jueves, 5 de marzo de 2009

* Diario de viaje * 7. Serenidad en La Paloma

. Jueves 5 de febrero

Dormirnos temprano significó también despertar temprano. Abrí los ojos a una hora incierta pero fácilmente reconocible: la mañana recién comenzaba, se escuchaban algunos pájaros a lo lejos y mucho silencio cerca. En la habitación todos dormían y entonces aproveché ese rato de vigilia para espiar el sueño de los otros. Miré a mi alrededor y una leve sensación de encierro me sobrevino: las 10 camas (5 cuchetas) ocupadas, hombres y mujeres desconocidos compartiendo uno de los momentos más íntimos, aquel en el que tenemos todas nuestras defensas bajas; un desorden abrumador resultado de enormes mochilas y valijas desparramados en el medio de la habitación (ya que el hostel no tenía lugar previsto para guardarlas), ropa y toallas colgando aquí y allá. De algún modo no dejaba de ser una imagen tierna: jóvenes soportando colchones de 10 cm de espesor, sábanas transparentes de tan gastadas, frazadas inexistentes, aire viciado, con el solo objetivo de conocer lugares lejanos. Sólo Pablo y yo éramos latinoamericanos, los demás venían de otros continentes, hablaban otras lenguas, tenían otros rasgos. Y tal vez fue esa lejanía con los que me rodeaban la que llevó mi imaginación a otras épocas, otros escenarios, mucho más opresivos. De repente me encontré pensando en los campos de concentración de Hitler, en esas largas barracas colmadas de camastros (que solo creo conocer por las películas y libros) llenas de personas tristes y desconocidas entre sí, temerosas de todo, ignorantes del futuro inmediato, compartiendo la incertidumbre, la falta de privacidad, de confort, de aire.

Para no terminar sofocada por el recuerdo de algo que nunca viví decidí levantarme y salir de la habitación. Era muy temprano porque nadie en el hostel estaba despierto salvo un señor mayor. Consulté el reloj: las 7. En Rosario tengo que hacer malabarismos para salir de la cama a esa hora pero aquí era diferente, la mañana invitaba a salir. Fui hasta el patio trasero, cubierto de una parra que dejaba filtrar los primeros rayos del sol, y me tiré en la hamaca paraguaya a leer el libro que había empezado hacía unos días y me tenía fascinada: “El paraíso en la otra esquina” de Mario Vargas Llosa. En un mismo libro, la vida de Paul Gauguin y de Flora Tristán, su abuela materna, una feminista y luchadora por los derechos de los obreros en la Francia de mediados del siglo XIX. Dos vidas turbulentas, marcadas por la rebeldía y la tragedia, bien dramáticas como a mí me gustan. Un rato después apareció Pablo, que está más acostumbrado a madrugar. Seguíamos siendo los únicos despiertos en el hostel (el señor mayor había salido) y todavía teníamos que esperar como una hora para el desayuno que se servía a las 9. Decidimos ir a recorrer las callecitas de La Paloma: semi desiertas, como era de esperar. Apenas algunos negocios, unos pocos, empezaban a abrir sus puertas, pero todo lo demás parecía dormido. El silencio se cortaba apenas por el canto de los pájaros y nuestros pasos; la brisa se notaba en algunos árboles, el sol empezaba a aparecer entre las nubes. Una sensación de serenidad nos inundó, esa serenidad que uno busca a veces en la ciudad y es tan difícil de encontrar, aún en la mañana, entre tanto auto, moto, televisión y gritos. Esa serenidad que habita en los pequeños pueblos, sobre todo esos que viven del turismo y entienden que el descanso es primordial para el visitante. Una tranquilidad que se parecía mucho a la que vivimos en Colonia la mañana antes de partir.

mar de dos colores

El desayuno fue opíparo y nos llenó de energía para salir a caminar: elegimos ir hacia la escollera para lo cual pasamos por la playa también semi desierta, con algunos caminantes mañaneros. Cuando empezamos a acercarnos a la zona de la escollera, empezamos a cruzarnos con gran cantidad de pájaros, en su mayoría teros, pero también pájaros carpinteros de diferentes colores. Pablo, su dedicación y su paciencia, lograron capturar unas buenas fotos. Caminamos a lo largo de toda la escollera, que termina justo enfrente de la playa la Aguada y tiene una vista hermosa de la costa. Sobre la orilla izquierda, donde había embarcaciones, descansaban innumerables pájaros (patos o gaviotas) que al levantar vuelo formaban una nube blanca que danzaba en el aire. Qué lindo debe ser volar.
Volvimos para almorzar cuando el sol ya empezaba a ponerse impiadoso y ya que habíamos madrugado Pablo decidió dormir una siesta. Yo preferí la hamaca paraguaya y el libro otra vez aduciendo que no tenía sueño. Pero un libro y una hamaca paraguaya bajo la parra resultan una combinación soporífera. Cuando desperté Pablo estaba a mi lado con una sonrisa burlona y tierna.

Para la tarde elegimos la playa La Aguada, la que habíamos visto desde la escollera y para llegar había que caminar un trecho por el bosque Andresito. El clima estaba raro y adivinábamos un poco de viento aunque los árboles lo frenaban bastante. Mientras hacía ese camino yo recordaba el viaje que hice a La Paloma hace muchos años, 15 tal vez, con mi amiga Virna. Alquilamos dos bicicletas para irnos hasta la Pedrera que está a unos 10 kms. Algo nos hizo pensar que nosotras, dos jóvenes citadinas totalmente ajenas a cualquier cosa parecida a un gimnasio, íbamos a poder hacer el trayecto sin problemas. A los 10 minutos de estar pedaleando ya estábamos sin aliento y sin fuerzas. Pero como éramos jóvenes también éramos testarudas, así que finalmente llegamos a destino (aunque con un cansancio que parecía que habíamos corrido un triatlón). Algo nos quedó claro: el deporte no era lo nuestro.

posando en la escollera

De repente, mientras caminábamos por esa ruta que años antes había hecho en bici, alzamos la vista y además del cielo que estaba empezando a nublarse vimos un raro fenómeno: un arco iris completo, un círculo multicolor alrededor del sol. Mientras hacíamos el último tramo que bajaba hacia la playa empezamos a intuir que el viento era más fuerte de lo que pensábamos. Llegamos a la playa en medio de una ventolera que apenas nos dejaba estar. Fuimos hasta la orilla a mojarnos los pies (yo me había lastimado uno y quería calmarlo con agua salada) y huimos raudamente de la playa. Nos refugiamos en el bosque que estaba enfrente y donde el viento no entraba. Ahí nos quedamos, escuchando otra vez ese silencio sibilante, esa serenidad. Tomamos mates, hablamos, pensamos qué hubiéramos estado haciendo a esa hora en Rosario. Y nos alegrábamos de pensar que recién estábamos en el sexto día de nuestras vacaciones.

Una vez de vuelta en el hostel, fuimos a llamar por teléfono para tratar de encontrar alojamiento en La Pedrera pero no fue tarea fácil. Llamamos al hostel El Tucán y Pablo se las vio difícil para que el dueño (que por teléfono parecía un señor entrado en años y duro de entender) nos reservara la habitación “de palabra”. Siempre se expresaba en condicional y de todos modos tuvimos que volver a llamar al otro día para rogarle casi que nos guardara la habitación.

Dimos una vueltas por el “centro” de La Paloma, volvimos al hostel a una hora en la que todavía no había cola para bañarse y cenamos algo rápido. Después nos cruzamos otra vez a la feria, esta vez bien abrigados, para recorrerla entera: había cosas muy lindas y originales aunque caras para nuestro magro presupuesto. Apenas compramos dos mates de calabaza (uno para cada uno) tallados por Pedro García Lanza, un premiado artista uruguayo. Al volver estaban dando “Babel” en la tele, pero como ya la habíamos visto nos quedamos un ratito y nos fuimos a la cama. El día había empezado muy temprano y estábamos cansados. Los israelíes charlatanes ya habían partido así que esta vez fue más fácil conciliar el sueño.

[Continuará]


Fotos del viaje.

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