recuerdo haber visto en otros países (aunque es posible que mi memoria no lo tenga presente). La limpieza de los baños así como la provisión de papel higiénico y jabón es obligación de la empresa (en este caso la terminal de ómnibus). Son ellos los que deberían pagarle un sueldo a esa señora, pagarle obra social y jubilación. ¿Por qué la limpieza del baño tiene que depender de la solidaridad de la gente? Recuerdo incluso que hace años, en la misma terminal, el cartel que solicitaba la colaboración pedía, conminaba casi: “Se colabora con la limpieza”.

Salimos de Rosario bastante puntuales (el horario estipulado era 23:30) teniendo en cuenta que los integrantes de La Cotorra llevaban decenas de bártulos, instrumentos, cajas y demás equipaje, que tardaron un buen rato en cargar. Vamos en coche semi-cama. No suelo tener problemas con los colectivos, mi estatura corta y contextura pequeña me permiten acomodarme en cualquier asiento. De hecho, mis pies no llegaban al piso y me deslizaba hacia abajo. Pablo sí tiene problemas: el asiento le queda chico y cuando el pasajero de adelante reclina el suyo casi no le queda espacio. Putea un buen rato y nos recordamos mutuamente que la próxima vez tenemos que comprar sí o sí coche cama. Pero después nos olvidamos y compramos lo que hay disponible en el momento. La azafata nos informa sobre el trámite que habrá que hacer en la aduana y las facilidades del coche, y nos avisa, casi pidiendo perdón, que nos pasará a servir una bandeja con una pequeña (remarca “pequeña”) cena. Es un sándwich de miga, una empanada fría y un pedacito de torta, más vaso de gaseosa. No es para pedir tanto perdón, hemos cenado cosas peores.

 A las 3:30 (4:30 hora uruguaya) llegamos a la aduana. Felizmente no hace falta que bajemos del micro, simplemente tuvimos que entregar nuestros documentos y esperar a que terminaran el trámite. El otro micro que salió de Rosario al mismo tiempo que nosotros e iba adelante no tuvo la misma suerte: los hicieron bajar a todos y hacer filita para presentar los documentos. Cosas del azar. Igual bajamos para estirar las piernas e ir al baño. El paisaje nocturno destaca la pastera Botnia muy iluminada y sin rastros del largo litigio que amenazó su funcionamiento. Varios carteles advierten acerca de la barrera sanitaria y los productos que no están permitidos ingresar al país. En ningún momento persona alguna nos informó sobre la barrera sanitaria ni tampoco verificaron que nadie llevara esos productos. Estos uruguayos son muy confiados.

esperando el carnaval

De regreso al micro y reiniciada la marcha, mientras intentaba dormirme, pensaba en la posibilidad de un accidente. Tengo una tendencia morbosa a pensar en la peor escena. Me sale naturalmente. Pensaba en la cantidad de gente que muere a diario en accidentes de tránsito y que de un momento a otro deja de existir. Sin presentimientos, sin avisos. Así, de golpe. Pensaba en la casa que quedaba llena de cosas ahora inútiles, mi familia enfrentando ese trágico hecho, el vacío repentino. Como pueden apreciar, no pasó nada. Pero siempre que veo esos martillitos en las ventanas con el cartelito “En caso de emergencia, romper el vidrio” me pregunto si servirán de algo, si ante la desesperación la gente se acordará del martillito, si el martillito será eficaz. Igual no tengo necesidad alguna de comprobarlo, es una duda nomás. 

Una hora después del trámite la aduana la azafata vuelve a despertarnos para darnos el desayuno. Casi nos ruega que nos mantengamos despiertos porque nadie le da bolilla. Tiene, sin embargo, un arma más efectiva para lograrlo: el café con leche que nos sirve está tan dulce como para producir un coma diabético por hiperglucemia. Lo tomo a duras penas pero no tardaré en arrepentirme, me cae como una bomba. Está empezando a clarear y mientras nos acercamos a Montevideo vamos viendo un paisaje más o menos conocido: kilómetros de campos, decenas de vacas, caballos. Con Pablo fantaseamos con la idea de comprarnos un campo en Uruguay, dedicarnos a la agricultura y los productos fitoterapéuticos. Del campo pasamos a comprar un escarabajo (VW Beetle, de los viejos) y nos preguntamos si será muy complicado el tramiterío para llevarlo a Argentina. Nos acordamos de Moreno, el secretario de Comercio y sospechamos que será más fácil comprar un Alfa Romeo directamente en Argentina. 

Poco antes de arribar a la terminal, la azafata saluda a los chicos de la murga (es la primera murga íntegramente no uruguaya en participar en la competencia), les desea suerte y les pide que canten algo. Tardan en decidirse, arrancan tímidamente pero al primero que se equivoca se empiezan a reír y ya no siguen. Están bastante dormidos. Pero no dejó de ser un lindo adelanto de lo que ya se palpitaba en Montevideo.

[Continuará]
Fotos del viaje.

. Seguir al capítulo 2: Suelo charrúa.

viernes, 5 de junio de 2009

DIARIO DE VIAJE - Cataratas - Día 4

~ Entre gritos y contemplación.

Otra vez a madrugar (¿quién dijo que eran vacaciones?) para poder desayunar antes de que nos pasaran a buscar a las 7:35 (por la ubicación de nuestro hotel éramos los segundos en el recorrido -¡maldición!-. Sólo en una ocasión quedaríamos penúltimos en la lista, pero sería precisamente el día en que nosotros no haríamos la excursión). Una hora después de que nos pasaran a buscar estábamos entrando en el Parque de las Aves, otra grata sorpresa del viaje. El parque es un predio selvático (está pegadito al parque nacional brasilero) con grandes jaulas que albergan diferentes especies de aves autóctonas. Algunas de esas jaulas son tan grandes que incluso los visitantes pueden entrar y caminar entre ellos (con los riesgos del caso, en el mío fue una cagada en la campera). Vimos tucanes (muchos tucanes, algunos de ellos hasta se dejaban acariciar), faisanes, loritos, cotorras, papagayos, colibríes, una boa (ya sé, no es pájaro), ñandúes (una vez más nuestro compañero de viaje, el de adelante, diciendo que “se cansó de ver ñandúes en los Esteros del Iberá”). Pablo y yo nos hubiéramos quedado mucho tiempo allí. Lamentablemente nos apuraron y tuvimos que terminar la visita en menos de una hora. Afuera nos esperaban los que no habían entrado al parque (era una visita aparte y se pagaba aparte) y teníamos que cumplir con el horario previsto. Ufa. Igual salí contenta: me encantan esos lugares, el sólo hecho de caminar entre ese verdor, los pájaros coloridos, la ilusión de que estamos más cerquita de la naturaleza aunque sea por un rato.

Volvimos a subir al micro sólo para bajarnos unos metros más adelante. Entramos al Parque Nacional do Iguaçu. Desde la entrada nomás se nota que este parque (tres veces más grade que el de Argentina según nos dicen) es más cuidado y modernizado que el otro: los boletos para entrar no se cortan, los lee una máquina; la gráfica es más simpática y colorida; los espacios más grandes. Tomamos un colectivo de dos pisos con dibujos de animalitos que nos llevó hasta el lugar donde empezaría la excursión del día: Safari Macuco. Advertidos, llevamos una muda de ropa para cambiarnos. Luego nos subimos al “Eco bus”, una especie de camioncito abierto que nos pasea por el medio de la selva mientras un guía nos cuenta algunas particularidades de ciertos árboles como el palmito y el timbó. Llegado a un punto más sinuoso del camino tenemos que bajarnos y abordar un jeep que hará un corto camino en pendiente hasta dejarnos al pie de una escalera. Descendiendo llegaremos a un embarcadero. Hora de disfrazarse de turistas temerarios: el “Emergency poncho” y el salvavidas arriba. Cámara en mano y descalzos subimos al gomón.

V invasión extraterrestre

El paseo en sí no es ni más ni menos que navegar el río Iguazú a velocidades cambiantes tratando de generar cierta adrenalina en el pasajero. En mi caso no hacía falta: me sobraba entusiasmo por tener esa vista privilegiada. Tal vez la expectativa que se genera alrededor de la excusión sea exagerada al lado de lo que finalmente resulta. Pero yo había mantenido mis expectativas en un nivel relativamente bajo: nunca había navegado en ese tipo de embarcaciones (sí en algunas más grandes y por mar) por lo que la novedad era un punto a favor. Pablo, en cambio, que hizo rafting en Mendoza, se jactaba de que eso no era nada, que era apenas para hacer gritar a mujeres y niños. Yo soy mujer y tengo bastante de niña así que grité de lo lindo (además me gusta aprovechar cualquier ocasión en que una puede lanzar gritos sin miedo a que le digan “Callate, loca!”). La primera parte del paseo es una recorrida haciendo algunas paradas frente a puntos estratégicos para mirar los saltos de agua y sacar fotos. Luego se guardan las cámaras en una gran bolsa y la velocidad empieza a aumentar y las maniobras a ser más bruscas. Hasta que se llega a alguno de los saltos de agua (de los más tímidos, creo que era el Dos Hermanas o Los tres mosqueteros, no tuve tiempo de contarlos) y el gomón se mete debajo para darnos una ducha de catarata. El agua era helada y a esa altura el emergency poncho no me servía de nada. Alternábamos los gritos con aplausos. Pero siempre hay alguien disconforme y resultó ser la vieja que estaba sentada al lado de Pablo: se quejaba porque no nos había llevado hasta la caída misma de la garganta del diablo. El guía nos explicaría después que si llegábamos a ir a la garganta del diablo probablemente nos hubiéramos ido al mismísimo infierno.

Mientras volvíamos a toda velocidad por el río yo empecé a tiritar de frío y aunque en general nos pareció un paseo corto (duran más todos los preparativos que el paseo en sí) a mí me gustó. Cuando llegamos a la base, empapados como estábamos tomamos nuestros bolsos (y nuestras cámaras de la bolsa grande) y subimos descalzos la escalera que nos llevaba nuevamente al lugar donde nos esperaría el jeep y más adelante el eco bus. Ya en el punto de partida nos pusimos ropa seca y esperamos nuevamente el colectivo de dos pisos que nos llevaría a la última caminata de las cataratas. En el camino vimos otras hermosas vistas de los saltos (parte de ese camino lo hicieron nuestros compañeros de viaje que no hicieron el Macuco Safari, que también era opcional. Para ser sincera me quedé con ganas de hacer ese camino también, pero todo no se puede). Cuando nos bajamos del micro tomamos un ascensor (que en este caso era descensor) que nos dejaría en el comienzo de la pasarela que tiene una vista maravillosa de las cataratas. Si desde el lado argentino pudimos sentir la cercanía de la garganta del diablo, aquí teníamos una vista panorámica única, con arco iris por todos lados.

contemplación

Nos quedamos un largo rato frente a esa postal, queriendo retenerla, queriendo, inútilmente, retratarla de la mejor manera. Mientras esperábamos a que volvieran todos de hacer la caminata por la pasarela yo me quedé mirando, casi como en trance, el agua que caía. Pablo recordó las palabras de Mariano del día anterior y se acercó para preguntarme:

- ¿Estás empezando a creer en algo?

Pensé en retrucarle el chiste con los ojos húmedos de emoción y las manos en oración pero no tuve el reflejo suficiente. Nos reímos del chiste oportuno y volvimos al ascensor. Mientras esperábamos el colectivo nuevamente para volver a la salida vimos una cantidad de coatíes pululando cerca de nosotros. Ya en nuestro micro de costumbre (digresión: mientras releo esto parece que lo único que hicimos fue subir y bajarnos de los colectivos, pero no fue tan así. Y aunque lo fuera era más agradable que esperar el 142 en la Plaza Sarmiento) fuimos camino a almorzar, fuera del parque nacional para cuidar nuestros bolsillos. En el camino, Elsa, la guía que nos había acompañado esos dos días en los parques, empezó a despedirse de nosotros. No olvidó las recomendaciones que son parte de su trabajo, el despertar conciencia ecológica sobre la necesidad de cuidar a los parques, los árboles, los animales. El discurso sonaba repetido pero tuvimos suerte de que Elsa fuera una mujer sumamente agradable, misionera de origen, con un hablar pausado y una voz melodiosa. Eso hizo que su compañía fuera un buen recuerdo.

Otro gran recuerdo fue la churrasquería Rafain: un tenedor libre pero con el triple de platos para elegir que los otros a los que habíamos ido. Lógicamente comimos el triple de lo que acostumbramos a comer. Algo nomás de lo que yo comí: carne al champignon, mandioca frita, rollitos de sushi, ensalada de berro, choclo, remolacha y huevos de codorniz; ravioles con bolognesa, lasagna de jamón y queso. La oferta de postres también era variada. Yo elegí: flan, postre de coco y dos postres inidentificables con mucha crema, chocolate y bizcochuelo. Todo exquisito. Recién cuando llegamos al hotel y pude hacerme mi acostumbrado te de hierbas digestivas empecé a respirar un poco mejor.

Pablo se tiró a dormitar y yo elegí escribir. Me entretuve además sacando algunas fotos de la habitación (mi departamento es apenas más grande): los cartelitos de la luz, las cortinas floreadas sobre el sofá marrón que tanto me hicieron acordar a las películas de David Lynch. Saqué incluso fotos de un adminículo del que habíamos oído hablar en el viaje de ida (la señora que fue a Dubai) y que a mí me pareció muy práctico: en lugar de bidet, al lado del inodoro hay una especie de pequeño duchador que uno utiliza para higienizarse.

La tarde empezó a nublarse. Pablo quería que refrescara porque había traído mucho abrigo y se le estaba terminando la ropa veraniega. Después de dudar un buen rato nos decidimos y bajamos a probar la pileta. La prueba duró poco porque el sol ya no daba sobre la pileta y el agua estaba helada. Fue apenas un chapuzón y salimos. Nos quedamos un ratito sentados en el deck de madera porque afuera del agua el clima estaba cálido. Además era la hora en que empezaban a cantar los pajaritos bochincheros: barajamos posibles teorías de por qué se ponen a cantar tan escandalosamente a esa hora del día (ninguna teoría digna de desarrollarse aquí).
Volvimos a la habitación y después de un baño calentito yo leí un ratito a Caparrós. Para hacer tiempo jugamos otro ratito al truco (Pablo me está enseñando porque nunca pude aprender. Varias veces me enseñaron ese sistema ilógico de los valores de las cartas, el envido y esas cosas, pero después nadie tenía la paciencia de jugar con una principiante. Con Pablo, por primera vez, puedo decir que entiendo el juego aunque no creo que nadie me quiera en su equipo todavía. Además las señas me dan mucha risa). Por supuesto que ganó Pablo, pero voy mejorando.

A pesar del opíparo almuerzo que tuvimos, eso no fue motivo para una cena frugal. Volví a comer considerablemente aunque esta vez me abstuve de probar postre. Volvimos a acostarnos bastante temprano, y después de ver algunos pastores evangélicos gritonear y hacer llorar a los fieles, nos dispusimos a descansar. Esta vez no hacía falta el despertador: ¡no teníamos que madrugar al otro día!

[Continuará]

Fotos del viaje.

Ir a Día 5: Día libre en Foz.

lunes, 23 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 4. Al ritmo de Iemanjá

Si estando acá en Rosario me hubieran invitado a presenciar un rito umbanda en la playa La Florida al atardecer/noche, confieso que lo hubiera pensado dos veces. He de aceptarlo, mis prejuicios son muchos más de los que me gustaría tener. Pero estando de vacaciones uno se entrega más fácilmente a lo exótico, incluso busca ese tipo de experiencias. Será tal vez que la vida se ha vuelto tan aburrida y predecible que “tirar la chancleta” en las vacaciones parece ser lo más recomendable.
El dato vino de la mano de Polifemus, un miembro de Flickr que antes de viajar y por una consulta que hicimos en un grupo de Uruguay, se tomó la molestia de hacernos una larga lista de sugerencias. Como agradecimiento, seguimos casi al pie de la letra sus indicaciones y es por eso que elegimos la Playa del Buceo para presenciar la ceremonia, ya que según nos comentó hay otras playas en las que también se reúnen para estas celebraciones pero son menos pintorescas y más contaminadas de vendedores ambulantes.

caminando sobre el agua

La fiesta de Iemanjá es una celebración umbanda que se realiza en honor de la orishá (diosa) del mar. Uruguay es apenas un pequeño reducto con unos cuantos fieles, pero que no se comparan en cantidad con los existentes en Brasil, donde ese culto tiene mayor peso y donde la fiesta tiene aún más relevancia. Por esa razón, cuando a eso de las 19 hs llegó el primer grupo de unas 10 personas (largos vestidos blancos las mujeres y pantalones y remeras lisas ellos), todos descalzos, pensamos que ésa sería toda la ceremonia. Se ubicaron en la playa y comenzaron a danzar al ritmo de una tumbadora y alrededor de una especie de nave hecha para la ocasión, adornada con velas y flores. Podía verse claramente que se estaba llevando a cabo un rito de iniciación: señoras mayores guiaban a los más jóvenes, acompañándolos en sus giros, cuidando de que no se cayeran. Una mujer, que siempre estuvo al lado del percusionista, parecía fiscalizar todo (incluso su vestuario era diferente, más “lujoso”). Por momentos tiraban al aire una esencia que también ofrecían a los presentes que estábamos mirando. Luego de unos cuantos minutos bailando casi en trance, repitiendo palabras como un mantra, tomaron la nave y se internaron en el mar para lanzarla y esperar hasta que se perdiera de vista (o se hundiera). Inmediatamente después volvieron a la playa, tomaron sus bolsos, sus calzados y se fueron sin más.

Pensando que ya había terminado todo y viendo que el sol empezaba a transitar los últimos momentos del día, decidimos caminar por la costanera hacia la playa más cercana (Pocitos) en busca de algún barcito para comer. Cuando estábamos subiendo hacia la calle vimos otro grupo de personas vestidos con muchos colores, que venían cargando banderas y ofrendas. Parecía que iba a tener lugar otro rito pero nosotros teníamos hambre. Está claro que ni Pablo ni yo somos creyentes (sino todo lo contrario) y la ceremonia nos interesaba sólo como curiosidad antropológica, como una manifestación colorida de las tantas formas que tiene la fe. Caminamos a la vera del mar unos treinta minutos disfrutando del aire marino, de los últimos rayos del sol, de una vista realmente hermosa de Montevideo. Llegamos a un barcito que tenía sus mesas afuera y ahí nos quedamos a degustar unas exquisitas empanadas de mariscos acompañadas de rabas y una cerveza helada. Cuando terminamos, yo estaba lista para ir hasta la parada de ómnibus más próxima pero Pablo insistió en que volviéramos a la playa. Confieso que acepté a regañadientes porque estaba cansada pero pronto me alegraría de que ganara la iniciativa de Pablo.

Ya entrada la noche la playa estaba repleta de gente y el pequeño grupo de umbandas que habíamos visto más temprano ahora estaba multiplicado por decenas de grupos que celebraban a su manera: distintas ropas, distintos altares, distintas ofrendas. Y todos rodeados por ciudadanos que claramente no profesaban esa creencia (al menos no abiertamente) pero que seguían con mucha atención cada baile, cada oración. Aquí y allá había pequeños huecos en la arena con velas encendidas, ofrendas de comida, estampas de la diosa. Y hasta largas filas de gente que esperaba ser “limpiada”. Inevitablemente venían a nosotros las imágenes de Alberto Olmedo y su personaje del “manosanta”.
Tampoco pudimos evitar hacer la comparación con nuestras tierras y una vez más pensé en la posibilidad de un evento así pero en la Florida. No podíamos imaginarnos ese espíritu festivo, esa concurrencia familiar (había muchos niños correteando por la playa a esas horas), esa tranquilidad que tuvimos aún estando en un lugar extraño y de noche paseando con nuestras cámaras fotográficas. Es una pena que nos hayamos acostumbrados a vivir tan temerosos.

Incluso a esas horas, la gente seguía internándose en el mar a dejar sus ofrendas. Según leemos en Wikipedia, a la diosa del mar se le ofrenda por costumbre “Ochinchin de Yemaya” hecho a base de camarones, alcaparras, lechuga, huevos duros, tomate y acelga, ekó (tamal de maíz que se envuelve en hojas de plátano), olelé (frijoles de carita o porotos tapé hecho pasta con jengibre, ajo y cebolla), plátanos verdes en bolas o ñame con quimbombó, porotos negros, palanquetas de gofio con melado de caña, coco quemado, azúcar negra, pescado entero, melón de agua o sandía, piñas, papayas, uvas, peras de agua, manzanas, naranjas, melado de caña, etc. Y se le inmolan carneros, patos, gallinas, gallinas de Angola, palomas, codornices, gansos. Lo que se dice una diosa con paladar gourmet. Pero nosotros no vimos ningún carnero ni gallina sacrificada, apenas flores (como en la canción de Drexler, flores en el mar...) y muchas sandías. Desconocemos el por qué de la elección casi exclusiva de esta fruta y sospechamos que es por su forma cilíndrica que, cortada al medio, se asemeja a un pequeño barquito. Supongo que a la diosa del mar le debe halagar tanta demostración de fe, a los que probablemente no les guste tanto es a todos los que al otro día quieren disfrutar de la playa y tienen que andar sorteando la ensalada de frutas y flores que vuelve a la orilla.
dulce ofrenda
La fiesta parecía que iba a durar hasta altas horas de la noche pero nosotros, ahora sí, decidimos que era hora de volver. Ya habían pasado las 11 cuando subimos hasta la avenida a esperar el colectivo pero las averiguaciones que habíamos hecho para la ida no eran iguales para el regreso. Esperamos un rato largo sin que apareciera ningún colectivo ni nada parecido hasta que decidimos buscar otra parada. No era fácil a esas horas: estábamos bastante lejos de nuestro destino y los colectivos parece ser que no funcionan de noche. Finalmente y luego de largos minutos que amenazaron con terminar nuestra noche de malhumor, volvimos al mismo lugar en el que nos dejó el colectivo de la tarde (pero de la vereda de enfrente). Nos tomamos el primero que pasó, sólo que a las pocas cuadras se detuvo porque se rompió algo y tuvimos que bajarnos a esperar el próximo. No hubo un solo pasajero que hiciera el más mínimo reproche, algún comentario como al pasar, un queja. En silencio y ordenadamente todos nos bajamos del micro a esperar el próximo coche que habrá tardado entre 5 y 10 minutos en venir. Tuvimos suerte de que nos dejara a unas pocas cuadras del hostel. Agotadísimos, nos fuimos a dormir. La noche prometía ser plácida, teníamos pastillas contra los mosquitos. Lo que no sería tan plácida sería la mañana siguiente.

[Continuará]


Fotos del viaje.

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jueves, 19 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 3. Montevideo amable

. Lunes 2 de febrero

Fue una noche difícil. En Montevideo no hay basura en las calles, no hay gente agresiva, pero hay mosquitos. Muchos y muy hambrientos. Nuestra primera noche en Montevideo fuimos atacados por una horda de mosquitos que además de dejarnos marcas en la cara y todo el cuerpo (que en mi caso duraron todas las vacaciones) apenas si nos dejaron dormir.

Será por eso que nos levantamos temprano y luego de un apetitoso desayuno en el hostel, salimos a caminar. Visitamos el puerto y el famoso Mercado del puerto (y una vez más, las canciones sonando en mi cabeza, ahora con Pinocho Routin que hace de ese escenario una hermosa pintura musical). Este mercado fue inaugurado en 1868 y aunque gran parte del edificio ha sido reconstruido, tiene ese encanto de las cosas antiguas. Hoy funcionan allí un gran número de locales gastronómicos que, según dicen, sirven exquisiteces. Nosotros no las probamos porque eran las 10 de la mañana, pero pudimos ver cómo se empezaban a acomodar prolijamente las achuras, matambres y costillas sobre las parrillas. Es visitado por muchos turistas pero también por muchos uruguayos que suelen almorzar allí.
preparando el asadito

Seguimos caminando hasta llegar a la escollera Sarandí, un largo camino de piedras con muchos pescadores y un sol implacable que ya nos empezaba a acobardar. Para volver retomamos la ciudad vieja. Esta vez pudimos ver que al ser un día laborable, la zona perdía un poco su imagen turística y se volvía una ciudad como cualquier otra, con mucha gente caminando de una oficina a otra, camisa y trajecito, carpetas. Pero una vez más, las diferencias saltaron a la vista: no había bocinazos, gritos histéricos, violencia contenida. Y como siempre, la limpieza en las calles. Ni una sola caca de perros. Incluso había pocos perros callejeros. Eso nos dio que pensar y llegamos a elucubrar las teorías más escabrosas ¿Era Montevideo una ciudad civilizada que no dejaba los desechos de sus mascotas a la vera del camino y que no abandonaba perros? ¿O era una ciudad tremebunda que sacrificaba animales en masa –seguro que algún gato caía en la volteada- para evitar al ciudadano el oprobio de pisar caca, para dar una imagen de ciudad limpia, para esconder la escoria bajo la alfombra?. ¿Había una sociedad secreta que salía a cazar perros callejeros para usarlos como plato principal en los mejores restaurantes?. Nos inclinamos, claro, por la primera opción. No había nada extraño ni inexplicable; éramos nosotros los que teníamos la mirada contaminada por un país que se ha acostumbrado demasiado a las malas costumbres.

Uno puede asimilar rápidamente formas de vida diferentes, sobre todo cuando esas formas de vida se asemejan al ideal. Uno asimila la limpieza, el silencio, la amabilidad. Pero hay algo que para nosotros fue la pauta de que tal vez exista vida extraterrestre y los uruguayos sean en realidad marcianos. He aquí la situación: uno va caminando por una zona bastante transitada y al cruzar la calle, sea por la esquina o por la mitad de la calle, haya o no semáforo, los autos… ¡le ceden el paso!!! A ver si me explico: uno no sólo no tiene que andar sorteando automovilistas que aceleran cuando el semáforo está en amarillo, que se detienen sobre el paso peatonal, que pisan el acelerador cuando ven a una viejita bajar del cordón; sino que además, aún sabiendo que estamos cruzando por el lugar incorrecto, el conductor frena para darnos paso. Doy fe, lo vivimos. Y no fue sólo en un par de oportunidades, fue en todas, y fueron motos y autos y colectivos. De hecho, yo ya lo había experimentado hace muchos años cuando pasé esa tarde en Montevideo. Aunque había imaginado que era una ilusión mía o que tal vez el progreso se habría llevado esa bonita costumbre. Pero no. Montevideo es una ciudad donde los autos son menos importantes que las personas.

Abrumados por tanta cordialidad, volvimos al hostel a comer menú de hostel: arroz con atún. Dormimos la acostumbrada siesta y luego partimos hacia la playa donde habíamos sido avisados de otro evento que tuvimos la suerte de presenciar y que sólo ocurre una vez por año: la fiesta de Iemanjá.
Por indicaciones que no entendimos del todo bien, esperamos el colectivo en el lugar equivocado pero la amabilidad del chofer (supongo que se apiadó de vernos tan turistas) nos permitió subir igual. Mientras le pagaba al guarda (todos los colectivos tienen un guarda que se encarga de cobrar el boleto y no exige “pago justo”) Pablo aprovechó para preguntar si estábamos en el coche indicado para llegar a la Playa del Buceo. La respuesta nos preocupó un poco:
- Noooo, éste no va para allá, te dejamos a unas cuadras – dijo como si eso hubiera significado que nos dejaba en el barrio siguiente.
Decidimos seguir igual porque ya habíamos pagado y porque estamos acostumbrados a caminar. Finalmente las “cuadras” de distancia eran sólo dos. Con el pasar de los días entenderíamos que cuando te dicen “te dejo en tal lado” es realmente así, nada de “por ahí cerca”, a “unas cuadras” o como suelen decir en otros lugares “a 5 minutos caminando” (como si todos camináramos a la misma velocidad). El montevideano es un tipo preciso.

Los colectivos son bastante nuevos, siempre hay música sonando (que por suerte no es reggaetón) y como en todo Uruguay mucha gente sube con su termo bajo el brazo. Es lo que veríamos a lo largo de todo nuestro viaje: el termo parece ser una extensión del brazo. Tienen una extraña habilidad para llevar el termo, el mate siempre listo y además hacer otras cosas como pagar el boleto y guardar el vuelto. Eso nos hizo elaborar diversas teorías que desarrollaré más adelante y que yo resumí con la expresión “el gen uruguayo”.

Pero algo le tenía que encontrar a los montevideanos, que no se puede ser perfecto. Nos habíamos sentado en unos asientos cerca de la puerta de salida. Había mucha gente y de repente escuchamos un señor mayor que sin decir ni “buenas tardes” ni “agua va” empezó a cantar a viva voz. Primero fue un bolero (ese que dice: “no existe un momento del día, en que pueda arrancarte de mí”) y luego “Te quiero” de Benedetti. Viendo que nadie se inmutaba y ni siquiera aplaudía cuando terminaba la canción, pensamos que se trataba de un señor chiflado que había sido cantante en su juventud (ya se sabe que en Montevideo hay poetas, poetas, poetas) y que los pasajeros estaban acostumbrados a topárselo (y tal vez ya estuvieran patilludos de escucharlo). En realidad no: era un artista callejero que al terminar las dos canciones dijo “gracias por escuchar y por colaborar” y se bajó (creo que sin recolectar ni una moneda). Me resultó extraño y hasta un poquito desilusionante. Aquí mismo en Rosario uno suele encontrarse con unos guitarristas que vociferan a grito pelado y siempre hay alguno que se anima a aplaudir y los demás acompañan. Después de todo no deja de ser un momento de alegría. Tal vez será porque alguna vez en mi juventud fui una artista callejera (aunque lo mío era bailar y cabe aclarar que no lo hacía en los colectivos) que estos “artistas” siempre me inspiran algo de ternura, sobre todo si son personas mayores como ésta. Cuando caí en la cuenta de lo que pasaba ya no tuve tiempo de reaccionar y darle una moneda, lo que me dio un poquito de pena. Y me resultó un tanto antipático que nadie le diera ni cinco de bolilla. Algo tenían que tener estos uruguayos; igual se lo perdonamos.

mateando en la playa
Al llegar a la playa quedamos sorprendidos de ver tremendo mar donde pensábamos encontrar un río. La playa era muy linda, amplia y el agua estaba hermosa. Fue nuestro primer día de playa. Después de los consabidos mates y zambullidas en el mar empezamos a notar la llegada de los primeros devotos de Iemanjá. Y ahí nos acercamos, con nuestras cámaras listas para disparar. Pero eso, mejor lo dejo para la próxima entrega.

[Continuará]


Fotos del viaje.

. Seguir al Capítulo 4: Al ritmo de Iemanjá.
. Volver al Capítulo anterior.

miércoles, 18 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 2. Montevideo es carnaval

Hace ya muchos años que tengo contacto con la música y la literatura uruguayas. Desde Leo Masliah a Mario Benedetti, de Jaime Roos a Eduardo Galeano, de Zitarrosa a Fernando Cabrera. Por eso Montevideo, aunque sólo la había visitado por una tarde hace mucho tiempo, me resultó familiar. Los lugares, los nombres de las calles, las expresiones idiomáticas. Es lo que sucede cuando los artistas se dedican a pintar su aldea. Y fue por eso que desde el momento mismo en que llegamos a la capital, antes incluso de bajarnos en la teminal de Tres cruces, empezaron a sonar en mi cabeza las canciones uruguayas. La primera que venía a mi mente cada vez que pensaba en la palabra Montevideo es aquella de Leo Masliah que empieza: “En Montevideo hay poetas, poetas, poetas” (y que ustedes pueden escuchar si quieren tenerla de banda de sonido de esta crónica). Y en verdad parece una ciudad propicia para los poetas. Es grande y populosa pero sin las molestias de Buenos Aires o Rosario. Es una ciudad infinitamente más limpia y mucho más amable. Más tranquila y acaso más sumisa (¿será por eso tal vez que los uruguayos terminan su conversación con la frase: “A las órdenes”?).
plaza Independencia
Empezar nuestra visita por la terminal de ómnibus fue una grata bienvenida: amplia y limpia, muy limpia. Sin amenazas aparentes. Y algo sobresaliente que se repitió en todo nuestro viaje por Uruguay: ni una sola persona nos pidió una moneda por cargar o descargar los bolsos, hacer uso de los baños u otro servicio (sólo nos sucedió en Paysandú, la última ciudad que visitamos antes de volvernos y cuando ya estábamos sospechosamente cerca de la Argentina). A lo que hay que agregar una predisposición servicial en la gente, siempre una sonrisa. Ahora que lo pienso, esto no debería ser algo destacable pero el malhumor y los malos modos con los que nos hemos acostumbrado a convivir en esta ciudad y este país nos han hecho pensar que en todas partes debe pasar lo mismo. Por suerte no es así.

Cargando nuestras mochilas fuimos hasta la parada del ómnibus y aunque teníamos una vaga idea de qué colectivos teníamos que tomar, fue sólo preguntar a alguien para que al instante dos o tres personas más se acercaran para darnos sus indicaciones y sugerencias. Una señora que se subió al 60 con nosotros siguió incluso con sus indicaciones una vez arriba del colectivo y hasta unas cuadras antes de descender. Eso no impidió que nos sintiéramos un poquito desorientados al bajarnos pero con el plano que nos habían proporcionado en la secretaría de turismo llegamos sin problemas al Hostel Ciudad Vieja, en el corazón mismo de esa renombrada zona de Montevideo.

Ya había pasado el mediodía y por supuesto moríamos de hambre. Conseguimos un súper abierto a unas pocas cuadras (el Ta-Ta, una cadena que está por todo Uruguay y que tiene una tipografía casi exacta a las viejas tiendas Tía de Rosario). Pablo compró lo que para nosotros era una curiosidad pero después veríamos en todos lados: una medialuna gigante rellena de jamón y queso. Yo compré una tarta de verdura con un gusto extraño pero que el hambre no me permitió desestimar.
Por la tarde, y luego de una pequeña siesta, salimos a caminar por la ciudad vieja que, por ser domingo y tal como ya nos habían advertido, estaba prácticamente muerta. Pero a unas cuadras nomás empezaba el centro y con él los preparativos para un evento sobresaliente en Uruguay y que tuvimos la suerte de presenciar de pura casualidad: el desfile inaugural de carnaval. Debió haberse realizado el jueves anterior pero la lluvia había obligado a suspenderlo hasta ese domingo. El desfile era a lo largo de la calle 18 de julio, para lo cual temprano en la tarde ya habían cortado las calles y empezaba la tarea de acomodar las sillas y palcos (que nos recordaron a los establos de los toros campeones de la Sociedad Rural) junto a los cordones. Era un día brillante y eso aumentaba aún más la alegría que se adivinaba en la gente por vivir esa fiesta que tanto los caracteriza. Sacamos unas fotos de viejos edificios, tomamos unos mates en la plaza y volvimos al hostel porque la idea era salir en grupo a ver el desfile. Pero aunque partimos todos juntos, pronto nos perdimos del grupo: yo vi un hueco entre la multitud que no podía desaprovechar y no ya no quise moverme, acostumbrada como estoy a padecer mi baja estatura perdiéndome de ver (y sólo poder  escuchar) todos los eventos importantes.

EL CARNAVAL.
colores de carnaval
El carnaval para los uruguayos es una cosa seria. Por lo general, a mí me gustan todos los eventos que involucren mucha gente y en los que haya una celebración. La alegría no es sólo brasilera y además es contagiosa. Pero de todos modos uno se sentía un poco ajeno a ese show: el carnaval es un evento competitivo y ahí estaba la gente arengando por su grupo favorito, estallando con alguna bandera o estandarte identificador. A lo largo de nuestras vacaciones pudimos ver cómo en las radios discutían sobre el desarrollo de las noches, cuáles eran las críticas, los pálpitos y qué grupo tenía más chances de ganar. Y en la tele había un canal especialmente dedicado al carnaval las 24 hs.
En mi caso, y dada mi ignorancia en cuanto al desarrollo del evento, me costaba reconocer si lo que estaba desfilando era una de las agrupaciones o apenas un camión publicitario (ya que también estaban muy bien armados y con gran espíritu festivo). Yo sólo esperaba ver grupos de actores disfrazados al ritmo de la murga, pero para mi sorpresa también pasaban comparsas al mejor estilo carnaval brasileño u orquestas con ritmos más centroamericanos. Mientras nosotros veíamos pasar grupos más o menos grandes de personas vestidas con muchos colores y bailando frenéticamente, para el ojo entrenado sin embargo, había una clara diferenciación entre las murgas, los parodistas, los humoristas y las revistas.

Sacamos fotos y más fotos.
mascaritas
El desfile estaba anunciado para las 18 hs (habrá empezado una media hora después) y nosotros apenas nos quedamos un par de horas porque ya teníamos el cuello duro y las piernas flojas, pero por lo que pudimos saber llevó alrededor de unas cinco horas. Una curiosidad de esta edición (y por el cambio de día obligado por la lluvia) fue que “gran parte del desfile se realizó con la luz de día”, algo extraordinario. Lo que hace suponer que en otras ediciones el desfile terminó a altas horas de la madrugada.

Cuando decidimos que era hora de ir regresando, caminamos unas cuadras más para apreciar un poco el otro espectáculo, el de la gente. Era una verdadera fiesta callejera: familias enteras expectantes, niños jugando con espuma, vendedores y más vendedores de todo: máscaras, espuma, papel picado. Gente y más gente reunida a los costados de la calle sin perderse el más mínimo detalle, coreando y bailando las canciones del grupo de turno. Y nuevamente esa sensación de amabilidad en el ambiente. El entusiasmo era tanto que era imposible no sentirse contagiado. Los tambores daban ganas de bailar, las orquestan invitaban a cantar, y no te importaba que viniera alguien a tirarte espuma en la cara o mojarte con sifonazos de soda (como hizo uno de los camiones que desfilaban). Estábamos en carnaval.

Llegando a la Puerta de la Ciudadela, el lugar desde el que salían todas las agrupaciones para desfilar, pudimos tener otra dimensión de lo que allí estaba sucediendo: colectivos llenos de artistas esperando su turno, cientos de personas preparadas para el momento crucial, practicando un paso, arreglando un detalle del vestido, tomando el consabido mate para acompañar al espíritu. En Montevideo hay poetas, poetas, poetas...
carroza
Volvimos al hostel demasiado hambrientos como para lamentar que la fiesta continuara sin nosotros. Fue una cena rápida y desabrida pero no había fuerzas para más. Estábamos cansados pero alegres. Habíamos sido parte por un ratito de un festejo ajeno y la alegría duraba. Y yo sentía más entrañables aquellos versos de Jaime Roos que tanto canturreaba hace años:

…Que no se apague nunca el eco de los bombos,
que no se lleven los muñecos del tablado.
Quiero vivir en el reinado de dios Momo,
quiero ser húsar de su ejército endiablado.

Que no se apaguen las bombitas amarillas,
que no se vayan nunca más las retiradas.
Quiero cantarle una canción a Colombina,
quiero llevarme su sonrisa dibujada..

Lararará lararará larairaraira….


[Continuará]


Fotos del viaje.

.Seguir al Capítulo 3: Montevideo amable.
.Volver al capítulo anterior.

martes, 17 de febrero de 2009

* Diario de viaje * 1. Comienzo Colonial

*Impresiones de mis vacaciones en Uruguay, febrero de 2009*

.Sábado 31 de enero

El viaje empezaría a la madrugada: el colectivo a Retiro salía a las 3:40 am. Nos levantamos en medio de la noche, nos dimos una ducha y como era temprano para ir a la terminal nos quedamos sentaditos en la cama, ya listos, esperando a que pasaran los minutos. Y entonces vinieron a mi mente algunos pensamientos inquietantes. En general los viajes, aunque me gustan sobremanera, me generan una pequeña ansiedad, una cosita en el estómago que no es del todo agradable y más aún si el viaje comienza a una hora tan inconveniente como la mitad de la noche. Tal vez valga aclarar que tengo una especie de mecanismo de defensa que ante situaciones difíciles (en general frente a todo tipo de situaciones, pero más aún las difíciles o excepcionales) me llevan a pensar en lo peor que podría pasar en esa situación. Un ejemplo: frente a la inminencia de un viaje pienso por supuesto en un accidente, un robo, un imprevisto que nos haga perderlos pasajes. Es algo mecánico pero con el tiempo he llegado a pensar que es una forma de prepararme ante la eventualidad de que realmente algo malo ocurra. Y en el caso contrario de que todo salga bien, agradecer a la vida y sentirme relajada. Algunos podrían llamarlo “tentar a la desgracia” pero para mí es apenas un mecanismo de defensa.
Bien, la cosa es que mientras estábamos sentaditos en silencio esperando la hora de partir yo pasaba mentalmente lista a las cosas que debíamos llevar y me preguntaba si no nos olvidaríamos algo necesario. Inmediatamente recordé una anécdota que alguna vez Tato Pavlosky (psicoanalista, actor, autor) contara en un reportaje: el momento en que huyó de la dictadura. Literalmente escapó por los techos una noche en que fueron a buscarlo a su domicilio y ya no volvió. Se escondió en casa de algunos amigos por unos días hasta que pudo salir del país. Y transitivamente pensé en todos los que como él, de un momento a otro, tuvieron que irse del país sin saber cuándo volverían, sin poder llevarse nada, sólo con lo puesto. Gracias a ese dramático pensamiento, que compartí con Pablo, mi preocupación quedó reducida a una nimiedad, un mosquito fácilmente aplastable con la mano y pensé aliviada que no, no podíamos olvidarnos nada de valor, que nada (salvo la plata y los documentos) era tan imprescindible para pasar un par de semanas fuera del país.

En la terminal de Rosario tomamos el Pulqui y aunque dudábamos de su llegada puntual arribamos a Retiro a la hora estipulada. Tomamos un taxi (con todo lo que eso implica: miedo a que te roben, miedo a que te estafen, miedo) hasta Buquebús y nos dispusimos a hacer la cola para los papeles de embarque. Estaba claro no que éramos pocos los que queríamos fugarnos de la gran ciudad: había mucha gente pero por suerte era un caos bastante organizado. Hicimos tiempo desayunando un café con leche con medialunas (que en esos momentos suelen ser más sabrosos de que costumbre) y subimos al barco “Eladia Isabel”.
El viaje fue plácido, ninguno de los temores que yo tenía acerca de los malestares que alguna vez había sufrido en otro barco (en el medio del mar) tuvo motivos para hacerse presente porque el movimiento casi ni se sentía. Miramos el horizonte alejarse y otra vez mi cabeza voló a otros tiempos y contextos, más traumáticos: los inmigrantes que llegaban a nuestro país, provenientes del viejo continente. Trataba de imaginar lo terrible que habría sido esa misma escena, mirar el horizonte alejarse, pero sin ninguna certeza. Sin saber si volverían a su tierra, si volverían a encontrarse con sus familias, sin saber a ciencia cierta qué encontrarían más allá del horizonte. Si es que sobrevivían a ese periplo. Un viaje en barco puede ser muchas cosas y lo nuestro era un juego de niños al lado de aquellas odiseas. Y por eso lo disfrutamos como tal: sacamos fotos, caminamos por cubierta, fuimos al interior, dormimos en los asientos, tomamos alguna gaseosa (el equipo de mate había quedado en la mochila grande, maldición!). Finalmente las 3 hs del viaje se hicieron un poco largas y ya no veíamos la hora de llegar.

farolitos en línea

Llegamos a Colonia de Sacramento a las 13:30, después de desembarcar a través de una larguísima manga que salía del Buquebús y que iba a dar directamente a las oficinas de la aduana. Esperamos nuestro equipaje en una sala atestada de turistas desesperados como nosotros en encontrar el suyo y partir hacia sus respectivos hoteles (por suerte nuestras mochilas aparecieron enseguida) y caminamos rumbo a la salida esperando que el trámite de ingreso no fuera muy engorroso. Pero no hubo trámites, nadie nos requisó los bolsos ni se aseguró de que no lleváramos comida (cosa que estaba prohibida por la barrera sanitaria que se anunciaba allí mismo) ni que tratáramos de pasar ninguna sustancia ilegal. Nadie retuvo o siquiera miró los papeles que llenamos en el barco, con nuestros datos y respondiendo a preguntas tales como “cuánto dinero trae”. Una mula o falsificador hubieran respirado aliviados después de haber sorteado uno de los escollos más arduos. Nosotros, honestos ciudadanos, miramos a nuestras espaldas esperando que algún empleado nos corriera señalándonos como los que “quisieron evadir la ley”. Y hasta fantaseamos hasta el último día en nuestras vacaciones pensando que en cualquier momento (en situaciones en las que solicitaban el documento tales como nuestro check in en los hoteles o al cambiar dinero) nuestro ingreso irregular al país saldría a la luz y alguien diría a viva voz: “¡Pero ustedes son los que entraron sin papeles!”.

Caminamos unas cuadras (que no eran tantas, pero eran cuesta arriba, ufa) y llegamos al Hostel El Viajero: una casona hermosa, a media cuadra de la avenida Flores, con ventanales de vidrios de colores (que a mí me encantan) y un ambiente agradable. Nuestra habitación estaba subiendo las escaleras del patio, frente a una colorida Santa Rita. Después de un baño reparador salimos a almorzar a un bar cercano. Como sólo íbamos a estar esa tarde y parte de la mañana del día siguiente en Colonia, desde tempranito salimos a caminar la ciudad.
Bajo el implacable sol de las dos de la tarde llegamos al muelle donde había una gran cantidad de pequeñas embarcaciones. Pablo vio su primer bigüá uruguayo y se dedicó a fotografiarlo con esmero. Después visitamos el turístico barrio histórico, que cuenta con construcciones añosas, con casas descascaradas y varias capas de hermosos colores; calles empedradas, carteles artesanales de azulejos o metal troquelado. Un aire poético, como de fábula, acompaña el recorrido por ese barrio colonial que está impecablemente conservado. Los autos viejos no son sólo decorados, hay muchos que, sin ser antigüedades, ayudan a conservar la imagen de un lugar quedado en el tiempo. Claro que esa sensación es constantemente resquebrajada por las lujosas camionetas y autos modernos que transitan la ciudad, en su mayoría turistas venidos de Buenos Aires y en tránsito con destinos más fashion como Punta del Este.
Acercarnos a la costa nos trajo la primera sensación clara de que estábamos más cerca del mar. Si bien todavía teníamos frente a nosotros al Río de la Plata, había algo en el sonido, en la forma en cómo rompían las olas, que nos decía que íbamos por buen camino. Subimos al faro, que en la entrada tenía una clara advertencia sobre lo bajas que eran las puertas e instaba al visitante a ser cuidadoso. Fue Pablo el que me avisó del cartel y, fiel a la Ley de Murphy, eso no impidió que se diera un buen golpe cuando llegamos arriba y salimos a disfrutar de la vista. No es un faro muy alto, pero lo suficiente para poder admirar todo el barrio colonial y la inmensidad del río. Seguimos caminando y pasamos por más callecitas con faroles, muros viejísimos, casas con muchas flores. Y por una costanera que tiene un balcón discreto pero constante a lo largo de toda la costa.

oteando el horizonte

Cuando nuestras piernas y el calor nos pedían un descanso, insistí en tomar un helado. Gran error. Los helados no son el fuerte uruguayo pero además en Colonia parece ser que son el “débil”. Una cosa tan fea, sin gusto, derretido, sin consistencia. Y caro. Lo terminamos igual, con la resignación del visitante no advertido sobre los “in” y “out” de Colonia, y seguimos nuestro camino. Para entonces ya estábamos bastante agotados, teníamos encima las horas de viaje, el cansancio de cargar las mochilas, el calor. Decidimos buscar algo para comer y volver al hostel. En el camino pudimos presenciar un evento que llenaba las veredas y cortaba la avenida principal: por la avenida del Gral. Flores se estaba llevando a cabo una carrera de cartings (piloteados por jóvenes de unos 13 años según decía el locutor) que iban a gran velocidad, pasando a escasa distancia del público que miraba el espectáculo desde la vereda. No había vallas, ni neumáticos que amortiguaran un posible despiste y el ruido de los autitos sumado a las vociferaciones del locutor que desparramaba sus alaridos a lo largo de la avenida gracias a un prolijo dispositivo de altoparlantes distribuidos en todas las cuadras, hacían que caminar por ahí fuera insoportable. Conseguidos nuestros víveres, huimos bajando por una calle lateral. Apenas una cuadra más abajo, nada de ese batifondo existía. Llegamos al hostel, cenamos y nos dormimos tempranito, exhaustos.

. Domingo 1 de febrero

Ya descansados y desayunados, decidimos aprovechar los 45 minutos que nos quedaban antes de tomar el colectivo hacia Montevideo. Fuimos a caminar por la costanera, por una zona que no habíamos transitado todavía. No hubo sorpresas ni vistas impresionantes, pero sí un reconfortante silencio general, una serena quietud de una ciudad que aún no había despertado del todo. Volvimos al Hostel, cargamos nuestros bolsos y partimos hacia la terminal donde tomaríamos el micro que nos llevaría a la capital en sólo dos horas de viaje.

[Continuará]
Fotos del viaje

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