martes, 17 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 12. Valle Edén, perdidos en el paraíso.

Martes 10 de febrero.

Dormimos largo y tendido (fue uno de los pocos días en los que no tuvimos que madrugar para tomar algún colectivo). Desayunamos también largo y tendido y luego partimos. El plan era visitar Valle Edén, para lo cual había un micro (¡para este lugar sí había transporte!) a las 11:45. Como todavía teníamos tiempo fuimos a visitar un par de museos. Primero fue el Museo del Indio y del Gaucho (con mucha piedra, boleadoras y unos bonitos elementos gauchescos) y luego fuimos al Museo de Geociencias (quedaba apenas a unas cuadras). Aquí encontraríamos a una señora al parecer bastante aburrida que nos persiguió durante toda la recorrida dándonos explicaciones un poco inútiles (ya que era lo mismo que estaba en los cartelitos impresos) mientras se quejaba del calor (evidentemente no éramos sólo nosotros los aturdidos por las altas temperaturas). Pasamos por el Ta-Ta (la marca líder en supermercados en Uruguay) a comprar algo para el almuerzo y fuimos a la terminal a tomar el “Calebus”.

en la vía

Una media hora después estábamos en Valle Edén que prometía, otra vez desde un folleto turístico: “Agrestes serranías junto a la calidez humana. Monte natural y danzante arroyo de aguas cristalinas. Avistamiento de aves y flora exuberante. En ese entorno: puente colgante, zona de camping, parador, cabañas… Y el Museo Carlos Gardel, testimonio fehaciente de una verdad histórica: El Zorzal Criollo nació en Tacuarembó” (todo lo que está entre comillas es textual del folleto). Aquí es necesario hacer una aclaración. ¿Por qué visitar Tacuarembó? Se preguntarán ustedes. Y nosotros nos preguntamos lo mismo. Sucede que cuando planeábamos el viaje queríamos recorrer el país todo lo que pudiéramos y para que nuestro regreso no se hiciera tan aburrido decidimos volver por el interior y de paso conocer otras ciudades que las de la costa. Tacuarembó quedó casi por obligación teniendo en cuenta las rutas y porque a mí, tanguera y gardeliana, el nombre me sonaba de tanto escuchar las teorías del nacimiento del cantor. Por internet vimos que había museos y paseos para visitar y pensamos que era una buena opción. Pues no lo fue. Tacuarembó es suficiente a lo sumo para una tarde a menos que se cuente con vehículo propio (con aire acondicionado) para recorrer las largas distancias que separan un "punto turístico” de otro.

Nosotros no teníamos auto así que ni bien nos bajamos del colectivo (otra vez, como en la Fortaleza, en el lugar equivocado) tuvimos que caminar alrededor de un kilómetro y medio para llegar a algún lugar con sombra. Pleno mediodía, un sol que apuntaba directo a nuestras molleras y la sospecha de que los folletos eran medio mentirosos. Después de pasar el camping y el arroyo, llegamos al Museo Carlos Gardel y nos sentimos aliviados: el predio cuenta con un espacio verde con mesitas y bancos a la sombra donde nos dispusimos a descansar, almorzar y reponer fuerzas. Sacamos fotos en lo que se supone una estación de trenes abandonada (aunque más tarde veríamos pasar un tren) y visitamos el museo en sí: gran cantidad de fotos de Carlitos, junto a algunos documentos que dan por definitivo el nacimiento del cantor en Tacuarembó. No todos los estudiosos concuerdan en este dato, pero allí no tienen la menor duda.

Después de la recorrida decidimos visitar algunos de los otros puntos mencionados en el pequeño mapa. Teníamos tiempo ya que el colectivo de vuelta recién pasaba a las 19:30 hs. Pero la señora del museo nos desalentó enseguida: el punto más cercano quedaba a unos 5 kilómetros en los que no había sombra y con el ese sol y esa temperatura no lo recomendaba. Podíamos, dijo, intentar ir a la Gruta de los Chivos para lo cual llamó a uno de los baqueanos que le indicó el camino a Pablo mientras yo iba al baño. Pero las indicaciones no fueron muy claras y al ratito nomás de estar caminando nos encontramos en un camino sin salida. Toda la sombra posible estaba separada de nosotros por un alambrado (el paraíso tiene dueños) y el sol de las dos de la tarde era desesperante. Intentamos un camino alternativo desoyendo las indicaciones del baqueano y tratando de adivinar el planito pero todo a nuestro alrededor parecía demasiado lejano y nada hacía pensar que llegaríamos a algún lugar interesante (al menos no antes de morir insolados). Nos ganó el desánimo y empezamos a desesperarnos. Nos quedaban cinco horas por delante bajo un sol insoportable. Por suerte Pablo había sugerido que en lugar de mate lleváramos dos termos con agua fría pero igualmente ya empezábamos a temer una deshidratación. Tomábamos pequeños sorbitos de agua cuando nos hubiera gustado bajarnos el termo de un saque; la sed nos apremiaba pero no queríamos quedarnos sin agua el resto de la tarde.

Casi abatidos caminamos hasta el único sector de sombra que habíamos visto pasando el arroyo de “aguas cristalinas bajo el puente colgante”. El lugar tenía una curiosa escultura y un par de placas con una extraña leyenda en memoria de un tal Richard Cuello Pantera, firmado por ciertos “piratas del asfalto”. Ya en Rosario, y gracias a Google, sabría que se trata de un grupo de motoqueros que se hacen llamar los Pachucos y que eligieron ese lugar para erigir un memorial a los muertos en accidentes.

Pachucos de Tacuarembó

Bajo un árbol tiramos nuestras lonitas y allí nos quedamos con la esperanza de que se nos ocurriera algo para hacer. Pero pasaban los minutos y ninguna parecía una buena opción: caminar hasta la ruta y hacer dedo no nos parecía bueno ya que con suerte pasaría un auto cada 20 minutos y no sabíamos si era costumbre por esos lares hacer dedo. Nos arriesgábamos a estar bajo el sol esperando y tal vez nos dejaran a mitad de camino donde ni siquiera podríamos tomar el colectivo. Pedir un taxi (había por allí una oficina de policía donde seguramente tendrían teléfono) podía salirnos carísimo. Hasta pensamos en visitar el “pueblo” de Los Rosano que según el mapa estaba justo enfrente, cruzando la ruta. Pero ninguna nos parecía una buena idea. Nuestras vacaciones estaban terminando y nosotros sentíamos que de la peor manera. Finalmente Pablo sacó el libro que había llevado (yo al mío lo había dejado en el hotel para no cargar con tanto peso) y pronunció las palabras mágicas: ¿Querés que te lea?. Esto puede sonar a lugar común, pero esa tarde en medio del calor tórrido y el desánimo, la literatura fue nuestra salvación. El libro era “Memorias del desierto” de Ariel Dorfman, que cuenta el recorrido que el autor hizo por Chile a través de los pueblos que fueran pujantes gracias a la extracción de minerales y hoy son pueblos fantasmas. Y así, entre historias de mineros, se nos pasó la tarde.

Mechamos la lectura del libro con nuestros planes para próximas vacaciones visitando justamente Chile. A eso de las 18 nos preparamos para volver a la ruta. Todavía faltaba una hora y media para que pasara el colectivo pero nos tomamos tiempo para caminar por la orilla del arroyo, sacar algunas fotos y hacer el resto del camino a paso lento. Por suerte ya estaba bastante nublado y eso nos hizo fantasear con una tormenta en medio del campo, que nunca sucedió. La tormenta tardaría un rato en llegar.

Una vez en la ruta encontramos un refugio para esperar el colectivo. Allí nos quedamos, de a ratos leyendo el libro, de a ratos mirando a los paisanos de a caballo arreando vacas. Tratábamos de adivinar qué tipo de pájaros eran unos que se juntaban en el campo de enfrente (finalmente el folleto tenía razón con lo del avistamiento de aves). Y hasta nos entretuvimos mirando una construcción que estaba del lado de enfrente, unos 100 metros más allá. Era una vieja casa a la que de a poco iba llegando gente. Jugamos a imaginar que ésos eran Los Rosano y que en realidad eran los únicos habitantes de ese pueblo. A las 18:30 pasó el Calebús en dirección contraria, hacia Tambores (era el colectivo que salía de Tacuarembó a las 18 hs y que a la vuelta pasaría a buscarnos a nosotros) y eso nos puso contentos porque hasta habíamos llegado a pensar que nunca más pasaría el colectivo, que íbamos a quedar varados en la ruta, que íbamos a tener que pedir asistencia a Los Rosano. Cuando el colectivo paró se bajaron unas cuantas personas: algunas se dirigieron a lo de Los Rosano y dos mochileros caminaron en dirección al camping: eran los extranjeros que la noche anterior estaban sentados a nuestro lado en el bar “La sombrilla”. Tuvimos ganas de avisarles que el lugar tal vez no era lo que esperaban y hasta nos compadecimos de ellos pensando que iban a acampar en medio de una tormenta. Pero también pensamos que probablemente eran europeos cansados del confort y la buena vida del primer mundo y buscaban algo de aventura tercermundista. De ser así, no se irían defraudados.

Valle Edén

También presenciamos el momento en que dos gallinas, que aparentemente habían escapado de Los Rosano, cruzaban la ruta a toda carrera en el peor momento, ya que una de ellas fue alcanzada por un auto y quedó inmóvil en medio del asfalto. Yo empecé a lamentarme de la difuntita mientras veía cómo la otra gallina se acercaba y se quedaba al lado de la moribunda, corriendo el riesgo de sufrir el mismo trance. Unos tres minutos después, cuando se acercaba otro camión y la gallina sobreviviente se negaba a salir de la ruta sucedió algo sorprendente: la moribunda, que había estado completamente inmóvil todo ese tiempo, pego un salto y las dos salieron corriendo campo adentro. Quedamos patitiesos, nunca habíamos visto una gallina haciendo el muertito.

Cuando subimos al colectivo no podíamos creer que habíamos soportado todas esas horas bajo ese sol impiadoso y habíamos salido ilesos (y sin que el malhumor de uno se desquitara con el del otro). Cuando llegamos a la terminal de Tacuarembó empezó a llover con ganas. En el camino compramos algo para comer y llegamos al hotel, empapados pero contentos de estar a salvo y bajo techo. Para entonces estaba diluviando. Nosotros nos refugiamos en la habitación y nos entretuvimos mirando un programa de televisión donde un supuesto Pai Umbanda hablaba sobre las ofrendas que hay que hacerle a la “entidad”. Para tener en cuenta: a la “entidad” le gusta el whisky importado.

Nos dormimos escuchando la lluvia. Al otro día teníamos que volver a madrugar para tomar el micro que nos llevaría a Paysandú: nuestra última parada en las vacaciones.

[Continuará]
Fotos del viaje.

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