jueves, 12 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 10. Cabo Polonio, entre dunas.

Domingo 8 de febrero.

El día había amanecido fresco pero a medida que el sol empezó a aparecer el calor se hizo sentir. Para cuando llegamos a Barra de Valizas, parada obligada para tomar el transporte que nos llevaría hasta Cabo Polonio, el día estaba especial para pasarlo en la playa. Cabo Polonio era originalmente una aldea de pescadores que gracias al turismo fue convirtiéndose en uno de los balnearios más promocionados. Y tiene la particularidad de que sólo se llega allí en camionetas, 4x4 o camiones que puedan sortear los caminos de arena.

mucha playa

Rodrigo, el dueño del hostel Ibirapitá, se empeñaba en pintar a Cabo Polonio de forma grandilocuente: un lugar con las dunas más grandes de Sudamérica, sin luz eléctrica, donde los pescadores venden el pescado fresco y vos sabés que es fresco porque dónde lo van a guardar si no hay luz; un lugar “sin contacto con la civilización” (sic). Ahora, mientras recorríamos el camino que separa a Barra de Valizas de Cabo Polonio en uno de esos camiones enormes, recordaba esas palabras y pensaba qué entenderá Rodrigo por “civilización”. Kilómetros de postes de luz nos acompañaron todo el camino y dudo que se tratara de una instalación artística. Si no fuera porque ya había estado en Polonio hace muchos años, cuando realmente era un paraje alejado de todo y se lo consideraba un paraíso hippie, hubiera imaginado que al final del camino nos esperaban pescadores vestidos apenas con taparrabos, exhibiendo el resultado de su pesca con gritos en dialecto zulú. Yo sabía que Rodrigo exageraba y sospechaba que difícilmente el Polonio despojado que yo había conocido se mantuviera intacto. Pero Rodrigo exageraba sobremanera: Polonio es hoy un hermoso pueblo de pescadores que han sabido sacar provecho a su oficio (aunque sospecho que los que más han sacado provecho son los dueños de los restaurantes y bares playero-cool-decontracté que hay a la orilla del mar) a la par de los intuitivos/emprendedores/inversores de siempre que han sabido construir una aldea turística explotando una mística de otras épocas. The dream is over. Hoy en Polonio hay negocios de artesanías, hostels, cabañas, restaurantes que aceptan tarjetas de crédito por la noche (no sabemos el por qué de la exclusividad nocturna). Pero eso sí: todo conservando el encanto de lugar, sin estridencias, con carteles ecologistas por doquier instando al turista a cuidar la playa, a separar la basura, a respetar el espacio de los niños. Y rodeado de un paisaje impactante: playas eternas, mar inquieto, arenas blancas, rústicas casitas de colores. Polonio ya no es lo que era y seguramente en el cambio haya perdido pero también ganado muchas cosas. Y por eso no entiendo ese empeño de mucha gente (Rodrigo era apenas una muestra) de vender una excursión con un argumento falso (promocionando la fantasía de descubrir un territorio virgen) cuando sería tan fácil decir la verdad y resultaría igualmente tentador. Cabo Polonio es un lugar imperdible para visitar y puede resultar una verdadera aventura quedarse unos días allí (sobre todo si se levanta una tormenta, no me quiero imaginar). Es cierto que no todas las viviendas tienen electricidad y, dicen, tampoco agua corriente y las comodidades distan mucho de Punta de Este, pero decir que no tienen contacto con la civilización es, por lo menos, mentiroso.

Una media hora después de viajar arriba del camión nos bajamos a metros de la playa (Polonio no tiene mucho más que eso, playas). Como ya era mediodía sacamos nuestros sándwiches de mortadela no sin antes bañarnos en protector solar. Como dije antes: era un día ideal para la playa, lo que significa que no había una sola nube en todo el cielo, no había viento y hacía calor. Pero el sol mataba. Para hacer la digestión decidimos caminar. Recorrimos la orilla sorteando grandes piedras y creímos ver, en una pequeña isla a lo lejos, una colonia de lobos marinos. Sin proponérnoslo, unos metros más adelante nos topamos con otro grupo de lobos marinos, pero esta vez más cerquita, de nuestro lado de la orilla. Siempre me resulta atractivo observar el comportamiento de los animales, sobre todo si están en grupo, y si además son animales que uno no tiene la posibilidad de ver habitualmente, mucho mejor. Lo que no resultaba atractivo era sentir el olor nauseabundo que despedían (¡y eso que se bañan todo el tiempo!). Así que después de unas cuantas fotos y mientras escuchábamos los alaridos de un macho que parecía estar reclamándole un calzoncillo mal lavado a su esposa, seguimos camino en dirección al faro que estaba justo a nuestras espaldas. Subimos las empinadas e interminables escaleras del faro (no apto para cardíacos y/o treintañeros convencidos de que conservan el ímpetu adolescente) y pudimos tener una fabulosa vista de todo el Cabo Polonio. Imaginé la noche, imaginé el faro encendido y recordé los 12 segundos de oscuridad a los que le canta Drexler).

Polonio desde el cielo

Volvimos caminando por la playa al lugar de partida y ahora sí, a tirar las lonitas, largar los bolsos y meternos al mar. Tomamos sol, tomamos helado, volvimos al mar. Cuando empezamos a ser conscientes de que era nuestro último día junto al mar decidimos caminar por la playa hasta las dunas. Caminamos y caminamos por una playa que se hacía más ancha a medida que iba desapareciendo la gente. Alguno caminando por aquí, otro tirado en la arena por allá. Cientos de caracolitos desperdigados, las burbujitas de las almejas respirando bajo la arena y, para qué obviarlo, algún que otro lobito en descomposición encallado en la arena (por suerte menos olorosos que los vivos).

Sacando el detalle del lobito, todo lo que aparecía ante los ojos era espectacular. Qué más espectacular que el mar (y acá había mucho mar ante los ojos), casitas chiquititas de tan lejanas y mucha arena sin huellas, sin rastros humanos. Ahora entendía un poco mejor el empeño de Rodrigo y sus palabras. El paso del hombre ha ido diezmando la naturaleza de tal modo que nos cuesta encontrar belleza natural a nuestro alrededor. Y en el fondo ansiamos encontrar ese lugar a salvo donde podamos sentirnos libres y en comunión con la naturaleza, alejados del poder destructor del ser humano (digo yo, como si fuera marciana). Como me suele pasar ante esos paisajes, me entró un dejo de desesperación: la casi certeza de que en unos años (tal vez la misma cantidad de años que hacía que yo no iba a Cabo Polonio, unos 15) el lugar habrá cambiado demasiado. Aún sabiendo que el gobierno ha impulsado medidas, como una ley que impide construcciones en la zona de dunas para conservarlas, Polonio vive gracias al turismo. Entonces, a mayor cantidad de turistas, mejor para el cabo. Aunque también sabemos que a mayor cantidad de turistas, peor para el cabo.

chiquitito

Tan encantados estábamos con el lugar que no tuvimos en cuenta que el mismo trayecto de ida había que hacerlo para volver. A duras penas logramos llegar al punto de partida, casi sin fuerzas para nada más que esperar en la parada a que llegara el camión que nos llevaría de vuelta “a la civilización”. Nos quedamos con ganas de recorrer un poco más las callecitas de arena, los negocios, la aldea en sí. Pero el tiempo es tirano (aún fuera de la tv) y nuestras fuerzas limitadas.
El apuro por volver respondía también a la necesidad de llegar a tiempo para tomar el colectivo de vuelta a la Pedrera (si no alcanzábamos ése, teníamos que esperar hasta las 11 de la noche). Llegamos puntuales a la parada pero el que no llegó puntual fue el colectivo, al que tuvimos que esperar unos 40 minutos. Estaba atardeciendo y cuando llegamos a La pedrera ya era de noche. Nos dimos un baño rápido y salimos a comprar algo para comer antes de el cansancio nos ganara. Rechazamos una invitación de Janneo para unirnos a la cena con los demás huéspedes del hostel haciendo alguna cosa en el horno de barro. Estábamos molidos y además teníamos que madrugar para tomar el colectivo a las 6:30 de la mañana. Dejamos los bolsos preparados y hasta tuvimos la precaución de comprar espirales para no padecer otra noche mosquitera. No sé si los espirales son tan eficientes en su tarea de diezmar mosquitos o nuestro agotamiento estaba más allá de cualquier molestia nocturna. Ni siquiera las voces de los que se reunieron junto al horno de barro (nuestra habitación daba directamente al patio) lograron molestarnos. Todavía no habían empezado a cenar cuando nos quedamos profundamente dormidos.

Nos despedimos de la Pedrera en medio de la noche pero acompañados por una inmensa luna llena que aparecía sobre la ruta. Unas cuatro horas después volvíamos a la estación Tres cruces de Montevideo, ya emprendiendo el regreso, esta vez por los caminos del interior del país.

[Continuará]

Fotos del viaje.

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